jueves, 20 de agosto de 2026

INFIERNOS Y ESPERA MESIÁNICA

EL QUERUBÍN APOFÁNTICO

«Padre, da che tu mi lavi / di quel peccato ov’ io mo cader deggio, / lunga promessa con l’ attender corto / ti farà trïunfar ne l’ alto seggio.» Guido de Montefeltro. Comedia, Canto XXVII, Infierno, 108-111, Dante Alighieri [«Padre, visto que me lavas / del pecado que pides que cometa, / el mucho prometer y cumplir poco / te hará triunfar en tu elevado solio.» Guido de Montefeltro. Comedia, Canto XXVII, Infierno, 108-111, Dante Alighieri]



Por Armando Almánzar-Botello 

«Dante Alighieri: la hiena que versifica en las sepulturas». Friedrich Nietzsche

A los aviesos políticos de siempre, que mucho prometen y poco cumplen

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Uno de los pocos chistes que podríamos pescar, sospecho, en los turbulentos ríos de La Divina Comedia del gran Dante Alighieri —si mal ahora no intento hacer humor—, nadaría en el canto vigesimoséptimo de la famosa obra del gran maestro florentino, en el pasaje donde el poeta, erudito y teólogo, autor de La Vita nuova y De vulgari eloquentia, narra, entre otros extraordinarios acontecimientos que se despliegan en el octavo foso del octavo círculo del Infierno, la condena y los sufrimientos eternos del condotiero, político y fraile franciscano Guido de Montefeltro, provocados, entre otras culpas, por el «insidioso y pérfido» consejo que ofreció al papa Bonifacio VIII.

Ante la pregunta que le planteara el sumo pontífice Bonifacio —quien deseaba vencer militar y políticamente a la poderosa familia Colonna—, de cómo podría destruir el castillo de dicha sangre y hacerse con el poder absoluto, Montefeltro le respondió al santo padre, después de que este le hubiera garantizado el perdón de sus pecados: «Padre, puesto que me absuelves del pecado en que voy a caer, el hacer muchas promesas y cumplir pocas bastará para que triunfes en tu alto asiento».

Le dice Montefeltro a Dante y al guía de este, el poeta latino Virgilio, que a la hora de su muerte se presentó San Francisco de Asís a reclamar su alma, pero que «uno de los querubines negros» o demonios le gritó a Francisco: «No le lleves tú; no me prives de él; debe ir al abismo con mis esclavos, porque dio un consejo pérfido, y desde entonces le tengo asido por los cabellos; porque no es posible absolver al que no se arrepiente, ni puede uno arrepentirse y querer a un tiempo [el mismo pecado], dado que la contradicción se opone a ello».

«¡Triste de mí!», narra Dante que dijo Montefeltro. Y añadió el pobre condenado: «Qué pavor me dio cuando al cogerme [el demonio] me dijo: “¡No pensabas que fuese yo tan lógico!”». Es decir, que razonara de un modo tan apofántico...

Al leer este pasaje, lo que siempre ha estallado en mi pecho y en mi garganta, desde mi remota adolescencia, es una gozosa carcajada nietzscheana.

El demonio imaginado por el gran Dante Alighieri tiene que ser, por simple y formal coherencia, por una pura razón o necesidad teológica y metafísica, respetuoso de la «lógica identitaria» y del Aristóteles cuyo sistema es el fundamento de la Escolástica junto con los respectivos pensamientos de Agustín (exponente del platonismo) y Tomás de Aquino.

Aquel querubín oscuro que reclamó para el fuego eterno el alma culpable del Montefeltro dantesco, debía observar en sus proposiciones incriminatorias el principio lógico aristotélico de no contradicción: Dos proposiciones contradictorias, sobre la misma cosa y en las mismas circunstancias, no pueden ser verdaderas a la vez.

Ergo: ¡Montefeltro al fuego eterno!

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26 de marzo de 1986

Copyright Armando Almánzar-Botello. 
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Reservados todos los derechos de autor.


IMAGEN SUPERIOR IZQUIERDA:

La muerte de Guido de Montefeltro: Joseph Anton Koch (27 de julio de 1768 - 12 de enero de 1839)
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EL INFIERNO Y LA ESPERA...

«Lo mesiánico, creemos que sigue siendo una marca imborrable —que ni se puede ni se debe borrar— de la herencia de Marx y, sin duda, del heredar, de la experiencia de la herencia en general». Jacques Derrida


Por Armando Almánzar-Botello


A la Espera, in memoriam
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He pensado siempre que la zona física, metafísica o espiritual que corresponde a la categoría de Infierno en las numerosas tradiciones religiosas reviste múltiples formas o modalidades cuyo poder intimidante o fatídico para la conciencia humana viene a depender de las diversas ideologías o mentalidades —con sus declinaciones culturales e históricas del pecado, la culpa, la expiación terrena o ultraterrena— y de los rasgos o atributos idiosincrásicos de cada sujeto creyente, comprendido este en su entorno axiológico específico y diferencial.

Me conturban de una forma singular, en el contexto de la teología abrahámica —tanto en la judaica como en la islámica, en la cristiano-católica como en la protestante—, la Gehena de la tradición judía, el Yahannam islámico tal como aparece trazado en el Corán, el Infierno de Dante Alighieri, minuciosamente cartografiado y descrito en la Divina Comedia, y el de Johann Wolfgang von Goethe, delineado por Mefistófeles en el Acto V de la Segunda Parte de Fausto.

Puedo recordar que Swedenborg, Milton, Blake y Borges dicen que el Infierno y el llamado Paraíso vienen a constituir estados de conciencia o estaciones del espíritu más que lugares físicos concretos de castigo, pena o gozo inefables.

Como quizá hubiese apuntado Goethe al respecto: cada sujeto selecciona sus tinieblas o sus luces inmanentes en función de la singularidad de sus gustos o «afinidades electivas».

El sintagma cristalizado «infierno de la espera» —con sus diversas declinaciones semánticas prácticamente indecidibles— es un lugar común en casi todas las lenguas-culturas y tradiciones conocidas.

Para mí en particular, una ominosa versión del Averno, llena de «inquietante familiar extrañeza», sería esperar —de un modo incesante, interminable, indefinido, mientras me alojo en una confortable habitación llena de libros, composiciones de buena música, atractivas obras plásticas y excelentes películas— a una persona con la cual me interesara comunicarme, ardido por la más intensa y profunda urgencia, pero que dicha persona, enigmáticamente, no materializase nunca su llegada...

Otro tipo de Infierno insoportable, delicuescente —y anodino en apariencia— consistiría para quien ahora les agobia con este dédalo escritural y fantasmático, en cantar-alabar devotamente, para toda la eternidad, ya sea en postura erguida, flotante o desgonzada por el éxtasis, por el dulce arrebato místico —trabajados los cuerpos-almas por una suerte de interfusión subjetiva y celestial, sacro-posthumana, angélico-divina o pentecostalista—, la gloria, bondad y grandeza de algún dios creador al fin ocioso para toda la eternidad... ¡Dios me libre!

También reviste un carácter fatídicamente infernal para la impaciencia de mi casi patológica sensibilidad, el esperar, imposibilitado de cualquier otro acto volitivo, la llegada o efectuación de cierto evento, accidente o acontecimiento, fasto o nefasto, favorable o adverso, pero eternamente postergado por oscuros motivos inexplicables.

