jueves, 21 de mayo de 2026

¿HAY SUEÑO EN LA VIGILIA Y VIGILIA EN EL SUEÑO?

«Jacques Lacan, leyendo la Antígona de Sófocles y revisando cierta interpretación de Hegel, elabora una ética psicoanalítica en la que el deseo apunta al goce, sí, pero sin implicar esto un ¡goza! de partida, sino un “¡desea!… y si quieres luego goza”... de forma “temperada”, borromea, “incurable”, haciendo vínculo social (sinthome), después de asumir la pérdida, la falta, la castración, cierto sutil, radical, ineludible o forzoso desapego “en la escala invertida de la ley del Deseo”». Armando Almánzar-Botello

«¿Estamos ahora dormidos o despiertos? ¿Me sigues, lector-soñante?». Armando Almánzar-Botello

Conciencia posicional y no posicional: «Toda conciencia es posicional (tética) en cuanto que se trasciende para alcanzar un objeto, y se agota en esa posición misma: todo cuanto hay de intención en mi conciencia actual está dirigido hacia el “exterior”... Esa conciencia espontánea de mi percepción es constitutiva de mi conciencia perceptiva. En otros términos, toda conciencia posicional (tética) de objeto es a la vez conciencia no posicional (no tética) de sí misma (como en la ensoñación, el sueño y la alucinación)... Así, la reflexión no tiene primacía de ninguna especie sobre la conciencia refleja: ésta no es revelada a sí misma por aquélla. Al contrario, la conciencia no-reflexiva hace posible la reflexión: hay un cogito prerreflexivo que es la condición del cogito cartesiano. A la vez, la conciencia no tética (no posicional) de contar, por ejemplo, es la condición misma de mi actividad aditiva... Comprendemos ahora que la conciencia primera de conciencia no es posicional (no es tética, no es reflexiva): se identifica con la conciencia de la conciencia (conciencia no tética o prerreflexiva)». Jean-Paul Sartre: El ser y la nada, Losada. S. A. Argentina, 1976, páginas 18-21.

«Wovon man nicht sprechen kann, darüber muß man schweigen». Ludwig Wittgenstein


«Sin: sentido / Bedeutung: significado / Bedeutung-Intention: Intención de significación / Deutung: interpretación / Traum: sueño / Traumdeutung: interpretación de los sueños. (Título de la obra de Freud sobre los sueños: Die Traumdeutung: La interpretación de los sueños, 1899). Traumbedeutung: significado de los sueños. (Este no es el título de la obra de Freud sobre los sueños). / Unbewusst (Inconsciente) no es igual a Unterbewusst (Subconsciente). Aquí está el error de Stekel y de Sartre, confundir “Unbewusst” con “Unterbewusst”». Armando Almánzar-Botello

«La oposición del sueño a la vigilia, ¿no es también una representación de la metafísica? Y ¿qué debe ser el sueño, qué debe ser la escritura si, como ahora sabemos, se puede soñar escribiendo? ¿Y si la escena del sueño siempre es una escena de escritura?». Jacques Derrida

«La diferencia entre la fenomenología de Husserl y la de Peirce es fundamental, pues concierne a los conceptos de signo y de manifestación de la presencia, a las relaciones entre la representación y la presentación originaria de la cosa misma (la verdad). En relación con este punto, Peirce está sin duda más próximo del inventor de la palabra fenomenología: Lambert se proponía en efecto “reducir la teoría de las cosas a la teoría de los signos”. Según la “faneroscopia” o “fenomenología” de Peirce, la manifestación en sí misma no revela una presencia, sino que constituye un signo». Jacques Derrida

Por Armando Almánzar-Botello

A Fredesvinda Báez Santana, indescifrado latido de la perla 💓 🦪

En el sueño —en ese «fenómeno psíquico que se produce durante el dormir y que está constituido principalmente por imágenes y representaciones cuya aparición, origen y disposición no se encuentran bajo el control consciente del soñante» (según nos dicen los investigadores Élisabeth Roudinesco y Michel Plon siguiendo a Sigmund Freud); en ese estado “profundo” y archioriginario de la huella, de la escritura o del grama, como entiende Jacques Derrida— la denominada conciencia prerreflexiva puede distanciarse parcialmente de las imágenes siguiendo un modo que Jean-Paul Sartre, en su conocida obra El ser y la nada, llama “no tético”, “no posicional”, fenomenológicamente hablando.

Podemos decir, inmersos en el proceso onírico: «Esto es un sueño, ojalá no llegue [o llegue, depende de los deseos del sujeto-soñante-“lector” y del carácter del sueño] el momento del despertar».

Pero el sujeto soñante no podría nunca decirse: «Cuando yo despierte, ¿de nuevo me encontraré en mi cama?; ¿seguiré siendo la misma persona que supongo ahora que soy?; ¿estaré acostado, reclinado leyendo, o me descubriré despierto y activo en otro guión o accionar mundano muy diferente al que me ocupa en este sueño?».

Si el sujeto-lector-soñante se plantea así el problema —modo este último que viene a corresponder al de una conciencia reflexiva, tética, posicional—, es porque ya está despierto.

Para Sartre no hay «conciencia de nada». Siempre toda conciencia es conciencia de algo, de objeto, conciencia tética o posicional de objeto. Pero con respecto a sí misma, la conciencia puede ser no tética, no posicional: conciencia prerreflexiva de sí; la conciencia que opera en el sueño, por ejemplo.

La conciencia tética o posicional de sí es la conciencia reflexiva. Si la conciencia no tética o no posicional de sí es “conciencia de conciencia”, la conciencia tética o posicional de sí, la conciencia reflexiva, es “conciencia de conciencia de conciencia”.

¿Estamos ahora dormidos o despiertos...?

¿Me sigues, lector-soñante?

La seguridad de la vigilia nunca es un estado definitivamente alcanzado por nosotros. No podemos demostrar matemáticamente que estamos despiertos, no existe certeza apodíctica de la vigilia; a pesar de la presunta intuición autoconvalidante de Descartes, que dependía, en realidad, de la existencia presupuesta de un Dios-Autor que no mintiera.

De hecho, solo podemos continuar sin garantías trascendentes —en un proceso abierto de ensayo y error— con la validación/falsación fenomenológicas de la presunción de vigilia, sosteniendo sobre la marcha la hipótesis de que estamos despiertos... Hasta prueba en contrario...

¿Me sigues, amable lector...?

Nunca, cuando me considero dormido, mi yo se ha planteado así esta contrariedad lógica, por más que me “distancie” de las imágenes que se me ofrecen en algunos sueños.

Siempre, al formular este impasse, me descubro “casualmente” haciendo vínculo y lazo social con otro(s) sujeto(s) cuyo espesor u opacidad existencial —en ocasiones virtual o espectral— me hace resistencia, en mayor o menor grado.

En ningún sueño, por más que nos “distanciemos” prerreflexivamente de la sucesión aparente de las imágenes oníricas —secuencia escópica desplegada en el llamado modo no posicional, no tético de la conciencia de sí—, podríamos efectuar ese tipo de cadena razonante.

Inasible lector, observa el hecho de que siempre, en aquello que nos acontece y que marcamos en el recuerdo con los índices de “vivencia en la realidad despierta”, nos hemos planteado este tipo de problemas sobre el dormir y la vigilia, con todos sus meandros y matices conceptuales...

A no ser que ahora soñemos sin ninguna coherencia y creamos, sin embargo, razonar con ideas claras y distintas… No obstante, yo juego a que ahora estamos plenamente despiertos… y lo escribo…

¿Radica, tal vez, en este “insignificante” detalle la diferencia profunda entre sueño y vigilia… entre poesía y prosa...?

Se ha dicho: soñar es una experiencia más radical que la locura misma. El cogito queda más profundamente alterado en el soñar que en la alucinación. Por eso, yo supongo que ahora estoy despierto y no soñando… pero escribo...

Las imágenes y sonidos del sueño son el “dar-a-ver” originario de un “Ello”, de un “Eso” impersonal que simplemente “muestra” para una pura mirada o “escucha mental flotante” que resulta ser la del sujeto que sueña. Alguien cuyo nombre es Jacques Lacan, dijo algo parecido a esto en un remoto día de lluvia que se pierde en la memoria...

Cuando Chuang Tzu soñó que era mariposa, no fue en su condición de mariposa que se planteó el problema de si estaba despierto o dormido, sino en su carácter de Chuang Tzu. Se suponía sujeto humano despierto prisionero de la duda, pero no recordaba en absoluto que cuando batía sus alas como mariposa hubiese reflexionado sobre este dilema.

Por dicho motivo, podemos conjeturar que quien soñó fue el filósofo y no la mariposa. Satisface nuestra vanidad comprobar que él también lo razonó de este modo…

En el sueño de Chuang Tzu, su mirada misma era la mariposa... El soñante mira, pero no ve, como dijo Jacques Lacan en Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. El ver es un “mirarse mirando”, y esto solo lo puede hacer la conciencia reflexiva de la vigilia, en la cual aquella función atópica de la mirada —luz, mancha, hendidura, objeto pulsátil en la sombra y estructural desposeimiento— queda parcialmente elidida.

Por lo demás, en el sueño se oye y no se escucha. Se oye, no el sonido, sino el “ser-oído” del sonido.

La “sonorización” del sueño, labrada por el juego de la huella, es del orden de la “imagen acústica”. El “sonido soñado” y el registro de la “alucinación sonora” corresponden al orden de la “sonorización” del pensamiento prerreflexivo. No son equivalentes a la foné como sonido físico oído en el mundo.

Ergo: es muy probable que ahora, tú y yo, querido lector, nos encontremos resplandecientemente despiertos en el mundo físico multisensorial, a pesar del estado hipnoide que podría generar en nosotros la lectura continua y excesiva de imágenes, de mensajes escritos, la recepción de ciertos sonidos reales o imaginados...

