viernes, 24 de abril de 2026

¿DE CUÁL VOZ? (Coda a «Trías, Derrida y foné musical 1»)

«Es evidente que desde los primeros momentos de su reflexión filosófica Derrida reconoce esa dualidad problemática de la voz, de la foné como sonoridad vocal (in)humana, pensada, por un lado, como abierta a los “sonidos propiamente musicales: entonaciones, melodías, cánticos” (como reclama Trías en su obra La imaginación sonora), es decir, a la dimensión “puramente” intensiva, preverbal y a-significante de la “vocalización sonora” —“voz sin azogue”, la denomina Derrida en su temprana obra La diseminación—, y por el otro, concebida como una instancia que apunta a la “palabra representativa”, a lo verbal, a lo lingüístico, y a la que cierta metafísica de la presencia tiende a negar en su materialidad específica e irreductible para simplemente concebirla como un mero soporte instrumental, secundario, finalmente prescindible, del proceso de transmisión del sentido». Armando Almánzar-Botello

                               Eugenio Trías 

     
Por Armando Almánzar-Botello

     A Antonin Artaud; a Gilles Deleuze, in memoriam 
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Es curiosamente bajo la invocación a la figura de un dramaturgo y poeta, Antonin Artaud, como dos filósofos contemporáneos de la envergadura de Jacques Derrida y Gilles Deleuze realizan una suerte de crítica problematizante de la particular concepción metafísica de la foné, o voz que opera en el pensamiento lingüístico de Ferdinand de Saussure y en la concepción fenomenológica de Edmund Husserl.

Decimos «curiosamente», porque Artaud, como ya ha sido apuntado en reiteradas ocasiones por muchos intelectuales y críticos, no es un pensador-artista reconocido como «filósofo» en los ámbitos académicos oficiales y rigurosos de la filosofía como disciplina.

Hasta un simple y erudito hombre de letras que reflexiona sobre la genialidad de otros como lo es el profesor norteamericano Harold Bloom, autor de El canon occidental, habla en algún lugar de su obra de «Artaud, El Loco». Esperaríamos que lo hiciera de la misma forma en que los atenienses, entre ellos Aristóteles, llamaron «El Perro» al filósofo Diógenes de Sinope…

Pues bien, en varias de sus obras, tanto Derrida como Deleuze aluden, para legitimar una concepción «no representativa» de la palabra y del sonido vocal entendido como «voz a-significante», como «scat semiótico-musical originario», a la particular concepción artaudiana de la voz y la «palabra».

Dicha concepción artaudiana de la «palabra» intenta liberar a esta última de su papel meramente representativo, idealizante y lingüístico-verbalista, para resaltar en ella los aspectos entonacionales, melódicos, rítmicos, pre-verbales, intensivos, «gestuales», pulsionales, corporales, puramente glosopoiéticos, como los denomina Derrida en uno de los ensayos de La escritura y la diferencia dedicado precisamente a Antonin Artaud y su teatro de la crueldad.

Lo que ahora nos atrevemos a denominar una concepción derridiana glosopoiética de la foné, rastreable en todo el pensamiento de Derrida y muy tempranamente inspirada por Artaud y Mallarmé, entiende a esa voz/foné como una dimensión radicalmente distinta a la simple idealidad del sonido pensado y del pensamiento-sonido, del mero «ser-oído del sonido», es decir, como algo diferente a la simple idea saussuriana de una «imagen acústica» que no «cae al mundo» en tanto que remite más bien a la pura idealidad de un sonido más en efecto «pensado» que «físicamente escuchado».

La dimensión glosopoiética de la Voz, tal como aparece de modo explícito en Jacques Derrida inspirado en Antonin Artaud, recupera el peligro de la carne, la «crueldad corporal» de la foné, su carácter de sonoridad física absoluta no meramente inspirada o soplada desde lo alto; sonoridad vocal polifónica y polimórfica, entonacional, a-significante, intensiva, cantada, posterior al simple grito (aunque lo delimite contra-efectuándolo) y anterior a lo verbal.

El mismo Derrida lo dice con todas las letras en el mencionado ensayo sobre Artaud que aparece en su obra La escritura y la diferencia:

     «La glosopoiesis [como dimensión amplificada de lo sonoro en la voz] no es ni un lenguaje imitativo ni una creación de nombres, nos acompaña al borde del momento en que la palabra no ha nacido todavía, cuando la articulación ya no es el grito, pero tampoco es todavía el discurso». Jacques Derrida: “El teatro de la crueldad y la clausura de la representación”. Dos ensayos» [de Derrida]. Editorial Anagrama, Barcelona, 1972. Página 52 (Cuadernos Anagrama, Serie Filosofía, dirigida por Eugenio Trías).

