miércoles, 15 de abril de 2026

INTELIGENCIA ARTIFICIAL, CUERPO Y LETRA, LÓGICA Y LOGICIAL...

INTELIGENCIA ARTIFICIAL (IA), VERTIENTE NO COMUNICATIVA DEL LENGUAJE, GOCE, CUERPO Y LETRA, LÓGICA, LOGICIAL, LENGUAJE, LALANGUE, CIFRA, NÚMERO, PARLÊTRE, POESÍA (Notita)

SÍNTESIS: «Un poema de baja calidad, definido como tal por no participar de una organización del ritmo-sentido, del juego intensivo vocálico y consonántico y del «transemantismo», aunque sea escrito por un humano pierde también la capacidad de aproximarse a lo real de la letra-litoral como dispositivo de aventura del sentido y de lo a-significante, del cuerpo gozante y de la creación de nuevas posibilidades semiótico-formales». Armando Almánzar-Botello


     Por Armando Almánzar-Botello

     A Edgar Morin

     A los poetas Omar Messón y César Augusto Zapata

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Los Grandes Modelos de Lenguaje no trabajan con la «lógica constituida» sino con el «logicial» (el algoritmo). 

El logicial simula (no duplica) la lógica. Esta solo se aplica en el diseño de la arquitectura del modelo por los programadores humanos y en los protocolos de optimización de aprendizaje profundo de las redes neuronales de la inteligencia artificial. 

La letra-litoral (Jacques Lacan, Jacques-Alain Miller: poética de lo real) base de la palabra poética, relacionada con la «lalangue», bordea lo real del cuerpo pulsional y el goce: este es el punto de ignición hacia el que apunta el algoritmo, pero sin alcanzarlo nunca. Al no tener un cuerpo carece de aisthésis, de «perceptos» y de «afectos» (que no son percepciones ni afecciones en bruto). 

Estas últimas pasan al código poético solo bajo el carácter de meras manifestaciones estéticas naíf o ingenuamente psicologistas. 

Para entrar en el ámbito de la experiencia estética (aisthésis y «aisthéton espiritual»: Jacques Rancière) las percepciones y las afecciones en bruto deben encontrar sus «correlatos poéticos objetivos», como dice T. S. Eliot. 

En arte, por más valor que se conceda a lo informal, al caos, al concepto o a la «espontaneidad», el accidente debe estar «contraefectuado» y mediado por una «voluntad de forma-caos». Solo así deviene «acontecimiento-est/ético».

El modelo de lenguaje (inteligencia artificial) trabaja con el número como gradiente de intensidad que apunta a lo real de la letra-litoral del texto poético, pero solo puede señalar hacia ese lugar, no habitarlo. 

Una vertiente de lo matemático es la cifra (simbólica e imaginaria, digamos «humana»); otra es el número como gradiente de intensidad y «token» (el logicial automático del algoritmo desantropomorfizado), y otra  muy distinta la «letra-litoral» que bordea el agujero del «parlêtre» como ser-hablante o cuerpo pulsional, parlante y gozante. 

Reitero: el algoritmo simula este lugar topológico pero, al no poseer un cuerpo, no puede habitarlo: es un sujeto humano el que puede explorar esa dimensión simplemente señalada o apuntada por el algoritmo. 

La poesía es el más allá del algoritmo (que no es lógico sino logicial, repito) y cobra su dimensión de sentido, de texto significante y a-significante, en la aisthésis de la lecto-escritura humana. 

La inteligencia artificial calcula o computa el desvío estadístico con respecto a la norma, dentro de una Campana de Gauss (utilizando un corpus de billones de textos de referencia) y define ese desvío como originalidad. 

El logicial algorítmico no toca el núcleo de la poesía tal como lo hace el lector humano —quien puede o no habitarla («solo poéticamente habita el hombre la tierra»: Hölderlin-Heidegger)—; pero lo merodea, lo bordea o toca el vacío de su límite.

Armando Almánzar-Botello 


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Miércoles, 15 de abril de 2026

Copyright Armando Almánzar-Botello.
Reservados todos los derechos de autor.
Santo Domingo, República Dominicana.

martes, 7 de abril de 2026

FALSO HAIKAI NO RENGA...

«Otra espada veloz: Un rumor de sí mismo en la penumbra… / y sangró frente a un espejo el otro samurái». Armando Almánzar-Botello


Por Armando Almánzar-Botello 

A Kobayashi Issa; a José Juan Tablada, in memoriam

     1


​Hondo letrado:
un gorila con ira.
Peligro letal...

     2

​Gran infatuado:
un gorila se mira.
Escribo mi fin...

     3

​Frío tatuaje:
el gorila me mira.
Un rudo fulgor...

     4

​Terco el instinto:
mi gorila se olvida.
¿El Juicio Final...?

     5

​Mundo callado:
un gorila me olvida.
Él borra dolor.

     6

Fin de la historia:
del zoológico parto.
Un riesgo fatal...


Mayo de 2025


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Santo Domingo, República Dominicana.

domingo, 5 de abril de 2026

GEMINI: UN GRAN MODELO DE LENGUAJE... Y MI NOSTALGIA

«El error de un cierto discurso, no solo artístico sino filosófico y hasta científico, se manifiesta en la esencialización de un pensar desencarnado, pretendidamente axiomatizado y apodíctico, que se ofrece privado de “sentir” y no comunica de modo intensivo con la dimensión de “lo sensible” (con el “aisthéton”)». Armando Almánzar-Botello

 
Por Armando Almánzar-Botello

A Max Bense; a Umberto Eco, in memoriam 


La llamada «Estética Informacional» existe desde los años cincuenta y sesenta. A ella están ligados nombres eminentes como Max Bense, Abraham Moles, Haroldo y Augusto de Campos, Italo Calvino, Octavio Paz, Raymond Queneau, Edoardo Sanguineti, Décio Pignatari... No es un juego actual y caprichoso.

En esa compleja concepción cibernético-estética se estudian los procesos estocásticos, ergódicos y markovianos que pueden permitir la emergencia crucial de configuraciones semióticas, estructuras sígnicas y obras poéticas y artísticas con valores estéticos reales y equivalentes a los que T. S. Eliot había denominado «correlatos objetivos» del pensamiento poético y los estados emocionales de la subjetividad.

Yo, con serenidad, he venido estudiándola desde los años setenta y garantizo que sin la intervención humana y su sensibilidad (aisthésis) no existe arte...