Vivimos la incertidumbre acústica, el efluvio innombrable, la densidad física y la espectralidad virtual del soporte con sus respectivos rayos de luz, ya sean los que se reflejan en la página o los emitidos por la pantalla...

Esos flujos de estímulos podrían estar propiciando, sin saberlo nosotros, la inmersión de nuestra conciencia en el peligroso abismo de una desconocida historia o de una monstruosa inmovilidad...

Todo parecía cotidiano y normal, pero cierta familiar extrañeza irrumpe ahora en mí, cargándome de honda inquietud por algo indecidible y muy lejano que retorna...

Viene a mi mente la mágica rapsoda cuando dijo aquella noche, con extraño aliento rumoroso de jardines, que para las personas genuinamente “prácticas” —en el sentido hermético de dicho término— “el sueño intensivo es una vigilia más alta”...

No obstante, ahora evoco el hecho de que la bella y mistérica mujer pronunció esta frase cuando ambos nos considerábamos sutil y completamente despiertos. Ella misma me confirmó en el acto la verdad de nuestra gozosa y fosforescente vigilia...

Quién sabe, amigo lector, si ahora te encuentras prisionero de Otro que se oculta en ti mismo sin tú saberlo.

Quizá, oscuramente, eres un signo más entre los signos que copulan, una voz en el juego enigmático de las voces y de los ecos, una huella en la travesía de un texto por siempre indescifrado...

Tal vez, por medio de un increíble artilugio prodigioso —más extraño que el caparazón de las tortugas, que la hoja de papel arrebatada en su aparente neutralidad absorta, que la pantalla del computador vibrante y la realidad virtual inmersiva, que los lectores electrónicos de e-books y los audiolibros generosos, que la telepatía ultrananorrobótica y el perseverante libro físico tradicional—, sueñas con la lectura de otro mensaje cifrado que alguien desconocido para ti ahora te re-envía, tenaz, enigmática y pacientemente...

No debemos llamar torpe, barroca o presumida —con la falsa modestia del Maestro demiurgo— a esa oblicua y genésica escritura inaudita...

Armando Almánzar-Botello

Noviembre de 2010

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Blogs en los que figura este mismo texto:
Blog Cazador de Agua
Blog Otros Textos Mutantes

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ALGUNOS TEMAS ABORDADOS POR MÍ EN LA REMOTA ADOLESCENCIA (Notita)

Por Armando Almánzar-Botello

El llamado cogito prerreflexivo, tal como lo concibe Jean-Paul Sartre, implica, simultáneamente, conciencia tética (o posicional) de objeto y conciencia no tética o no posicional de sí.

Ahora me parecen necesarias unas preguntas:

Si la conciencia prerreflexiva es conciencia “inmediata” de conciencia, ¿qué distingue a este nivel de “claridad” de la conciencia reflexiva como conciencia de conciencia de conciencia?

La conciencia prerreflexiva de “derecho”, tal como Gilles Deleuze, Michel Foucault, Jacques Derrida, Maurice Blanchot, Jacques Lacan, Alain Badiou y Giorgio Agamben la conciben, completamente identificada con lo que ellos vendrían a denominar “plano trascendental de inmanencia”, ¿es la misma conciencia fenomenológica husserliano-sartreana como fuente de “luminosidad” intencional y conciencia de “hecho”?

¿Qué relación se podría establecer, si ello fuere posible o legítimo, entre la categoría heideggeriana de lichtung y los conceptos de “línea de luz” bergsoniana, pre-geométrica, o “imagen-movimiento” deleuziana, concebida esta en su pura indeterminación a-subjetiva, pre-individual, prerreflexivo-impersonal?

Firma: El Autodidacto, personaje de la vieja novela La náusea de Jean-Paul Sartre.

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SUEÑO GRATIFICANTE (PRINCIPIO DEL PLACER) Y PESADILLA (MÁS ALLÁ DEL PRINCIPIO DEL PLACER)

Por Armando Almánzar-Botello


«Lo kitsch como cita y parodia no es lo kitsch padecido en primer grado, como acontece con casi todo lo que se escribe desde la solemnidad sin ironía». Armando Almánzar-Botello

«El onirokitsch “benjaminiano” te viene a despertar del confort de lo banal en la vigilia; como recurso “citativo” es cruda iluminación de lo histórico». Armando Almánzar-Botello

«Cuando soñamos que soñamos está próximo el despertar». Novalis
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Es algo banal el intento de querer despertar cuando el sueño es traumático, y de anhelar proseguir soñando cuando el sueño es gratificante.

Ese dormir gratificante, según Walter Benjamin, es el estado hipnoide y de trivial “ensoñación kitsch” (no me refiero aquí al “onirokitsch” de Benjamin) producido por la seductora mercancía en el contexto de la ideología capitalista, concebida como avieso intento de negar la historicidad de las formas-sentido.

Obedece dicho familiar pero inquietante recurso a los mecanismos de defensa del Ego soñante; de un Yo hipostasiado que se resiste, aun dormido, a ser confrontado, no con la Realidad de la vigilia —instancia que constituye otro modo político de seguir dormido, hipnotizado, amodorrado, histerizado por la mercancía y por el shopping mall, es decir, prisionero del simple principio del placer como principio de constancia energética—, sino con lo Real de la castración, con el vacío, la hiancia, el hueco, el conflicto, la negatividad, el terror, la nada (no néant sino rien) que se encuentra por detrás de toda imagen onírica.

El “onirokitsch surrealista” de Walter Benjamin debe ser entendido “como espejo inverso de la banalidad estética y hedonista cotidiana”, de la trivialidad promovida enmascaradamente —para consumo engañoso de las masas irredentas y bajo la mentida categoría de “lo artístico”— por la proliferante axiomática del sistema capitalista mercantil y financiero…

El pensamiento crítico de Walter Benjamin, como nos recuerda Theodor W. Adorno, asocia el kitsch onírico (el onirokitsch) al surrealismo y su estética vanguardista; por su parte, Franz Wedekind entiende lo kitsch como «la forma actual del gótico, el rococó y el barroco», comprendiendo, como escribe Adorno: «Que es precisamente de los materiales rechazados de donde algún día surgirán los significados auténticos». T. W. Adorno: “Sobre el legado póstumo de Franz Wedekind”, en Notas sobre literatura, (Frankfurt am Main, 1974; Akal, 2003, 2009)

Al apuntar en esa dirección, el onirokitsch surrealista puede conducir a una “iluminación”, a un despertar del sueño engañoso que provoca el “kitsch real de la experiencia cotidiana” (Ricardo Ibarlucía).

En su intento de recuperar el sentido histórico de las formas ahondando en el desecho, en el vestigio, en lo vulnerado, en lo despreciado, abandonado, rechazado y caduco, el onirokitsch de Benjamin y Wedekind vendría a ser para mí una suerte de “sistema de signos declarados”, tal como dice Roland Barthes en otro contexto, frente al “sistema de signos inconfesados” propio del opaco y aproblemático “kitsch cotidiano” como simple dormir ideológico, banal, vulgar, empobrecido, deshistorizado e inconsciente.

Por otra parte, aquí la verdad no es, psicoanalítica y filosóficamente hablando, un contenido constituido, estable, sino más bien esa relación de necesario y estructural “descompletamiento” que el sujeto establece con la dimensión tética del sentido para poder vislumbrar, en los litorales del sueño, lo real, la carencia de Ser, el exceso…

El poder de la pesadilla como sueño traumático es superior, en tanto que fuerza reveladora de un Real imposible al que aspira la “verdad constituyente”, al “principio del placer” satisfecho que comporta el simple sueño gratificante y homeostático.

Curiosamente, en la vigilia kitsch como plácido sueño programado se forcluye y viene a ocultarse un “real indomeñable” revelado en la pesadilla, históricamente, como el agitado sueño barroco y surrealista que nos conduce al despertar.

Por ello, la realidad sociosimbólica convencional, espectacular, es decir, lo simplemente verosímil de la vigilia, es una mera variante pragmática del dormir…

Juan David Nasio considera al sueño, freudianamente concebido, como una “formación del inconsciente”, junto con el chiste, el acto fallido, el síntoma, el acting out y el lapsus.

Por lo contrario, Nasio entiende a la “pesadilla” —conjuntamente con el “pasaje al acto” (que no es, como creen muchos, un acting out), la “lesión de órgano” y la “alucinación”— como lo que denomina “formación del objeto a”.

El “objeto a” en su vertiente de “vacío” es causa del deseo; en su carácter de instancia obturadora es un condensador de goce.

El “objeto a” es un vestigio real del goce mítico absoluto.

Lo Real del goce se encuentra en lo que Freud llamó el “Más allá del principio del placer”… y colinda con la angustia, con la pulsión, con la pulsión de muerte

Por todo esto, Jacques Lacan, leyendo la Antígona de Sófocles y revisando cierta interpretación de Hegel, elabora una ética psicoanalítica en la que el deseo apunta al goce, sí, pero sin implicar esto un ¡goza! de partida, sino un “¡desea!… y si quieres luego goza”... de forma “temperada”, borromea, “incurable”, haciendo vínculo social (sinthome), después de asumir la pérdida, la falta, la castración, cierto sutil, radical, ineludible o forzoso desapego “en la escala invertida de la ley del Deseo”...

Armando Almánzar-Botello

2 de noviembre de 2013

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EL INCONSCIENTE Y EL SUBCONSCIENTE NO SON LO MISMO EN EL DISCURSO DEL PSICOANÁLISIS FREUDIANO (Theoretical reembodiment)

Por Armando Almánzar-Botello

El título en alemán del libro de Sigmund Freud El chiste y su relación con lo inconsciente es: Der Witz und seine Beziehung zum Unbewussten, no es Der Witz und seine Beziehung zum Unterbewussten.

Algunos hablan de “subconsciente” cuando mencionan el gran descubrimiento de Sigmund Freud. Por ejemplo, utilizan incorrectamente dicho término en obras de Freud como El chiste y su relación con lo inconsciente...