Lo confieso: tampoco sé yo esperar a las musas, ya sean ellas mujeres reales o tangibles, sutiles manifestaciones pulsionales del inconsciente, meras entidades (in)corpóreas o pneumáticas.

En verdad, no me gusta esperar, ni siquiera a mí mismo. Si tardo mucho en llegar, parto indignado sin mí hacia una tierra de nadie...

Sin embargo, a pesar de la angustia y el vértigo, de la tribulación desértica y la conciencia imperiosa del desamparo, de la vulnerabilidad que dicho constante acto avizor puede inaugurar, revelar o desatar en nosotros, la capacidad hermética de espera incondicional, de expectativa infinita, sin horizonte, libre, abierta, se podría tal vez concebir o entender, ontológicamente, como lo más aporético, indestructible y abisal de la condición [in]humana...

Armando Almánzar-Botello

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Mayo de 2004
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«Música inspirada en la Divina Comedia» de Dante Alighieri: https://caminodemusica.com/historia-de-la-musica/musica-inspirada-en-la-divina-comedia.

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lunes, 17 de agosto de 2026

ILEGIBLE ACQUA IGNOTA

«Para nosotros, los nuevos místicos urbanos, el agua dulce potable es un recóndito animal maravilloso y andrógino. Hoy es poco lo que sabe nuestra docta ignorancia en torno a las costumbres milenarias y rutinas del agua zoomórfica como sujeto de culto.» Armando Almánzar-Botello: «Cazador de agua (Texto poético híbrido y mutante)», 1993-200... Editora Nacional, 2003.

«Plus bas que moi, toujours plus bas que moi se trouve l’eau.» Francis Ponge [«Más abajo que yo, siempre más abajo que yo se encuentra el agua.» Francis Ponge]

«El agua no evoluciona, puede evaporarse, / condensarse, congelarse pero sigue siendo / la misma de siempre, a pesar de Heráclito.» José Luis Greco

    
Por Armando Almánzar-Botello   


A Francis Ponge; a José Luis Greco
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Muy potente su texto, polímata y lírico amigo, 

como lo alcanza casi en su decir poético vuestra constelación insólita de signos.     

                          ¿Siempre?

Mi único desacuerdo es cuando usted afirma /

                 que el agua es for ever el agua misma : : agua idéntica «sinónima» del agua. 

No. Aunque sí afirmo la univocidad del ser... 

¡La identidad del agua sería solo quiasmática!

               ¡En fin!

Aunque la fórmula práctica del agua convencional                se simbolice  

                                                 H₂O

y «El río entr[e] al mar y sus aguas [sean] siempre suyas» 

                               —Pessoa-Caeiro traducido por Paz, quien por cierto revisó su traducción originaria y sustituyó «siempre las mismas» por «siempre suyas»—, 

                  desde el punto de vista de la filosofía de la diferencia

(Spinoza, Leibniz, Bergson, Nietzsche, Deleuze, Derrida, Foucault), 

         no existen, a pesar de las apariencias, dos aguas iguales o 

                             idénticas... 


Ni siquiera la que fluía, especular y 
                                                            suspendida,
en aquella modesta representación
del Divino Nacimiento,
ese que miré, cuando era niño todavía,
en una pequeña capilla lateral
de la iglesia de San Dionisio,
en mi amada y perdida para siempre
ciudad natal de Salvaleón de Higüey.

Era magia para mí la duplicación jovial del agua: 
resplandores veloces corrían por mis ojos, 
vibraban por mi alma: dibujos del sueño milagroso repetido en cada elemento de la representación sagrada, en los pequeños, bien dispuestos espejos 
del precario simulacro que ya para el niño pretendía 
ocultar la terrible soledad y el temprano fragor de la intemperie...

Descubrí luego, mucho antes de leer a Borges, 
que el cielo vacío y todo el universo podían replicarse
con el hueco especular del agua en los estanques, 
con filosos poliédricos cristales...

                Radicalizo aquí el panta rhei de Heráclito y digo: el átomo de cierto elemento no es igual jamás a otro átomo 

                del «mismo» elemento. 

      Con razón mayor una molécula de agua no es nunca igual a otra molécula de agua.

      Quizá tan solo sean idénticas en el ámbito secreto, sinuoso, inabordable, del pensamiento de algún dios increíble que se hace más que muerto, el inconsciente, como dijo un día inédito aquel glosolálico sacerdote laico...

El agua geológica y arcaica bebida por los grandes dinosaurios, por ejemplo, no es igual, no puede serlo, al agua contemporánea que tomamos del acueducto urbano,

                    de un cancerígeno botellón de plástico,

                        de un desaforado grifo de tinieblas...

¡Hay «pliegues» y memoria microfísica en la materia hídrica y sufriente! 

Las aguas no son jamás aguas iguales. 

Hasta la física contemporánea dice algo parecido (no igual o idéntico) en esta dirección sonámbula (¿repito aquí a Octavio Paz, el Viejo?).

El agua «misma» nunca es un agua «idéntica»... 

Cada agua guarda y aguarda su espectro y su memoria.

Así como bañarnos no podemos ni ahogarnos dos veces en el mismo río vivo—recordemos al perro ambicioso de la fábula que ríe remota en la memoria rota— ¡nunca beberemos la mítica, seudoproteica, mutante agua de lo idéntico! 

Solo podemos ingerir agua protésica. ¡Y gracias!

Aunque diga: no beberé jamás de un agua otra, 

          Paz, 

                    Eliot, 

                               un zahorí cazador de agua neutra,

                       Heráclito «mismo» en su atópico fluir de permanencia...

¿vuelven aquí en plenitud de contacto, pulsionalmente «ópticos, haptotrópicos, eidéticos», o solo retornan rotos —bandas de Moebius tercas o membranas del con-tacto—; disímiles, transfigurados, por coeficientes revisionistas de Harold Bloom / convertido el simulacro del pensar en lamento músical de raigal tablao español y rentable-asegurado Siglo de Oro? 

     Barquero ni vaquero ni banquero son desdoro.

Aquel transmutado filósofo del hueso, por clinamen posmoderno revertido en avieso jugador de baloncesto, / deja de dormir su funeraria siesta / y limpio encesta, con fálico-simbólico esfuerzo logocéntrico, un sonado «éxito-concepto» en su bellísimo, brioso y rancio texto. Oh presumido Don Cualquiera, ay Das Man jovial, parpadeante, has logrado escalar a la cima envidiable del durísimo diamante...


    ¡Don Cualquiera devino Don Alguien!     

                  ¡Ejeú! ¡Ejeú! ¡Acuyá!


    ¿Mas podrá incorporar el Don Alguien

        a su lúcida osamenta venerable

          un 70% de metafísica hídrica 

            en la ontológica presencia?


                          ¿Sí?   ¿No?


                   ¡Ejeú! ¡Ejeú! ¡Acuyá!

                 Panta rhei / Panta rhei 

                        (¡Todo fluye!)


            ¡La febril turbulencia del flujo 

         siempre ha sido lo único inmóvil!


               Y aquí va el saludo cordial 

                                →→→

            carcajeando intensos vectores...

                                →→→                

                    ¡Ejeú! ¡Ejeú! ¡Acuyá!

                  Panta rhei / Panta rhei                 

                           ¡Todo fluye!