Hemos citado en el párrafo anterior un fragmento de la traducción del ensayo de Derrida tal como aparece publicado en 1972 en español (el ensayo original en francés fue publicado en Editions du Seuil, 1967), es decir, casi con una anterioridad de dos décadas a la publicación en nuestra lengua del libro-compilación de Jacques Derrida al que pertenece la mencionada reflexión ensayística. Ese libro es La escritura y la diferencia, traducido al español por Patricio Peñalver y publicado en 1989.

Seleccionamos aquí la publicación de 1972 por el simple hecho de que Eugenio Trías, además de haber sido en ese entonces el director de los Cuadernos Anagrama de Filosofía, tradujo el otro ensayo de Derrida incluido en el cuaderno en cuestión: «La estructura, el signo y el juego en el discurso de las ciencias humanas», y escribe, además, la nota introductoria. La traducción del texto sobre Artaud corrió bajo la responsabilidad de Alberto González Troyano. Valga la digresión.

Es evidente que desde los primeros momentos de su reflexión filosófica Derrida reconoce esa dualidad problemática de la voz, de la foné como sonoridad vocal (in)humana, pensada, por un lado, como abierta a los «sonidos propiamente musicales: entonaciones, melodías, cánticos» (como reclama Trías en su obra La imaginación sonora), es decir, a la dimensión «puramente» intensiva, preverbal y a-significante de la «vocalización sonora» —«voz sin azogue», la denomina Derrida en su temprana obra La diseminación—, y por el otro, concebida como una instancia que apunta a la «palabra representativa», a lo verbal, a lo lingüístico, y a la que cierta metafísica de la presencia tiende a negar en su materialidad específica e irreductible para simplemente concebirla como un mero soporte instrumental, secundario, finalmente prescindible, del proceso de transmisión del sentido.

Esta última a la que nos referimos, es la concepción idealista de la foné que Derrida somete a un cuestionamiento deconstructivo (crítica del fono-logocentrismo occidental).

Es la misma idea de la foné que opera, como hemos señalado anteriormente, en la definición saussureana del sonido como puro aparecer fenomenal del «ser-oído del sonido» y no del «sonido real en el mundo». Y es también la idea de lo sonoro vocal que opera en la concepción husserliana de la voz entendida como algo ligado a lo sensible y a la sensibilidad, a lo físico, pero considerado por la reducción eidético-fenomenológica como desecho y «vestigio hylético» prescindible, tal como se ofrece a la consciencia que aspira a ser «depurada de supuestas escorias mundanas»:

     «La «imagen acústica» es lo oído: no el sonido oído sino el ser-oído del sonido. El ser-oído es estructuralmente fenomenal y pertenece a un orden radicalmente heterogéneo al del sonido real en el mundo». Jacques Derrida: De la gramatología. Siglo XXI, 1971, página 82.

La única «insuficiencia» de Jacques Derrida en lo relativo a su particular conceptualización de la foné y lo «vocal heterogéneo» estriba en que el pensador argelino-judío de lengua francesa no dirigió una gran parte del caudal de su energía filosofante a los territorios de la música, como sin dudas lo ha hecho y lo está haciendo Eugenio Trías en este aspecto de su variada y luminosa meditación, sino que lo orientó, fundamentalmente, a una reflexión sobre la «escritura», concebida en términos muy específicos, y a un diálogo con la literatura, las ciencias humanas y la pintura.

Operado este deslinde estratégico, pienso que podríamos cerrar/abrir y continuar/complicar esta meditación sobre la foné musical citando las hermosas palabras, de inspiración levinasiana, de la autoría de Judith Butler:

     «El rostro [que no es la cara] parece ser una especie de sonido, el sonido de un lenguaje vaciado de sentido, el sustrato de vocalización sonora que precede y limita la transmisión de cualquier rasgo semántico». Judith Butler: Vida Precaria. (El poder del duelo y la violencia). Paidós, 2006, Buenos Aires, página 169

Es posible quizá vislumbrar un «rostro musical» de la foné, concebido como zona de emergencia, como «espacio sonoro» matricial de indeterminación o incertidumbre entre lo humano y lo inhumano, entre cara y no-cara, entre vida y muerte, entre subjetivación y desubjetivación…


Armando Almánzar-Botello


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20 de febrero de 2012

© Armando Almánzar-Botello. Santo Domingo. República Dominicana. Reservados todos los derechos de autor.