Defiendo la posibilidad de una interacción creativa «Humano-Máquina», pero donde la sensibilidad de lo humano y su voluntad de forma orienten el proceso que permite la configuración semiótico-estética, entendida esta como lazo entre el goce, el cuerpo y el lenguaje (sinthome: Jacques Lacan), entre lo biográfico, lo histórico y lo narcisista (Henri Meschonnic): lo «auto-bio-tánato heterográfico» (Jacques Derrida).

Defendemos un posthumanismo crítico a lo Derrida, Deleuze-Guattari y Braidotti, pero no un transhumanismo que valide lo que Martin Heidegger denomina Gestell, entendido como Estructura de Emplazamiento y Captura de toda forma de subjetividad...

Compré mis primeros libros sobre Estética Informacional en la «Librería Paz», administrada en la década de los años 70 por el memorable intelectual y sacerdote jesuita Alberto Villaverde.

A quien suscribe con alacridad estos apuntes, la Inteligencia Artificial y los Grandes Modelos de Lenguaje, curiosamente, le producen una gran nostalgia y un borbotón de emociones...

¿Alguien es capaz de argumentar sólidamente a favor o en contra de las consideraciones críticas de un «Gran Modelo de Lenguaje»?

No se aceptan argumentos triviales o gastados. ¡No!

Exigimos teoría crítico-literaria y conceptualizaciones actuales (simples y/o complejas) sobre la forma en la que Gemini, por ejemplo, opera para evaluar los poemas utilizando un corpus de referencia conformado por billones de textos filosóficos y, sobre todo en este caso concreto, críticos y poético-literarios...

2025

© Armando Almánzar-Botello. Santo Domingo, República Dominicana.



ADENDAS:

«El lenguaje tiene la capacidad asombrosa de decir lo que no dice, lo cual significa, ¡oh maravilla!, que los humanos, en momentos de rara lucidez, sabemos lo que no sabemos. Me pregunto si la imposibilidad del relato de describir exactamente los hechos y del modelo matemático de describir exactamente un sistema dinámico son imperfecciones del lenguaje y nada más. Sospecho que entre la indefinición del lenguaje y la complejidad del mundo puede haber una correspondencia lúcida. ¿Podría ser que el lenguaje tuviera el grado de imprecisión exacto, correspondiente al grado de complejidad innombrable del mundo? La imprecisión del lenguaje literario es metafórica, y la del lenguaje matemático, estadística. Nada parecía más alejado que la metáfora y la estadística hasta que los grandes modelos de lenguaje de la inteligencia artificial hallaron una correspondencia asombrosa entre ellas. Esos modelos calculan estadísticamente las metáforas». Lluís Nacenta: CÁLCULO DE METÁFORAS La confluencia de lengua y matemática en el siglo XXI, Penguin Random House, Grupo Editorial, 2025, página 33.
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«El cálculo de metáforas permite determinar matemáticamente la relativa originalidad de ellas sobre la base de su desvío con respecto a la media estadística, pero no agota la “metaforicidad originaria de la huella” (Jacques Derrida), esa referida “instancia paradójica” (Gilles Deleuze) que genera, simultáneamente, los efectos literales de exactitud apofántica, y los llamados efectos metafóricos de “desvío” y “errancia”. Compleja problemática que se remonta a la Poética de Aristóteles». Armando Almánzar-Botello
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«El poema, en su pluralismo semiótico, siempre es algo más que la “nuda realidad” de la imagen, algo más allá de la mera transmisión de un significado intencional, o del puro acto de donar el vacío, el ruido o el silencio... Como dirían Noé Jitrik y Jacques Derrida, el poema es el espacio de polivalencia verbal y semiótica por excelencia en el que se manifiestan el resto inasimilable, la no-presencia originaria y la “restancia diseminal” del sentido, aspectos que exceden, de forma dirigida y orientada, a toda imagen y a todo campo predeterminado de significaciones intencionales previsibles y unívocas». Armando Almánzar-Botello: «Donar el vacío», septiembre de 2011 (Fragmento).
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«La “imaginación trascendental” de Kant, como campo de mediación entre “lo empírico” y “lo trascendental”, “lo intuitivo-imaginario” y “lo conceptual”, nos ofrece la posibilidad de pensar lo que Derrida ha denominado una “cuasi-metaforicidad originaria como archiescritura”, esa instancia paradójica que produce efectos de exactitud “literal”, “conceptual”, y efectos metafóricos de “desvío” y “errancia”. Siguiendo estos “cuasiconceptos” podemos afirmar que el pensamiento/cuerpo, en su complejidad, “piensa lo que siente y siente lo que piensa”. Insiste, persiste en ese proceso, un lacaniano “insabido que sabe y no soporta que sepamos que sabe”: “sensible heterogéneo a-significante”: (Jacques Rancière), “lo espiritual otro”, a diferenciar de lo “espiritual uraniano”, hipostático, simplemente ascensional y catártico. Estaríamos entonces experimentando con ese “espiritual otro” un “triunfo estético del simulacro” y un derrocamiento o decapitación del modelo platónico. (Deleuze, Klossowski, Lacan, Eco). El error de un cierto discurso, no solo artístico sino filosófico y hasta científico, se manifiesta en la esencialización de un pensar desencarnado, pretendidamente axiomatizado y apodíctico, que se ofrece privado de “sentir” y no comunica de modo intensivo con la dimensión de “lo sensible” (con el “aisthéton”)». Armando Almánzar-Botello: «¿Hay logos en el pathos y pathos en el logos? (Tanto la belleza como la fealdad son categorías estéticas...)», marzo de 2012 (Fragmento).