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Lunes, 17 de agosto de 2026

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jueves, 6 de agosto de 2026

PALABRA VACÍA Y SILENCIO PADECIDO

«El problema no es el silencio sino el paradójico parloteo desvinculante, el no saber ni poder callar para escuchar la voz del ser o del otro.» Armando Almánzar-Botello 

 

Por Armando Almánzar-Botello

Al intelectual Omar Messón, por una inquietud compartida 


El silencio padecido como aislamiento no es un problema individual; es el individualismo inesencial y parloteante lo que conduce al silencio como déficit de comunicación.

El silencio mismo no existe sin el lenguaje*; la incomunicación entre los miembros de la familia como resultado de la hipertrofia de la comunicación tecnotelemediática corresponde a lo que el pensador italiano Franco «Bifo» Berardi ha denominado «celularización del ser».

Esta «celularización» berardiana es el síntoma de una sociedad tecnocrática que ha utilizado la tecnología como un mecanismo de control y homogeneización mutilante.

El problema no es el silencio sino el paradójico parloteo desvinculante, el no saber ni poder callar para escuchar la voz del ser o del otro.

Se habla demasiado de lo «inesencial» como si fuera muy relevante o se abunda sobre las técnicas de «autoayuda», pero esta proliferación de la banalidad parloteante y automatizada, este «olvido de la dimensión dialógica del ser», como diría Martin Heidegger, es resultado de una subjetividad moldeada por el sistema capitalista posindustrial y tecnológico-financiero, ese que utiliza la tecnología más sofisticada para lograr que el sujeto pierda de vista su lazo social, su compromiso real con el otro problemático, y olvide también la vulnerabilidad que lo define, su finitud y el desamparo central de su ser (Hilflosigkeit).

Todo el mundo «sabe y conoce de todo», pero no desea asumir su «incompletitud». La interacción con el otro real es la prueba de fuego para el «narcisismo de tercer grado» (Marc Guillaume, Jean Baudrillard) en el mundo de la espectralidad virtual.

El interaccionismo virtual desmedido conduce al sujeto al borde mismo de la disgregación. Este sujeto tiende a compensar dicho empuje patológico a la fragmentación reforzando una especie de «narcisismo terciario», definido por el afán de protagonismo en el contexto de un guion imaginario-narcisista que constituye la base o el núcleo de un paradójico autismo de inserción en la realidad de un capitalismo posmoderno y tecnotelemediatizado.

Si Hegel habló en su Fenomenología del espíritu de una «astucia de la conciencia», en la que se plantea una lucha declarada del Amo y el Esclavo, hoy podríamos definir lo que categorizamos como una ingenua «marrullería virtual del intelecto esclavo», entendida esta como simple impostura digital que oculta la división del sujeto y la persistencia encubierta del Amo y su control bajo las apariencias gratificantes de libertad de acción, crecimiento y emprendedurismo.

El verdadero núcleo del nexo social, del vínculo social, no se reduce ni se puede reducir a la mera interacción virtual de los sujetos.

Vivimos hoy una crisis de la familia, de la autoridad, del vínculo religioso, de las iglesias, del ejército, del sentido de lo común (cum), de todo el campo institucional, por efecto de una dinámica ciega del capitalismo extractivista, posindustrial y financiero, aceleracionista y trunco, engolosinado con su promoción del individualismo hedonista sistémico, acompañado este de una bulímica ideología technosnob y consumista.

Ese fenómeno de «celularización del ser» y fetichismo de la mercancía alcanza sus niveles más altos y patológicos en el actual capitalismo cognitivo y espectacular.

Heidegger denomina «Gestell» a ese sistema de imposición y control en el cual un cierto uso de la tecnología nos convierte en mero recurso disponible, en simple reserva a explotar.

Así, los vínculos sociales se rompen o se pervierten. El amor y las manifestaciones del afecto «pasan de moda» y la energía refluye hacia un yo fragmentado que pretende su integración mediante el consumo de los «objetos a» en su vertiente obturadora: gadgets, letosas, mercancías o cositas del mercado. Esa «Lathouse» (neologismo en francés que vale por ocultamiento u olvido de la verdad: lethe —olvido—; aletheia —verdad— es un término derivado, por inversión, del griego «aletheia» o «aleteia» —la verdad como desocultamiento del ser— y es utilizado por Jacques Lacan en su Seminario XVII: El reverso del psicoanálisis.

De ahí el auge del consumismo voraz, de la razón cínica (P. Sloterdijk) en los perversos mercados desregulados, de las privatizaciones y del abandono de las políticas públicas o estatales con visión de bienestar colectivo. Todo esto es resultado de la dinámica ciega del capital operando en un sistema tecnocrático y neoliberal cuyo fin es maximizar beneficios y aumentar el dominio sobre la naturaleza, la sociedad y las nuevas subjetividades disyuntivas.

El capitalismo cibernético, cognitivo-financiero y neoliberal constituye una megamáquina de dominio y control que tiene por una de sus metas la producción de «subjetividades-cuerpos» sometidas y rotas, pero enmascaradas para sí como egos completos, infalibles y fuertes. El sistema de control aspira a que los individuos serializados así producidos renieguen de su «singularidad comprometida con otras subjetividades-cuerpos» en el juego de la «intercorporalidad-mundo» (M. Merleau-Ponty).

Armando Almánzar-Botello

Jueves, 6 de agosto de 2026

Copyright Armando Almánzar-Botello.
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* SILENCIO: USO INTENSIVO DEL LENGUAJE

«Sugerir es mostrar, en lo que llamamos “presencia”, la huella de lo “ausente”. Si no existiera un “silencio” generado por el uso intensivo de las palabras, estas serían inmóviles, tópicas, inertes, “palabras plenas” que no podrían sugerir algo que esté implícito, no explícito en ellas, o diferente de ellas: no podrían, en su fallido “partir”, portar silencio. No obstante, la pura ausencia de silencio es tan metafísica como lo es la presunta presencia absoluta de la palabra. Como dice Henri Meschonnic: “el silencio no es una ausencia de lenguaje”; lo dice porque el silencio como sugerencia en el lenguaje indica una ausencia de la pura y simple presencia de la palabra plena. El silencio es huella y resonancia de la palabra intensiva que revela esa fuga como posibilidad de su ausencia. La palabra no es mera presencia. El silencio no es pura ausencia de la palabra. La palabra intensiva o sugerente genera silencio en una relación indecidible y compleja de mutua contaminación entre presencia y ausencia.» 

Armando Almánzar-Botello, junio de 2016.

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domingo, 2 de agosto de 2026

¡EL IDIOTA NO ES EL IMBÉCIL! (Nosotros los idiotas del chamanismo sigiloso)

«Altanera insolencia cognitiva de “nuevo” cuño: los imbéciles arribistas de la “vulgata cibernetoide” (E. Morin) posmoderna. 


Por Armando Almánzar-Botello

A la memoria de Edgar Morin y Umberto Eco, grandes pensadores críticos de la modernidad contemporánea.
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Hoy, cualquiera opina sobre cualquier cosa. La vía performativa que intenta la producción y seria «aristocratización» del saber, la reproducción del llamado capital simbólico (Pierre Bourdieu), ya no es —en una gran parte de la población de escribanos y escribientes— la honesta y fecunda lectoescritura realizada a través de los años con el subsiguiente precipitado semántico multidimensional que dicha práctica rizomatica y compleja comportaba —y todavía comporta— en los contextos críticos de la Galaxia Gutenberg y sus habitantes o consumidores-productores de signos problemáticos.