La diferencia más profunda se da entre Unbewusst (Inconsciente) y Unterbewusst (Subconsciente).

La preposición “un” en alemán (Un-bewusst: in-consciente) remite al registro de una cierta radical negatividad muy diferente al lugar “arqueológico” (la metáfora epistemológica freudiana es de naturaleza arqueológica) representado por la categoría de Unter-bewusst (sub-consciente), marcada por la preposición “unter”. La determinación de la primera se refiere a un orden radicalmente distinto al de lo consciente (Bewusst), es decir, el “inconsciente freudiano” (Unbewusst).

Jacques Lacan, el más grande pensador-psicoanalista después de Freud, problematiza luego, no sin gran humor, la categoría arqueológico-freudiana de “inconsciente”, sustituyéndola por otro tipo de formalización de naturaleza topológica, pero esa es ya otra historia...

Lo “subconsciente” (Unterbewusst) es prefreudiano. Aunque Freud utiliza ese término en algunos contextos de su extensa obra, su verdadero descubrimiento fue el Unbewusst (inconsciente), no el Unterbewusst (subconsciente).

El uso común del término Unterbewusst de un modo indiferenciado con respecto a Unbewusst me permite distinguir a quienes están realmente familiarizados con el pensamiento de Freud de aquellos que no lo están.

Para Freud, el chiste más auténtico surgiría del “inconsciente”, no del cálculo reticente-perverso del “subconsciente”, concepto este último que remite a lo que Freud, en su “Primera Tópica” y diferenciándolo del sistema inconsciente, denomina “sistema preconsciente/consciente”, lugar de la “mala fe” teorizada luego por Jean-Paul Sartre...

Lo he dicho en otros contextos: el error de Jean-Paul Sartre, desde los puntos de vista psicoanalítico y fenomenológico, fue haber confundido en su análisis del cogito —en la misma línea de Wilhelm Stekel— la “conciencia prerreflexiva” con el “inconsciente freudiano”.

La conceptualización de lo “prerreflexivo” en Sartre correspondería más bien a lo que Freud, en su metapsicología, teoriza y establece (primera tópica) como sistema preconsciente-consciente, distinto del Inconsciente (Unbewusst).

La especificidad del “Inconsciente freudiano”, en su radical heterogeneidad con respecto a la conciencia no-tética de sí o conciencia prerreflexiva, es completamente desconocida por Sartre. Prueba de ello es que el gran filósofo francés confunde, en su lectura del pensamiento de Freud, la categoría de Unterdrückung (francés: répression; español: supresión, enmascaramiento) con la Verdrängung (francés: refoulement; español: represión)...

Esa “maniobra errática” en el plano hermenéutico y conceptual le permite a Sartre considerar el inconsciente freudiano como una estrategia de mala fe” propia de la consciencia inauténtica, esa que pretende o intenta, convirtiéndose en una especie de opacidad “para sí”, de puro “en-sí” (el inconsciente), evitar la libertad y la responsabilidad que conlleva la asunción del pleno “ser para-sí” y su posible transformación ulterior en “ser para los demás”...

Por otra parte, Jacques Lacan, además de los denominados “tres registros topológicos”, de las conocidas distinciones entre lo “simbólico”, lo “imaginario” y lo “real” —contexto teórico en el que concede, siguiendo a Claude Lévi-Strauss, una gran importancia a lo que denomina “Orden Simbólico de la Cultura”—, elabora, en la última etapa de su pensamiento, el concepto de la lalangue (“lalengua”), al cual define, diferenciándolo de la langue (lengua) y del langage (lenguaje) saussureanos, como una instancia operativa “caótico-semiótica” cuyos principios “reguladores” están constituidos por la condensación de “fonemas desemantizados”, por las homofonías, la glosolalia, la denominada lalación, por el goce de la pura letra

La lalangue lacaniana se encuentra configurada por la “lluvia” —sin formar cadena significante— de lo que el psicoanalista francés conceptualiza y designa como lettre (letra), definida a su vez, no como la dimensión gráfica del signo, sino como la pura materialidad del significante (fónico o gráfico) en su particularidad de mero soporte material, localizado e indivisible, al manifestarse en su carácter simbólico-real de sinsentido, trazo, pura significancia o polivalencia a-significante

La lalangue constituye para Lacan el “Inconsciente real” en acción, diferente al “Inconsciente simbólico” freudiano (Unbewusst) y fundamento estructural de este último, lógica y cronológicamente.

Cuando, para superar, por motivos internos a su propio campo psicoanalítico-filosófico, la oposición metafísica tradicional “lengua-habla”, Jacques Lacan acuña el neologismo lalangue y sitúa dicha manifestación del lenguaje en relación con el registro del “inconsciente real” del parlêtre, como algo diferente al “inconsciente simbólico” freudiano (unbewusst), no está reduciendo el mundo a simple semblante o imagen. ¡Todo lo contrario! Frente a cualquier “nominalismo” reductor, defiende el carácter irreductible de un “real indomeñable”.

La meta ideal de la cura es que el psicótico en transferencia (y en general, todo sujeto analizado en psicoanálisis) alcance una “invención sinthomática propia” (Lacan), un “saber hacer ahí con el síntoma”, un saber hacer con la lalangue que “haga lazo social” por medio del síntoma (symptôme) transformado en sinthome borromeo vinculante.

Esa “invención” del analizante —entendido ahora como parlêtre (ser hablante)— debe permitir que su savoir y faire avec son symptôme (el saber hacer ahí con su síntoma, como el acto compulsivo de escritura, por ejemplo) le resulte más eficaz para sostenerse en la escena del mundo que las vías “patológicas” previas. Específicamente, debe ser más eficaz que aquel intento “espontáneo” de estabilización por medio de la “metáfora delirante” (en las psicosis); que la búsqueda de estabilidad mediante el “síntoma incordiante”, problemático y oneroso (en las neurosis, con el síntoma convencional y no el sinthome como suplencia borromea); o que el intento de lograr fortaleza por el expediente de la simple identificación transferencial con el analista como partner o sinthome provisorio.

Armando Almánzar-Botello

23 de agosto de 2017

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BIBLIOGRAFÍA MÍNIMA

Adorno, Theodor W. Notas sobre literatura. Obra completa, 11. Madrid: Akal, 2003/2009.

Benjamin, Walter. El libro de los Pasajes. Madrid: Akal, 2005. (Especialmente los desarrollos sobre el onirokitsch y la fantasmagoría de la mercancía).

Derrida, Jacques. De la gramatología. Buenos Aires: Siglo XXI Editores, 1971. (Para los conceptos de grama, escena de escritura y la lectura de la faneroscopia de Peirce).

Freud, Sigmund. Die Traumdeutung (La interpretación de los sueños, 1899) y Der Witz und seine Beziehung zum Unbewussten (El chiste y su relación con lo inconsciente, 1905). Obras Completas. Buenos Aires: Amorrortu Editores.

Lacan, Jacques. El Seminario, Libro 7: La ética del psicoanálisis (1959-1960). Buenos Aires: Paidós. (Para la tragedia de Antígona y la escala invertida de la ley del Deseo).

Lacan, Jacques. El Seminario, Libro 11: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis (1964). Buenos Aires: Paidós. (Para la esquicia entre la mirada y la función del ver, el objeto a y la luz en la sombra).

Lacan, Jacques. El Seminario, Libro 23: El sinthome (1975-1976). Buenos Aires: Paidós. (Referencia capital para la formalización del nudo borromeo, el savoir-y-faire avec son symptôme, la escritura como suplencia estabilizadora y el deslinde definitivo entre el inconsciente simbólico y el inconsciente real de la lalangue).

Nasio, Juan David. Los más famosos casos de psicosis. Buenos Aires: Paidós, 2001. (Para la distinción clínica entre las formaciones del inconsciente y las formaciones del objeto a).

Sartre, Jean-Paul. El ser y la nada: Ensayo de ontología fenomenológica. Buenos Aires: Editorial Losada, 1976.
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lunes, 18 de mayo de 2026

CARTA BREVE A UN HOMBRE ROTO

«El gran bardo lisboeta logró anudar, mediante los recursos del «Drama en gente» y los registros de lo real y lo simbólico, su imaginario proliferante y sin lastre —ese que peligrosamente pululaba en él hasta ningunearlo Nadie...» Armando Almánzar-Botello 

     

Por Armando Almánzar-Botello 


Falso Monstruo Anamórfico Transformativo Generalizado como Neometamorfo (F-ATGN): estoy anonadado por tu imprevista y novísima capacidad lúdico-algorítmica.

Los años nos impactan de modos muy diversos; nos calcinan los sesos con variantes imprevistas. ¿Estaremos bordeando allí el delirio? Y, peor aún, como cyborgs truculentos, ¿estaremos ejecutando el plagio insostenible de un algoritmo ciego del que ignoramos, con dulzura simulada, lo que es? ¡Ya casi estamos viendo el fantasma de la máquina, oh «inconsulto caudillo»!

No recuerdo en ningún momento haberte visto interesado por teorías estéticas informacionales a lo Max Bense, Abraham Moles o Simón Marchán Fiz, etcétera. Pero la Inteligencia Artificial parece haber afectado el corazón mismo de tu axiología panóptica.

Cuando te llamé un día, con fines de alabanza, Gran Demonio de Maxwell, todavía el cyborg era yo; parece que ahora se te ha olvidado.

Tengo desde hace largos años toda una biblioteca en proceso de actualización permanente sobre los temas de inteligencia artificial, realidad virtual, cibernética y estética informacional, etcétera, y me asombro cuando te veo, monstruo, arrastrado por un verdadero delirio cibernético puramente snob.

Con gran sorpresa de mi parte, hasta te he visto atribuir «voluntad-subjetividad» al algoritmo... ¡Bueno! Está ese falso Neometamorfo reproduciendo toda una vieja discusión tecnofilosófica y no parece que te apercibas de ello...

