viernes, 31 de julio de 2026

JACQUES DERRIDA: EL TOCAR, JEAN-LUC NANCY, 2011

«Il n'y a donc pas de concept pur, ni, bien sûr, d'intuition pure, d'intuition immédiate de l'haptiqueJacques DerridaNo hay concepto puro ni, desde luego, intuición pura, intuición inmediata de lo hápticoJacques Derrida]


«Muchos pretenden entender el complejo pensamiento de Jacques Derrida solo por medio de la Inteligencia Artificial. ¡Cayéronse del cielo! Algunos patanes se quejan de que es un pensador muy difícil, mas dicen comprender a Kant, a Hegel y a Marx. Lo dudo. El pensar-sentir asonetado, ya sin Góngora y Quevedo, hoy no se llama pensar: se llama emprendedurismo. ¡No entienden ni el origen provinciano de la gran meritocracia! ¡Jo! Hasta se proponen escribir sobre el gran pensador argelino-francés sin haber estudiado nunca ni una sola de sus obras. Otros lo han plagiado de forma penosa y descarada... ¡Tengo pruebas de los usos «indebidos» (por ser hurtos banales) de los polivalentes textos del autor de Aporías y de Glas (Clamor)! ¡Terror! Hace ya más de cincuenta años que leí por vez primera De la gramatología y La diseminación... ¡Ay! ¡Humor! Todavía leo activamente al gran polímata Derrida y escribo con cautela litúrgica sobre su poliédrica obra emblemática.» Armando Almánzar-Botello

HAPTOTROPISMO Y METAFÍSICA DE LA PRESENCIA

Brevísimo fragmento de mi exégesis de la deconstrucción que hace Jacques Derrida del motivo artaudiano y deleuziano de «Cuerpo sin Órganos» (CsO). Interpretación seguida de varias citas clave del texto de Derrida titulado El tocar, Jean-Luc Nancy.

Por Armando Almánzar-Botello

Jacques Derrida, sutilmente, insinúa la impensada y secreta pertenencia del llamado «Cuerpo sin Órganos» (CsO) de Antonin Artaud, Gilles Deleuze y Felix Guattari a la gran tradición platónico/metafísica de la presencia: tradición inmediatista, intuicionista, continuista, óptica pero también táctil, es decir, ocular, trópica y apropiadora: «hapto-trópica». Derrida viene a mostrar en su libro El tocar, Jean-Luc Nancy, la deuda que contrae con la tradición logocéntrica dicho «Cuerpo sin Órganos».

Concebido por Deleuze y Guattari como una pretendida ruptura radical con la metafísica negativista y falocéntrica implícita en la concepción lacaniana del deseo, este cuerpo sin órganos opera, para sus teorizadores, como indeterminación y polimorfia que sustituye al cuerpo de la homeostasis constituido en el espacio «estriado», cualificado y jerárquico convencional.

No obstante, a pesar de su metamorfismo en líneas y planos de fuga, de su generatividad que actúa en el «espacio liso» de la producción deseante y liberadora como supuesto ejercicio de un deseo situado más allá de la falta y de toda castración, para la vigilante lectura deconstructiva de Jacques Derrida este cuerpo sin órganos artaudiano-deleuziano se mantiene prisionero de una concepción idealista de la carnalidad, en su develada tendencia a la apropiación de lo próximo. El «Cso» de Antonin Artaud y Gilles Deleuze viene a encarnar así la apropiación ontológico-metafísica de una presunta plenitud de la presencia inmediata de lo dado, «ousía o parusía» por fin alcanzada o reconquistada.

A propósito de un aspecto, entre tantos, de Derrida, Jacques: El tocar, Jean-Luc Nancy, Buenos Aires, Amorrortu, 2011. (Ver notas de Derrida al final de los textos).

Copyright Armando Almánzar-Botello: Fragmento de «Introducción a la lectura de Jacques Lacan» (versión ampliada). Santo Domingo, República Dominicana.
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PERFORMANCE VERSUS DISCURSO... (Nota escrita por simple hastío)

A los arcángeles del óxido y el miedo, a los redondos baluartes presumidos que ya no vuelan —si es que alguna vez volaron—, a los sujetos nómades que se olvidaron del callejón de atajo, y que por defender la supuesta dignidad de un doctorado escapan temerosos de lo aórgico... ¡Percibir una pipa es reconstruirla en el acto mismo de la percepción!

Por Armando Almánzar-Botello

El «texto» como «técnica generalizada» por mediación de la «huella» como «no presencia»: «Lo real es tan técnico como real es la técnica [...] ¿Se trata de una hipertrofia cancerosa del artificio, o es más bien el despliegue de las propias cosas? Cuestión ingenua si pensamos en cómo se han hecho profundamente más complejas las oposiciones entre naturaleza y cultura, entre auténtico y derivado, tético y protético, propio o impropio, ciencia y ficción, consciente e inconsciente [...] La afirmación de Derrida de que no hay “nada fuera del texto” —a menudo interpretada como una reducción fantasmática de lo real al lenguaje—, ¿lo que pretende señalar es que, en ausencia de todo referente primero y último, de todo sentido consumado, únicamente podemos considerar la intrincación de los reenvíos mutuos entre todos los entes y entre todas las instancias de existencia (la “naturaleza”, la “técnica”, el “animal”, lo “simbólico”, lo “efectivo”, lo “mítico”, etcétera)? La técnica es la naturaleza misma, pues el animal técnico es una especie natural.» Jean-Luc Nancy: La frágil piel del mundo, 2020

Para el filósofo argelino-judío de lengua francesa, Jacques Derrida, la différance, la traza, el grama, el himen, el tímpano, el párergon, el suplemento, la huella —como estructuras de no-presencia— operan siempre más acá y más allá del recinto lingüístico, más acá y más allá del discurso, del sentido contrapuesto al referente denotado —tal como piensan este binarismo Saussure y Frege—, más acá y más allá de la noción de «texto» concebido al modo filológico, taxativamente pensado de forma plana, simplista, convencional, o como articulación sígnica o enunciado fónico/gráfico, intencionalmente orientado en un proceso monologal o dialogal de producción lingüística de sentido, significado e interpretación (Sinn, Bedeutung, Deutung).

El cuasiconcepto de (archi)huella posibilita la deconstrucción de las oposiciones sujeto/objeto, consciente/inconsciente, humano/animal, lenguaje/realidad fenoménica, discurso/performance —tal como funciona este último binario metafísico en el discurso de Judith Butler, por ejemplo.