El «Das Man» heideggeriano (el hombre-masa como individuo-cualquiera del «se dice» desdiferenciado) «publica sin haber escrito» (A. Almánzar-Botello: «Escribir/Publicar», 1991). Su vía fácil elegida y ahora vigente para «crear contenido transparente y útil» está constituida por el uso indiscriminado y plagiario del más banal y fragmentario tinglado de recursos tecnotelemediáticos, por una apropiación en bruto de los «outputs» de una inteligencia artificial operada del modo más pueril, escolar y descontextualizado por usuarios que son verificables analfabetos funcionales del espíritu y la cultura.

Ahora el pensamiento crítico ha sido sustituido por la marrullería, el truco, el plagio, el «zigzagueo» pseudoconceptual sin orientación crítica alguna, el engaño en el retorcido afán de notoriedad y control; no diría siquiera que por la «astucia de la razón» tal como la concebía Hegel.

Efecto triste de toda esta depauperación del «cerebro-sujeto»: la escritura auténtica, responsable y creativa se ve sustituida en las plataformas digitales por lo que podría designarse como «signos-tiznes del ruidoso mercado semiótico-fiduciario»; tontos simulacros apresurados de «conceptos y personajes conceptuales» desoriginados y desorientados. (Deleuze-Guattari, Barthes).

Dentro de lo que Franco «Bifo» Berardi denomina la rutinaria y empobrecedora «celularización del ser», la verdad procesual, constituyente, se degrada hoy al ser suplantada por la «parodia bufonesca de pensamiento», por la simple rutinización criminal y demagógica de las fuerzas cognitivas aplicadas sobre una masa crítica de conocimientos trabajados durante largos años por los investigadores y artistas reales y auténticos.

Así, las refinadas jerarquías de fuerzas —necesarias para el ejercicio real y efectivo del pensamiento poético-artístico, científico y filosófico— son parodiadas por la puesta en escena periodístico-locutoril de las verdades fáctica y formal pervertidas mediante la «programada» trivialización tecnotelemediática de los contenidos, de las escalas axiológicas y los puntos de vista de apreciación creativa y producción activa de valores no nihilistas.

El hombre cualquiera obedece a la soberbia del mercado y no al proceso complejo de lectura, diseminación y profundización crítica y hermenéutica en la «superficie abismal de los textos».

Algunos pobres diablos y diablillos presumidos y ambiciosos —paradójicas víctimas triunfantes de «l’actuvirtualité et l’artefactualité» (J. Derrida)— abandonan hoy ciertos cálidos vínculos humanos que les permitieron la orientación de sus ideas y hasta la configuración de sus mejores y más entrañables discursos de pretensión académica. La figura que para esos viles desclasados viene a sustituir al antiguo maestro-guía-orientador, como facilitador y corrector de estilo, es nada más y nada menos que la Inteligencia Artificial (IA), esa «nueva pitonisa» posmoderna, tal como fue concebida en su momento la máquina cibernética por la filósofa y psicoanalista francesa Monique Schneider.

Otro recurso idóneo para el éxito ciclópeo y mediático —por compensación adleriana de las grandes minusvalías biopsicosociales heredadas—, lo constituye sin dudas, para el notable fantoche semiótico del espectáculo fantasmático, el robo y la seducción de nuevas y pulcras amistades con su misma vocación de oportunismo arribista y su exacta y afanosa pulsión de lírica nombradía.

Todo lo anterior ha traído como fatal resultado que los «cualesquiera» se sientan autorizados a meter sus grotescos picos en todo tipo de alimento est/ético y epistemológico, incluidos los manjares reservados para nosotros los verdaderos idiotas del chamanismo sigiloso.

Armando Almánzar-Botello

Domingo, 2 de agosto de 2026

Copyright Armando Almánzar-Botello.
Reservados todos los derechos de autor.
Santo Domingo, República Dominicana.

viernes, 31 de julio de 2026

JACQUES DERRIDA: EL TOCAR, JEAN-LUC NANCY, 2011

«Il n'y a donc pas de concept pur, ni, bien sûr, d'intuition pure, d'intuition immédiate de l'haptiqueJacques DerridaNo hay concepto puro ni, desde luego, intuición pura, intuición inmediata de lo hápticoJacques Derrida]


«Muchos pretenden entender el complejo pensamiento de Jacques Derrida solo por medio de la Inteligencia Artificial. ¡Cayéronse del cielo! Algunos patanes se quejan de que es un pensador muy difícil, mas dicen comprender a Kant, a Hegel y a Marx. Lo dudo. El pensar-sentir asonetado, ya sin Góngora y Quevedo, hoy no se llama pensar: se llama emprendedurismo. ¡No entienden ni el origen provinciano de la gran meritocracia! ¡Jo! Hasta se proponen escribir sobre el gran pensador argelino-francés sin haber estudiado nunca ni una sola de sus obras. Otros lo han plagiado de forma penosa y descarada... ¡Tengo pruebas de los usos «indebidos» (por ser hurtos banales) de los polivalentes textos del autor de Aporías y de Glas (Clamor)! ¡Terror! Hace ya más de cincuenta años que leí por vez primera De la gramatología y La diseminación... ¡Ay! ¡Humor! Todavía leo activamente al gran polímata Derrida y escribo con cautela litúrgica sobre su poliédrica obra emblemática.» Armando Almánzar-Botello

HAPTOTROPISMO Y METAFÍSICA DE LA PRESENCIA

Brevísimo fragmento de mi exégesis de la deconstrucción que hace Jacques Derrida del motivo artaudiano y deleuziano de «Cuerpo sin Órganos» (CsO). Interpretación seguida de varias citas clave del texto de Derrida titulado El tocar, Jean-Luc Nancy.

Por Armando Almánzar-Botello

Jacques Derrida, sutilmente, insinúa la impensada y secreta pertenencia del llamado «Cuerpo sin Órganos» (CsO) de Antonin Artaud, Gilles Deleuze y Felix Guattari a la gran tradición platónico/metafísica de la presencia: tradición inmediatista, intuicionista, continuista, óptica pero también táctil, es decir, ocular, trópica y apropiadora: «hapto-trópica». Derrida viene a mostrar en su libro El tocar, Jean-Luc Nancy, la deuda que contrae con la tradición logocéntrica dicho «Cuerpo sin Órganos».

Concebido por Deleuze y Guattari como una pretendida ruptura radical con la metafísica negativista y falocéntrica implícita en la concepción lacaniana del deseo, este cuerpo sin órganos opera, para sus teorizadores, como indeterminación y polimorfia que sustituye al cuerpo de la homeostasis constituido en el espacio «estriado», cualificado y jerárquico convencional.

No obstante, a pesar de su metamorfismo en líneas y planos de fuga, de su generatividad que actúa en el «espacio liso» de la producción deseante y liberadora como supuesto ejercicio de un deseo situado más allá de la falta y de toda castración, para la vigilante lectura deconstructiva de Jacques Derrida este cuerpo sin órganos artaudiano-deleuziano se mantiene prisionero de una concepción idealista de la carnalidad, en su develada tendencia a la apropiación de lo próximo. El «Cso» de Antonin Artaud y Gilles Deleuze viene a encarnar así la apropiación ontológico-metafísica de una presunta plenitud de la presencia inmediata de lo dado, «ousía o parusía» por fin alcanzada o reconquistada.