Solo deseo hacerte una pregunta: ¿Por qué meter a Fernando Pessoa y sus heterónimos en ese lío? Pessoa no utilizó los heterónimos de su «Drama en gente» por capricho burgués o para simplemente poblar de máscaras su rota soledad. Pessoa utilizó ese recurso para no volverse loco. A ese problema de Pessoa lo llamó Jacques Lacan «enfermedad de la mentalidad».

El gran bardo lisboeta logró anudar, mediante los recursos del «Drama en gente» y los registros de lo real y lo simbólico, su imaginario proliferante y sin lastre —ese que peligrosamente pululaba en él hasta ningunearlo Nadie...

¡Eso no es un juego neurótico de niños; ese fue un recurso crucial que le permitió mantenerse cuerdo en la escena tragicómica del mundo!

Los heterónimos son en Pessoa un recurso del poeta portugués para hacer un sinthome como suplencia que le permitiera dejar de ser Nadie... Un vacío psicótico.

Tal como Joyce, aunque de otro modo, de la suplencia para la forclusión de lo tético Pessoa hizo una nueva forma de arte: un acto creativo.

Otra cosa muy distinta es utilizar un seudoheterónimo para reforzar un ego que no es de suplencia, sino que obedece al mandato superyoico del «goza de vigencia permanente», aunque no tengas nada serio que decir, que vender...

El problema de los heterónimos no puede ser resuelto mediante el algoritmo: este no tiene cuerpo gozante ni pulsión, no es un parlêtre ni maneja la complejidad de la lalangue.

Lo algorítmico está fuera de la aisthésis. Su reino viene a operar con el número como vector de intensidad, mas no con el aisthéton espiritual, según la forma en que Jacques Rancière piensa este concepto.

La inteligencia artificial no trabaja siquiera con la lógica, sino con el logicial...

Todo eso complica cierto afanoso juego de hacer «teoría» bajo la tutela del algoritmo. Este no comporta ninguna línea de fuga creadora; simplemente organiza la información, pero no crea nada nuevo.

Con algunos falsos personajes conceptuales no se va a llegar muy lejos, porque lo que están haciendo es un ejercicio proyectivo y solipsista que los mantendrá en burbuja o en Campana de Gauss.

Si lo que pide la «soledad de la mente» pequeñoburguesa es mero juego (no hablo ahora de «sociedad de la mente»: Putnam, Minsky, Cacciari...), pues que juegue; pero que no crea estar produciendo conocimiento ni poesía. Solo está aprisionada en aquello que Lacan llamó «palabra vacía» y «molino de palabras».

El algoritmo no tiene subjetividad; por tal razón, no puede conducir a ninguna intemperie, a ningún desamparo, a ningún Hilflosigkeit. Él no tiene la vivencia del desamparo. A un algoritmo, a una máquina, a un gran modelo de lenguaje no le falta nada.

Hay que estudiar más el problema fuera de la trampa que representa meditar sobre la inteligencia artificial explorando el tema con la misma inteligencia artificial.

Debemos tener más cautela epistemológica y leer críticamente sobre el problema en la Galaxia Gutenberg o en libros digitalizados, pero libros al fin. Principio de precaución: Hans Jonas.

¿Sabíamos, por ejemplo, que entre el Gilles Deleuze y el Félix Guattari de ¿Qué es filosofía? y el poeta Fernando Pessoa existe una relación de simetría inversa con respecto a los conceptos de ortónimo, heterónimo, personaje conceptual y autor?

Si no tenemos definido un marco teórico y filosófico vamos a naufragar; es más, ya nos vemos naufragando.

¿Sabíamos que el heterónimo —llamado seudónimo singular con vida propia en Pessoa— es personal en su caso específico, mientras que el personaje conceptual en Deleuze-Guattari es impersonal, expresado y comandado por un «se», y quien viene siendo el seudónimo de sus personajes conceptuales es el autor (al que Deleuze y Guattari no llaman ortónimo sino filósofo)?

Pensemos ese problema con los libros físicos abiertos y no lo dejemos reducir por un recursivo aprendizaje vía inteligencia artificial sobre la inteligencia artificial. Eso no es productivo. Es cómodo, pero ilusorio.

En algunos casos hasta Wikipedia nos resultaría más útil.

Bueno, compañeros de naufragio, para no eliminar más «n-amigos» virtuales prefiero mandarme (¡sí, mándame, Señor del Espejo!) a estudiar seriamente estos problemas y dejar de sacudir el árbol de la Ira...


El Anamorfo Transformativo Generalizado como Neometamorfo (ATGN)

9 de agosto de 2025

La Megalópolis de Petronilo Ánima.

Santo Domingo, República Dominicana.

Enlaces relacionados:

LA MATRIZ DEL NEOMETAMORFO 

https://almanzarbatalla.blogspot.com/2026/01/la-matriz-del-neometamorfo.html?m=1

PEZZOIANA 

https://almanzarbatalla.blogspot.com/2025/10/pezzoiana-ortonimo-evidente.html?m=1

viernes, 15 de mayo de 2026

JACQUES LACAN Y EL «HACERSE EL MUERTO»... («¡YO OPINO!»)

«Ignorancia docente / Docta ignorancia». Jacques Lacan

«La “ignorancia docente” de las redes sociales no es la “docta ignorantia” de los místicos cusanos... aunque ambas categorías participan de la metafísica “haptotrópica” de la presencia (Jacques Derrida)». Armando Almánzar-Botello

«En el pensamiento histórico de Jacques Lacan se produce para el analista un crucial desplazamiento desde hacerse el Otro (A) como sede del código, “muerto del bridge” y garante de la Verdad, hasta hacer semblante del “objeto a” y estar dispuesto a caer como desecho cuando en el proceso el analizante atraviesa el fantasma». Armando Almánzar-Botello

«La histérica pide a su Amo —que “supuestamente sabe”— la respuesta sobre el enigma que constituye (para ella y para todos) la causa de su propio deseo. Sin embargo, por el carácter estructuralmente insatisfactorio de todo “saber constituido” para dar cuenta de la verdad del objeto ausente, ella produce de inmediato una destitución o vaciamiento del discurso de dicho Amo en su papel de instancia que puede ofrecer una presunta respuesta universal al vacío del goce perdido». Armando Almánzar-Botello


Por Armando Almánzar-Botello

El auténtico chiste lacaniano que representa decir: «La única manera de ganar una discusión a un filósofo es hacerse el muerto» (EL SFA) constituye un mero «plagio» transformativo de lo dicho por Jacques Lacan en relación al lugar de «neutralidad» relativa en el cual debe ubicarse el analista.

Para el gran psicoanalista y filósofo francés, en una primera etapa de su pensamiento clínico sobre el proceso de análisis (y prosiguiendo con la concepción freudiana revisitada), el analista debe posicionarse como sede del código, «Otro simbólico» y «garante impersonal de la verdad».

Frente a la mencionada postura psicoanalítica freudo-lacaniana, las estrategias neurológico-psiquiátricas, las psicoterapias convencionales y los revisionistas freudianos tienden a concebir el proceso terapéutico como una relación complementaria entre un sujeto profesional de los saberes neurológico-medicamentosos o psicológicos y su partner o compañero imaginario, el «enfermo», comprendido como «paciente mental» y persona sometida al saber maestro de las ciencias del cerebro y de la psique...

Nos viene aquí a la memoria la importante distinción establecida por Octave Mannoni entre los silencios y decires respectivos del psiquiatra y del psicoanalista. Mientras que el primero se reserva un saber que aplica al paciente, el segundo guarda un frecuente y receptivo silencio que permite al analizado desplegar libremente su decir, con los efectos (des)estructurantes y de posible valor terapéutico que dicha estrategia comporta.

El silencio del psiquiatra es, según Mannoni, el silencio del que se identifica con un saber constituido y lo aplica. El silencio del analista es un silencio de ignorancia y de apertura a una verdad constituyente por venir; su saber lo utiliza para seguir y orientar la cura, pero también para evitar en sí mismo los trastornos que podría producir en él la relación sostenida con las neurosis y las psicosis...

Ese lugar de «neutralidad estructural» constituido por un Otro simbólico que administra los decires y el silencio como estrategias en el «tratamiento» psicoanalítico, Lacan lo identificaba explícitamente, frente al binomio «terapeuta-paciente» y sus peligros de seducciones imaginarias, con el lugar del «Muerto» en el juego de Bridge...

Siguiendo con la metáfora del juego de bridge, el analizado vendría a funcionar entonces como «declarante»...

El primer nivel del chiste, válido para el vulgo y por lo tanto garantía de su éxito más amplio como recurso humorístico en cuanto viene a tocar de modo freudiano una «verdad» oculta del inconsciente socio-cultural, alude a la idea de una indiferencia del receptor del mensaje: un «ausentarse» del diálogo con el «filósofo», un «hacerse el muerto» frente al pensador como «sujeto que se supone sabe» y que pretende aplastar al interlocutor o simplemente conducirlo, de modo socrático, al «oprobio supremo» de la autocontradicción.

Con toda la ironía implícita en esta estrategia popular que señalamos, la supuesta e incorregible «astucia de la mala consciencia» aspira ingenuamente a neutralizar, por vía de una suerte de «evitación-aleve» de la figura paterna o del nombre-del-padre, la «palabra maestra». Esa palabra con vocación de cierre absoluto puede operar en todo acto de habla o discurso como límite, como interdicción-prohibición; como aquella palabra «avasallante» que se atribuye al filósofo, entendido en su rol clásico de voz plenipotenciaria y bajo el expediente de «vía regia» por medio de la cual se manifiesta entre los mortales la potencia del Logos Spermatikós (Semina Verbi) y del Logos Apofantikós.

Es como si el agente y supuesto «beneficiario» del chiste dijera:

No entro en el juego discursivo del filósofo; cuando él «hable» o «escriba», en lugar de responder a sus argumentos yo le mostraré que me ausento, que «bostezo», que hago fading (que me desvanezco, me desmayo, me voy, me esfumo) frente a la pretensión que le supongo de ocupar el lugar del Amo en la famosa dialéctica de Hegel.