Lo reiteramos con hastío, el derridiano «no existe nada fuera del texto» (Il n’y a rien hors du texte) no implica ningún tipo de clausura de la meditación en el recinto estrictamente lingüístico.

Dicho enunciado simplemente debe orientarnos en dirección al hecho de que el objeto fenoménico «mismo», la cosa en su «evidente» objetividad, es un signo, como nos enseña el filósofo norteamericano Charles Sanders Peirce, una realidad que funciona en un juego relacional que desborda su presencia de cosa: que remite, en la percepción de su «cosidad», a otra cosa, por vínculos y reenvíos analógicos o diferenciales, y que así se descubre trabajada por la huella, por una red «rizomático-tabular» de remisiones diferenciales, esas mismas que determinan y ofrecen la percepción de los objetos «naturales» como una experiencia desde siempre afectada por la «artificialidad» de la «huella», la cual, de hecho, no es más artificial que natural...

He aquí la paradoja de la huella.

Nos dice Derrida en su obra fundadora De la gramatología:

«Según la “faneroscopia” o “fenomenología” de Peirce, la manifestación en sí misma no revela una presencia, sino que constituye un signo. Se puede leer en los Principles of phenomenology que “la idea de manifestación es la idea de un signo”. Por consiguiente no hay una fenomenalidad que reduzca el signo o el representante para dejar brillar, al fin, a la cosa significada en la luminosidad de su presencia. La denominada “cosa misma” es desde un comienzo un “representamen”, sustraído a la simplicidad de la evidencia intuitiva. El “representamen” solo funciona suscitando un “interpretante” que se convierte a su vez en un signo y así hasta el infinito.» Derrida, Jacques: De la gramatología, Siglo XXI Editores, México, 1978, p. 64

Nunca existe «inocencia» de la percepción. No hay captación directa o intuitiva de la cosa en su pura presencia o cosidad.

Toda percepción de la cosa, y la cosa misma en su cada vez más «problemática materialidad» (la Cuántica), están marcadas por la huella, por la diferencia, por la no presencia, por la indeterminación...

No digo que sin el trabajo de la huella no exista la cosa en tanto que physis, sino que la huella es anterior al deslinde neto entre physis y techne y condiciona la forma de percibir las dos categorías con sus concreciones y deslindes provisorios.

La indeterminación de la huella como diferencia viene más bien a (im)posibilitar todo deslinde paradigmático-binario entre «physis» y «techne», con la subsiguiente contaminación entre ambos términos del paradigma. Juegos modales, fractales, locales, de actos, tactos y contactos ecotécnicos, como viene a decirnos Jean-Luc Nancy.

En ningún texto de Jacques Derrida se ha dicho que el cuerpo animal, o la enfermedad, o los seres inorgánicos, o las realidades y prácticas políticas, culturales e históricas constituyan eventos meramente lingüísticos, discursivos, susceptibles de ser transformados y reducidos en su conjunto a la simple acción de las palabras. Eso vendría a constituir un puro idealismo subjetivo y una vieja y pesadamente fechada cogitación de raíz nominalista. La nave de la deconstrucción gramatológica derridiana no ancló jamás en esos litorales.

Una ingenua concepción «realista» o «performativista» del derridiano «no hay nada fuera del texto» (Il n’y a rien hors du texte), tiende a suponer que el autor de De la gramatología confunde el puro pensamiento discursivo, la magia, la brujería, el ámbito absolutizado del lenguaje o de las palabras, con el enfoque «objetivo», «científico-racional», práctico-instrumental de los objetos y procesos del mundo fenoménico.

No. No es así. A lo que el filósofo argelino de habla francesa apunta con su idea de una «textualidad generalizada y abierta» es a explorar y descubrir, en cada caso singular, cómo, aunque unos particulares o específicos fenómenos o realidades tengan su propia modalidad causal de efectuación y arbitraje, lo que permite «originariamente» captar la especificidad preontológica de estos resulta ser la huella, en tanto que, como estructura de la no-presencia y la remisión, ella viene a producir el juego relacional de producción o generación de sentido en el que se constituyen las oposiciones sujeto/objeto, inteligible/sensible, sentido/referente, lenguaje/realidad...

Ciertamente, operar sobre un organismo animal o humano, por ejemplo, intervenirlo científico-quirúrgicamente para extraerle un lito vesicular o renal, digamos, no se reduce a ser una pura operación lingüística, verbal o discursiva.

Esa operación constituye una práctica especializada que requiere de un «corpus de conocimientos» no solo médico-teóricos sino también manuales, instrumentales y corporales por parte del cirujano correspondiente, en tanto que poseedor este de una subjetividad/corporalidad y de unas destrezas técnico-cinestésicas, propioceptivas y hasta interoceptivas que actúan en su propio esquema corporal de sujeto-agente y que le permiten una labor coordinada en equipo.

Dicha subjetividad-corporalidad está labrada, digámoslo así, primero por su temprano, singular y complejo proceso genético-histórico de constitución lingüístico-simbólica y cultural como sujeto, y, más tardíamente, por unas disciplinas y saberes de alta especialización adquiridos con miras a permitir o lograr en dicho sujeto —como estudiante de medicina, como persona receptora de un discurso universitario especializado— cierta performance o desempeño cognitivo-instrumental, técnica y anatomo-fisiológicamente adecuado, cónsono con la meta de preservar la salud y la vida del posible paciente bajo su responsabilidad en una futura intervención quirúrgica.

No obstante, para que funcione a cabalidad todo este complejo proceso regido por sus propias reglas cognitivo-instrumentales y específicas, se hace necesaria la intervención de la huella derridiana entendida como campo genético archioriginario generador o posibilitador de sensaciones, percepciones, enlaces neurales o sinápticos en el mismo sujeto agente; interacciones propioceptivas e interpersonales; deslindes, flujos y fusiones, donaciones y sustracciones de sentido; operaciones producidas tanto en los planos a-significante, micro-subjetivo, pre-individual, impersonal, personal, interpersonal, transpersonal, ontogenético y aun filogenético.

Se hace allí necesaria la intervención de la economía del grama o de la huella, en tanto que estos, en su operatividad constituyente, posibilitan la configuración de pliegues, despliegues, repliegues, acontecimientos, continuidades e interrupciones, invaginaciones, estabilizaciones, concentraciones y dispersiones de sentido que vienen a constituir la tensión entre las bandas centrífugas de sinsentido y las contrabandas centrípetas de sentido-significado —las cuales deben ser consideradas, en el seno mismo de la llamada «praxis» concreta, como reales manifestaciones materiales de una «textualidad generalizada» que opera en el ámbito fenoménico mismo, definido este por sus modos particulares de regulación y marcaje, pero sin que nunca se sustraiga a esa paradójica «economía de la huella», a la indeterminación indecible, diseminante, que viene a caracterizarla como «archifenómeno genético de la memoria» (J. Derrida).