A propósito de un aspecto, entre tantos, de Derrida, Jacques: El tocar, Jean-Luc Nancy, Buenos Aires, Amorrortu, 2011. (Ver notas de Derrida al final de los textos).

Copyright Armando Almánzar-Botello: Fragmento de «Introducción a la lectura de Jacques Lacan» (versión ampliada). Santo Domingo, República Dominicana.
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PERFORMANCE VERSUS DISCURSO... (Nota escrita por simple hastío)

A los arcángeles del óxido y el miedo, a los redondos baluartes presumidos que ya no vuelan —si es que alguna vez volaron—, a los sujetos nómades que se olvidaron del callejón de atajo, y que por defender la supuesta dignidad de un doctorado escapan temerosos de lo aórgico... ¡Percibir una pipa es reconstruirla en el acto mismo de la percepción!

Por Armando Almánzar-Botello

El «texto» como «técnica generalizada» por mediación de la «huella» como «no presencia»: «Lo real es tan técnico como real es la técnica [...] ¿Se trata de una hipertrofia cancerosa del artificio, o es más bien el despliegue de las propias cosas? Cuestión ingenua si pensamos en cómo se han hecho profundamente más complejas las oposiciones entre naturaleza y cultura, entre auténtico y derivado, tético y protético, propio o impropio, ciencia y ficción, consciente e inconsciente [...] La afirmación de Derrida de que no hay “nada fuera del texto” —a menudo interpretada como una reducción fantasmática de lo real al lenguaje—, ¿lo que pretende señalar es que, en ausencia de todo referente primero y último, de todo sentido consumado, únicamente podemos considerar la intrincación de los reenvíos mutuos entre todos los entes y entre todas las instancias de existencia (la “naturaleza”, la “técnica”, el “animal”, lo “simbólico”, lo “efectivo”, lo “mítico”, etcétera)? La técnica es la naturaleza misma, pues el animal técnico es una especie natural.» Jean-Luc Nancy: La frágil piel del mundo, 2020

Para el filósofo argelino-judío de lengua francesa, Jacques Derrida, la différance, la traza, el grama, el himen, el tímpano, el párergon, el suplemento, la huella —como estructuras de no-presencia— operan siempre más acá y más allá del recinto lingüístico, más acá y más allá del discurso, del sentido contrapuesto al referente denotado —tal como piensan este binarismo Saussure y Frege—, más acá y más allá de la noción de «texto» concebido al modo filológico, taxativamente pensado de forma plana, simplista, convencional, o como articulación sígnica o enunciado fónico/gráfico, intencionalmente orientado en un proceso monologal o dialogal de producción lingüística de sentido, significado e interpretación (Sinn, Bedeutung, Deutung).

El cuasiconcepto de (archi)huella posibilita la deconstrucción de las oposiciones sujeto/objeto, consciente/inconsciente, humano/animal, lenguaje/realidad fenoménica, discurso/performance —tal como funciona este último binario metafísico en el discurso de Judith Butler, por ejemplo.

Lo reiteramos con hastío, el derridiano «no existe nada fuera del texto» (Il n’y a rien hors du texte) no implica ningún tipo de clausura de la meditación en el recinto estrictamente lingüístico.

Dicho enunciado simplemente debe orientarnos en dirección al hecho de que el objeto fenoménico «mismo», la cosa en su «evidente» objetividad, es un signo, como nos enseña el filósofo norteamericano Charles Sanders Peirce, una realidad que funciona en un juego relacional que desborda su presencia de cosa: que remite, en la percepción de su «cosidad», a otra cosa, por vínculos y reenvíos analógicos o diferenciales, y que así se descubre trabajada por la huella, por una red «rizomático-tabular» de remisiones diferenciales, esas mismas que determinan y ofrecen la percepción de los objetos «naturales» como una experiencia desde siempre afectada por la «artificialidad» de la «huella», la cual, de hecho, no es más artificial que natural...

He aquí la paradoja de la huella.

Nos dice Derrida en su obra fundadora De la gramatología:

«Según la “faneroscopia” o “fenomenología” de Peirce, la manifestación en sí misma no revela una presencia, sino que constituye un signo. Se puede leer en los Principles of phenomenology que “la idea de manifestación es la idea de un signo”. Por consiguiente no hay una fenomenalidad que reduzca el signo o el representante para dejar brillar, al fin, a la cosa significada en la luminosidad de su presencia. La denominada “cosa misma” es desde un comienzo un “representamen”, sustraído a la simplicidad de la evidencia intuitiva. El “representamen” solo funciona suscitando un “interpretante” que se convierte a su vez en un signo y así hasta el infinito.» Derrida, Jacques: De la gramatología, Siglo XXI Editores, México, 1978, p. 64

Nunca existe «inocencia» de la percepción. No hay captación directa o intuitiva de la cosa en su pura presencia o cosidad.

Toda percepción de la cosa, y la cosa misma en su cada vez más «problemática materialidad» (la Cuántica), están marcadas por la huella, por la diferencia, por la no presencia, por la indeterminación...

No digo que sin el trabajo de la huella no exista la cosa en tanto que physis, sino que la huella es anterior al deslinde neto entre physis y techne y condiciona la forma de percibir las dos categorías con sus concreciones y deslindes provisorios.

La indeterminación de la huella como diferencia viene más bien a (im)posibilitar todo deslinde paradigmático-binario entre «physis» y «techne», con la subsiguiente contaminación entre ambos términos del paradigma. Juegos modales, fractales, locales, de actos, tactos y contactos ecotécnicos, como viene a decirnos Jean-Luc Nancy.

En ningún texto de Jacques Derrida se ha dicho que el cuerpo animal, o la enfermedad, o los seres inorgánicos, o las realidades y prácticas políticas, culturales e históricas constituyan eventos meramente lingüísticos, discursivos, susceptibles de ser transformados y reducidos en su conjunto a la simple acción de las palabras. Eso vendría a constituir un puro idealismo subjetivo y una vieja y pesadamente fechada cogitación de raíz nominalista. La nave de la deconstrucción gramatológica derridiana no ancló jamás en esos litorales.

Una ingenua concepción «realista» o «performativista» del derridiano «no hay nada fuera del texto» (Il n’y a rien hors du texte), tiende a suponer que el autor de De la gramatología confunde el puro pensamiento discursivo, la magia, la brujería, el ámbito absolutizado del lenguaje o de las palabras, con el enfoque «objetivo», «científico-racional», práctico-instrumental de los objetos y procesos del mundo fenoménico.

No. No es así. A lo que el filósofo argelino de habla francesa apunta con su idea de una «textualidad generalizada y abierta» es a explorar y descubrir, en cada caso singular, cómo, aunque unos particulares o específicos fenómenos o realidades tengan su propia modalidad causal de efectuación y arbitraje, lo que permite «originariamente» captar la especificidad preontológica de estos resulta ser la huella, en tanto que, como estructura de la no-presencia y la remisión, ella viene a producir el juego relacional de producción o generación de sentido en el que se constituyen las oposiciones sujeto/objeto, inteligible/sensible, sentido/referente, lenguaje/realidad...