Armando Almánzar-Botello 

jueves, 23 de abril de 2026

LA VOZ SIN AZOGUE (En torno a «Derrida, Trías, foné musical y psicoanálisis»)

A modo de ritornello de partida:

«Como si analizara la potencia de la “vox” (tanto la humana como la instrumental) Gilles Deleuze, pensando en Karlheinz Stockhausen y en las sonoridades electrónicas, hablaba de una relación originaria y profunda entre la música y lo cósmico, donde el ritournelle (ritornello) funciona como el componente que posibilita la consistencia del agenciamiento maquínico. Por medio de este último se genera un enlace entre lo caótico, lo territorial y lo cósmico (agencement) que utiliza  sonoridades   asignificantes o  semióticas como puro juego de intensidades y fuerzas que desbordan lo meramente subjetivo, preformado y sentimental, es decir, lo psicográfico, y abren el territorio de lo humano a la potencia de lo sobrehumano, a lo supraterrenal, a lo sideral, tal como son concebidas dichas categorías por Hans Heinz Stuckenschmidt en el contexto de la llamada música de tercera generación». Armando Almánzar-Botello



     Por Armando Almánzar-Botello 

     A Eugenio Trías; a Jacques Derrida; a Gilles Deleuze, in memoriam 
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Un cristal pintado con azogue (mercurio) en una de sus caras se transforma en espejo: refleja la luz. Un cristal, cuando es azogado, deja de ser transparente para convertirse en superficie reflectante.

Ahí subyace toda la problemática de la representación imitativo-ilusionista.

El espejo, en «El Matrimonio Arnolfini» de Jan Van Eyck o en «Las Meninas» de Velázquez, constituye un ejemplo paradigmático de este fenómeno de duplicación reflectante que se encuentra latente o implícito en la concepción expresivista del lenguaje y de la representación en sentido general.

La voz representativa, como «voz con azogue», es aquella que transmite o refleja un significado intencional, pretendiendo «poner en el afuera la intimidad de un adentro».

La  voz no representativa, como «voz sin azogue» (siguiendo la metáfora derridiana cristalina y especular con el azogue o mercurio) es una instancia vocal asignificante: no refleja sino que refracta; no está animada por ninguna Bedeutung-Intention o Intención significativa que pretenda transmitir un significado conceptual o verbal.

La voz sin azogue es, como lo dice Derrida explícitamente en La diseminación: «un poder de inscripción no ya verbal, sino fónico. polifónico».

Creo poder «escuchar» aquí la posibilidad de la foné musical. Entiendo la «foné bifronte preoriginaria», de modo no metafísico, como una instancia o zona sonora de indiscernibilidad entre lo verbal y lo entonacional-intensivo.

Aunque luego se hable metafóricamente de una «musicalidad» particular propia del discurso lingüístico, lo que caracteriza a la foné, digamos preoriginaria (matricial, como dice Trías en La imaginación sonora), no recuperada por lo verbal, es el encontrarse abierta al juego de la pura sonoridad sin sentido, «protomusical», es decir, a lo fónico, a lo polifónico «puro».

Como si analizara la potencia de la “vox” (tanto la humana como la instrumental) Gilles Deleuze, pensando en Karlheinz Stockhausen y en las sonoridades electrónicas, hablaba de una relación originaria y profunda entre la música y lo cósmico, donde el ritournelle (ritornello) funciona como el componente que posibilita la consistencia del agenciamiento maquínico

Por medio de dicho agenciamiento (agencement) se genera un enlace entre lo caótico, lo territorial y lo cósmico. En el contexto de la música, el agenciamiento  opera utilizando  sonoridades  a-significantes o  semióticas como puro juego de intensidades y fuerzas que desbordan lo meramente subjetivo, preformado y sentimental, es decir, lo psicográfico. El agenciamiento musical, por medio del ritornello, abre el territorio de lo humano a la potencia de lo sobrehumano, a lo supraterrenal, a lo sideral, tal como son concebidas dichas categorías por Hans Heinz Stuckenschmidt en el contexto de la llamada música de tercera generación.

Ese juego intensivo de la «pura» sonoridad vocal no subordinada a ningún significado conceptual, lingüístico o verbal sería la «voz sin azogue» tal como la concibe Derrida.

La «voz sin azogue» de Jacques Derrida podría equivaler entonces a lo que en nuestra breve nota anterior: «¿De cuál voz? Coda a Trías, Derrida y la foné musical 1», situamos como:

     «La dimensión glosopoiética de la “voz”, tal como aparece de modo explícito en Jacques Derrida inspirado en Antonin Artaud, esa instancia de lo vocal que recupera el peligro de la carne, la «crueldad corporal» de la foné, su carácter de sonoridad física absoluta no meramente inspirada o soplada desde lo alto; sonoridad vocal polifónica y polimórfica, entonacional, a-significante, intensiva, cantada, posterior al simple grito (aunque lo delimite contra-efectuándolo: Deleuze) y anterior a lo verbal».

Percibimos aquí la posibilidad de la foné musical emergente —en la segunda fase de sus formas primordiales— y en tanto que continuación en el medio «aéreo» del circuito de reconocimiento sonoro-musical y orgánico-amniótico más arcaico: «vida sonora in utero» del embrión-feto (Trías), de la criatura que habita el «inframundo» sonoro uterino y a la que Eugenio Trías asigna, en su particular concepción de la ontogénesis del fenómeno musical, el estatuto de «homúnculo».

Vemos justificada en este contexto la afirmación de Julia Kristeva de que lo semiótico preverbal, heterogéneo, por el hecho de ser una especie de infrasentido (untersinn) anterior a lo simbólico-lingüístico y al discurso constituido por palabras, no es ajeno a lo social, es decir, a la relación con el otro.