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miércoles, 1 de abril de 2026

SOCIEDAD, VULGARIDAD DE SALÓN, GENIO Y SOLEDAD (El «hacer creer que se sabe» como juego de salón)

«Los hombres vulgares han inventado la vida de sociedad porque les es más fácil soportar a los demás que soportarse a sí mismos.» Arthur Schopenhauer


Por Armando Almánzar-Botello

«En fin, existen sutiles deslindes, precisas distinciones y parciales coincidencias entre aquello que Jacques Derrida caracteriza como “nexo social”, por un lado —tensión entre la violencia de la “banda de dispersión originaria” y la contraviolencia normativa del contrato social como “contrabanda de concentración”— y, por el otro, aquel registro que Jacques Lacan concibe para el sujeto convencional de la normalidad/neurosis como disfrute del “vínculo lingüístico que hace lazo social” —la cadena sintagmática o discurso de semantemas ordenados lógica y sintácticamente—, instancia de la que no participa el psicótico aunque también goce de la socialidad pre o translingüística de la “lalangue” lacaniana, pero desvinculado de la norma gramatical y del “yo” (je) como embrague, shifter o dispositivo simbólico. Esta la “lalangue” o la “lalengua” debe ser entendida como nodriza platónica y campo de pura productividad semiótico-matricial, como terceridad anterior a los opuestos y resonancia-disonancia interválica que rompe con los deslindes netos del binarismo metafísico y de la ontología de la presencia.» Armando Almánzar-Botello
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La contundente afirmación crítica con ribetes humorísticos del filósofo alemán Arthur Schopenhauer, parte simplemente de un deslinde metafísico, ontoteológico, entre un supuesto «adentro» soberano y un «afuera» pacificado; entre, por un lado, el «individuo» problemático entendido como excepción a la norma, y la «sociedad» como serialización homogeneizante de los sujetos, por el otro.

Participa esto un poco de lo que ciertos pensadores denominan la «paradoja de la palabra evangélica», de la subjetividad concebida metafísicamente, de cierta concepción esencialista de la verdad y de «lo social»: puesta en el «afuera» de la intimidad de un «adentro», «exteriorización de una interioridad», adequatio rei et intellectus (adecuación de la cosa y el intelecto), etcétera.

Estas concepciones ontoteológicas, insertas en una tradición metafísica occidental de larga data, que halla la cumbre de su formulación conceptual moderna en Las investigaciones lógicas, de Edmund Husserl (Biblioteca de la Revista de Occidente, Madrid, 1978, páginas 605-632), participan de una separación neta entre un «adentro» y un «afuera», con todo el efecto filosóficamente fallido y despolitizante que comporta esta postura.

La paradoja del «pliegue», entendido este, por influencia de Nietzsche, Bichat, Blanchot, Foucault, Derrida, Deleuze y Lacan, como «grado cero de la subjetivación», concibe un cierto «adentro» como una suerte de invaginación, territorialización o clausura provisoria de un «Afuera genético» entendido como matriz del acontecimiento y de toda subjetividad.

Es en base a dicha conceptualización que Foucault, por ejemplo, concibe la relación compleja, en Banda de Moebius, entre «singularidades de subjetividad libres» y sometimiento de lo singular a las relaciones de dominio enemigas de lo heterogéneo. Algo parecido plantea también Georges Bataille.

Michel Foucault habla de singularidades de fuerza, singularidades de poder, singularidades de resistencia, singularidades salvajes, todas provenientes de un «Afuera genético», que no debe ser entendido como pura y simple «exterioridad» de un contrato social, sino más bien como aquello que Maurice Blanchot y Jacques Lacan, por efecto de una inspiración nietzscheana, denominan la «extimidad»: conjunción topológica, problemática, del «afuera» más lejano con el «adentro» más próximo.

Por su parte, Jacques Derrida reconoce de un modo simultáneo, en el estado mítico previo a la erección del contrato social, una situación idílica de paz y una situación «tanática» de guerra permanente: ¡no hay Derecho constituido!

En ese sentido, Derrida vincula el estado convulso previo a dicho Contrato con lo que denomina la «violencia del don originario».

Ese momento «problemático», de «indecibilidad» y doble vendaje entre violencia y contrato «societal», no es algo superado de una vez por todas en la linealidad de una historia del socius regulado; siempre está presente como rumor de fondo en toda socialidad constituida. ¡Dicho «momento» constituye o encarna el «conflicto necesario» para la generación de nuevos mundos! No hablo aquí, necesariamente, de la guerra.

La vulgaridad del sujeto, como ausencia de potencia intelectual y acomodaticio desfallecimiento teórico-crítico, estribaría más bien en evadir la complejidad y la difícil tensión de dicho doble vendaje para entonces poder soportarse a sí mismo con mayor confort aparente, pretendiendo, irresponsablemente, el olvido inauténtico de sí en la relación ineludible con el otro.

No obstante, percibo con claridad el contexto ontopolítico desde el cual Arthur Schopenhauer plantea su irónica y aguda afirmación: hay en su decir un severo y sutil cuestionamiento de la huida de sí por parte del sujeto vacío, hueco, mediocre, incapaz de soportar su soledad como asunción de una cierta desconexión o desamparo existencial (Hilflosigkeit) eventualmente peligroso, arriscado (en tanto que, como dice Foucault, ese desamparo implica el abandono parcial de las «seguridades de poder»), pero también —de un modo simultáneo, problemático, energéticamente más costoso y aporético—, potencialmente creativo, vitalizante, crítico y transformador.

Armando Almánzar-Botello

20 de noviembre de 2012

© Armando Almánzar-Botello. Santo Domingo, República Dominicana.

domingo, 29 de marzo de 2026

NUEVO POEMA DE SIEMPRE: ¡A TU LÚCIDO MONDONGO! (PRIVATE JOKE)

A mi querido y recordado tío-abuelo Amable Botello Arache, culto, sensible, bondadoso y honesto abogado, legislador y político de la ciudad de Higüey, que deslumbrado por la maravilla culinaria del mondongo africano, ¡tan sabroso!, dijo un día para la Memoria que más bien debía llamarse «Ibis Sagrado en el mantel».


Por Armando Almánzar-Botello

     A Margot la gorda, ¡que lo preparaba tan bien!

     A François Villon; a Fernando Pessoa, in memoriam

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Ellos, los acua-oraculares, son los únicos que saben
cocinar los «callos a la portuguesa o al estilo vibrante de Madrid»... ¡Y juran siempre hacerlo todo bien!

«Hic et nunc», «Hier und Jetzt», «Aquí y ahora»: escolástico-tomista, hegeliana y orteguianamente cocinando, 
                     les llamamos en las Islas «mondongo»
                                           a esos platos...

Los franceses, por ejemplo, les llaman 
«tripes à la mode de Caen»...

Pero sí, solo ellos (¡adivinen quiénes!) son los únicos que saben hacerlo todo, todo, todo bien... Además 
de utilizar con «sutiles» prosaísmos a Pessoa y a Villon...                     
                          ¡Pero no, ahorcados presumidos 
a la sombra de un Demente!
                          Sujetos que saben, se supone... hasta más que los burgundios...