La archihuella derridiana, como ausencia de simple origen, constituye así una instancia indecidible, sin lugar fijo entre el adentro y el afuera, entre lo actual y lo virtual, anterior al neto deslinde metafísico entre todos los opuestos.

Armando Almánzar-Botello

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Agosto de 2015

Copyright Armando Almánzar-Botello.
Reservados todos los derechos de autor.
Santo Domingo, República Dominicana.
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ADENDA 2015

20 de mayo de 2015

MENSAJE DIRIGIDO AL ESCRITOR Y AMIGO PERUANO PEDRO GRANADOS, A PROPÓSITO DE UNA NOTA DE SU AUTORÍA SOBRE EL LIBRO DOMINICANO MASA CRÍTICA

   Por Armando Almánzar-Botello

A Médar Serrata; a Pedro Granados
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Saludos, querido Pedro. Conozco el trabajo de Médar Serrata: muy bueno; aunque podría ser mejor... Tengo el libro donde figura su intervención: Masa crítica. Memorias del Primer Seminario Internacional de la Crítica Literaria en República Dominicana (Editora Nacional, 2013), obra que, como su título indica, constituye una muy buena recopilación de textos crítico-literarios realizada por el Ministerio de Cultura dominicano, en la que se incluye a intelectuales del país en el ejercicio activo de la crítica literaria a través de los diferentes medios, tanto a nivel nacional como internacional.

Debo decirte que Serrata confirma, en cierta zona de su ensayo, un deslinde entre el concepto (post)estructuralista (derridiano) de «texto» (instancia presuntamente desencarnada, descorporizada, establecida en relación con «un saber letrado» que de un modo supuesto difumina la «realidad» concreta, socio-cultural e histórica), y aquello definido como «performance» por la gran pensadora de la «teoría queer» y crítica de la guerra imperialista norteamericana, Judith Butler.

Esa «performance» (no digo «aquí-ahora» «performatividad») implica los desempeños del cuerpo, los actos corporales como formas de construir y transmitir conocimientos en la acción socio-cultural y política de superar o «desbordar la epistemología de Occidente» (Serrata dixit).

Aunque lo dicho por Serrata podría resultar válido para un cierto estructuralismo cerrado, deconstruido precisamente por el trabajo de Jacques Derrida, es preciso aclarar una vez más que el concepto derridiano de Il n’y a rien hors du texte («No hay nada fuera del texto»), no comporta una hipóstasis o esencialización del «lenguaje doblemente articulado». No niega la realidad relativamente autónoma de aquello que Butler denomina «performance», como acto creativo, en contexto histórico y cultural, que viene a involucrar al cuerpo y al comportamiento.

Allí Derrida reconoce más bien el funcionamiento de una productividad semiótica plural que desborda lo meramente lingüístico.

El concepto derridiano de «textualidad abierta», como digo, supera lo simplemente «lingüístico» para incluir también, por intermediación de la categoría de «huella» como estructura de la «no-presencia», eso que funciona supuestamente al margen de la textualidad bajo el carácter de lo corporal, lo social, la historicidad concreta, la política...

La oposición binaria «sentido» / «referencia» viene a ser pulverizada o deconstruida en la conceptualización crítica de Derrida.

Todo el que interpreta y contextualiza de un modo «mínimamente» válido el pensamiento de Jacques Derrida sobre la relación entre lenguaje y mundo, sabe que la «textualización derridiana» no comporta una homologación o «desdiferenciación» entre «lenguaje» y «realidad» sociopolítica e histórica. Derrida reconoce la diversidad de sus registros operativos.

El «no hay nada fuera del texto» derridiano jamás puede implicar un ingenuo retorno del idealismo trascendental implícito en la concepción medieval del mundo y el universo como Gran Libro Sagrado que amerita la intervención de un Gran Hermeneuta que descifre los Mensajes de un Autor Omnipotente. Es todo lo contrario de esta onto-teo-teleología de cuño falogo-fonocéntrico.

El texto, tal como lo concibe Derrida, más bien muestra que la llamada «realidad» es una construcción histórica trabajada también por la «huella», por el juego de las «diferencias y cesuras».

No obstante, Derrida, en su generalización estratégica de la categoría de «textualidad» y rompiendo con el concepto convencional y filológico de «texto», reconoce también que las transformaciones de la realidad sociopolítica obedecen a regulaciones muy específicas en el territorio complejo y multidimensional de dicha textualidad. Nunca establece una contraposición maniquea entre «archivo» y «repertorio de prácticas culturales»; entre lo que denomina registro «auto-biotánato-heterográfico» y «performance»...

Reitero algo planteado y «archidiscutido» desde hace largos años : El derridiano «No hay nada fuera del texto», no implica que, como dice el mismo Derrida, las «diferencias» entre «lenguaje lingüístico» y «realidad» se «puedan ahogar confusamente en la generalidad de un elemento homogéneo, indiferenciado» (Derrida)...

Por otro lado, en diversos aspectos, la escritura y el pensamiento de la Judith Butler autora de El género en disputa. El feminismo y la subversión de la identidad; Vida precaria. El poder del duelo y la violencia; Marcos de guerra. Las vidas lloradas, etcétera, están parcialmente inspirados por las obras de filósofos como Derrida, Levinas, Lacan, Foucault, entre otros... Esto ha sido dicho por ella misma, de una forma explícita o no. No obstante, aquí la Butler no acierta en su reinstalación de él referido binarismo:

Transcribo a continuación un párrafo que me parece importante porque revela meridianamente —en el trabajo de Médar Serrata que figura en la obra colectiva Masa crítica—, la interpretación inadecuada que la gran filósofa lesbiana Judith Butler y el poeta y académico dominicano realizan del concepto derridiano de «texto», reducido este último, de un modo empobrecedor, a su significado meramente filológico:

«...El desplazamiento de la noción de discurso por la de performance desestabiliza la posición privilegiada que pretendía ocupar el crítico como poseedor de la llave de acceso al conocimiento de todos los aspectos de la realidad. Pues si el universo tuviera la estructura de un texto, ¿quién mejor dotado para desentrañar sus secretos que el experto en asuntos del lenguaje? Sin embargo, no se trata de abandonar el estudio de los textos o de las otras manifestaciones del archivo. De lo que se trata es de ver los textos como portadores de saberes en diálogo constante con otras formas igualmente ricas y complejas, dotadas de sus propios códigos, sus convenciones y maneras de preservar o resistir las estructuras de poder...» (Fragmento pp. 251 y 252) Médar Serrata. “Literatura, discurso y performance”, en Masa crítica. Memorias del Primer Seminario Internacional de la Crítica Literaria en República Dominicana, Editora Nacional, 2013, Santo Domingo, R. D., pp. 245-252

Relativamente vieja pero no agotada «conversación»...