Es inevitable, también, meditar ahora, detenidamente —contrariando la devaluación del pensamiento psicoanalítico de Freud y Lacan operada por Trías desde el inicio mismo de su obra La imaginación sonora, cuando aduce la supuesta dificultad de dicho pensamiento para comprender adecuadamente la voz como foné musical—, en la gran importancia que tanto en el fundador del psicoanálisis como en el Lacan de la «fase del espejo» y la «pulsión invocante», reviste la materialidad sonora, la dimensión preverbal de lo vocal-auditivo: ese juego de las meras oposiciones fonemáticas como «señales significantes unarias» en su plano más elemental.

Todos estos aspectos sonoros y vocales, resaltados ya por la experiencia clínica y la reflexión teórica de Freud y Lacan, constituyen parte del protofenómeno musical, como lo concibe Trías en términos de una relación privilegiada del embrión-feto, y posteriormente, del neonato-infante, con la figura primordial de la madre como Otro.

Son estas articulaciones, ritmos y sonoridades primordiales no expresivas las que van a permitir al sujeto infans el dominio de la «imagen especular» y la evitación del retorno descontrolado, vivido ahora como catástrofe, al cuerpo cenestésico-cinestésico-senestésico en sus niveles más rudimentarios.

Esa sonoridad va a facilitar un paso crucial de avance en la constitución del sujeto: la emergencia del Yo imaginario (Moi) como Gestalt o buena forma pregnante. Aquí, el psicoanálisis de orientación lacaniana reconoce un gran valor al potencial de la significancia sonora no capturada todavía por la significación abstracta del lenguaje. Lacan adopta el neologismo de «lalangue», (“lalengua”), para referirse a ese flujo sonoro que guarda relación estrecha con la «pulsión invocante» y la pura materialidad prelingüística de la «voz encarnada» en el parlêtre, entendido este como cuerpo afectado por el goce de la lalangue.

En ese nivel de inscripciones sonoras originarias (viscerales y vocales) el neonato-infante no ha llegado todavía a la «función y campo de la palabra» constituida. En ausencia de las oposiciones fonemáticas que le permiten, como trazos unarios (trait unaire), la buena identificación con la figura de la madre y el dominio de la imagen especular, el infante viviría su cuerpo bajo la fantasía catastrófica de cuerpo fragmentado (corps morcelé: Lacan) o cuerpo «loco».

Podemos ver aquí la importancia que reviste la sonoridad preverbal, la voz puramente fónica, polifónica, en la concepción psicoanalítica de orientación lacaniana.

Por otra parte, el mismo filósofo español dice en su obra La imaginación sonora, que el concepto de la foné musical equivale, en cierto sentido, a la palabra latina «vox» (voz humana y voz instrumental, simultáneamente).

Nosotros hablaríamos más bien de una «foné preoriginaria», matricial como la concibe Trías, sí, pero ligada a la chora platónica (matriz/nodriza/receptáculo/indeterminación), a lo semiótico de Julia Kristeva, esa psicoanalista y pensadora que ha reflexionado, desde hace largos años, sobre el fenómeno de la voz semiótica preverbal, rítmico-lúdica y cuasimusical, y a cuyos interesantes y fértiles planteamientos Trías no alude en su obra La imaginación sonora.

Sin embargo, más que a un sonoro humano-instrumental, yo apuntaría a una sonoridad (in)humano instrumental, para dejar abierta la problemática de la emergencia de «lo humano» desde un cierto ámbito de «lo inhumano o no-humano», tal como sucede en los pensamientos de Aristóteles, Lacan, Derrida, Deleuze, Agamben, Lyotard... Y del mismo Trías.

El Homo sapiens sapiens es un dato biológico de partida, genético-morfológico, filogenético, pero no es equivalente a «lo humano», que resulta ser más bien una construcción histórico-cultural.


Armando Almánzar-Botello 

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25 de febrero de 2012

Copyright Armando Almánzar-Botello. Santo Domingo, República Dominicana. Reservados todos los derechos de autor.


IMÁGENES:

Francis Bacon: Fragmento del panel de la derecha en «Tres estudios para figuras al pie de una crucifixión», 1944. Tríptico. Óleo y pastel sobre cartón.

Armando Almánzar-Botello, 2009, junto al tríptico de Francis Bacon titulado:  «Tres estudios para figuras al pie de una crucifixión», 1944. Metropolitan Museum of Art, New York. 2009. «Francis Bacon: A Centenary Retrospective» (1909-2009).



miércoles, 15 de abril de 2026

INTELIGENCIA ARTIFICIAL, CUERPO Y LETRA, LÓGICA Y LOGICIAL...