¡Oh dormidos charlatanes!

Así no lograrán el consenso en la cocina
para luego emanciparse y envenenar a su Rey...

¡El rítmico mondongo no es «asa’o ni refrito»!

El mondongo es el poema que repite siempre igual: «The bells!, the bells!, the bells!, the bells!», como el pírrico y eterno retorno de los egos,

de los higos y los hijos bien habidos,
que presumen su desierto de ser lo que no son...



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Domingo, 29 de marzo de 2026

© Armando Almánzar-Botello. Santo Domingo República Dominicana.

lunes, 16 de marzo de 2026

EL GRAN RENOVADOR DE LA LENGUA

CUM GRANO SALIS 2

«Muchos juegan “sinsentido” mas no inventan su sinthome, / pues el Nudo Borromeo solo alcanza sus virtudes de hacer vínculo social, / si mantiene unido el trío que Lacan nomra Simbólico, Imaginario y Real.» (Fragmento). Armando Almánzar Botello: “Semántica en reversa. La hormiga-león o la travesía de un grafema II”



Por Armando Almánzar-Botello

Aprecio la belleza sensual de las mujeres negras: piel oscura, oscura y lustrosa como el azabache o el ámbar negro, y arrebato resplandeciente como la cegadora poesía solar… cum grano salis... con su grano de sal... ¿con su grano de sol?

Decía un jovial y antiguo amigo mío, real simpatizante o seguidor del gran filósofo alemán Martin Heidegger —pensador este muy dado, por cierto, a jugar con falsos étimos—, que la palabra «afrodisíaco» procedía de las voces «afro», derivada de «África», y «disíaco», síncopa de «dionisíaco»...

Pretendía mi jocoso amigo exaltar así la potencia erótica de la mujer negra, para él superior a toda sensualidad humana y posthumana imaginable.

Mi amigo y seguidor de Heidegger vive actualmente en África, matrimoniado felizmente con una bella senegalesa.

Otro de mis recordados y admirados camaradas de siempre, el fallecido Pedro de León Marte, hombre vigoroso, de piel oscura y atildados registros vestimentarios (con sus más de sesenta y cinco años contados nunca recuerdo haberle sorprendido en desaliño), era un sigiloso explorador de los laberintos y enigmas del lenguaje. Se dice que fue apresado varias veces durante la dictadura de Rafael Leonidas Trujillo. ¿Platón expulsó a todos los poetas del ámbito de la polis?...

Morador durante muchos años del barrio capitalino de Villa Francisca —ese mítico territorio cartografiado por la narrativa urbano-chamánica de nuestro magnífico Marcio Veloz Maggiolo—, Pedro de León Marte se dedicó, antes de su «revelación esotérico-lingüística», a la fabricación y reparación de sombreros... próximo al mágico Sombrerero de Lewis Carroll, en Alicia en el país de las maravillas.

Conocido popularmente en casi toda la República como el «Renovador de la Lengua», Don Pedro de León logró señalar, a través de la invención de una muy personal suplencia sinthomática denominada por él «idioma caona», nuevas y lúcidas rutas al delirio político trinitario, poético, místico-lingüístico, ese que recubre al núcleo babélico reprimido, fecal, esotérico, inconfesado, cuaternario, de toda la nación dominicana...

De acuerdo con ese «idioma maravilloso» y chispeante, mezcla casi joyceano-afrotaína de múltiples lenguas y etimologías lúdicas, pura invención personal de este otro Gran Don Pedro nuestro —al que ahora nombro gran Pedro León soterrado para diferenciarlo de Pedro Henríquez Ureña y de Pedro Mir—, la palabra «Ícaro», apelativo del personaje mitológico griego, hijo alado por el esperma de aquel Dédalo famoso constructor del Laberinto de Creta, no provenía de la lengua griega sino del supuesto anglosajón antiguo «aircarr»: «coche o carro del Aire»…

En el mismo idioma caona, la palabra «cerveza» se decía «tentaeva». El «argumento» semántico-lingüístico que ofrecía El Renovador como justificación para adoptar este vocablo neológico, era que la seducción del hombre a la mujer (Eva) se inicia, casi siempre, invitándola a tomar una cervecita… «tentaeva» = «tentar a Eva».

A la «Malta Morena», la muy popular bebida reconfortante dominicana, nuestro genial Renovador de la lengua la designaba: «tentaeva obscura», poniendo, siempre, al pronunciar este sintagma, una insinuación mistérica, erótico-mística, en el rudo granulado de su voz. Tentaeva obscura...

Citando al poeta alemán Novalis, decía el Renovador con dulce vozarrón: «La mujer es el alimento corporal más elevado», para añadir de inmediato que la «Malta Morena» era un símbolo más de la pujanza característica de las mujeres negras y mulatas dominicanas, quienes, según Don Pedro, servían hasta para bebérselas desnudas con gran delectación del «ingiriente», por ser ellas altamente nutricias y gustosas…

En cierta ocasión, mientras cautelosamente departíamos en una cafetería-restaurante de la Ciudad Colonial de Santo Domingo, le pregunté cómo él, en su desempeño lingüístico-esotérico, explicaba el hecho de que la malta negra equivalente a la Malta Morena dominicana fuese una bebida de origen alemán: el extracto de malta Löwenbräu.

Ni corto ni perezoso, el Renovador me dijo que de eso él sabía más que cualquiera, porque «Löwenbräu» significaba en alemán «cerveza de los leones» y, por motivos «metasiderales», «caósmicos» (utilizó, sorprendentemente, estas palabras en nuestra conversación), él respondía al nombre de Pedro de León Marte… Un duro y sediento león de roca indefinible, caído del misterioso y lejano planeta Marte...

A lo anteriormente sentenciado añadió de inmediato, que el hecho simple de que «una negra alemana sea de las mejores del mundo, constituye la prueba contundente de que la supuesta pureza racial teutona, tan cacareada por el pangermanismo nazi, es una gran falacia».

Cuando el Renovador comprobó el asombro que me produjo su inteligente y elíptica respuesta (nos encontrábamos en la cafetería de la Calle El Conde bautizada por mí como «Palacio de la Esquizofrenia»), se limitó a solicitar con un gesto discreto los servicios del camarero, y en lo que este llegaba a la mesa que ocupábamos, me dijo, como quien revela una gran verdad social normalmente inconfesada o más bien inconsciente: «Ahora vamos, querido amigo Armando, ¡a degustar nuestra rubia

Si en verdad existe un Dios justo y todopoderoso, el Renovador de la Lengua y padre del idioma caona, Don Pedro de León Marte, desaparecido de la faz de la tierra desde hace varios años, debería estar destinado, sin lugar a dudas, a un lugar todavía mejor que la simple y aburrida Gloria cristiana.