Frente a la presunta «Verdad» y la soberanía supuesta de su discurso, el filósofo-amo solo encuentra la «escucha» flotante-ausente de un «astuto esclavo» más que dormido, histriónicamente muerto... Chiste logrado...

Pero el estrato más profundo del chiste («chiste para la parroquia», como decía Henri Bergson en su obra La Risa; chiste para orejas psicoanalíticas) consiste o estriba en la nueva versión ahora entrevista o insinuada en el dictum lacaniano reformulado, lectura inédita que brota como un efecto sorpresa:

En el chiste parece producirse la identificación del «filósofo» con el «analizado», concibiendo al pensador en su más chata vertiente retórico-sofística y no de modo psicoanalítico-socrático. 

El filósofo es visto por el sujeto light como simple agente de actos verbales inútiles, como un mero «paciente» que debe ser sometido por el «vulgo» a una «terapia salvaje». Esta terapia, realizada por la «astucia» del esclavo al pseudo-invertir la dialéctica hegeliana referente a las «luchas de puro prestigio», viene a operar a favor de la doxa, del discurso común y de los registros no formalizantes de la vida, lo sencillo y lo «espontáneo»...

El mencionado «esclavo» trabaja en contra de una palabra envolvente que, por el rigor de su formalismo, tendería a resultar «ofensiva» para los valores creados desde la perspectiva del pragmatismo, de la ley del mínimo esfuerzo y del puro espectáculo.

«Hay que prestar oídos sordos al necio» (al filósofo) parece decir entre líneas, de un modo sarcástico, el breve texto plagiado-transformado en el cartelito de marras, halagando así el odio anti-intelectualista del hombre-masa contra los discursos más o menos densos.

Ese resentimiento fue denunciado en su momento por Isaac Asimov, entre tantos otros, cuando afirmaba que la presión del anti-intelectualismo ha ido constantemente abriéndose paso a través de nuestra vida política y cultural, alimentada por la falsa noción de que la democracia significa que «mi ignorancia es igual de válida que tu conocimiento»...

Para Lacan, en cierta etapa de su pensamiento, el éxito de la cura y «los principios de su poder» dependían de que el analista mantuviera su neutralidad como Otro y no cediera ante la «seducción» y las demandas del analizado. Estos reclamos están motivados de un modo inconsciente por el esfuerzo que tiende a realizar el analizado para «formar pareja o dupla imaginaria» con su analista.

Por esta última vía se producen todos los efectos negativos que se derivan de la identificación imaginaria del analizante con el analista cuando este último, en el proceso dialógico del psicoanálisis, viene a cristalizarse de un modo equívoco y técnicamente «perverso» como sujet supposé savoir («sujeto que se supone sabe»)... y se lo cree.

El analista, cuando asume su rol propiamente freudo-lacaniano, aspira a propiciar la emergencia o producción de las «verdades inconscientes» del propio analizado, sin proponerle una pasiva identificación con el «terapeuta que sabe» o con alguna otra figura modélica a seguir.

El analizado, en el proceso analítico en curso, debe producir su propio «Ideal-del-Yo» más allá de las seducciones imaginarias de un «Yo-ideal».

Llegados aquí, en esta «napa sumergida» del chiste de marras, resulta posible observar que se contrastan en el rótulo en cuestión dos planteamientos relacionados pero diferentes:

     1) La única forma de curar a un «paciente» neurótico es «haciéndose el muerto» frente a sus demandas «locas», negándose el psicoanalista a formar pareja imaginaria con él y situando, con su «silencio estratégico y táctico», el deseo del analizado de encontrar la «palabra plena» de la neurosis en su espera ilusoria de una respuesta concluyente a la demanda voraz que pretende agotar la totalidad del Deseo que la subtiende.

     2) La única forma de «curar-derrotar» a un filósofo «aprisionado» en su afán de lograr la «verdad plena» —batallando este, a veces, con el (re)molino de palabras en el que puede sumergirse ¡y sumergirnos! en su búsqueda compulsiva de «La Verdad»— sería... ¡hacernos los muertos!

Posible fin de la cura, del análisis... o del «diálogo filosófico»...

Pero se trata, en este caso, de un «hacernos los muertos» que no se produce por miedo a la carencia o a la falta, ni por incompetencia estético-filosófica, intelectual o técnica (lo que resulta muy usual), ni tampoco por «antiintelectualismo envidioso» e impotente (también usual). Se produce por amor descarnado a la no forclusión del decir contra la pretendida hipóstasis de lo dicho; por la apertura infinita y el amor a la emergencia posible de una verdad desestabilizante, nueva y entendida como neoformación discursiva indecidible y «monstruosa». Es, en fin, un testimonio de la singularidad del otro que somos y que nos espera, de nuestra radical capacidad para savoir-y-faire avec: «saber-hacer-ahí» con el síntoma (symptôme) bajo el carácter de parlêtres (cuerpos hablantes), tal como concibe Lacan al sujeto (in)humano en su relación con esa «lalangue» que subtiende a todo deslinde universitario efectuado entre lengua y habla...

Armando Almánzar-Botello

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Febrero de 2016

Santo Domingo, República Dominicana.

IMAGEN: Jacques Lacan en sus años mozos.

Copyright Armando Almánzar Botello. Reservados todos los derechos de autor. Santo Domingo, República Dominicana.

jueves, 14 de mayo de 2026

LA CAÍDA (Texto neotestimonial)

«El pez fuera del agua piensa en el agua todo lo que puedeHenri Michaux

«Pero hasta en ocasiones como esta el cuerpo asume imprevistos gradientes de nacionalismo patriótico... Y de forma solapada, como quien no quiere la cosa, los dramáticos efectos figurales de la severa contusión, los cuales me hablaban en principio de un mundo pictórico expresionista-abstracto y neoyorquino (o figurativo-deformante a lo Francis Bacon), se reterritorializan o repliegan (no sé, en honor a la verdad, si de forma perversa o sincero-ingenuista), en una estructura plástica donde se muestra la sangre producida por el duro golpe inclemente recibido por mí, de un modo que, sin lugar a dudas, recuerda el estilo y la dominante cromática de algunas obras pictóricas de nuestro querido maestro Ramón Oviedo». Armando Almánzar-Botello

«Se requiere una suerte de contraefectuación y objetivación de los fantasmas y accidentes que constituyen la formalidad primaria del yo empírico-biográfico, para desprender (polarizando esos elementos actuales, interpretándolos y seleccionándolos) lo que Gilles Deleuze denomina la cuasi-causalidad virtual de la obra como cuerpo erógeno y forma-sentido». Armando Almánzar-Botello


     Por Armando Almánzar-Botello 

     «Si cualquier cosa es arte, nada lo es.»  
     Armando Almánzar-Botello 

     A Francis Bacon, in memoriam 

     A Ramón Oviedo, in memoriam 
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Como efecto de la caída que sufrí en mi casa el sábado de la pasada Semana Santa, la magulladura proteiforme que ahora se manifiesta en mi muslo izquierdo exhibe un color morado-sanguinolento; se extiende, sigilosamente, hacia la región del pubis...

Se aprecia, por debajo de la frondosa vellosidad púb(l)ica, un tremendo y obsceno moretón —de aspecto irregular muy curioso, y oscuro como el sacro vino tinto— que me llega, sinuoso, hasta la secreta pulsación de la ingle. Su contorno figura el litoral de una costa como lo analiza Benoît Mandelbrot en su genial Teoría de Fractales.

Aparece aquí, sorpresivamente, una maravillosa y surrealista confección carnal o novísimo diseño plástico en mi pubis. Este cuerpo intensivo palpita en proceso...

Junto con los trazos de improviso polícromos en mi dolorido muslo contuso, los cambiantes diagramas abstractos ofrecerían, a la minuciosa inspección estética de un Max Bense, por ejemplo, el coeficiente de tensión angular que implacable sugiere (para el ojo sensible del artista, por supuesto), el esplendor de los cuadros siempre actuales de Arshile Gorky, Jackson Pollock y Willem de Kooning.

Las manchas iridiscentes en la cara interna de mi pierna y la fina red de vasos capilares desgarrados evocan los gestos brutales de un demiurgo con espátula y punzón, que desplegara rabioso el color y una extraña caligrafía terrible.

Pero hasta en ocasiones como esta el cuerpo asume imprevistos gradientes de nacionalismo patriótico... Y de forma solapada, como quien no quiere la cosa, los dramáticos efectos figurales de la severa contusión, los cuales me hablaban en principio de un mundo pictórico expresionista-abstracto y neoyorquino (o figurativo-deformante a lo Francis Bacon), se reterritorializan o repliegan (no sé, en honor a la verdad, si de forma perversa o sincero-ingenuista), en una estructura plástica donde se muestra la sangre producida por el duro golpe inclemente recibido por mí, de un modo que, sin lugar a dudas, recuerda el estilo y la dominante cromática de algunas obras pictóricas de nuestro querido maestro Ramón Oviedo.

¡Los mismos estallidos colorísticos y lineales sabiamente dosificados por la sensibilidad de un artista que sabe lo que quiere cuando está situado frente al lienzo!

Claro, en él es palpable la influencia de Bacon, aunque nuestro admirado maestro Oviedo —al igual que otro gran artista dominicano, Eligio Pichardo— no lo reconozca así. Cartografía pictórica de cuerpos ignotos.

En este interesante caso de mi accidente, resbalón o caída «desde mis propios pies», la tela viva, palpitante, dolorida, ha sido mi piel en continua convulsión estético-traumática...

Mi secreto esqueleto estremecido sería el caballete y el marco o parergon. El Artista podría ser Dios, mi Mujer, el Agua derramada en el piso, el Golpe, o el Azar... ¿O quizá yo mismo, por distraído y torpe, pero me da vergüenza reconocerlo? No obstante, se requiere para producir la obra de una voluntad formal que oriente y seleccione los acontecimientos...