INTELIGENCIA ARTIFICIAL (IA), VERTIENTE NO COMUNICATIVA DEL LENGUAJE, GOCE, CUERPO Y LETRA, LÓGICA, LOGICIAL, LENGUAJE, LALANGUE, CIFRA, NÚMERO, PARLÊTRE, POESÍA (Notita)

SÍNTESIS: «Un poema de baja calidad, definido como tal por no participar de una organización del ritmo-sentido, del juego intensivo vocálico y consonántico y del «transemantismo», aunque sea escrito por un humano pierde también la capacidad de aproximarse a lo real de la letra-litoral como dispositivo de aventura del sentido y de lo a-significante, del cuerpo gozante y de la creación de nuevas posibilidades semiótico-formales». Armando Almánzar-Botello


     Por Armando Almánzar-Botello

     A Edgar Morin

     A los poetas Omar Messón y César Augusto Zapata

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Los Grandes Modelos de Lenguaje no trabajan con la «lógica constituida» sino con el «logicial» (el algoritmo). 

El logicial simula (no duplica) la lógica. Esta solo se aplica en el diseño de la arquitectura del modelo por los programadores humanos y en los protocolos de optimización de aprendizaje profundo de las redes neuronales de la inteligencia artificial. 

La letra-litoral (Jacques Lacan, Jacques-Alain Miller: poética de lo real) base de la palabra poética, relacionada con la «lalangue», bordea lo real del cuerpo pulsional y el goce: este es el punto de ignición hacia el que apunta el algoritmo, pero sin alcanzarlo nunca. Al no tener un cuerpo carece de aisthésis, de «perceptos» y de «afectos» (que no son percepciones ni afecciones en bruto). 

Estas últimas pasan al código poético solo bajo el carácter de meras manifestaciones estéticas naíf o ingenuamente psicologistas. 

Para entrar en el ámbito de la experiencia estética (aisthésis y «aisthéton espiritual»: Jacques Rancière) las percepciones y las afecciones en bruto deben encontrar sus «correlatos poéticos objetivos», como dice T. S. Eliot. 

En arte, por más valor que se conceda a lo informal, al caos, al concepto o a la «espontaneidad», el accidente debe estar «contraefectuado» y mediado por una «voluntad de forma-caos». Solo así deviene «acontecimiento-est/ético».

El modelo de lenguaje (inteligencia artificial) trabaja con el número como gradiente de intensidad que apunta a lo real de la letra-litoral del texto poético, pero solo puede señalar hacia ese lugar, no habitarlo. 

Una vertiente de lo matemático es la cifra (simbólica e imaginaria, digamos «humana»); otra es el número como gradiente de intensidad y «token» (el logicial automático del algoritmo desantropomorfizado), y otra  muy distinta la «letra-litoral» que bordea el agujero del «parlêtre» como ser-hablante o cuerpo pulsional, parlante y gozante. 

Reitero: el algoritmo simula este lugar topológico pero, al no poseer un cuerpo, no puede habitarlo: es un sujeto humano el que puede explorar esa dimensión simplemente señalada o apuntada por el algoritmo. 

La poesía es el más allá del algoritmo (que no es lógico sino logicial, repito) y cobra su dimensión de sentido, de texto significante y a-significante, en la aisthésis de la lecto-escritura humana. 

La inteligencia artificial calcula o computa el desvío estadístico con respecto a la norma, dentro de una Campana de Gauss (utilizando un corpus de billones de textos de referencia) y define ese desvío como originalidad. 

El logicial algorítmico no toca el núcleo de la poesía tal como lo hace el lector humano —quien puede o no habitarla («solo poéticamente habita el hombre la tierra»: Hölderlin-Heidegger)—; pero lo merodea, lo bordea o toca el vacío de su límite.

Armando Almánzar-Botello 


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Miércoles, 15 de abril de 2026

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martes, 7 de abril de 2026

FALSO HAIKAI NO RENGA...

«Otra espada veloz: Un rumor de sí mismo en la penumbra… / y sangró frente a un espejo el otro samurái». Armando Almánzar-Botello


Por Armando Almánzar-Botello 

A Kobayashi Issa; a José Juan Tablada, in memoriam

     1


​Hondo letrado:
un gorila con ira.
Peligro letal...

     2

​Gran infatuado:
un gorila se mira.
Escribo mi fin...

     3

​Frío tatuaje:
el gorila me mira.
Un rudo fulgor...

     4

​Terco el instinto:
mi gorila se olvida.
¿El Juicio Final...?

     5

​Mundo callado:
un gorila me olvida.
Él borra dolor.

     6

Fin de la historia:
del zoológico parto.
Un riesgo fatal...