Septiembre de 2007

© Armando Almánzar-Botello
Santo Domingo, República Dominicana.
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ADENDA RETOCADA DE 2015 (Fragmento)

Por Armando Almánzar-Botello

El «Renovador de la Lengua» era una suerte de James Joyce o William Blake de la oralidad criolla, pero sin las obras escritas que legaron a la humanidad, respectivamente, el genio irlandés y el genio británico.

También sería válido compararlo con el mejor Daniel Paul Schreber y, salvando las distancias, con místicos como Jakob Böhme, Emanuel Swedenborg o Meister Eckhart...

El Renovador, por razones históricas, no disfrutó de las condiciones culturales y políticas propicias para que la Gran Ideación No Controlada (GINC) floreciera en obra escrita magnificente como aconteció en el caso de los poetas y místicos mencionados.

Su sistema teológico-metafísico, que minuciosamente yo desarrollo y analizo en otro lugar, le confería una gran importancia al perro, al caballo, a la hormiga, al toro y a la araña.

Según me contaba El Renovador con siniestro entusiasmo sigiloso —cuando nos encontrábamos por casualidad en burdeles y cafeterías con ánimo de beber cerveza y conversar sobre la vida, las mujeres y los libros—, él mismo, extraña, inconcebible y simultáneamente convertido en «un otro innominable», es decir, out of joint, roto en dos, transfigurado física y espiritualmente por medio de secretas y antiquísimas fórmulas mágicas que le fueran reveladas por poderes abismales del Universo, había sostenido y gozado en múltiples ocasiones intensas cópulas místicas con todos estos animales juntos, en concierto y a ritmo de merengue y de bolero, o con uno por uno a ritmo de vals...

Me decía el místico y poeta visionario que recordaba con magno ardor —con intenso y vibrante deslumbramiento religioso en su cuerpo y en su alma, muy superior al que le producían otras voces animales copulantes—, los gritos lujuriosos y agudos de las arañas peludas en el acto erótico tremendo...

© Armando Almánzar-Botello. Santo Domingo, República Dominicana.

Adenda 2

SYMPTÔMESINTHOME LACANIANO (Notita apresurada con finalidad didáctica) *

«El nudo borromeo no constituye un modelo en la medida en que hay algo junto a lo cual la imaginación desfallece. Quiero decir que ella resiste como tal a la imaginación del nudo. El abordaje matemático del nudo en la topología resulta insuficiente.» Jacques Lacan: Seminario 23, El sinthome, Paidós, p. 42

Por Armando Almánzar-Botello

De acuerdo con el pensamiento psicoanalítico del último Lacan, hay que diferenciar entre el symptôme (síntoma convencional) y el sinthome. El primero se disuelve por el análisis; el segundo es una modalidad de anudamiento del sujeto con el goce que no se interpreta ni se disuelve. Es un modo permanente de relación con lo Real.

El sinthome es la forma que tiene el parlêtre (ser-hablante) de arreglárselas con el goce inerradicable de la “lalangue” (la forma excesiva del goce en la lengua: la lalengua) no regulada por la castración.

En el sujeto neurótico-normativo el savoir-faire (saber-hacer) con el symptôme (síntoma padecido, incordiante) conduce a que el analista y el paciente aprendan a interpretar dicho síntoma como formación del inconsciente, para que, tan pronto revele su “verdad” oculta, inconsciente, desaparezca.

El savoir-faire con el sinthome le permite al sujeto neurótico-normativo una relación con el goce que lo hace vivir de un modo singular su relación con lo incurable.

En el psicótico, el sinthome funciona como una modalidad de anudamiento que recibe la denominación lacaniana de “suplencia” del nombre-del-padre forcluido, cuando no se produce la castración. Esa suplencia mantiene el enlace entre los tres registros o redondeles de lo Real, lo lmaginario y lo Simbólico.

En el caso del referido psicótico, el sinthome es el cuarto nudo, ese que mantiene al parlêtre en la escena del mundo evitando el brote psicótico porque sostiene al sujeto, en ausencia de la Metáfora Paterna, en una relación templada con el goce y lo Real.

Tanto en el parlêtre neurótico-normativo como en el caso radical del psicótico bajo su carácter de parlêtre en el que falla la castración en su relación con el Otro, la función del sinthome es regular el goce y ligarlo a lo Simbólico, no eliminar el goce neurótico que implica el symptôme.

Finalmente, el analizante se identifica con el sinthome que él mismo se inventa o produce, como su modo único, singular e inerradicable de gozar.

Armando Almánzar-Botello

Viernes, 10 de octubre de 2025

* En el caso de nuestro «Renovador de la lengua» su sinthome fue la producción del idioma caona.

©️ Armando Almánzar-Botello Santo Domingo, República Dominicana.

DOS ENLACES SOBRE TEMAS AFINES EN ESTE MISMO BLOG:

https://almanzarbatalla.blogspot.com/2025/10/pezzoiana-ortonimo-evidente.html?m=1
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https://almanzarbatalla.blogspot.com/2025/05/usos-literarios-y-artisticos-del-juego.html?m=1
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viernes, 13 de marzo de 2026

AQUÍ NO HAY NOSTALGIA DE LO MANUSCRITO...

Lo manuscrito erógeno en el ensayo «Carta del Cyborg» de Armando Almánzar-Botello


Por Fredesvinda Báez Santana y Armando Almánzar-Botello


A propósito de lo que señala o detecta la inteligencia artificial Gemini como supuesto punto débil en el ensayo de Armando Almánzar-Botello titulado «Carta del Cyborg» (2006), debemos decir que no hay en el texto del autor dominicano añoranza o «nostalgia metafísica de la escritura manual».

Si bien Sócrates rechazaba la escritura con el cálamo por cuanto esta creaba una memoria «subalterna» (hypomneme) que podría apartar al pensador de la «memoria viva de la mneme» ligada a la «foné», a la voz, considerar que en todo manuscrito el cuerpo biológico y libidinal está más «presente o próximo» que en la escritura mecanográfica o tipográfica es algo que participa del peso de cierta evidencia: la dimensión física del cuerpo, de los dedos, está utilizada de forma más directa en la escritura dactilar (cuando se escribe en la arena, por ejemplo), que en el manuscrito que utiliza el cálamo y luego el grafito, la pluma fuente y el bolígrafo...