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20 de mayo de 2015. Texto publicado como nota en «Taller On de Pedro Granados».

Copyright Armando Almánzar-Botello. Santo Domingo, República Dominicana.
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ADENDAS DERRIDIANAS

DERRIDA, JACQUES: “EL TOCAR, JEAN-LUC NANCY”, Buenos Aires, Amorrortu, 2011, páginas 178, 179, 185 y 186, 188 y 190

«El contacto no produce entonces fusión ni identificación, y tampoco contigüidad inmediata. Debemos disociar una vez más el tacto de lo que el sentido común y el sentido filosófico le acuerdan siempre como la evidencia misma, como el primer axioma de una fenomenología del tacto, a saber: la inmediatez.

»El uso que hace Nancy de la expresión “partes extra partes” parece a veces obsesivo, pero en verdad es necesario y determinante. Además de un invencible principio de divisibilidad diseminal, me parece significar un deseo incesante de marcar esa ruptura con la inmediatez o con la continuidad del contacto, ese intervalo del espaciamiento, esa exterioridad, y ello, en el mismo momento en que se insiste tanto sobre la contigüidad, el tocar, el contacto, etc.

»Como si Nancy quisiera marcar la interrupción de lo continuo y objetar la ley de la intuición en el corazón mismo del contacto.» Jacques Derrida: El tocar, Jean-Luc Nancy, Buenos Aires, Amorrortu, 2011, página 178

«Pues, ¿acaso no es el intuicionismo aquello en torno a lo cual, sin combatir, estamos debatiendo? No tal o cual intuicionismo como doctrina o tesis filosófica, no un intuicionismo que en un campo problemático determinado se opondría a alguna posición adversa, al formalismo, al conceptualismo, etcétera. No, nuestro intento persigue más bien identificar un intuicionismo constitutivo de la filosofía, del gesto que consiste en filosofar —e incluso del proceso de idealización que consiste en retener el tacto en la mirada para asegurar a esta lo pleno de presencia inmediata requerido por cualquier ontología o por cualquier metafísica. Lo pleno de presencia inmediata significa, sobre todo, la actualidad de lo que se da efectivamente, enérgicamente, en acto. Bien sabemos que, como el nombre podría indicarlo, la intuición privilegia la vista. Pero siempre para alcanzar con ella un punto donde la consumación, la plenitud o el llenado de la presencia visual toca en el contacto, es decir, un punto que podríamos apodar, en otro sentido, punto ciego, donde el ojo toca y se deja tocar —por un rayo de luz, a menos que sea, más rara vez, y más peligrosamente, por otro ojo, por el ojo del otro. Al menos desde Platón, sin duda, y pese a su endeudamiento con la mirada, el intuicionismo es también una metafísica y una trópica del tacto, una metafísica como hapto-trópica. Ella se consuma y por lo tanto llega a su plenitud, a su pleroma, es decir, a su límite, apostando por el giro elemental de la consumación táctil, por el sesgo de un lenguaje que, de manera cuasi natural, se orienta hacia el tacto cuando, precisamente como lenguaje, pierde la intuición y ya no da a ver.» Jacques Derrida: El tocar, Jean-Luc Nancy, Buenos Aires, Amorrortu, 2011, página 179

«Porque ese valor de proximidad, porque ese vector de la presencia cercana determina en última instancia el concepto y el vocablo ‘háptico’, porque lo háptico abarca virtualmente todos los sentidos donde sea que se apropien de una proximidad, Deleuze y Guattari prefieren la palabra ‘háptico’ a la palabra ‘táctil’:

»“La palabra ‘háptico’ es mejor que ‘táctil’, por cuanto no opone dos órganos de los sentidos, sino que deja suponer que el ojo mismo puede tener esa función que no es óptica […] Lo Liso nos parece a la vez el objeto de una visión próxima por excelencia y el elemento de un espacio háptico (que puede ser visual, auditivo tanto como táctil).” Deleuze-Guattari

»Interpretado así lo háptico, eso que lo suelda a lo cercano, que lo identifica con la aproximación a lo cercano, no solo con la “visión próxima” sino con la aproximación en todos los sentidos y para todos los sentidos, más allá del tacto, eso que lo vincula a la apropiación de lo cercano, es una postulación continuista, un continuismo del deseo que pone todo este discurso en concordancia con el motivo general de lo que Deleuze y Guattari, siguiendo a Artaud, reivindican bajo el nombre de “cuerpo sin órganos”. Por consiguiente, es en el “espacio liso” y no “estriado” donde ese continuismo háptico encuentra, busca, mejor dicho, su elemento de apropiación.» Jacques Derrida, ibid., pp. 185, 186

«Nancy, por su lado, parte [il part]. Él parte, marca su partida [départ] («Corpus, autre départ» [«Corpus, otra partida»], dice un título de Corpus). Él reparte [partage] y separa [départage], abandona [se départit] sin duda también esa problemática fundamental, así como ese intuicionismo de lo continuo o de lo inmediato, ese intuicionismo más radical, más invencible, más irreprimible que el que se opone simplemente a su contrario (conceptualismo, formalismo, etc.). Hace pensar así en otro reparto [partage] de los sentidos, en ese lugar del límite, de los límites plurales en los que dicha tradición se abastece. Al marcar y remarcar los límites, Nancy espaciaría más bien la continuidad de ese contacto entre el tacto y los otros sentidos, e incluso la continuidad inmediata en el corazón, por decirlo así, del tocar mismo, de ese tocar que, él va a recordarlo, es “local, modal, fractal”». Jacques Derrida, op. cit. p. 188

«Con motivo de la ecotecnia de los cuerpos, de un mundo de los cuerpos que “no tiene sentido trascendente ni inmanente”, Corpus proseguirá esta dislocación del tocar. Sin abandonar nunca la insistencia en el tacto [tact] que tanto le importa, al que no renuncia nunca, Nancy lo asocia siempre, en contra de la tradición continuista de lo inmediato, al valor de apartamiento, de desplazamiento, espaciamiento, partición о reparto: “Por el contrario, hay el tacto [tact], la pose et la dépose, el ritmo del ir y venir de los cuerpos en el mundo. El tacto [tact] desligado, separado de sí mismo.”» Jacques Derrida, ob. cit. p. 190

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31 de diciembre de 2015

Copyright Armando Almánzar Botello. Reservados todos los derechos de autor. Santo Domingo, República Dominicana.
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¡NOTA SIN RUBOR!