Mayo de 2025


Copyright ©️ Armando Almánzar-Botello.
Reservados todos los derechos de autor.
Santo Domingo, República Dominicana.

domingo, 5 de abril de 2026

GEMINI: UN GRAN MODELO DE LENGUAJE... Y MI NOSTALGIA

«El error de un cierto discurso, no solo artístico sino filosófico y hasta científico, se manifiesta en la esencialización de un pensar desencarnado, pretendidamente axiomatizado y apodíctico, que se ofrece privado de “sentir” y no comunica de modo intensivo con la dimensión de “lo sensible” (con el “aisthéton”)». Armando Almánzar-Botello

 
Por Armando Almánzar-Botello

A Max Bense; a Umberto Eco, in memoriam 


La llamada «Estética Informacional» existe desde los años cincuenta y sesenta. A ella están ligados nombres eminentes como Max Bense, Abraham Moles, Haroldo y Augusto de Campos, Italo Calvino, Octavio Paz, Raymond Queneau, Edoardo Sanguineti, Décio Pignatari... No es un juego actual y caprichoso.

En esa compleja concepción cibernético-estética se estudian los procesos estocásticos, ergódicos y markovianos que pueden permitir la emergencia crucial de configuraciones semióticas, estructuras sígnicas y obras poéticas y artísticas con valores estéticos reales y equivalentes a los que T. S. Eliot había denominado «correlatos objetivos» del pensamiento poético y los estados emocionales de la subjetividad.

Yo, con serenidad, he venido estudiándola desde los años setenta y garantizo que sin la intervención humana y su sensibilidad (aisthésis) no existe arte...

Defiendo la posibilidad de una interacción creativa «Humano-Máquina», pero donde la sensibilidad de lo humano y su voluntad de forma orienten el proceso que permite la configuración semiótico-estética, entendida esta como lazo entre el goce, el cuerpo y el lenguaje (sinthome: Jacques Lacan), entre lo biográfico, lo histórico y lo narcisista (Henri Meschonnic): lo «auto-bio-tánato heterográfico» (Jacques Derrida).

Defendemos un posthumanismo crítico a lo Derrida, Deleuze-Guattari y Braidotti, pero no un transhumanismo que valide lo que Martin Heidegger denomina Gestell, entendido como Estructura de Emplazamiento y Captura de toda forma de subjetividad...

Compré mis primeros libros sobre Estética Informacional en la «Librería Paz», administrada en la década de los años 70 por el memorable intelectual y sacerdote jesuita Alberto Villaverde.

A quien suscribe con alacridad estos apuntes, la Inteligencia Artificial y los Grandes Modelos de Lenguaje, curiosamente, le producen una gran nostalgia y un borbotón de emociones...

¿Alguien es capaz de argumentar sólidamente a favor o en contra de las consideraciones críticas de un «Gran Modelo de Lenguaje»?

No se aceptan argumentos triviales o gastados. ¡No!

Exigimos teoría crítico-literaria y conceptualizaciones actuales (simples y/o complejas) sobre la forma en la que Gemini, por ejemplo, opera para evaluar los poemas utilizando un corpus de referencia conformado por billones de textos filosóficos y, sobre todo en este caso concreto, críticos y poético-literarios...

2025

© Armando Almánzar-Botello. Santo Domingo, República Dominicana.



ADENDAS:

«El lenguaje tiene la capacidad asombrosa de decir lo que no dice, lo cual significa, ¡oh maravilla!, que los humanos, en momentos de rara lucidez, sabemos lo que no sabemos. Me pregunto si la imposibilidad del relato de describir exactamente los hechos y del modelo matemático de describir exactamente un sistema dinámico son imperfecciones del lenguaje y nada más. Sospecho que entre la indefinición del lenguaje y la complejidad del mundo puede haber una correspondencia lúcida. ¿Podría ser que el lenguaje tuviera el grado de imprecisión exacto, correspondiente al grado de complejidad innombrable del mundo? La imprecisión del lenguaje literario es metafórica, y la del lenguaje matemático, estadística. Nada parecía más alejado que la metáfora y la estadística hasta que los grandes modelos de lenguaje de la inteligencia artificial hallaron una correspondencia asombrosa entre ellas. Esos modelos calculan estadísticamente las metáforas». Lluís Nacenta: CÁLCULO DE METÁFORAS La confluencia de lengua y matemática en el siglo XXI, Penguin Random House, Grupo Editorial, 2025, página 33.
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«El cálculo de metáforas permite determinar matemáticamente la relativa originalidad de ellas sobre la base de su desvío con respecto a la media estadística, pero no agota la “metaforicidad originaria de la huella” (Jacques Derrida), esa referida “instancia paradójica” (Gilles Deleuze) que genera, simultáneamente, los efectos literales de exactitud apofántica, y los llamados efectos metafóricos de “desvío” y “errancia”. Compleja problemática que se remonta a la Poética de Aristóteles». Armando Almánzar-Botello
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«El poema, en su pluralismo semiótico, siempre es algo más que la “nuda realidad” de la imagen, algo más allá de la mera transmisión de un significado intencional, o del puro acto de donar el vacío, el ruido o el silencio... Como dirían Noé Jitrik y Jacques Derrida, el poema es el espacio de polivalencia verbal y semiótica por excelencia en el que se manifiestan el resto inasimilable, la no-presencia originaria y la “restancia diseminal” del sentido, aspectos que exceden, de forma dirigida y orientada, a toda imagen y a todo campo predeterminado de significaciones intencionales previsibles y unívocas». Armando Almánzar-Botello: «Donar el vacío», septiembre de 2011 (Fragmento).
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«La “imaginación trascendental” de Kant, como campo de mediación entre “lo empírico” y “lo trascendental”, “lo intuitivo-imaginario” y “lo conceptual”, nos ofrece la posibilidad de pensar lo que Derrida ha denominado una “cuasi-metaforicidad originaria como archiescritura”, esa instancia paradójica que produce efectos de exactitud “literal”, “conceptual”, y efectos metafóricos de “desvío” y “errancia”. Siguiendo estos “cuasiconceptos” podemos afirmar que el pensamiento/cuerpo, en su complejidad, “piensa lo que siente y siente lo que piensa”. Insiste, persiste en ese proceso, un lacaniano “insabido que sabe y no soporta que sepamos que sabe”: “sensible heterogéneo a-significante”: (Jacques Rancière), “lo espiritual otro”, a diferenciar de lo “espiritual uraniano”, hipostático, simplemente ascensional y catártico. Estaríamos entonces experimentando con ese “espiritual otro” un “triunfo estético del simulacro” y un derrocamiento o decapitación del modelo platónico. (Deleuze, Klossowski, Lacan, Eco). El error de un cierto discurso, no solo artístico sino filosófico y hasta científico, se manifiesta en la esencialización de un pensar desencarnado, pretendidamente axiomatizado y apodíctico, que se ofrece privado de “sentir” y no comunica de modo intensivo con la dimensión de “lo sensible” (con el “aisthéton”)». Armando Almánzar-Botello: «¿Hay logos en el pathos y pathos en el logos? (Tanto la belleza como la fealdad son categorías estéticas...)», marzo de 2012 (Fragmento).