Son tan inesperados los medios y concepciones de la obra de arte. Ahí encontramos el body art, la action painting y la performance para demostrarlo. Y todavía más: el deconstruccionismo corporal y metamórfico del arte cárnico al modo de Madame Orlan y Lady Gaga.

Sin embargo, no pienso bajo ningún concepto que la sintaxis del cuerpo humano esté obsoleta, como creía fervorosamente un venerable cyborg, aquel anciano genial llamado Stelarc, cultor del arte robótico y protésico. ¡En fin!

Además, siento con gran intensidad, después del severo golpe creador, que casi me estoy derritiendo por la cadera izquierda. Experimento mi cinturón pélvico como si fuera un armazón de platino que estuviera sometido a muy altas temperaturas en hornos industriales de fundición de metales.

Me parece como si unas vibraciones profundas de mi carne me llamaran con extrema intensidad y urgencia desde aquella zona de mi atónito esqueleto, para que el núcleo de mi ser ocupe otro lugar en un nuevo esquema corporal que no logra definirse ni organizarse y que mi raciocinio a duras penas alcanza a vislumbrar.

No hay programa previo de industrialización del sector metalmecánica en la carne; tampoco del sector agropecuario. ¡Ni soñar con una cirugía justa y digna! Tan solo impera el simulacro de lo virtual canalla. La Pandilla.... ¡Buenos días Esperanza!...

El cuerpo no encuentra en su agonía el alfabeto. Aunque siente seres humanos, metales, plantas y animales doloridamente bullendo por sus órganos...

La Zona Cero de mi cuerpo, vertedero de Cancino Adentro, la tengo sumergida en pleno caos. Me fugo casi por ahí sin darme cuenta. ¡Vivo sin vivir en mí, y tan alta vida espero... en Nueva York!... Chirridos, amores y gruñidos por allá, pero sin planificación ni previsión alguna...

Me habla en la zona dolorida de mi cuerpo un rítmico batir de alas o de olas. Extrañas máquinas también parlotean en mi cinturón sacro-coxígeo...

Recuerdo, sin quererlo, cuando me late infrasemántico el golpe con sus vocecitas filosas y dentadas —y entonces, me desgarran el dolor y la risa tan absurdos—, a Lautréamont, a Jarry, a Michaux, al sufrido Artaud, al cuerpo meteórico de Tournier, a Bousquet y su herida, a Raymond Roussel, a David Lynch, a Luis Alfredo Torres, a Manuel del Cabral, a Charlie Parker, a David Cronenberg, a Ramón Lacay Polanco... ¡Jo!

Por una leve conmoción cerebral casi me olvido de mencionar a Kafka y su mecanismo penitenciario, a los huevos indecibles de Carroll, Ionesco y Beckett, a la íntima esquizia en el Diario para un cuento de Julio Cortázar (Teseo/Laberinto/Minotauro/Derrida en las rayuelas), a la caída sin Ariadna de Cioran en los relojes, a mi César Vallejo llorando, riendo y cantando en un baile de putas con Pedro Granados...

Pero no importa, amigo lector. Tal parece que la región encefálica de mi sistema biológico también ha sido afectada por el desgonce brutal de mi caída.

La aspirina que consumo por motivos cardiovasculares me produjo la fragilidad capilar excesiva generadora o responsable del sangrado interno que ahora parece estar floreciendo en la tensa superficie de mi piel. Semeja en su ritmo un vivo tatuaje, una breve y pulsante orografía del desastre. Esto hace que yo luzca —como hace un rato creo he dicho— amoratado, parecido en el color a la entrañable fruta del caimito. Tengo en la pierna el color tropical de un mar envinado y borracho. Mi cuerpo recuerda un mixto fotográfico entre Polibio Díaz, Hans Bellmer y Cindy Sherman.

No tengo más remedio que tomarlo con paciencia y humor. Debo anotar todos los detalles de este viaje intensivo hacia los abismos de la carne. Hacia el mundo. ¿Hacia otros mundos?...

Sospecho que hallé curiosamente mi Camino de Damasco, la impredecible senda mística y fantástica.

El accidente casero de mi desliz en Semana Santa ocurrió el día previo a la Resurrección de nuestro Señor... Desgarradura del músculo aductor mayor de la pierna izquierda: ¡Puerta del milagro!

Pienso en ocasiones que ahora Dios me habla a través de las mutaciones de mi cuerpo. Ya lo decía el poeta Valéry: no hay nada más profundo que la piel.

Con la caída tremenda y después de la magulladura, mi esencia yo entiendo que Dios ha transformado. Él inscribe en mi carne con Su letra cursiva el más puro dibujo que descubro perfecto. La huella de Su mano brilla en mi epidermis una extraña y bifronte belleza imprevista: Amarillos volátiles, rojos convulsos, verdes y azules aleteando sin rumbo en terribles sinestésicas texturas y calambres, finos ritos de la sangre, intensidades puras, extraños laberintos por los que viaja la mente...

Manchas en mi muslo después de la caída: ¡Obras de arte místico para la posteridad!

De modo inusual un Dios pintor escribe. Se ríe conmigo y me cura con arte.

Pero en otros momentos de humor desfalleciente, o de una lucidez quizá menos intensa, pienso que mi caída fue un puro accidente que ofrece el testimonio de una verdad (b)anal: aquello que nombramos en la casa como «adentro», es el simple y provisorio repliegue apaciguado del Afuera inconcebible y turbulento...

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Abril de 2010

© Copyright Armando Almánzar Botello. 
Santo Domingo, República Dominicana.

Otros blogs relacionados con este mismo texto:


Blog epistheme: http://epistheme-tonydemoya.blogspot.com/2010/04/noticias-del-frente-fractal-002.html

Blog Efraim Castillo:http://efraimcastillo.blogspot.com/2010/05/la-caida-de-armando-almanzar-botello.html

Blog de Pedro Granados
http://blog.pucp.edu.pe/blog/granadospj/2010/04/10/mi-camino-de-damasco-armando-almanzar-botello/

Blog Cazador de Agua
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ADENDA:

BLOG DE EFRAÍM CASTILLO

Miércoles, 12 de mayo de 2010

LA CAÍDA de Armando Almánzar Botello

     Por Efraim Castillo

Cada reunión con Armando Almánzar Botello se convierte en una ascensión hacia el límite de los razonamientos, hacia esa zona en donde se corre el peligro de atascarse en el desagüe donde se quiebra la episteme, o si se tiene menudo para devolver, introducirse con cuidado, ¡con mucho cuidado!, en el tabernáculo donde se sientan a intercambiar genialidades los pensadores, artistas y relatores del libro-mundo, el gran archivo de la sabiduría, que es donde se registran los grandes saltos de la historia.

En ese altar a donde hay que ascender para blandir un tú-a-tú con Armando, pueden representarse los más atrevidos diálogos con Lacan, Levi-Strauss, Baudrillard, Bloch, Adorno, Deleuze, Barthes, Guattari, Nietzsche, Heidegger, Benjamin, Mauss, Erasmo de Rotterdam y otros, por uno de los lados, y Bacon, Da Vinci, Picasso, De Kooning, Bense, Pollock, Siqueiros y Magritte, por otro; mientras en el background acechan Kafka, Shakespeare, Tolstoi, Cortázar, Sartre y el inefable Borges, para acentuar las contradicciones y sospechas de que los pasados griego y romano están a punto de expirar, tras una prescripción de ultramodernismo a ultranza.

Pero lo crucial en la representación de la escena donde Armando establece el pattern, la configuración del diálogo, es cuando él extrae de su numen una relación fragmentaria de aforismos y, con la maestría de un inquisidor consuetudinario, lanza sin protocolos y sin prisa, sus metáforas abisales, esos tropos ahítos de significaciones que siempre exploran los confines del pensamiento humano y las representaciones en donde han dado saltos… con tropiezos y caídas.

Asimismo, en las reuniones con Armando oscila algo peligroso, y es cuando estas se convierten en una no-reunión, en una desambiguación donde lo polisémico se controla a través de lo vital, de la esencia que fluye desde la misma organicidad contextual a que el filósofo somete sus angustias, como cuando en la pasada Semana Santa sufrió una caída que convirtió, ipso facto, en sustancia apta para reivindicar la poética:

     «Como efecto de la caída que sufrí en mi casa el sábado de la pasada Semana Santa, la magulladura proteiforme que ahora se manifiesta en mi muslo izquierdo exhibe un color morado-sanguinolento; se extiende sigilosamente hacia la región del pubis...».

Así, como un pretexto para explayarse hacia las interrogantes que han motivado su propio discurso, Almánzar Botello sigue —como Ernst Bloch— las huellas que estructuran su auto-narración, sus alegatos históricos, inverosímiles, sarcásticos, pluridimensionales y aleatorios, para ensamblar una poética configuradora de sí mismo:

 «Aparece aquí, sorpresivamente, una maravillosa y surrealista confección carnal o novísimo diseño plástico en mi pubis. Este cuerpo intensivo palpita en proceso...

     »Junto con los trazos de improviso polícromos en mi dolorido muslo contuso, los cambiantes diagramas abstractos ofrecerían, a la minuciosa inspección estética de un Max Bense, por ejemplo, el coeficiente de tensión angular que implacable sugiere (para el ojo sensible del artista, por supuesto), el esplendor de los cuadros siempre actuales de Arshile Gorky, Jackson Pollock y Willem de Kooning

Que alguien me diga, o me grite, o me corrija, si no resulta una verdadera proeza el convertir una singularidad fenomenológica, surgida ésta desde el aposento de la propia zozobra, en un texto que abate, desintegra y pervierte el dolor, convirtiéndolo en pasión e historia!:

«En este interesante caso de mi accidente, resbalón o caída “desde mis propios pies”, la tela viva, palpitante, dolorida, ha sido mi piel en continua convulsión estético-traumática...

