miércoles, 1 de abril de 2026

SOCIEDAD, VULGARIDAD DE SALÓN, GENIO Y SOLEDAD (El «hacer creer que se sabe» como juego de salón)

«Los hombres vulgares han inventado la vida de sociedad porque les es más fácil soportar a los demás que soportarse a sí mismos.» Arthur Schopenhauer


Por Armando Almánzar-Botello

«En fin, existen sutiles deslindes, precisas distinciones y parciales coincidencias entre aquello que Jacques Derrida caracteriza como “nexo social”, por un lado —tensión entre la violencia de la “banda de dispersión originaria” y la contraviolencia normativa del contrato social como “contrabanda de concentración”— y, por el otro, aquel registro que Jacques Lacan concibe para el sujeto convencional de la normalidad/neurosis como disfrute del “vínculo lingüístico que hace lazo social” —la cadena sintagmática o discurso de semantemas ordenados lógica y sintácticamente—, instancia de la que no participa el psicótico aunque también goce de la socialidad pre o translingüística de la “lalangue” lacaniana, pero desvinculado de la norma gramatical y del “yo” (je) como embrague, shifter o dispositivo simbólico. Esta la “lalangue” o la “lalengua” debe ser entendida como nodriza platónica y campo de pura productividad semiótico-matricial, como terceridad anterior a los opuestos y resonancia-disonancia interválica que rompe con los deslindes netos del binarismo metafísico y de la ontología de la presencia.» Armando Almánzar-Botello
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La contundente afirmación crítica con ribetes humorísticos del filósofo alemán Arthur Schopenhauer, parte simplemente de un deslinde metafísico, ontoteológico, entre un supuesto «adentro» soberano y un «afuera» pacificado; entre, por un lado, el «individuo» problemático entendido como excepción a la norma, y la «sociedad» como serialización homogeneizante de los sujetos, por el otro.

Participa esto un poco de lo que ciertos pensadores denominan la «paradoja de la palabra evangélica», de la subjetividad concebida metafísicamente, de cierta concepción esencialista de la verdad y de «lo social»: puesta en el «afuera» de la intimidad de un «adentro», «exteriorización de una interioridad», adequatio rei et intellectus (adecuación de la cosa y el intelecto), etcétera.

Estas concepciones ontoteológicas, insertas en una tradición metafísica occidental de larga data, que halla la cumbre de su formulación conceptual moderna en Las investigaciones lógicas, de Edmund Husserl (Biblioteca de la Revista de Occidente, Madrid, 1978, páginas 605-632), participan de una separación neta entre un «adentro» y un «afuera», con todo el efecto filosóficamente fallido y despolitizante que comporta esta postura.

La paradoja del «pliegue», entendido este, por influencia de Nietzsche, Bichat, Blanchot, Foucault, Derrida, Deleuze y Lacan, como «grado cero de la subjetivación», concibe un cierto «adentro» como una suerte de invaginación, territorialización o clausura provisoria de un «Afuera genético» entendido como matriz del acontecimiento y de toda subjetividad.

Es en base a dicha conceptualización que Foucault, por ejemplo, concibe la relación compleja, en Banda de Moebius, entre «singularidades de subjetividad libres» y sometimiento de lo singular a las relaciones de dominio enemigas de lo heterogéneo. Algo parecido plantea también Georges Bataille.

Michel Foucault habla de singularidades de fuerza, singularidades de poder, singularidades de resistencia, singularidades salvajes, todas provenientes de un «Afuera genético», que no debe ser entendido como pura y simple «exterioridad» de un contrato social, sino más bien como aquello que Maurice Blanchot y Jacques Lacan, por efecto de una inspiración nietzscheana, denominan la «extimidad»: conjunción topológica, problemática, del «afuera» más lejano con el «adentro» más próximo.

Por su parte, Jacques Derrida reconoce de un modo simultáneo, en el estado mítico previo a la erección del contrato social, una situación idílica de paz y una situación «tanática» de guerra permanente: ¡no hay Derecho constituido!

En ese sentido, Derrida vincula el estado convulso previo a dicho Contrato con lo que denomina la «violencia del don originario».

Ese momento «problemático», de «indecibilidad» y doble vendaje entre violencia y contrato «societal», no es algo superado de una vez por todas en la linealidad de una historia del socius regulado; siempre está presente como rumor de fondo en toda socialidad constituida. ¡Dicho «momento» constituye o encarna el «conflicto necesario» para la generación de nuevos mundos! No hablo aquí, necesariamente, de la guerra.

La vulgaridad del sujeto, como ausencia de potencia intelectual y acomodaticio desfallecimiento teórico-crítico, estribaría más bien en evadir la complejidad y la difícil tensión de dicho doble vendaje para entonces poder soportarse a sí mismo con mayor confort aparente, pretendiendo, irresponsablemente, el olvido inauténtico de sí en la relación ineludible con el otro.

No obstante, percibo con claridad el contexto ontopolítico desde el cual Arthur Schopenhauer plantea su irónica y aguda afirmación: hay en su decir un severo y sutil cuestionamiento de la huida de sí por parte del sujeto vacío, hueco, mediocre, incapaz de soportar su soledad como asunción de una cierta desconexión o desamparo existencial (Hilflosigkeit) eventualmente peligroso, arriscado (en tanto que, como dice Foucault, ese desamparo implica el abandono parcial de las «seguridades de poder»), pero también —de un modo simultáneo, problemático, energéticamente más costoso y aporético—, potencialmente creativo, vitalizante, crítico y transformador.

Armando Almánzar-Botello

20 de noviembre de 2012

© Armando Almánzar-Botello. Santo Domingo, República Dominicana.