Copyright Armando Almánzar-Botello.
Reservados todos los derechos de autor.
Santo Domingo, República Dominicana.

miércoles, 1 de abril de 2026

SOCIEDAD, VULGARIDAD DE SALÓN, GENIO Y SOLEDAD (El «hacer creer que se sabe» como juego de salón)

«Los hombres vulgares han inventado la vida de sociedad porque les es más fácil soportar a los demás que soportarse a sí mismos.» Arthur Schopenhauer


Por Armando Almánzar-Botello

«En fin, existen sutiles deslindes, precisas distinciones y parciales coincidencias entre aquello que Jacques Derrida caracteriza como “nexo social”, por un lado —tensión entre la violencia de la “banda de dispersión originaria” y la contraviolencia normativa del contrato social como “contrabanda de concentración”— y, por el otro, aquel registro que Jacques Lacan concibe para el sujeto convencional de la normalidad/neurosis como disfrute del “vínculo lingüístico que hace lazo social” —la cadena sintagmática o discurso de semantemas ordenados lógica y sintácticamente—, instancia de la que no participa el psicótico aunque también goce de la socialidad pre o translingüística de la “lalangue” lacaniana, pero desvinculado de la norma gramatical y del “yo” (je) como embrague, shifter o dispositivo simbólico. Esta la “lalangue” o la “lalengua” debe ser entendida como nodriza platónica y campo de pura productividad semiótico-matricial, como terceridad anterior a los opuestos y resonancia-disonancia interválica que rompe con los deslindes netos del binarismo metafísico y de la ontología de la presencia.» Armando Almánzar-Botello
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La contundente afirmación crítica con ribetes humorísticos del filósofo alemán Arthur Schopenhauer, parte simplemente de un deslinde metafísico, ontoteológico, entre un supuesto «adentro» soberano y un «afuera» pacificado; entre, por un lado, el «individuo» problemático entendido como excepción a la norma, y la «sociedad» como serialización homogeneizante de los sujetos, por el otro.

Participa esto un poco de lo que ciertos pensadores denominan la «paradoja de la palabra evangélica», de la subjetividad concebida metafísicamente, de cierta concepción esencialista de la verdad y de «lo social»: puesta en el «afuera» de la intimidad de un «adentro», «exteriorización de una interioridad», adequatio rei et intellectus (adecuación de la cosa y el intelecto), etcétera.

Estas concepciones ontoteológicas, insertas en una tradición metafísica occidental de larga data, que halla la cumbre de su formulación conceptual moderna en Las investigaciones lógicas, de Edmund Husserl (Biblioteca de la Revista de Occidente, Madrid, 1978, páginas 605-632), participan de una separación neta entre un «adentro» y un «afuera», con todo el efecto filosóficamente fallido y despolitizante que comporta esta postura.

La paradoja del «pliegue», entendido este, por influencia de Nietzsche, Bichat, Blanchot, Foucault, Derrida, Deleuze y Lacan, como «grado cero de la subjetivación», concibe un cierto «adentro» como una suerte de invaginación, territorialización o clausura provisoria de un «Afuera genético» entendido como matriz del acontecimiento y de toda subjetividad.