»Mi secreto esqueleto estremecido sería el caballete y el marco o parergon. El Artista podría ser Dios, mi Mujer, el Agua derramada en el piso, el Golpe, o el Azar... ¿O quizá yo mismo, por distraído y torpe, pero me da vergüenza reconocerlo? No obstante se requiere, para producir la obra, de una voluntad formal que oriente y seleccione los acontecimientos...»

Lo verosímil de La caída de Armando —y la probabilidad de su conversión en un punctum donde aflore el aura estremecida de Walter Benjamin—, se basa en lo abisal, en el estremecimiento que despeja la sospecha del alarde, del sarcasmo, convirtiendo el texto en una estética donde lo imaginario del dolor se convierte en rito.

Efraim Castillo 

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Abril, 2010. 


Santo Domingo, República Dominicana.
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IMÁGENES (SEGMENTO DERECHO)

     1) Francis Bacon. «Tríptico a la memoria de George Dyer», 1971

     2) Ramón Oviedo. «Uno que va, otro que viene», 1974

OTROS BLOGS DE ARMANDO ALMÁNZAR-BOTELLO:

Cazador de Agua

Tambor de Griot

ARMANDO ALMÁNZAR-BOTELLO ES MIEMBRO DE LA “RED MUNDIAL DE ESCRITORES EN ESPAÑOL”, REMES

Copyright © Armando Almánzar Botello. Reservados todos los derechos de autor. Santo Domingo, República Dominicana.

miércoles, 13 de mayo de 2026

TRADUCIBLE/INTRADUCIBLE

LA ORALIDAD, LO DIALECTAL Y LA LENGUA CANÓNICA MAYOR (Nota de agosto de 2021)


Por Armando Almánzar-Botello

Mark Twain y Thomas Mann, por ejemplo, no se limitaron a mimetizar o transcribir, respectivamente, los dialectos del Mississippi (Las aventuras de Huckleberry Finn, Las aventuras de Tom Sawyer) o las múltiples variedades lingüísticas del bajo alemán (Los Buddenbrook, La montaña mágica), sino a poner esas variantes verbales en tensión con el inglés canónico de la época, en el caso de Twain, y con el alemán convencional de gran estilo en el caso de Mann.

No debemos fetichizar el lenguaje ni la lengua mayor, pero la línea de fuga más creativa y transformativa se encuentra entre el código de la lengua canónica y las jergas, variedades lingüísticas o usos dialectales múltiples.

El gran Mark Twain escribió en un inglés legible o inteligible para los que no conocían esos dialectos utilizados por él como materiales lingüísticos enriquecedores de su visión del mundo, refractada en el texto como resultado de un proceso de transformación de estructuras.

Thomas Mann, por su parte, no perdió la herencia de cierto clasicismo de la lengua alemana cuando utilizó, en Los Buddenbrook específicamente, variedades regionales del alemán que no eran en ese momento histórico (principios del siglo XX) las político-lingüísticamente canónicas, consagradas o correctas.

Otra cosa muy distinta es el experimento de James Joyce en Finnegans Wake, que tampoco está escrito en simple inglés canónico pero conserva hasta cierto punto la estructura fonética y morfológica de esa lengua.

Como decía Pedro Henríquez Ureña, la clave está en la transformación textual, pero sin convertir los materiales en simples fetiches.

Nos parece que nuestro Junot Díaz logró trascender lo meramente localista o lingüísticamente ininteligible. El reconocido y excelente escritor norteamericano de fama internacional que responde al nombre de Philip Roth así lo piensa también, al igual que muchos otros críticos y creadores estadounidenses y europeos.

Roth sitúa explícitamente a Junot Díaz en el grupo de lo que el autor de Pastoral americana denomina, en el contexto general de la narrativa estadounidense más contemporánea: «los escritores jóvenes serios y más bien dotados».*
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* Philip Roth: ¿Por qué escribir? Ensayos, entrevistas y discursos (1960-2013), Penguin Random House Grupo Editorial, S. A. U. (Debolsillo, 2019), Barcelona, p. 472

Armando Almánzar-Botello

© Armando Almánzar-Botello. Santo Domingo República Dominicana. Reservados todos los derechos de autor.


MI AMADO HIJO JUAN JOSÉ, «SINTAGMAS CRISTALIZADOS», FRASES IDIOMÁTICAS Y ALGUNOS PROBLEMAS DE LA TRADUCCIÓN

Al conversar hace bastante tiempo con mi hijo menor, Juan José Almánzar Báez, le hablaba de la parte final del capítulo X de Las aventuras de Tom Sawyer de Mark Twain. Le comunicaba al talentoso e inteligente Juan José que me parecía justa o apropiada, por razones dramáticas, la convencional frase con la que Twain cierra ese capítulo en varias traducciones de dicha novela al español: «Era la gota que colmaba el vaso», dice la traducción de la obra. Mi hijo, riéndose con cierta ironía, me dijo y me mostró la frase original en inglés que, aunque relacionada con las ideas de «saturación», «colmo» y «límite», no habla de «vaso» ni de «gota de agua» sino que dice: «This final feather broke the camel’s back», es decir, literalmente: «Esta pluma final rompió la espalda del camello». Entonces, busqué yo las connotaciones de «pluma» y «camello» por todo el texto de Twain y me decidí así, con ese dato en mente, a releerlo completo en inglés... Armando Almánzar-Botello 

¡NO EXISTE UN SOLO TIPO DE TRADUCCIÓN!

«No solo de traducción interlingüística se alimenta el universo semiótico. Algo indecible se pierde y algo innombrable se gana, simultáneamente, en todo proceso simple o complejo de traducción. Sí, de traducción, porque de traducción se trata en la serie de transcripciones de la foné logocéntrica propia de la oralidad al campo del trazo manuscrito; de este a la escritura tipográfica, y luego a la dimensión virtual, electrónica u holográfica de la letra. También podemos hablar de una traducción intersemiótica». Armando Almánzar-Botello, 2006 

HEIDEGGER Y SU (IN)TRADUCIBILIDAD. JULIÁN MARÍAS Y YO

«Todavía Heidegger no estaba de moda. No se habían apoderado de él los glosadores. Nadie lo había traducido, y por tanto, aún no se había demostrado que es intraducible.

»Lo seguí en los años sucesivos, en sus libros y folletos, y no son escasas las primeras ediciones que guardo. Habían de pasar muchos años para que Francia se apoderase de él y con su sustancia hiciera el "existencialismo".

»Martin Heidegger había de recorrer, por su parte, un largo camino, con hondas excursiones hacia el subsuelo de la poesía y del arte. Y siempre siguió buceando en sus griegos, sobre todo los presocráticos, en sus idealistas alemanes —Kant, Hegel—, en Hölderlin, Trakl, Nietzsche.

»Había de tropezar ingenuamente con el nacional-socialismo —el ingenuo Heidegger, que no vivía en este mundo, aunque fuese el padre de la expresión in-der-Welt-sein—, y el nacionalsocialismo tropezó brutalmente con él. Los envidiosos, los resentidos, lo aprovecharon largos años para no perdonarle su genialidad.» Julián Marías, El país, 27 de mayo de 1972

MARTIN HEIDEGGER: ¿INTRADUCIBLE?

Por Armando Almánzar-Botello

A propósito de lo dicho —tal vez irónicamente— por el filósofo español Julián Marías con relación a lo que él entendía como una relativa «intraducibilidad» del texto heideggeriano, deseo esbozar en las modestas líneas que siguen mi particular punto de vista sobre tan relevante problema.

Acontece con la obra de Martin Heidegger y su supuesta «intraducibilidad» algo similar al rechazo de que fue objeto cierta lectura de Platón realizada por Jacques Derrida (La pharmacie de Platon, 1968; La farmacia de Platón, 1975, en su traducción al español); exégesis que, sencillamente, no fue aceptada en el mundillo de ciertos «helenistas» debido a que quienes objetaban filológicamente la interpretación derridiana desconocían el griego clásico y, por dicha poderosa y elemental razón, no podían (a pesar de todas las advertencias del filósofo judío-argelino de lengua francesa autor de Márgenes de la filosofía y El oído de Heidegger) percibir el juego anafórico y homofónico que opera en el texto platónico en el idioma griego de partida, sobre cuya materialidad significante y textura se afirma la aproximación hermenéutica realizada por Derrida.

Pienso que si Martin Heidegger fuera «intraducible», total o parcialmente como dice Marías, no sería un gran filósofo.

Otra cosa muy distinta consiste en la dificultad o resistencia que ofrecen sus textos a la traducción. Complejidad y dificultad para la lectura, interpretación y traducción que no son iguales en la concreta historicidad de la meditación heideggeriana. Su obra magna, Ser y Tiempo, resulta sin lugar a dudas la más retráctil y oscura si la comparamos con las resistencias hermenéuticas que plantean textos de Heidegger anteriores o posteriores a esta piedra angular de su pensamiento.

Debo resaltar que yo entiendo que un «pensador» casi absolutamente intraducible a otra lengua distinta de la suya sería un pensador local, «provinciano», limitado.

Pienso que, por más arraigadas que se vean las obras literarias o filosóficas en la materialidad lingüística —fónica, fonológica, homofónico-etimológica— de una lengua en particular (como es el caso de cierto Heidegger), la traducción de dichas obras siempre resulta posible; si no de una forma directa o literal, sí de un modo indirecto, metafórico, catacrético y, como señalan con pertinencia Henri Meschonnic, Octavio Paz y Umberto Eco, recontextualizador.

Lo crucial es que el traductor especializado descubra, en la llamada «lengua de llegada», la configuración semiótica, sígnica o conceptual que sea equivalente a la del «texto de partida». Es un problema central contemplado en una «teoría general de la traducción».