Ciertamente, operar sobre un organismo animal o humano, por ejemplo, intervenirlo científico-quirúrgicamente para extraerle un lito vesicular o renal, digamos, no se reduce a ser una pura operación lingüística, verbal o discursiva.

Esa operación constituye una práctica especializada que requiere de un «corpus de conocimientos» no solo médico-teóricos sino también manuales, instrumentales y corporales por parte del cirujano correspondiente, en tanto que poseedor este de una subjetividad/corporalidad y de unas destrezas técnico-cinestésicas, propioceptivas y hasta interoceptivas que actúan en su propio esquema corporal de sujeto-agente y que le permiten una labor coordinada en equipo.

Dicha subjetividad-corporalidad está labrada, digámoslo así, primero por su temprano, singular y complejo proceso genético-histórico de constitución lingüístico-simbólica y cultural como sujeto, y, más tardíamente, por unas disciplinas y saberes de alta especialización adquiridos con miras a permitir o lograr en dicho sujeto —como estudiante de medicina, como persona receptora de un discurso universitario especializado— cierta performance o desempeño cognitivo-instrumental, técnica y anatomo-fisiológicamente adecuado, cónsono con la meta de preservar la salud y la vida del posible paciente bajo su responsabilidad en una futura intervención quirúrgica.

No obstante, para que funcione a cabalidad todo este complejo proceso regido por sus propias reglas cognitivo-instrumentales y específicas, se hace necesaria la intervención de la huella derridiana entendida como campo genético archioriginario generador o posibilitador de sensaciones, percepciones, enlaces neurales o sinápticos en el mismo sujeto agente; interacciones propioceptivas e interpersonales; deslindes, flujos y fusiones, donaciones y sustracciones de sentido; operaciones producidas tanto en los planos a-significante, micro-subjetivo, pre-individual, impersonal, personal, interpersonal, transpersonal, ontogenético y aun filogenético.

Se hace allí necesaria la intervención de la economía del grama o de la huella, en tanto que estos, en su operatividad constituyente, posibilitan la configuración de pliegues, despliegues, repliegues, acontecimientos, continuidades e interrupciones, invaginaciones, estabilizaciones, concentraciones y dispersiones de sentido que vienen a constituir la tensión entre las bandas centrífugas de sinsentido y las contrabandas centrípetas de sentido-significado —las cuales deben ser consideradas, en el seno mismo de la llamada «praxis» concreta, como reales manifestaciones materiales de una «textualidad generalizada» que opera en el ámbito fenoménico mismo, definido este por sus modos particulares de regulación y marcaje, pero sin que nunca se sustraiga a esa paradójica «economía de la huella», a la indeterminación indecible, diseminante, que viene a caracterizarla como «archifenómeno genético de la memoria» (J. Derrida).

La archihuella derridiana, como ausencia de simple origen, constituye así una instancia indecidible, sin lugar fijo entre el adentro y el afuera, entre lo actual y lo virtual, anterior al neto deslinde metafísico entre todos los opuestos.

Armando Almánzar-Botello

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Agosto de 2015

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Reservados todos los derechos de autor.
Santo Domingo, República Dominicana.
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ADENDA 2015

20 de mayo de 2015

MENSAJE DIRIGIDO AL ESCRITOR Y AMIGO PERUANO PEDRO GRANADOS, A PROPÓSITO DE UNA NOTA DE SU AUTORÍA SOBRE EL LIBRO DOMINICANO MASA CRÍTICA

   Por Armando Almánzar-Botello

A Médar Serrata; a Pedro Granados
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Saludos, querido Pedro. Conozco el trabajo de Médar Serrata: muy bueno; aunque podría ser mejor... Tengo el libro donde figura su intervención: Masa crítica. Memorias del Primer Seminario Internacional de la Crítica Literaria en República Dominicana (Editora Nacional, 2013), obra que, como su título indica, constituye una muy buena recopilación de textos crítico-literarios realizada por el Ministerio de Cultura dominicano, en la que se incluye a intelectuales del país en el ejercicio activo de la crítica literaria a través de los diferentes medios, tanto a nivel nacional como internacional.

Debo decirte que Serrata confirma, en cierta zona de su ensayo, un deslinde entre el concepto (post)estructuralista (derridiano) de «texto» (instancia presuntamente desencarnada, descorporizada, establecida en relación con «un saber letrado» que de un modo supuesto difumina la «realidad» concreta, socio-cultural e histórica), y aquello definido como «performance» por la gran pensadora de la «teoría queer» y crítica de la guerra imperialista norteamericana, Judith Butler.

Esa «performance» (no digo «aquí-ahora» «performatividad») implica los desempeños del cuerpo, los actos corporales como formas de construir y transmitir conocimientos en la acción socio-cultural y política de superar o «desbordar la epistemología de Occidente» (Serrata dixit).

Aunque lo dicho por Serrata podría resultar válido para un cierto estructuralismo cerrado, deconstruido precisamente por el trabajo de Jacques Derrida, es preciso aclarar una vez más que el concepto derridiano de Il n’y a rien hors du texte («No hay nada fuera del texto»), no comporta una hipóstasis o esencialización del «lenguaje doblemente articulado». No niega la realidad relativamente autónoma de aquello que Butler denomina «performance», como acto creativo, en contexto histórico y cultural, que viene a involucrar al cuerpo y al comportamiento.

Allí Derrida reconoce más bien el funcionamiento de una productividad semiótica plural que desborda lo meramente lingüístico.

El concepto derridiano de «textualidad abierta», como digo, supera lo simplemente «lingüístico» para incluir también, por intermediación de la categoría de «huella» como estructura de la «no-presencia», eso que funciona supuestamente al margen de la textualidad bajo el carácter de lo corporal, lo social, la historicidad concreta, la política...

La oposición binaria «sentido» / «referencia» viene a ser pulverizada o deconstruida en la conceptualización crítica de Derrida.

Todo el que interpreta y contextualiza de un modo «mínimamente» válido el pensamiento de Jacques Derrida sobre la relación entre lenguaje y mundo, sabe que la «textualización derridiana» no comporta una homologación o «desdiferenciación» entre «lenguaje» y «realidad» sociopolítica e histórica. Derrida reconoce la diversidad de sus registros operativos.

El «no hay nada fuera del texto» derridiano jamás puede implicar un ingenuo retorno del idealismo trascendental implícito en la concepción medieval del mundo y el universo como Gran Libro Sagrado que amerita la intervención de un Gran Hermeneuta que descifre los Mensajes de un Autor Omnipotente. Es todo lo contrario de esta onto-teo-teleología de cuño falogo-fonocéntrico.

El texto, tal como lo concibe Derrida, más bien muestra que la llamada «realidad» es una construcción histórica trabajada también por la «huella», por el juego de las «diferencias y cesuras».

No obstante, Derrida, en su generalización estratégica de la categoría de «textualidad» y rompiendo con el concepto convencional y filológico de «texto», reconoce también que las transformaciones de la realidad sociopolítica obedecen a regulaciones muy específicas en el territorio complejo y multidimensional de dicha textualidad. Nunca establece una contraposición maniquea entre «archivo» y «repertorio de prácticas culturales»; entre lo que denomina registro «auto-biotánato-heterográfico» y «performance»...

