Por Armando Almánzar-Botello
Armando Almánzar-Botello
Septiembre de 2018Copyright Armando Almánzar-Botello.
Reservados todos los derechos de autor.
Santo Domingo, República Dominicana.
Armando Almánzar-Botello: poeta, ensayista, narrador, nacido en Higüey, República Dominicana, el 29 de agosto de 1956. Es autor de los poemarios “Cazador de agua y otros textos mutantes” (Editora Nacional, 2003), antología poética personal que reúne una selección de sus textos escritos entre 1977 y 2003, y “Francis Bacon, vuelve. Slaughterhouse’s crucifixion” (Editora Ángeles de Fierro, 2007), junto a otras creaciones poéticas y ensayísticas.
Por Armando Almánzar-Botello
Armando Almánzar-Botello
Septiembre de 2018Por Armando Almánzar-Botello
El ideologema de «singularidad» en Ray Kurzweil no es igual al concepto de «singularidad» en cosmología cuántica y precuántica; ni al «cuasiconcepto» de «singularidad» en la filosofía del acontecimiento de Blanchot, Badiou, Derrida, Deleuze; ni tampoco es igual al concepto de «lo singular» en el campo del psicoanálisis freudo-lacaniano.
V. I. U. Lenin, por su parte, habló en su obra filosófica titulada Materialismo y empiriocriticismo de una dialéctica entre lo particular y lo universal, pero consideró irrelevante lo singular.
El psicoanálisis incorpora «lo singular» como la dimensión irreductible del sujeto cuando caen todas las máscaras o semblantes por efecto de una lograda experiencia psicoanalítica.
Lo singular aparecería también como efecto de un «acto sostenido de escritura transformativa», en sentido fuerte, o de una praxis política que desnude, por su carácter liberador radical, la dimensión irreductible o incurable del sujeto en eso que Jorge Alemán Lavigne dedomina con pertinencia «soledad común».
Jorge Alemán se apropia de un sintagma que ha estado en el aire siempre bajo los populares binomios de «soledad compartida», «soledad en compañía», «soledad en lo grupal», pero lo hace con la cautela epistemológica del filósofo, el psicoanalista y el pensador de lo político que teoriza la utilización de dicho sintagma de un modo intensivo y crítico que le confiere una potente y singular valencia política emancipadora.
Una cosa es la singularidad en la filosofía deleuziana del acontecimiento (la singularidad preindividual, nómada, pospersonal, impersonal del sentido-acontecimiento), y otra, muy distinta, es la concepción tecnofílica, tecnocrática y redentorista de «singularidad» tal como la defiende Ray Kurzweil, entendida esta por el referido emprendedor, ideólogo y propagadista como el punto en que la inteligencia artificial alcance una performance superior a la humana y el Homo sapiens sapiens logre la posibilidad de «transbiomorfosis» o inmortalidad óntica obtenida por conversión del humano en cíborg consumado: el mismo cerebro de una persona transferido a una máquina, o una duplicación ingenua del cerebro de un sujeto por medios algorítmicos.
Otra noción, muy distinta y distante de las dos anteriores, es el concepto de singularidad en física cosmológica, tal como fue concebido por Roger Penrose, Stephen Hawking, John Wheeler (geometrodinámica), Alexander Vilenkin, etcétera.
En el caso de Kurzweil, su concepción implica una definición meramente racionalista, algorítmica y performativa de la inteligencia.
Esa concepción olvida o no toma en cuenta el hecho crucial de que la inteligencia humana es tan solo un componente o elemento de una «mente» que implica —además de la inteligencia como capacidad de computación, cálculo y coordinación vectorial de noemas o conceptos— un conjunto de percepciones, emociones, «perceptos y afectos» (comprendidos estos dos últimos por Gilles Deleuze y Félix Guattari como una «contraefectuación» de las percepciones, emociones y sentimientos en bruto).
La inteligencia artificial trabaja con el logicial (que tampoco es la lógica) y tan solo simula, no duplica, los estados emocionales (Rosalind Picard, John Searle).
La consciencia autorreferencial o autoconsciencia (de la que no participa la inteligencia meramente algorítmica) es una emergencia no solo del «cerebro tomográfico-computacional», sino de la «interretroacción compleja», en bucle (Edgar Morin) entre cerebro, cerebelo, bulbo raquídeo, espina dorsal, inervación somática, cuerpo iatrogénico y homeostático, imagen especular, orden simbólico, historia del sujeto y otro real que hace resistencia al supuesto sujeto experimental y que no es susceptible de ser «engramado» en su totalidad por ninguna red neuronal. La relación entre estos elementos opera en una hipercompleja temporalidad termodinámica no reversible.
Es preciso establecer una tipología y una topología de las inteligencias, pues estas pueden ser definidas de modos muy distintos por medio de la acentuación epistémico-situacional de ciertos parámetros.
Una inteligencia artificial algorítmica y de silicio no puede alcanzar nunca los niveles de intencionalidad semántica y desempeño emocional de una biocomputación cuántica, húmeda y seca, de clonación nanotecnológica, que sería la única —al tener un cuerpo biológico aunque sea artificial— que podría replicar, duplicar, los niveles glosolálicos, semiótico-formales prelingüísticos y lingüísticos que caracterizan al sujeto humano como «parlêtre», como ser corporal sensible (aisthésis) y hablante, sexuado y mortal, ese que puede insertarse, (auto)conscientemente, en un vínculo social o comunitario.