Muchos pretenden entender el complejo pensamiento de Jacques Derrida solo por medio de la Inteligencia Artificial. ¡Cayéronse del cielo! Algunos patanes se quejan de que es un pensador muy difícil, mas dicen comprender a Kant, a Hegel y a Marx. Lo dudo. El pensar-sentir asonetado, ya sin Góngora y Quevedo, hoy no se llama pensar: se llama emprendedurismo. ¡No entienden ni el origen provinciano de la gran meritocracia! ¡Jo! Hasta se proponen escribir sobre el gran pensador argelino-francés sin haber estudiado nunca ni una sola de sus obras. Otros lo han plagiado de forma penosa y descarada... ¡Tengo pruebas de los usos «indebidos» (por ser hurtos banales) de los polivalentes textos del autor de Aporías y de Glas (Clamor)! ¡Terror! Hace ya más de cincuenta años que leí por vez primera De la gramatología y La diseminación... ¡Ay! ¡Humor! Todavía leo activamente al gran polímata Derrida y escribo con cautela litúrgica sobre su poliédrica obra emblemática.

IMAGEN:

Fotografía de una parte significativa de los volúmenes (no todos) de (y sobre) Jacques Derrida en castellano. En mi biblioteca figuran también varios de sus libros en francés.

Copyright Armando Almánzar-Botello. Santo Domingo, República Dominicana.

jueves, 30 de julio de 2026

LA PIEZA. Lo monstruoso que vendrá

«La relación simbólica que los seres humanos establecen en las llamadas sociedades primitivas o salvajes con la figura del animal como fuente de “beatitud”, proviene de tradiciones mágico-religiosas y protochamánicas muy elaboradas desde el período de los pueblos cazadores...» Armando Almánzar-Botello


Por Armando Almánzar-Botello

A James Welch; N. Scott Momaday; Louise Erdrich; Gerald Vizenor; Joseph Bruchac
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Los miembros de mi tribu te perseguían, te daban caza y te devoraban.

A pesar de tu fiereza tan temida, los tramperos de tu furia numinosa y errante, saltando en tropeles de arrebato y algazara, movidos casi siempre por la imperiosa necesidad de alimento —y en algunas ocasiones por el puro afán lascivo de sangre salutífera—, se tornaban fervorosos, temerarios y rapaces.

Te asediaban, trataban de aturdirte, y sus picas y flechas aguzadas —a pesar de tus gruñidos de dios enardecido en el furor sagrado de tu remota estirpe vigorosa—, certeras caían sobre ti como una pertinaz lluvia de muerte.

Se abalanzaban luego sobre la carne de tu cadáver, todavía palpitante, y se daba inicio a la cruenta y salvífica ceremonia…

Yo, sacerdote mayor de la Tribu de Cazadores, despierto ahora de un sueño abismal y convulsivo en el alba desgarrante que preludia una insólita y nueva jornada.

Copiosamente sudando todavía el sombrío fragor de mis visiones nocturnas, intento recuperarme de las terribles presencias de un mundo secreto entrevisto, de un más allá indestructible vislumbrado —en el sueño y en la vigilia y en el origen— por detrás de todos los límites profanos.

He soñado contigo anoche, y en la niebla rumorosa de trazos y de signos germinantes —epifanía en el follaje fosforescente de mi sueño—, aparecieron tus garras, tu cabeza hierática, tu boca ensangrentada, y con lentitud ritual me dijiste, sin mover los labios de tus fauces prodigiosas, que tú eras nuestro dios tutelar, salvador, apotropaico. Que viniste al mundo, pletórico de amor, solo a redimirnos de la muerte.

Por el sueño milagroso de la niebla, por la santa verdad de tu existencia que persiste, yo, este mismo día —en cumplimiento de mi sagrado mandato de chamán, de griot convocante que toca el tambor que evoca en el trance la memoria circular de todo lo acontecido, el indescifrado resplandor del origen—, te voy a consagrar de nuevo, ante el Consejo de Ancianos Venerables —con sus figuras ya casi fantasmales— como divinidad zoomorfa y tótem protector de nuestra tribu en la zona más pobre del condado del Bronx, en la delirante y alucinada turbulencia de los nadie: callejones del estigma en la terrible y posmoderna urbe de Nueva York.

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Noviembre de 2013.

Copyright Armando Almánzar Botello. 
Reservados todos los derechos de autor. 
Santo Domingo, República Dominicana.


miércoles, 29 de julio de 2026

SÍ, EL VIEJO POSMODERNO TODAVÍA ES UN ROMÁNTICO

«Mirror on mirror mirrored is all the showWilliam Butler Yeats 


Por Armando Almánzar-Botello

Fredesvinda Báez Santana

Disculpa, pero recuerdo de un modo muy distinto esa historia del encuentro...

Quizá sea el paso de los años lo que afecta mi memoria, quizá sea mi mente la que ya bordea su delirio. Pero no recuerdo haberme arrojado por entero a tus grandes pies de predivinidad terrestre. ¡Perdóname!

Lo que sí recuerdo es que yo estaba en la Cafetería Paco’s y desde allí me sorprendió el momento vertiginoso en que, a través de una de las puertas del comercio y entre el ruido de vasos y voces, entre la humareda y el estallido de los motores urbanos, te vislumbré floreciendo por la vieja calle El Conde, resplandeciente de ti misma y moviendo tus manos misteriosas al hablar, mientras caminabas presurosa entre dos de tus amigos...

Me prometí entonces realizar luego para ti el ritual definitivo cuando volviera yo a encontrarte: abrirme el pecho con una daga filosa —como creo en mi delirio haberlo hecho—, extirparme palpitando el corazón y arrojarlo a tus pies, ensangrentado...

Mas vino un perro veloz de las tinieblas y se lo llevó sin retorno entre sus fauces...

Desde entonces, odio a ciertos caníbales políticos que se mueven por el mundo como si fueran hombres; a pesar de que, atravesado en mi ser por el mito y la leyenda, logré modelar en la fragua de Vulcano un nuevo, duro pero vivo corazón, este que todavía, todavía, todavía te sigue amando.

Armando Almánzar-Botello

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Miércoles, 29 de julio de 2026


Copyright Armando Almánzar Botello.
Reservados todos los derechos de autor. 
Santo Domingo, República Dominicana.

viernes, 17 de julio de 2026

Modesto trípode para saber-hacer algo con la muerte inevitable...