Reitero algo planteado y «archidiscutido» desde hace largos años : El derridiano «No hay nada fuera del texto», no implica que, como dice el mismo Derrida, las «diferencias» entre «lenguaje lingüístico» y «realidad» se «puedan ahogar confusamente en la generalidad de un elemento homogéneo, indiferenciado» (Derrida)...

Por otro lado, en diversos aspectos, la escritura y el pensamiento de la Judith Butler autora de El género en disputa. El feminismo y la subversión de la identidad; Vida precaria. El poder del duelo y la violencia; Marcos de guerra. Las vidas lloradas, etcétera, están parcialmente inspirados por las obras de filósofos como Derrida, Levinas, Lacan, Foucault, entre otros... Esto ha sido dicho por ella misma, de una forma explícita o no. No obstante, aquí la Butler no acierta en su reinstalación de él referido binarismo:

Transcribo a continuación un párrafo que me parece importante porque revela meridianamente —en el trabajo de Médar Serrata que figura en la obra colectiva Masa crítica—, la interpretación inadecuada que la gran filósofa lesbiana Judith Butler y el poeta y académico dominicano realizan del concepto derridiano de «texto», reducido este último, de un modo empobrecedor, a su significado meramente filológico:

«...El desplazamiento de la noción de discurso por la de performance desestabiliza la posición privilegiada que pretendía ocupar el crítico como poseedor de la llave de acceso al conocimiento de todos los aspectos de la realidad. Pues si el universo tuviera la estructura de un texto, ¿quién mejor dotado para desentrañar sus secretos que el experto en asuntos del lenguaje? Sin embargo, no se trata de abandonar el estudio de los textos o de las otras manifestaciones del archivo. De lo que se trata es de ver los textos como portadores de saberes en diálogo constante con otras formas igualmente ricas y complejas, dotadas de sus propios códigos, sus convenciones y maneras de preservar o resistir las estructuras de poder...» (Fragmento pp. 251 y 252) Médar Serrata. “Literatura, discurso y performance”, en Masa crítica. Memorias del Primer Seminario Internacional de la Crítica Literaria en República Dominicana, Editora Nacional, 2013, Santo Domingo, R. D., pp. 245-252

Relativamente vieja pero no agotada «conversación»...

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20 de mayo de 2015. Texto publicado como nota en «Taller On de Pedro Granados».

Copyright Armando Almánzar-Botello. Santo Domingo, República Dominicana.
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ADENDAS DERRIDIANAS

DERRIDA, JACQUES: “EL TOCAR, JEAN-LUC NANCY”, Buenos Aires, Amorrortu, 2011, páginas 178, 179, 185 y 186, 188 y 190

«El contacto no produce entonces fusión ni identificación, y tampoco contigüidad inmediata. Debemos disociar una vez más el tacto de lo que el sentido común y el sentido filosófico le acuerdan siempre como la evidencia misma, como el primer axioma de una fenomenología del tacto, a saber: la inmediatez.

»El uso que hace Nancy de la expresión “partes extra partes” parece a veces obsesivo, pero en verdad es necesario y determinante. Además de un invencible principio de divisibilidad diseminal, me parece significar un deseo incesante de marcar esa ruptura con la inmediatez o con la continuidad del contacto, ese intervalo del espaciamiento, esa exterioridad, y ello, en el mismo momento en que se insiste tanto sobre la contigüidad, el tocar, el contacto, etc.

»Como si Nancy quisiera marcar la interrupción de lo continuo y objetar la ley de la intuición en el corazón mismo del contacto.» Jacques Derrida: El tocar, Jean-Luc Nancy, Buenos Aires, Amorrortu, 2011, página 178

«Pues, ¿acaso no es el intuicionismo aquello en torno a lo cual, sin combatir, estamos debatiendo? No tal o cual intuicionismo como doctrina o tesis filosófica, no un intuicionismo que en un campo problemático determinado se opondría a alguna posición adversa, al formalismo, al conceptualismo, etcétera. No, nuestro intento persigue más bien identificar un intuicionismo constitutivo de la filosofía, del gesto que consiste en filosofar —e incluso del proceso de idealización que consiste en retener el tacto en la mirada para asegurar a esta lo pleno de presencia inmediata requerido por cualquier ontología o por cualquier metafísica. Lo pleno de presencia inmediata significa, sobre todo, la actualidad de lo que se da efectivamente, enérgicamente, en acto. Bien sabemos que, como el nombre podría indicarlo, la intuición privilegia la vista. Pero siempre para alcanzar con ella un punto donde la consumación, la plenitud o el llenado de la presencia visual toca en el contacto, es decir, un punto que podríamos apodar, en otro sentido, punto ciego, donde el ojo toca y se deja tocar —por un rayo de luz, a menos que sea, más rara vez, y más peligrosamente, por otro ojo, por el ojo del otro. Al menos desde Platón, sin duda, y pese a su endeudamiento con la mirada, el intuicionismo es también una metafísica y una trópica del tacto, una metafísica como hapto-trópica. Ella se consuma y por lo tanto llega a su plenitud, a su pleroma, es decir, a su límite, apostando por el giro elemental de la consumación táctil, por el sesgo de un lenguaje que, de manera cuasi natural, se orienta hacia el tacto cuando, precisamente como lenguaje, pierde la intuición y ya no da a ver.» Jacques Derrida: El tocar, Jean-Luc Nancy, Buenos Aires, Amorrortu, 2011, página 179

«Porque ese valor de proximidad, porque ese vector de la presencia cercana determina en última instancia el concepto y el vocablo ‘háptico’, porque lo háptico abarca virtualmente todos los sentidos donde sea que se apropien de una proximidad, Deleuze y Guattari prefieren la palabra ‘háptico’ a la palabra ‘táctil’:

»“La palabra ‘háptico’ es mejor que ‘táctil’, por cuanto no opone dos órganos de los sentidos, sino que deja suponer que el ojo mismo puede tener esa función que no es óptica […] Lo Liso nos parece a la vez el objeto de una visión próxima por excelencia y el elemento de un espacio háptico (que puede ser visual, auditivo tanto como táctil).” Deleuze-Guattari

»Interpretado así lo háptico, eso que lo suelda a lo cercano, que lo identifica con la aproximación a lo cercano, no solo con la “visión próxima” sino con la aproximación en todos los sentidos y para todos los sentidos, más allá del tacto, eso que lo vincula a la apropiación de lo cercano, es una postulación continuista, un continuismo del deseo que pone todo este discurso en concordancia con el motivo general de lo que Deleuze y Guattari, siguiendo a Artaud, reivindican bajo el nombre de “cuerpo sin órganos”. Por consiguiente, es en el “espacio liso” y no “estriado” donde ese continuismo háptico encuentra, busca, mejor dicho, su elemento de apropiación.» Jacques Derrida, ibid., pp. 185, 186

«Nancy, por su lado, parte [il part]. Él parte, marca su partida [départ] («Corpus, autre départ» [«Corpus, otra partida»], dice un título de Corpus). Él reparte [partage] y separa [départage], abandona [se départit] sin duda también esa problemática fundamental, así como ese intuicionismo de lo continuo o de lo inmediato, ese intuicionismo más radical, más invencible, más irreprimible que el que se opone simplemente a su contrario (conceptualismo, formalismo, etc.). Hace pensar así en otro reparto [partage] de los sentidos, en ese lugar del límite, de los límites plurales en los que dicha tradición se abastece. Al marcar y remarcar los límites, Nancy espaciaría más bien la continuidad de ese contacto entre el tacto y los otros sentidos, e incluso la continuidad inmediata en el corazón, por decirlo así, del tocar mismo, de ese tocar que, él va a recordarlo, es “local, modal, fractal”». Jacques Derrida, op. cit. p. 188