La escritura mecanográfica no incluye el ritmo caligráfico del manuscrito; este último ritmo, para ser percibido de forma indirecta por el lector, se debe transformar en ritmo interno de la escritura mecanográfica o en contenido objetivo e impersonal de la escritura. Igual sucede con la escritura tipográfica de la máquina impresora, que se distancia todavía más de la caligrafía y la manoescritura.

La existencia de la grafología como disciplina que estudia la personalidad o los estados emocionales del sujeto de la manoescritura en sus rasgos caligráficos apoya la tesis de que la escritura a mano posee un componente o huella psíquica que desaparece en la escritura mecanográfica o tipográfica y, con más razón, en la escritura virtual y holográfica.

No hablamos de una nostalgia del manuscrito como supuesta «presencia», sino del proceso de transcripción o traducción que se produce en el paso de un tipo de escritura a otro, proceso en el que, como señala el texto de Almánzar-Botello, se pierden y se añaden valencias semióticas.

Decir que el Quijote manuscrito es un objeto que, grafológicamente considerado, revela sobre Miguel de Cervantes aspectos de su personalidad que no pueden ser percibidos o comprendidos en una impresión tipográfica del texto, no implica preferir la lectura del manuscrito de esta obra magna, a su lectura como libro impreso tipográficamente.

Lo que se ha descrito en el texto de Armando Almánzar-Botello es una serie en la que, sin negar el valor cultural, la orientación semiótico-formal y la voluntad de forma-sentido de la obra como valor «objetivo», simplemente se reconoce que «algo se pierde y algo se gana» en el paso del manuscrito a la escritura mecanográfica, tipográfica, virtual y holográfica...

Ahí no hay metafísica de la presencia ni nostalgia de un origen, sino el reconocimiento de un proceso de artificialización progresivo.

Es evidente que la artificialización comienza, como «técnica generalizada», en la caída de la malla del lenguaje sobre la subjetividad: «origen desoriginado» del parlêtre lacaniano.

Reconocemos, en términos derridianos, lo que Sócrates no reconocería nunca: que si bien no hay grafía en la foné —de hecho, en el platonismo socrático foné y «grafía como tecné» son instancias opuestas—, hay, en cambio, escritura en la voz, «escritura en sentido generalizado» (J. Derrida).

Al hablar de grados de distanciamiento con respecto al cuerpo físico, biológico y erógeno con el paso de lo manuscrito a lo tipográfico y a lo virtual, Almánzar-Botello no revela ninguna nostalgia romántica y metafísica por la manoescritura, sino que se limita a ofrecer un hecho verificable que corresponde a cierto proceso semiótico, significante y asignificante, de traducción serial de registros materiales de inscripción o transcripción.

Viernes, 13 de marzo de 2026

© Armando Almánzar-Botello y Fredesvinda Báez Santana. Santo Domingo, República Dominicana.


Adenda:

CARTA DEL CYBORG

«El pensador crítico, el poeta, el esquizo y el trabajador marginal son reales desechos, residuos inasimilables. La excepción a esta regla la constituye el intelectual “práctico” que “funciona” del modo “políticamente correcto”: al servicio del orden constituido y constituyente, como figura hipostática de la cogitación ideológica que Antonio Gramsci denominaría “orgánico-intelectual” por desclasamiento ascendente.» Armando Almánzar-Botello

Por Armando Almánzar-Botello

«Algo indecible se pierde y algo innombrable se gana, simultáneamente, en todo proceso simple o complejo de traducción. Sí, de traducción, porque de traducción se trata en la serie de transcripciones de la foné logocéntrica propia de la oralidad al campo del trazo manuscrito; de éste a la escritura tipográfica, y luego a la dimensión virtual, electrónica u holográfica de la letra.» Armando Almánzar-Botello

1.- LIBRO Y HERENCIA CULTURAL

Dijo memorablemente un inmenso poeta en la jubilosa soledad de sus estudios:

«Retirado en la paz de estos desiertos, / Con pocos, pero doctos libros juntos, / Vivo en conversación con los difuntos / Y escucho con mis ojos a los muertos».

En este primer cuarteto de aquel soneto entrañable escrito por el gran poeta español Francisco de Quevedo y Villegas, se tocan lúcidamente diversas aristas cortantes, a nuestro entender esenciales, de la relación entre el sujeto del deseo lector y el objeto libro, entendido éste como dispositivo de goce o máquina sutil y numinosa de revelación espiritual. En primer lugar se mencionan la soledad y el retiro, casi similares a la mística ausencia de los monjes de La Tebaida; la paz desértica del alma, la tensa concentración y el necesario recogimiento para establecer con el libro, como espejo de un agua mental privilegiada, un vínculo convincente de real y fértil ahondamiento estético y cognitivo.

«Retirado en la paz de estos desiertos»…

En el segundo verso, que dice, «Con pocos pero doctos libros juntos», el poeta define la dimensión cualitativa de la cultura excelsa, genuina y trascendente. Aquí se valora el carácter selecto y singular de los libros necesarios. En el mundo contingente de los muchos, y a veces demasiados libros, como dice el escritor Gabriel Zaid, no son todas las escrituras las que podemos o debamos leer y degustar. Somos lectores mortales limitados en el tiempo, aunque nuestra voraz pasión bibliofilita quisiera leer y descifrarlo todo en su ingenua vocación de orgullosa infinitud.

Paso ahora al tercer verso del soneto:

«Vivo en conversación con los difuntos».

En el mismo, el genial bardo de España nos sugiere lo que el filósofo francés recientemente fallecido, Jacques Derrida, denomina: la dimensión fantasmática de la herencia cultural, el espesor espectral y dialógico del pasado. Es decir que, a través del libro como prótesis y tamiz de la memoria, dialogamos selectivamente con los valores de la tradición y abrimos, en los surcos mismos de lo heredado, la posibilidad de un devenir creador de nuevas formas, la inédita historicidad de los sujetos, nuevos modos de percibir y comprender el mundo.