Espejo en escritura (Poema en prosa)

«La única salvación para el hombre es el estilo: decir cautelosa y hermosamente las cosas en la infinitud provisoria del instante.» Armando Almánzar-Botello


     Por Armando Almánzar-Botello

«Aporías. Morir —esperarse (en) “los límites de la verdad”—.» Jacques Derrida
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En el acto de morir /aquel hombre del espejo\ sorprendido no sintió sobre su pecho desierto / el secreto fragor de la ruda  impaciencia...

Esperó tercamente la visita de la Nada: ese puro no ser en la flecha del tiempo, / esa musa desnuda y ausente que se mira / el misterio cotidiano en la navaja reflexiva, / que sueña una tinta indeleble y profunda cuando mancha la página blancura de los días; / ella es modo ascendente de la lluvia insensible, los dedos que apagan todos los paraguas; ella brilla con el sol de la negrura absorta, que ciega con vacío filoso y atraviesa / en la niebla fantasmas y evapora semblantes.

Aguardó el hombre la llegada cautelosa de sí mismo / congelado en su revés de puro asombro... Se llamó y, como siempre, tardó en acudir... Y dio gritos glosolálicos por la noche sin azogue, perdido en el páramo insomne de los vientos: en su íntima distancia inexplorada...

Nada ni nadie respondió a la llamada espiral desde su adentro.

Para recordar ausencias perdidas volvió su rostro al olvido...

Escapó sin su yo el  viajero insondable —diluido en la tarde impasible y remota—, hacia el charco gimiente de sombras caídas / que sienten su cuerpo sin haberlo alcanzado.

Fueron neutros relámpagos genéticos los nombres, / terrible y filoso el Afuera germinante: Otro en luz que se levanta en lo negro y su reserva / descubre para siempre la verdad de su cadáver.

Así para el hombre se borró la mujer, que serena y limpiamente lo miraba escribiendo...

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Febrero de 1999 (Texto retocado)

© Armando Almánzar-Botello. Santo Domingo, República Dominicana.

Texto publicado —junto con otros más del autor— en el número 110 de la revista mexicana «Blanco Móvil», dirigida por Eduardo Mosches, poeta y editor mexicano de origen argentino. Dicho número, correspondiente al primer trimestre de 2009 en ese importante órgano cultural, fue dedicado por completo a la poesía de la República Dominicana.

© Armando Almánzar-Botello. Santo Domingo, República Dominicana.

Otra versión de este texto en el Blog Cazador de Agua. Domingo, 24 de mayo de 2009

Copyright Armando Almánzar Botello. Reservados todos los derechos de autor. Santo Domingo, República Dominicana.
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«¡OH MARTIN HEIDEGGER, TAN MAL COMPRENDIDO!»

Por Armando Almánzar-Botello

«Aporías. Morir —esperarse (en) “los límites de la verdad”—.» Jacques Derrida

«La única salvación para el hombre es el estilo: decir cautelosa y hermosamente las cosas en la infinitud provisoria del instante.» Armando Almánzar-Botello
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Se hace necesario resaltar que la existencia humana como Dasein ( «ser-en-el-mundo», «ser-para-la-muerte», «ser-ahí», existencia como esencial «poder-ser» —Sein-können— ) no es equivalente o similar al mero «estar-ahí» del ente —Vorhandenheit. Lo que viene a caracterizar al Dasein es la «condición de arrojado» —Geworfenheit—, su llamada «configuración o estructura proyectiva».

El Dasein (ser-ahí) no existe al modo del ente —das Seiende—, ente que «está-ahí» como «lo dado», sino que dicho Dasein se relaciona con el ser —das Sein— como «ek-sistencia» que se abre a su «disposición a-ser» en el futuro, en un futuro implícito en el presente mismo de su «no-todavía».

Sin ser una mera cosa material, solo el cadáver humano (abolición del Dasein, del ser-en-el-mundo) se reduce o circunscribe, para el pensamiento de Heidegger, al «puro-estar-ahí» —Nur-noch-Vorhandensein, en alemán— que ha perdido el «estar-vuelto hacia la-muerte» o el «estar-vuelto-hacia el-fin».

La pérdida del ser que comporta el «estado de muerte» implica, para el Dasein, la pérdida del morir como «adelantarse ontológico» —Vorlaufen en alemán— a la «posibilidad de su imposibilidad de ser»...

Fragmento de un texto sobre la muerte de la autoría de Armando Almánzar-Botello: «Muerte, igualdad, humildad, dolor, desamparo, aceptación. Repetición cíclica y conforme» (2012). Santo Domingo, República Dominicana.
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NACER MURIENDO

«La muerte no es nada para nosotros. Porque lo que se ha disuelto es insensible y lo insensible no es nada para nosotros.» Epicuro

«La única salvación para el hombre es el estilo: decir cautelosa y hermosamente las cosas en la infinitud provisoria del instante.» Armando Almánzar-Botello

Por Armando Almánzar-Botello

A Fernando Pessoa, in memoriam

Tan solo imaginar mi encierro en la nada eterna de la muerte me produce una intensa y angustiante asfixia metafísica, una honda y terrible crisis claustrofóbica.

Mas cuando pienso que mi ego se perderá sin medida en el maléfico rumor del Afuera y su alegría impersonal, indiferente, siento un vértigo infinito, un pánico sin fondo, una terrible amenazante agorafobia desierta, y profiero gritos mentales en mi habitación vacía; oscuro, insomne, ardido, en la desolación de mi yo polvoriento, evocando y destrozando cosas en la caída irredimible, en el furor ciego sin linderos de la total desesperanza.

Doy manotazos de miedo a inútiles y antiguos juguetes, fantasmales ya para siempre, hondamente inalcanzables en remotos desleídos mobiliarios imaginados.

No me tranquiliza pensar que nada sentiré, absorto, en mi absoluta y perseverante ausencia eterna de muerto.

Lo insoportablemente inconcebible, siniestro, es saber que yo, muerto, no seré de nuevo yo, para siempre. El Cielo es una ilusión pueril de goce indestructible, imaginada por la desechable y ciega vanidad del hombre.

No obstante, preferiría sentir algo, sí, más allá de la hermética frontera y el temblor indecidible de la vida y su aisthéton, aunque fuesen las mismísimas caricias tormentosas de las nieves y los fuegos perpetuos del Infierno...

Pero cruzada esta frontera en la caída o el descenso, no habrá hielos ni llamas, ni tampoco Cielo eterno...