«Con motivo de la ecotecnia de los cuerpos, de un mundo de los cuerpos que “no tiene sentido trascendente ni inmanente”, Corpus proseguirá esta dislocación del tocar. Sin abandonar nunca la insistencia en el tacto [tact] que tanto le importa, al que no renuncia nunca, Nancy lo asocia siempre, en contra de la tradición continuista de lo inmediato, al valor de apartamiento, de desplazamiento, espaciamiento, partición о reparto: “Por el contrario, hay el tacto [tact], la pose et la dépose, el ritmo del ir y venir de los cuerpos en el mundo. El tacto [tact] desligado, separado de sí mismo.”» Jacques Derrida, ob. cit. p. 190

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31 de diciembre de 2015

Copyright Armando Almánzar Botello. Reservados todos los derechos de autor. Santo Domingo, República Dominicana.
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¡NOTA SIN RUBOR!

Muchos pretenden entender el complejo pensamiento de Jacques Derrida solo por medio de la Inteligencia Artificial. ¡Cayéronse del cielo! Algunos patanes se quejan de que es un pensador muy difícil, mas dicen comprender a Kant, a Hegel y a Marx. Lo dudo. El pensar-sentir asonetado, ya sin Góngora y Quevedo, hoy no se llama pensar: se llama emprendedurismo. ¡No entienden ni el origen provinciano de la gran meritocracia! ¡Jo! Hasta se proponen escribir sobre el gran pensador argelino-francés sin haber estudiado nunca ni una sola de sus obras. Otros lo han plagiado de forma penosa y descarada... ¡Tengo pruebas de los usos «indebidos» (por ser hurtos banales) de los polivalentes textos del autor de Aporías y de Glas (Clamor)! ¡Terror! Hace ya más de cincuenta años que leí por vez primera De la gramatología y La diseminación... ¡Ay! ¡Humor! Todavía leo activamente al gran polímata Derrida y escribo con cautela litúrgica sobre su poliédrica obra emblemática.

IMAGEN:

Fotografía de una parte significativa de los volúmenes (no todos) de (y sobre) Jacques Derrida en castellano. En mi biblioteca figuran también varios de sus libros en francés.

Copyright Armando Almánzar-Botello. Santo Domingo, República Dominicana.

jueves, 30 de julio de 2026

LA PIEZA. Lo monstruoso que vendrá

«La relación simbólica que los seres humanos establecen en las llamadas sociedades primitivas o salvajes con la figura del animal como fuente de “beatitud”, proviene de tradiciones mágico-religiosas y protochamánicas muy elaboradas desde el período de los pueblos cazadores...» Armando Almánzar-Botello


Por Armando Almánzar-Botello

A James Welch; N. Scott Momaday; Louise Erdrich; Gerald Vizenor; Joseph Bruchac
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Los miembros de mi tribu te perseguían, te daban caza y te devoraban.

A pesar de tu fiereza tan temida, los tramperos de tu furia numinosa y errante, saltando en tropeles de arrebato y algazara, movidos casi siempre por la imperiosa necesidad de alimento —y en algunas ocasiones por el puro afán lascivo de sangre salutífera—, se tornaban fervorosos, temerarios y rapaces.

Te asediaban, trataban de aturdirte, y sus picas y flechas aguzadas —a pesar de tus gruñidos de dios enardecido en el furor sagrado de tu remota estirpe vigorosa—, certeras caían sobre ti como una pertinaz lluvia de muerte.

Se abalanzaban luego sobre la carne de tu cadáver, todavía palpitante, y se daba inicio a la cruenta y salvífica ceremonia…

Yo, sacerdote mayor de la Tribu de Cazadores, despierto ahora de un sueño abismal y convulsivo en el alba desgarrante que preludia una insólita y nueva jornada.

Copiosamente sudando todavía el sombrío fragor de mis visiones nocturnas, intento recuperarme de las terribles presencias de un mundo secreto entrevisto, de un más allá indestructible vislumbrado —en el sueño y en la vigilia y en el origen— por detrás de todos los límites profanos.

He soñado contigo anoche, y en la niebla rumorosa de trazos y de signos germinantes —epifanía en el follaje fosforescente de mi sueño—, aparecieron tus garras, tu cabeza hierática, tu boca ensangrentada, y con lentitud ritual me dijiste, sin mover los labios de tus fauces prodigiosas, que tú eras nuestro dios tutelar, salvador, apotropaico. Que viniste al mundo, pletórico de amor, solo a redimirnos de la muerte.

Por el sueño milagroso de la niebla, por la santa verdad de tu existencia que persiste, yo, este mismo día —en cumplimiento de mi sagrado mandato de chamán, de griot convocante que toca el tambor que evoca en el trance la memoria circular de todo lo acontecido, el indescifrado resplandor del origen—, te voy a consagrar de nuevo, ante el Consejo de Ancianos Venerables —con sus figuras ya casi fantasmales— como divinidad zoomorfa y tótem protector de nuestra tribu en la zona más pobre del condado del Bronx, en la delirante y alucinada turbulencia de los nadie: callejones del estigma en la terrible y posmoderna urbe de Nueva York.

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Noviembre de 2013.

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miércoles, 29 de julio de 2026

SÍ, EL VIEJO POSMODERNO TODAVÍA ES UN ROMÁNTICO

«Mirror on mirror mirrored is all the showWilliam Butler Yeats 


Por Armando Almánzar-Botello

Fredesvinda Báez Santana

Disculpa, pero recuerdo de un modo muy distinto esa historia del encuentro...

Quizá sea el paso de los años lo que afecta mi memoria, quizá sea mi mente la que ya bordea su delirio. Pero no recuerdo haberme arrojado por entero a tus grandes pies de predivinidad terrestre. ¡Perdóname!

Lo que sí recuerdo es que yo estaba en la Cafetería Paco’s y desde allí me sorprendió el momento vertiginoso en que, a través de una de las puertas del comercio y entre el ruido de vasos y voces, entre la humareda y el estallido de los motores urbanos, te vislumbré floreciendo por la vieja calle El Conde, resplandeciente de ti misma y moviendo tus manos misteriosas al hablar, mientras caminabas presurosa entre dos de tus amigos...

Me prometí entonces realizar luego para ti el ritual definitivo cuando volviera yo a encontrarte: abrirme el pecho con una daga filosa —como creo en mi delirio haberlo hecho—, extirparme palpitando el corazón y arrojarlo a tus pies, ensangrentado...

Mas vino un perro veloz de las tinieblas y se lo llevó sin retorno entre sus fauces...

Desde entonces, odio a ciertos caníbales políticos que se mueven por el mundo como si fueran hombres; a pesar de que, atravesado en mi ser por el mito y la leyenda, logré modelar en la fragua de Vulcano un nuevo, duro pero vivo corazón, este que todavía, todavía, todavía te sigue amando.

Armando Almánzar-Botello

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Miércoles, 29 de julio de 2026


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