En el verso final del primer cuarteto del poema, 

«Y escucho con mis ojos a los muertos»,

Quevedo nos habla de una escucha singular del acontecimiento. Aquí, el gran poeta parece aludir a la experiencia audible del ser que permanece en el acto mismo de su disolución y borradura. Fluida permanencia en el espacio de la página, donde el ojo, subordinado a la recepción de la palabra esencial, abandona su papel de ocultamiento de la mirada originaria: aquella que permite la co-apropiación y el diálogo misterioso y creador entre el hombre y lo innombrable, la memoria histórica de una huella anterior a la palabra y la escritura en la fuga abismal y promisoria de lo Abierto.

2.- LIBRO TANGIBLE/LIBRO INTANGIBLE

El valor táctil, tangible, textural del libro, no comporta ninguna seguridad para el sujeto lector, no garantiza ninguna estabilidad ontológica de este, sino que, por el contrario, se constituye en un recordatorio de su posible desfallecimiento subjetivo y su inevitable mortalidad.

La «textura» remite a la opacidad intratable de lo real. Esta opacidad, más que un «soporte óntico» es un abismo de pérdida; y es a partir de dicho «sinfondo» que se produce la temporalización como flecha o vectorialidad que abre al devenir mortal, creador y destructor del cuerpo libidinal y su juego intercorpóreo (Merleau-Ponty, Lacan, Prigogine).

Lo táctil, la textura, la materialidad «carnal» del libro no constituyen ninguna garantía de apropiación o apropiabilidad de este, a no ser desde el punto de vista de la posesión erógena del cuerpo fetiche.

Por lo tanto, expresiones tales como: «ese [libro] lo tengo en mi archivo personal; ese [volumen] lo tengo en mi biblioteca», pertenecen más bien al registro perverso y contable de catectización de los objetos. Dicho registro particular asegura imaginariamente al sujeto lector contra la experiencia de la pérdida, la castración y la muerte.

Es común, en la casuística psicoanalítica, la historia del intelectual o bibliófilo que siempre dice padecer, de hecho, sintomáticamente, la supuesta desaparición, pérdida o robo de uno o varios libros de su biblioteca. En ocasiones, acontece todo lo contrario.

Esa experiencia de supuesta «desapropiación» puede llegar a extremos que colindan con las modalidades más sorprendentes de lo grotesco, lo ridículo y lo patológico.

Así se expresa en estos casos verdaderamente clínicos una singular vivencia de la amenaza y la angustia de castración.

La vivencia de marras nos muestra, para quienes sepamos leerla intersticialmente, la relación narcisista y fálica que dichos sujetos establecen con el libro en su carácter de objeto fantaseado —más allá de su valor cultural objetivo— y elevado por ellos al estatuto de tapón compensador de supuestas o reales minusvalías psíquicas y/o sociales.

Un análisis fenomenológico del placer ligado a la lectura y «propiación» del libro tradicional, exploración que permanezca de forma reductora circunscrita a este plano del «ese lo tengo» o «ese lo perdí», es a todas luces (¡Oh, Lacan!, ¡Oh, Las Luces!), peligrosamente insuficiente desde el punto de vista psicoanalítico.

La erotización lacaniana del libro, su vertiente de goce supletorio con respecto al simple placer de la tactilidad fetichista, se autorizaría más bien en el horizonte del «objeto a» en su vertiente de fuga —S(A) tachado, barrado el A— y no en su aspecto de tapón, de fantasma obturador —$<>a—. (Resulta oportuno señalar aquí las diferencias existentes entre el concepto derridiano-marxista de «espectro» o fantasma y las categorías psicoanalíticas de fantasma o fantasía. En Derrida, el espectro no pretende la consistencia especular y narcisista del fantasma lacaniano, ni participa de la dimensión de desconocimiento que caracteriza a este; más bien equivaldría a lo que Lacan concibe como «semblante», categoría vinculada a la significación fálica, a la memoria y a la herencia cultural, pero en la que sí se perfila un imborrable reconocimiento de la deflación del yo y la castración del sujeto).

El «libro tangible» se diferencia del «libro electrónico» en que siempre es «uno-de-menos», como definía Don Juan a la mujer en su dimensión suplementaria, más allá del goce fálico.

El E-book, por el contrario, es el «uno de-más» que tapona imaginariamente toda falta de información y toda carencia de sentido. Esta modalidad electrónica permite la ilusoria apropiación de la imagen como look de vocación totalizante.

Paradójicamente, el libro concreto, tangible, si no es reducido a la relación fetichista y pseudoteológica de objeto erógeno de apropiación (táctil, olfativo: háptico), nos aproxima con más vigor que el libro electrónico a la dimensión disolvente, desapropiante y trans-apropiante (Ereignis) que caracteriza a lo Real en las concepciones lacanianas y postmetafísicas.

La fuerza matérica y textural de la pintura de un artista como Francis Bacon, por ejemplo, no está en el hecho de que su plástica ofrezca una materialidad consistente y estabilizante de la carne, un cierto agarre «sustancial» en la viva carnalidad que nos proyecte fuera del ámbito idealista de la representación del cuerpo armónico y apolíneo. Estriba en algo mucho más radical y complejo: Su texturalidad carnal, figural o neofigurativa, abre a la dimensión desfondada, informe y «abismática» del cuerpo no regulado por la pregnancia gestáltica de la imagen; conduce a la caída en lo real continuo y dionisíaco, entendido este como resto no asimilable por los sistemas, espectros y semblantes de la simbolización. Cuerpo sin Órganos. (Artaud, Deleuze, Lacan).

Correlativamente, el libro real cobra valencia fronteriza en tanto que nos recuerda, quizás con más fuerza que la permitida por lo háptico que ofrece la Realidad Virtual inmersiva (en este caso, el dataglove o guante electrónico de datos), el carácter inevitable de nuestra mortalidad y nuestra «incompletitud».

La vertiente sensorial y táctil del Barroco, por un lado —en su condición de arte de la Contrarreforma, tal como es estudiado por Lacan en el Seminario XX— y la categoría deleuziana de Pliegue, por el otro —entendida como interiorización de una exterioridad radical— dan testimonio de una regulación del alma por la «escopia corporal» (J. Lacan), que remite a una experiencia háptica de lo abisal, lo desapropiante, la espiral turbulenta, el vértigo, lo inacabado y lo infinito.

En el barroco se resalta el aspecto laberíntico y críptico del cuerpo entendido como libro desfondado y ateológico.

Por ello, resulta doblemente irrisoria la relación «teológica fundamentalista» con el libro clásico entendido como obturador estable, sustancial y pacificado, apto para la renegación de la castración.