Armando Almánzar-Botello 

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Febrero de 2015

Copyright Armando Almánzar-Botello. 
Santo Domingo, República Dominicana. 
Reservados todos los derechos de autor.

viernes, 3 de julio de 2026

LA INTUICIÓN EN GILLES DELEUZE (Brevísimo apunte)

«Ese carácter de «transindividualidad» es el que permite la afirmación espinozista de la Natura naturans como grado máximo de potencia inmanente.» Armando Almánzar-Botello 

 Por Armando Almánzar-Botello

Pienso que el escrito final de Gilles Deleuze titulado «La inmanencia: una vida...» (1995) no participa de la metafísica de la presencia ni de una visión estática del ser (como percibe Jacques Derrida en su comprensión de la «intuición»), sino que afirma la diferencia de lo múltiple más allá de la persona como cierre, con la apertura a lo impersonal de las singularidades nómadas y preindividuales.

Ahí, en Deleuze, no opera la intuición como captación metafísica de lo estático del ser, sino como afirmación transformativa de la «evolución creadora» de Henri Bergson y la diferencia «transindividual» de Baruch Spinoza.

A propósito de lo transindividual, Étienne Balibar, en su obra titulada precisamente Spinoza político. Lo transindividual (2018, 2021), resalta esa vertiente del pensamiento del ser en Baruch Spinoza para evitar que el concepto espinozista de «conatus» (perseverancia en el «propio» ser) sea interpretado como simple «interés en el interés», lo que reduce el concepto a la mera persistencia «egoísta» en lo que se es.

Se opone así el conatus, tal como hace Alain Badiou, al «interés en el desinterés» como base de una ética que desborda el simple perseverar en lo físico y biológico. Badiou, Alain: La ética. Ensayo sobre la conciencia del mal (2004 Editorial Herder).

La de Badiou, de hecho, constituye una lectura interesada y reduccionista. En Spinoza, el concepto de «Conatus» es transindividual porque atraviesa la mera preservación del yo, del ser de los entes, y se abre a la alteridad, al colectivo, a lo plural, a lo múltiple, a una concepción inmanente de Dios mismo como agente del silogismo disyuntivo-inclusivo (Pierre Klossowski, Gilles Deleuze).

Ese carácter de «transindividualidad» es el que permite la afirmación espinozista de la Natura naturans como grado máximo de potencia inmanente.

El «Se» impersonal que podría operar la intuición no es una mera presencia metafísica; es flujo y corte de singularidades; estas últimas no son mónadas idénticas a sí mismas, sino un juego de diferencias que escapa a la representación del concepto identitario.

Esta intuición vitalista deleuziana no se constituye en una captación haptotrópica del ser como presencia; más bien es una vía que reconoce no solo lo idéntico del concepto, sino también lo no-idéntico de este (como diría T. W. Adorno).

La especificidad de la filosofía en el cerebro-sujeto no es crear funciones lógicas y matemas (ejeto: ciencia) ni tampoco la producción de perceptos y afectos (injeto: arte); ella se constituye como producción de conceptos y personajes conceptuales (superjeto: filosofía). Debemos aquí entender que la intuición en Deleuze no es un recurso de reposo o descanso; ella es, por el contrario, la facultad activa que permite operar la síntesis disyuntiva inclusiva entre esas tres vertientes de un pensamiento no sintético-armónico, como sí lo sería el «pensamiento originario» (Das anfängliche Denken) de Martin Heidegger.

Armando Almánzar-Botello

Viernes 3 de julio de 2026

Copyright Armando Almánzar-Botello.
Santo Domingo, República Dominicana.


lunes, 22 de junio de 2026

BOUGUEREAU Y PICASSO (Cada cual con sus armas)

«No es imaginación histórica, más bien es lepra terminal encubierta. Son los académicos del arte Lázaros sin redención.» Fredesvinda Báez 



Por Fredesvinda Báez Santana

No es que sea totalmente despreciable el seductor academicismo preciosista de William-Adolphe Bouguereau (1825-1905), es que ese arte ya está codificado y es mera técnica y aprovechamiento repetitivo de la vieja gran tradición de la pintura occidental. No hay creación sino repetición lamida y perfeccionada de lo que otros crearon y que vale por sí mismo y su permanente potencia.

Pablo Picasso (1881-1973), en «Mujer que llora» (1937), logra la interpretación más vital y desgarrada de la belleza que Bouguereau lame, o se limita a lamer. No hay en Bouguereau aventura creadora ni riesgo. Este académico francés es ingenioso, diestro, correcto, limpio, pero el código mitológico y estético del que participa su obra no lo inventa él; se limita a copiarlo de los grandes maestros del Renacimiento y de otros pintores verdaderamente grandes, no solo en técnica sino en capacidad de aventura semiótica y espiritual.

Picasso, con esta pintura de preguerra, nos habla de belleza rota, de la fealdad convulsa que altera los rostros y el ánimo como resultado del impacto de lo sensible-violento del mundo sobre los cuerpos y la sensibilidad de la mujer contemporánea en su dolor y hasta en sus revueltas. El genio español nos recuerda que, después de Velázquez, hay que buscar nuevas vías para comunicar lo terrible, para insultar la insustancial belleza fetichizada, aproblemática y oronda, frívola, y hacernos comprender que el cuerpo y sus pasiones no siempre se expresan de un modo armónico, apolíneo, compensatorio, sino también brutal, desgarrado, feo pero artístico y profundamente significativo en la complejidad problemática de la existencia.

Esto no lo entienden los pequeños hombres de sensibilidad yerta, débil, estéril. Los que no son verdaderos artistas o creadores sino persecutores de lo lindo o de una falsa tragicidad de vitrina. Como Lázaros que a los cuatro días ya hieden, sufren de peor destino que el leproso porque no se alza en su horizonte artístico posibilidad alguna de redención estética ni metafísica.

Así sucede también con los poetas.

Fredesvinda Báez Santana

Miércoles, 17 de junio de 2026

Copyright Fredesvinda Báez Santana.
Reservados todos los derechos de autor.
Santo Domingo, República Dominicana.

viernes, 19 de junio de 2026

FERNANDO PESSOA Y LA UNIVOCIDAD DEL SER (Brevísimo apunte)

«A la superficie carnal de mi alma trepa el misterio de las cosas. Veo, oigo, palpo independientemente de lo que en mí ve, oye y toca. Me separé de mí de repente. Observo, desde mí y de lejos, mis sensaciones, y ellas parecen, además de algo visibles, pertenecientes a otro, moviéndose en mí por obscenidad y por grandeza.» Pero Botelho, heterónimo de Fernando Pessoa


     Por Armando Almánzar-Botello

     A la memoria de mi pariente higüeyano
Peruchito (+), hijo de don Perucho Botello (+)
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Es falso que Pessoa encarne «la subjetividad monádica» burguesa y Vallejo una suerte de «corps morcelé andino», de cuerpo étnico inmanente, fragmentado, y carnalidad psicosocial y simbólica desarticulada.

