«Altanera insolencia cognitiva de “nuevo” cuño: los imbéciles arribistas de la “vulgata cibernetoide” (E. Morin) posmoderna.
Por Armando Almánzar-Botello
A la memoria de Edgar Morin y Umberto Eco, grandes pensadores críticos de la modernidad contemporánea.
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Armando Almánzar-Botello
Domingo, 2 de agosto de 2026
Copyright Armando Almánzar-Botello.
Reservados todos los derechos de autor.
Hoy, cualquiera opina sobre cualquier cosa. La vía performativa que intenta la producción y seria «aristocratización» del saber, la reproducción del llamado capital simbólico (Pierre Bourdieu), ya no es —en una gran parte de la población de escribanos y escribientes— la honesta y fecunda lectoescritura realizada a través de los años con el subsiguiente precipitado semántico multidimensional que dicha práctica rizomatica y compleja comportaba —y todavía comporta— en los contextos críticos de la Galaxia Gutenberg y sus habitantes o consumidores-productores de signos problemáticos.
El «Das Man» heideggeriano (el hombre-masa como individuo-cualquiera del «se dice» desdiferenciado) «publica sin haber escrito» (A. Almánzar-Botello: «Escribir/Publicar», 1991). Su vía fácil elegida y ahora vigente para «crear contenido transparente y útil» está constituida por el uso indiscriminado y plagiario del más banal y fragmentario tinglado de recursos tecnotelemediáticos, por una apropiación en bruto de los «outputs» de una inteligencia artificial operada del modo más pueril, escolar y descontextualizado por usuarios que son verificables analfabetos funcionales del espíritu y la cultura.
Ahora el pensamiento crítico ha sido sustituido por la marrullería, el truco, el plagio, el «zigzagueo» pseudoconceptual sin orientación crítica alguna, el engaño en el retorcido afán de notoriedad y control; no diría siquiera que por la «astucia de la razón» tal como la concebía Hegel.
Efecto triste de toda esta depauperación del «cerebro-sujeto»: la escritura auténtica, responsable y creativa se ve sustituida en las plataformas digitales por lo que podría designarse como «signos-tiznes del ruidoso mercado semiótico-fiduciario»; tontos simulacros apresurados de «conceptos y personajes conceptuales» desoriginados y desorientados. (Deleuze-Guattari, Barthes).
Dentro de lo que Franco «Bifo» Berardi denomina la rutinaria y empobrecedora «celularización del ser», la verdad procesual, constituyente, se degrada hoy al ser suplantada por la «parodia bufonesca de pensamiento», por la simple rutinización criminal y demagógica de las fuerzas cognitivas aplicadas sobre una masa crítica de conocimientos trabajados durante largos años por los investigadores y artistas reales y auténticos.
Así, las refinadas jerarquías de fuerzas —necesarias para el ejercicio real y efectivo del pensamiento poético-artístico, científico y filosófico— son parodiadas por la puesta en escena periodístico-locutoril de las verdades fáctica y formal pervertidas mediante la «programada» trivialización tecnotelemediática de los contenidos, de las escalas axiológicas y los puntos de vista de apreciación creativa y producción activa de valores no nihilistas.
El hombre cualquiera obedece a la soberbia del mercado y no al proceso complejo de lectura, diseminación y profundización crítica y hermenéutica en la «superficie abismal de los textos».
Algunos pobres diablos y diablillos presumidos y ambiciosos —paradójicas víctimas triunfantes de «l’actuvirtualité et l’artefactualité» (J. Derrida)— abandonan hoy ciertos cálidos vínculos humanos que les permitieron la orientación de sus ideas y hasta la configuración de sus mejores y más entrañables discursos de pretensión académica. La figura que para esos viles desclasados viene a sustituir al antiguo maestro-guía-orientador, como facilitador y corrector de estilo, es nada más y nada menos que la Inteligencia Artificial (IA), esa «nueva pitonisa» posmoderna, tal como fue concebida en su momento la máquina cibernética por la filósofa y psicoanalista francesa Monique Schneider.
Otro recurso idóneo para el éxito ciclópeo y mediático —por compensación adleriana de las grandes minusvalías biopsicosociales heredadas—, lo constituye sin dudas, para el notable fantoche semiótico del espectáculo fantasmático, el robo y la seducción de nuevas y pulcras amistades con su misma vocación de oportunismo arribista y su exacta y afanosa pulsión de lírica nombradía.
Todo lo anterior ha traído como fatal resultado que los «cualesquiera» se sientan autorizados a meter sus grotescos picos en todo tipo de alimento est/ético y epistemológico, incluidos los manjares reservados para nosotros los verdaderos idiotas del chamanismo sigiloso.
Armando Almánzar-Botello
Domingo, 2 de agosto de 2026
Copyright Armando Almánzar-Botello.
Reservados todos los derechos de autor.
Santo Domingo, República Dominicana.

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