Es en base a dicha conceptualización que Foucault, por ejemplo, concibe la relación compleja, en Banda de Moebius, entre «singularidades de subjetividad libres» y sometimiento de lo singular a las relaciones de dominio enemigas de lo heterogéneo. Algo parecido plantea también Georges Bataille.

Michel Foucault habla de singularidades de fuerza, singularidades de poder, singularidades de resistencia, singularidades salvajes, todas provenientes de un «Afuera genético», que no debe ser entendido como pura y simple «exterioridad» de un contrato social, sino más bien como aquello que Maurice Blanchot y Jacques Lacan, por efecto de una inspiración nietzscheana, denominan la «extimidad»: conjunción topológica, problemática, del «afuera» más lejano con el «adentro» más próximo.

Por su parte, Jacques Derrida reconoce de un modo simultáneo, en el estado mítico previo a la erección del contrato social, una situación idílica de paz y una situación «tanática» de guerra permanente: ¡no hay Derecho constituido!

En ese sentido, Derrida vincula el estado convulso previo a dicho Contrato con lo que denomina la «violencia del don originario».

Ese momento «problemático», de «indecibilidad» y doble vendaje entre violencia y contrato «societal», no es algo superado de una vez por todas en la linealidad de una historia del socius regulado; siempre está presente como rumor de fondo en toda socialidad constituida. ¡Dicho «momento» constituye o encarna el «conflicto necesario» para la generación de nuevos mundos! No hablo aquí, necesariamente, de la guerra.

La vulgaridad del sujeto, como ausencia de potencia intelectual y acomodaticio desfallecimiento teórico-crítico, estribaría más bien en evadir la complejidad y la difícil tensión de dicho doble vendaje para entonces poder soportarse a sí mismo con mayor confort aparente, pretendiendo, irresponsablemente, el olvido inauténtico de sí en la relación ineludible con el otro.

No obstante, percibo con claridad el contexto ontopolítico desde el cual Arthur Schopenhauer plantea su irónica y aguda afirmación: hay en su decir un severo y sutil cuestionamiento de la huida de sí por parte del sujeto vacío, hueco, mediocre, incapaz de soportar su soledad como asunción de una cierta desconexión o desamparo existencial (Hilflosigkeit) eventualmente peligroso, arriscado (en tanto que, como dice Foucault, ese desamparo implica el abandono parcial de las «seguridades de poder»), pero también —de un modo simultáneo, problemático, energéticamente más costoso y aporético—, potencialmente creativo, vitalizante, crítico y transformador.

Armando Almánzar-Botello

20 de noviembre de 2012

© Armando Almánzar-Botello. Santo Domingo, República Dominicana.

domingo, 29 de marzo de 2026

NUEVO POEMA DE SIEMPRE: ¡A TU LÚCIDO MONDONGO! (PRIVATE JOKE)

A mi querido y recordado tío-abuelo Amable Botello Arache, culto, sensible, bondadoso y honesto abogado, legislador y político de la ciudad de Higüey, que deslumbrado por la maravilla culinaria del mondongo africano, ¡tan sabroso!, dijo un día para la Memoria que más bien debía llamarse «Ibis Sagrado en el mantel».


Por Armando Almánzar-Botello

     A Margot la gorda, ¡que lo preparaba tan bien!

     A François Villon; a Fernando Pessoa, in memoriam

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Ellos, los acua-oraculares, son los únicos que saben
cocinar los «callos a la portuguesa o al estilo vibrante de Madrid»... ¡Y juran siempre hacerlo todo bien!

«Hic et nunc», «Hier und Jetzt», «Aquí y ahora»: escolástico-tomista, hegeliana y orteguianamente cocinando, 
                     les llamamos en las Islas «mondongo»
                                           a esos platos...

Los franceses, por ejemplo, les llaman 
«tripes à la mode de Caen»...

Pero sí, solo ellos (¡adivinen quiénes!) son los únicos que saben hacerlo todo, todo, todo bien... Además 
de utilizar con «sutiles» prosaísmos a Pessoa y a Villon...                     
                          ¡Pero no, ahorcados presumidos 
a la sombra de un Demente!
                          Sujetos que saben, se supone... hasta más que los burgundios...

¡Oh dormidos charlatanes!

Así no lograrán el consenso en la cocina
para luego emanciparse y envenenar a su Rey...

¡El rítmico mondongo no es «asa’o ni refrito»!

El mondongo es el poema que repite siempre igual: «The bells!, the bells!, the bells!, the bells!», como el pírrico y eterno retorno de los egos,

de los higos y los hijos bien habidos,
que presumen su desierto de ser lo que no son...



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Domingo, 29 de marzo de 2026

© Armando Almánzar-Botello. Santo Domingo República Dominicana.