La relación dialógico-técnica generalizada de lo «humano» con su potencia virtual «inhumana» es una «operatividad en marcha» que no puede ser sometida a la lógica del número y el algoritmo. Ella le permite al Homo sapiens-demens (Edgar Morin), bajo su estatuto de «parlêtre» (Jacques Lacan), «hacer lazo social» en el acto logrado de constituirse como singularidad irreductible.
Armando Almánzar-Botello
Martes, 27 de octubre de 2026
Copyright Armando Almánzar-Botello.«La «violencia simbólico-inédita», pero sin terror, no es la mera normalización de la brutalidad del terrorismo tecnocrático.» Armando Almánzar-Botello
Hay que ser muy mal crítico, un redomado estúpido, para pensar aquí en surrealismos, en escrituras automáticas.
¡Viva el mar Caribe! ¡Viva la glosolalia verde!
Por Armando Almánzar-Botello
A Jacques Lacan; a Jacques Derrida, in memoriam
Así como algunos sujetos conservadores, puristas del contrato social, aspiran a repúblicas normativas, exentas, carentes o libres de «monstruos» —el «monstruo» es anárquico, ateológico y antiaristotélico, por ser ajeno al orden preciso de la naturaleza clasificable, a la taxonomía, a las jerarquías por delegación trascendental y al árbol clasificatorio de Porfirio—, el gran escritor Samuel Beckett, en simetría inversa, era partidario de una singular, poderosa y rizomática república de «monstruos» libres... ¿¡Peligro!?
Aunque desnuden su aparente y banal minusvalía en el muy gastado contexto compensatorio de un paradójico y vocinglero seudovanguardismo —en ocasiones casi espectacular y necio—, triquiñuela que utiliza como recurso mediático la «sobreexposición ocultante»; aunque algunos todavía padezcan una injustificada vergüenza étnica, existencial, tribal o barrial, aún no bien sublimada, pese a todo ello los analistas políticos jamás clasificaremos como perdidos casos psiquiátricos a ciertos presumidos patafísicos del cuerpo exótico, de la neolengua torturada y del trazo arañado en la «tántara» epiléptica, tanto en su fiera y filosa escultórica como en su goteada pictórica, glaseada y a-significante.
¡Viva el mar Caribe, verdadero Mare Nostrum! ¡Viva la glosolalia verde! ¡Viva el dios en nosotros!
Aunque se hayan sustraído, disfrazados de sí mismos, a la muy extraña forma de sus curvilíneos bellos cuerpos, vestidos de frac y sombrero de copa —nervudos hombrecillos mestizos de aura dulce y femenina, con ojazos parpadeantes de celestes cabritillas, muy eróticas por saltarinas, con gruesos y anillados tobillos tensos y gráciles / que se prolongan perfectos hacia unas piernas de diosa y preludian el misterio de un gran sexo-laberinto de oscura y sabrosa pulpa—; aunque desde hace largos años hayan negado la forma y el rigor de lo deforme al sumergir lo inteligible, lo humano-figurativo, en secretos pundonorosos latidos celulares, en lo amorfo indescifrado, en un río-incertidumbre de abstracciones desnudadas para ocultar la turbulencia de la carne indecidible que huye de sí misma sola, en el miedo floreciendo su topología febril de inventos, yo, ahora, desnudo y ya sin rostro, revertido mixto en espejo —también otro lúcido monstruo huérfano de caricias canónicas y predecibles contactos—, aquí no los considero escorias turbias, palpables, ni parias con el peligro de intocables enfermos mentales.
No calificamos nosotros para ser identificados como meros parientes políticos o agresivos luditas lúdicos, sino más bien como saltarines garabatos polimáticos, artaudianos actores crueles, ciberneocavernícolas, vibrantes de flagelos fálicos, faquires y pornográficos.
En la mujer tendida palpitan / las fantásticas pestañas del sueño / en cuyos míticos pelos que palpo —secretos ramitos limpios—, / bien podría posarse a cantar / originaria y despreocupada mi alondra.
¡Contra el «menos yo» hipócrita, el «yo también» ahora vive!
Sin embargo, al fin didascálico ego, les recomiendo a ellos (a mí me sugiero) la franca exploración inédita, titilante y corporal de la neofiguración dismórfica, esa trágica por humorística transformación anamórfica, riendo a caballo en las líneas de fuga de un Tovar, un Bacon, un Oviedo, un Pichardo, un Hyppolite, un Duval-Carrié; reciclando en código caribeño a Picasso, a José Luis Cuevas, a Jean Dubuffet, a Antonio Saura, a Zdzisław Beksiński, a H. R. Giger, a Christian Rex van Minnen, a Olivier de Sagazan; el Neometamorfo criollizando allí donde la valentía del trazo —neofigural y potente y áspero—, y el duro jeroglífico ensamblaje / isleño de palos y palitos / defina la intemperie ritual de lo nocturno / y encienda / en la línea de fuga que subvierte los límites, lugares, no lugares y ontológicas moradas de miseria, / el fuego rojo en su galope ciego, la escritura intempestiva de la rabia imprescindible para lograr llorando, en síntesis disyuntiva, ¡mágica!, la posibilidad visionaria de un nuevo socius caósmico, donde una herida incurable siempre nos duela en el otro, en su «real» terrible y futuro, en su inagotable revelación sin fondo.
¡Cómo quisiera firmar este chamuscado retazo de palabras con los reconciliados nombres de François Dominique Toussaint y de Juan Pablo Duarte! ¿Sería ya demasiado tarde, Frantz Fannon, Édouard Glissant, Manuel Núñez, Jean Casimir, Carlos Andújar, Olivier Batista Lemaire?
Armando Almánzar-Botello
Año 3090 de nuestra Nueva Era.
12 de octubre de 2026
IMAGEN: Obra de Olivier de Sagazan