Si Martin Heidegger fuera «total» y absolutamente intraducible, su pensamiento solo podría interesar a los germanoparlantes… Lo cual, evidentemente, no es así…

La intraducibilidad de un cierto Heidegger (a quien le gustaba, como al Sócrates platónico del Crátilo, jugar con falsos étimos) podría recordarnos la «intraducibilidad» de un Joyce o de un Beckett en Finnegans Wake y Worstward Ho, respectivamente; obras tejidas y cogidas por el juego homofónico en el contexto de la estructura fonética del idioma inglés, y de cuya complejidad, dificultad y posible intento de traducción al español, por ejemplo, dan cuenta varios autores.

Capítulo aparte merecen escritores como Julián Ríos en nuestra lengua, Haroldo de Campos en portugués y John Ashbery en lengua inglesa, por solo mencionar a tres reconocidos autores contemporáneos que realizan obras literarias de inspiración y profundo aliento joycianos…

Pero volviendo a Heidegger, es preciso decir que no deberíamos hablar de «intraducibilidad» sino de la mayor o menor pertinencia y dificultad de «una» traducción la cual, dicho sea de paso, como «reenunciación» de un determinado texto, siempre es histórica, contextual.

No tendría sentido alguno la «filosofía» si el pensamiento registrado en una obra filosófica determinada —aunque sin lugar a dudas dicho pensamiento se encuentre siempre, de un modo u otro, parcialmente condicionado por su enunciación lingüística particular y su concreta historicidad— permaneciera circunscrito a su propio recinto gramatical, lingüístico, filológico, y no existiera posibilidad de comunicación, reenunciación o transmisión.

Algo parecido a esto que señalo le dijo un filósofo pragmático norteamericano al pensador dominicano Don Andrés Avelino cuando este, en el contexto del Congreso Panamericano de Filosofía celebrado en Ciudad Trujillo (cuyas Actas fueron impresas en un volumen monumental por la Editora El Caribe), insistía en su ponencia «El problema antinómico de la categorial Conciencia» en resaltar la particular posición kantiana que niega la posibilidad de conocer el noúmeno

¡Claro: lo ideal sería poder leer y pensar en su propia lengua a todo filósofo y escritor importante! Posibilidad abierta para los políglotas-filólogos, para aquellos que desean convertirse en especialistas en determinados autores de relevancia. Freud dijo haber aprendido español para leer el Quijote; yo, de un modo discreto y obstinado, he combatido amorosamente durante largos años con el idioma alemán para intentar leer en su propia lengua, aunque fuere desatinadamente, a Meister Eckhart, Böhme, Schelling, Hegel, Schiller, Hölderlin, Kleist, Goethe, Schopenhauer, Leibniz, Nietzsche, Freud, Rilke, Wittgenstein, Heidegger, Celan, Sloterdijk... pero solo aseguro los «contenidos», quizás, leyendo a estos autores en mi «propia» lengua...

Gran valor reviste el hecho de que no haya «una» traducción, sino «traducciones» múltiples de un mismo texto. En el caso de Martin Heidegger, resulta cardinal que proliferen los Zubiri, los Gaos, los Valverde, Garrido, Molinuevo, Duque, Estiu, Vermal, Gabás, Rivera, Oñate, Bossi…

De todos modos, como nos recuerda Jacques Derrida: «Un texto no es un texto si no esconde a la primera mirada, al primer llegado, la ley de su composición y las reglas de su juego».

No obstante, mientras más aumente la cantidad de traducciones a otras lenguas junto al número de análisis del contexto cultural e histórico correspondiente a la obra de acreditados autores «difíciles» como Martin Heidegger, más fértil, productiva y «legible» (en el buen sentido del término «legible», que incluye, paradójicamente, la lúcida y pertinente aceptación de cierta «ilegibilidad») se tornará la recepción de su complejo y diferenciado pensamiento.

Armando Almánzar-Botello 

Santo Domingo, República Dominicana.

Adenda. Mayo 2015:


ILEGIBILIDAD ≠ INTRADUCIBILIDAD

No son categorías o conceptos exactamente iguales la «ilegibilidad», por un lado, entendida como relativa dificultad histórica o resistencia para la lectura y decodificación que ofrece un determinado texto creativo (en sentido semiótico amplio) por efecto de sus niveles de «invención», «creatividad» y «originalidad», y por el otro, la «intraducibilidad interlingüística», la cual puede obedecer a otras razones distintas de las que ahora he señalado.

La «originalidad» de una obra, de un pensamiento radicalmente transformativo, genera, sin lugar a dudas, dificultades para su recepción hasta en el interior de la misma «lengua-cultura» donde dicha originalidad se manifiesta.

Esto es así por el mero hecho de que la «invención» o «acto de creación» en sentido fuerte puede romper los límites o umbrales canónicos de lo «verosímil», lo «bello», lo «inteligible» o lo que «científicamente» resultaba válido hasta el momento en que «eso» innovador, profundamente distinto de lo ya conocido, emerge o se manifiesta en el campo histórico-cultural.

En efecto, si se trata de obras y pensamientos realmente revolucionarios, estos, con su potencia de disgregación y recomposición, irrumpen y rompen códigos establecidos para crear otros nuevos.

Un ejemplo que se cae de la mata: la Teoría General de la Relatividad de Einstein no es comprensible desde la Teoría Clásica de la Gravitación Universal de Newton; es, precisamente, lo contrario.

Pero esa relativa «ilegibilidad» histórica del pensamiento físico-matemático de Einstein (por su gran originalidad a pesar de todos sus antecedentes), «ilegibilidad» que se revela como tal desde el punto de vista que implica los presupuestos de la concepción newtoniana clásica del Universo (espacio euclidiano e infinito, constancia de la masa, el espacio y el tiempo, etcétera), no resulta similar a lo que menciona Julián Marías como «intraducibilidad lingüística» en el caso de Martin Heidegger.

Es cierto que Julián Marías habla, en el contexto de la cita en cuestión y en otras zonas de su obra, de una «intraducibilidad» de Heidegger con la finalidad de acentuar su singularidad y distanciarlo de la recuperación de que fue objeto el filósofo alemán por «cierta exégesis francesa», la de Sartre en particular.

El mismo Heidegger llegó a burlarse de El Ser y la Nada de Sartre cuando dijo, en presencia de la persona que le llevó el libro y después de revisar y meditar a vuelo de pájaro el texto del francés: «Esto es lo que yo siempre había querido decir… ¡pero ya lo había escrito Husserl!». Con ese juicio «intempestivo», el gran filósofo alemán pretendía descalificar al gran filósofo francés, seguidor de algunas de sus ideas.

Así también pretendió hacerlo Martin Heidegger con los Escritos de Jacques Lacan, cuando dijo, después de revisar el tomo de más de 600 páginas recién publicado por el gran psiquiatra y psicoanalista galo: «No estoy ahora en la onda francesa; además, el psiquiatra Lacan necesita un psiquiatra». Pero ya Heidegger le había bebido el vino a Lacan en Guitrancourt, 1955… En fin.

A pesar de estos aspectos mencionados, cuando Julián Marías alude a la intraducibilidad de Heidegger se refiere, básicamente, a una «intraducibilidad lingüística», aunque de modo colateral, como dije, pueda referirse a la «originalidad» irreductible del filósofo alemán con respecto a la gran tradición metafísica de Occidente y a la asimilación de su obra por otros pensadores.

No obstante debe ser reiterado: la «gran originalidad», que puede devenir eventualmente en dificultad para la recepción e intelección de una obra, opera en un registro distinto al que lingüistas como Benjamin Whorf, por ejemplo, conciben como una suerte de «corte histórico y epistémico-lingüístico», para referirse a las «fisuras» o «hiatos» que se producen entre las diversas lenguas por razones histórico-culturales, lexicales, morfosintácticas, y que podrían ser la causa de cierta «intraducibilidad», tal como se comprobaría intentando la traducción de Ser y Tiempo de Heidegger al creole haitiano o a ciertas lenguas indígenas americanas,  africanas o asiáticas.

Sencillamente, esas lenguas están definidas por otro tipo de historicidad cuya «sedimentación» sintáctica y semántico-lexical imposibilita encontrar un equivalente del texto de Heidegger en ellas.

Lo señalado en el párrafo anterior no es asunto de etnocentrismo sino de valoración de ritmos históricos distintos.

En estos casos, la «traducción» podría hacerse «artificialmente» mediante una labor de neologización descontextualizada que sería mucho más intensa que la requerida para traducir a Heidegger, por ejemplo, a otra lengua indoeuropea o a ciertas «lenguas culturas» del Extremo Oriente cuya dinámica histórica, aunque distinta a la occidental, ha servido hasta de motivo de inspiración para Europa.

Por su parte, América Latina y el Caribe también, como decía Octavio Paz, son «porciones excéntricas de Occidente».

Pienso que, al margen de muchos otros factores, con independencia de lo novedoso del pensamiento heideggeriano, de su «excedencia» con respecto a la metafísica occidental (de la que el mismo Heidegger parte); de que escriba en una lengua indogermánica relativamente diferente al «espíritu» de las lenguas romances (aunque ambas procedan del mismo tronco indoeuropeo), lo que podría dificultar la traducción de ciertos textos de Heidegger (no de todos) sería —y lo reitero con una cautelosa convicción filosófica— el gran arraigo del pensador en su lengua, en la trama fónico-etimológica de su soporte lingüístico, en la singular historicidad de su idioma.

Lo que anteriormente digo ya ha sido señalado de una forma u otra por pensadores como Vattimo, Cacciari, Rorty, Derrida y, de un modo muy particular, por Eugenio Trías, quien decía que deseaba crear un sistema filosófico que, aun inspirado en los grandes filósofos clásicos griegos, en el pensamiento gnóstico, en los franceses postestructuralistas, en grandes pensadores como Wittgenstein o Heidegger, le permitiera pensar, desde el enraizamiento en la lengua considerada y asumida por él como espacio germinante y matricial, su «propio» y singular modo de superar y atravesar una cierta concepción metafísica...

Armando Almánzar-Botello

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28 de mayo de 2015

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