El que dice algo así no ha transitado por la vía claroscura y transbinaria de un cuasi concepto que el autor de estos apuntes formula con rigor como «genealogía del despedazamiento» en Pessoa, ni por el triunfo pessoiano de la Univocidad del Ser a través del recurso poético, protésico y ontológico de la heteronimia.

Pessoa desbordó el mero hacer imitativo que convalidaba el neocolonialismo. Vallejo, conocedor y admirador de los valores culturales europeos, se miraba desgarrado socioculturalmente por su condición mestiza; expresó en Trilce —no en la totalidad de su obra— su «esquizofrenia» simbólica utilizando un lenguaje roto, vanguardista-idiosincrásico.

Pessoa, pese a ser de clase alta, aristocrática, vivió también en éxodo y exilio, padeció la fragmentación transcultural y la forclusión parcial del nombre del padre y lo simbólico. Sufrió la a-pertenencia del significante lusitano-judío a-cósmico.

Sin embargo, Pessoa supo transformar la fragmentación imaginaria y el «descoyuntamiento» de la personalidad en un arte plural, potente y rico en el plano semiótico-formal, tan complejo o más que el de César Vallejo.

Como dice Almánzar-Botello en su ensayo titulado «Análisis de Drama en gente de Fernando Pessoa» (2010), Alberto Caeiro funciona en esta compleja dramaturgia (Álvaro de Campos, Ricardo Reis, Bernardo Soares, Pêro Botelho, El Barón de Teive, Alexander Search, el propio Caeiro, etcétera) como el «Maestro», el punto de máximo valor heteronímico atribuido en la genealogía espiritual imaginaria, pero no necesariamente es el heterónimo de mayor potencia de ignición real en el plano trascendental de inmanencia.

Esta potencia, entendida como capacidad de trazar líneas de fuga o desterritorialización que desbordan los límites codificados como círculo del aparecer (E. Trías: La razón fronteriza), la encarna con mayor pertinencia Álvaro de Campos, heterónimo de la exploración, el viaje, el espacio urbano, la técnica moderna y el nihilismo activo-destructivo que casi logra su transmutación en lo que Nietzsche denomina «nihilismo consumado». Ese nihilismo de la defundamentación asumida y creativa trasciende la fundamentación metafísica en dirección hacia lo infundamentado y lo posfundamentado.

La potencia de Álvaro de Campos traza líneas de fuga en el mismo sentido en que las proyecta, en el plano contemplativo, el maestro de los heterónimos mayores, Alberto Caeiro.

Es necesario pensar la potencia del pensamiento heteronímico en Pessoa no solo como una suplencia para esa «enfermedad de la mentalidad» que resulta de una cierta forclusión del Nombre-del-Padre (J. Lacan), sino como una suerte de «síntesis disyuntiva inclusiva» que desemboca en una afirmación de la «univocidad del ser» (Duns Escoto, Baruch Spinoza, Gilles Deleuze).

Armando Almánzar-Botello 

Viernes, 19 de junio de 2026

Santo Domingo, República Dominicana.


BIBLIOGRAFÍA MÍNIMA:

—Ángel Crespo: La vida plural de Fernando Pessoa, Editorial Seix Barral, S. A. Barcelona, 1988.

—Fernando Pessoa: «El regreso de los dioses». Edición y traducción de Ángel Crespo. Acantilado, Barcelona, 2006.

     —Yo soy una antología. 136 autores ficticios. (Edición y presentación Jerónimo Pizarro y Patricio Ferrari. Traducción Nicolás Barbosa López, Pre-Textos, Valencia, 2018.

—Richard Zenith: Pessoa. Una biografía. Traducción del inglés de Ignacio Vidal-Folch. Barcelona, Acantilado, 2025.

Copyright Armando Almánzar-Botello.
Santo Domingo, República Dominicana.


Adenda

EL POETA FERNANDO PESSOA PADECÍA LO QUE JACQUES LACAN CARACTERIZÓ COMO «ENFERMEDAD DE LA MENTALIDAD»

Por Armando Almánzar-Botello

Para el psicoanalista y pensador francés Jacques Lacan, el gran poeta y escritor lusitano Fernando Pessoa transformó un síntoma convencional (un imaginario patológico y fragmentado-floreciente (Lacan, Colette Soler) enlazado con lo simbólico pero sin el «lastre de lo real») en un recurso artístico: los heterónimos. Con esta lograda multivocidad artística de suplencia o compensación, Pessoa evitaba la locura.

De acuerdo con la clínica nodal de Lacan, en el neurótico-normativo existe un bloqueo de lo Imaginario; en Joyce hay una «caída de lo imaginario del cuerpo» con un encadenamiento entre lo simbólico y lo real. Para Lacan, el «sinthome de Joyce» es la escritura (en ocasiones glosolálica) como un modo de suplencia que une lo imaginario caído al nudo donde sí están unidos lo simbólico y lo real. Según Lacan y su seguidora la psicoanalista Colette Soler, en Fernando Pessoa existe un imaginario proliferante, pero, según Lacan, sin el «lastre de lo real». Su medio de estabilización es la polivocidad y la heteronomía sistemáticas.

Según la teoría clínica de Lacan, el Libro del desasosiego, firmado por un autor ficticio llamado Bernardo Soares, y el juego poético múltiple de los restantes heterónimos, son recursos o formas que inventa Pessoa para hacer «lazo social» y evitar de este modo cierto tipo de psicosis.

Es bueno recordar y resaltar que pese a estar afectado de lo que podría llamarse «personalidades múltiples», Fernando Pessoa dominó perfectamente la gramática de su lengua portuguesa antes de su «decisión» vital y artística de «transgredirla» para enriquecer el mensaje estético de sus textos creativos. Su «trastorno de la mentalidad», tal como lo denominó Jacques Lacan, no comportó nunca «agramatismo» propiamente dicho ni «cacografía«, tal como fue el caso de un Antonin Artaud, por ejemplo.


DOS FUENTES BÁSICAS:

–Lacan, Jacques: Seminario 23, El sinthome 1975-1976Paidós 2006

–Soler, Colette: La maldición sobre el sexo, Ediciones Manantial 2000

Copyright Armando Almánzar-Botello. 
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Reservados todos los derechos de autor.