Esa metafísica sustancializante concibe al libro como vía segura y narcisista de apropiación y recentramiento del sujeto escindido.

Ella atribuye al yo imaginario del placer contable una «inmortalidad» ilusoria, adulterada, obtenida a través de la posesión del libro físico fantaseado como fetiche «talismánico y apotropaico».

Así, por detrás del rechazo al libro virtual y a la cibercultura; en la supuesta valoración erógena de lo táctil, también puede ocultarse una soberbia de teólogos, un olvido de la necesaria despotenciación del sujeto, y el más taimado rechazo a la corporeidad mortal con su dimensión criptográfica de subjetividad fronteriza, escindida y descentrada (E. Trías).

No debemos olvidar que el objeto libro, como parcial encarnación del «objeto a» (objeto real no especularizable), es en efecto, en el discurso lacaniano, un auténtico desecho: publication/poubellication (publicación/basurización); categorías conjugadas por el mismo Lacan en su obra.

Para él, como para Beckett, Barthes y Tomás de Aquino, no solo el libro es basura (poubelle), sino que también lo es el intelectual que lo produce y lo posee.

He aquí otro tipo de confirmación, en clave «técnica», de aquello que el Poder considera permanentemente válido en clave cínicamente política: «El intelectual es pura mierda».

El pensador crítico, el poeta, el esquizo y el trabajador marginal son reales desechos, residuos inasimilables.

La excepción a esta regla la constituye el intelectual «práctico» que «funciona» del modo «políticamente correcto»: al servicio del orden constituido y constituyente, como figura hipostática de la cogitación ideológica que Antonio Gramsci denominaría «orgánico-intelectual» por desclasamiento ascendente.

3.- TRADUCCIÓN, MATERIALIDAD Y VACÍO

El libro impreso al modo tradicional, y más aún, los códices antiguos o manuscritos artesanales, son recordatorios palpables de lo que Heidegger denomina lo terrestre: emergencias de lo informe que suspenden la palabra en la consciencia puntual e ineludible de la cesación del ser.

Como señaló atinadamente Roland Barthes en múltiples zonas de su obra, en el manuscrito se manifiesta de un modo más intensivo que en lo impreso la dimensión corporal y pulsional del texto, no sólo en el plano de la mera escripción como trazo caligráfico —lo que a veces no resulta tan banal y evidente como podría suponerse— sino en el registro semántico mismo, en la imbricación del goce y la letra, en la articulación del sentido y lo real de la carne. Un texto manuscrito y luego transcrito al registro tipográfico, participa de un régimen fantasmático, simbólico y real diferente al de uno escrito de modo directo a máquina u ordenador.

La dificultad sería la de cómo hacer pasar, sin necesidad de manuscribir, la riqueza del cuerpo libidinal del sujeto de la escritura al cuerpo erógeno encarnado en el texto tipográfico, con la doble vertiente visual y semántica de este.

O considerando de otro modo la cuestión, el problema podría consistir en cómo hacer permeable lo virtual a lo real mediante la dimensión litoral de la letra lacaniana en sus múltiples variantes. ¿Se requieren para ello signos suplementarios, posibilidades escriturales y estilísticas adicionales? Insisto en la pregunta a riesgo de parecer reiterativo: ¿Participa un texto directamente escrito a máquina u ordenador de la misma frondosidad semántica y libidinal que la ofrecida al receptor por el texto oral o manuscrito?

Algo indecible se pierde y algo innombrable se gana, simultáneamente, en todo proceso simple o complejo de traducción. Sí, de traducción, porque de traducción se trata en la serie de transcripciones de la foné logocéntrica propia de la oralidad al campo del trazo manuscrito; de este a la escritura tipográfica, y luego a la dimensión virtual, electrónica u holográfica de la letra.

Existen dos palabras japonesas que expresan el carácter poético desapropiante y casi místico del objeto artesanal y/o artístico en su rusticidad fronteriza: wabi (pobreza) y sabi (imperfección voluntaria). En este horizonte del espíritu podrían inscribirse los valores sensoriales y sensuales que nos permiten apreciar la vigencia permanente del manuscrito y el libro impreso al modo tradicional: formas erógenas de la cultura que testimonian como «soportes» el paso del tiempo, reflejando o condensando el vacío. Esas formas nos recuerdan el precario sentido y la vulnerable leyenda del ser, en cuanto este acusa de modo permanente su radical fragilidad y su siempre posible anonadamiento.

4.- SEMIOSFERA HÍBRIDA (YURI LOTMAN)

Frente a esta forma, digamos clásica, de entender el ámbito propio del libro y su cierta clausura histórica, esa forma que Walter Benjamin y Marshall McLuhan designarían, conjugadamente, como dimensión aurática y prestigiosa de la Galaxia Gutenberg, se levanta hoy, con fuerza descomunal y en apariencia incontrolable, otro universo cultural constituido por la imagen de síntesis y lo audiovisual protésico. Ese universo, lo podríamos denominar avasallante, abrumador, ambiguo, inquietantemente familiar y extraño, y resulta muchas veces irrisorio en su vacua desmesura. Él reclama también con urgencia nuestra atención y total entrega. Demanda, irónicamente, nuestra plena disponibilidad como sujetos, del mismo modo en que lo hacía la idea absoluta en el reino del ontos on o las esencias platónicas.

Sin todavía ofrecer plenamente las posibilidades significantes que le serían propias, este nuevo régimen digital-semiótico, audiovisual protésico y sintético, parece haber logrado casi ahogarnos en la banalidad y en los valores reactivos de una visión instrumental y light de la existencia. La televisión por cable, la Internet, el vídeo, el cine comercial de efectos especiales, el CD rom, la realidad virtual inmersiva o no-inmersiva y el llamado libro electrónico, parecen competir con el libro impreso tradicional, y en ocasiones, hasta parece que pretenden desplazarlo, trastornando con ello el relativo equilibrio ecológico-cultural anteriormente operante en el seno de la Galaxia Gutenberg.

¿Qué futuro tiene el libro impreso al modo tradicional ante esta pujanza de los nuevos medios audiovisuales de comunicación? ¿Desaparecerá tal como hasta ahora lo conocemos? ¿Deberíamos continuar utilizando el papel de celulosa como el material más idóneo para fabricar libros al modo tradicional, si tomáramos en cuenta los problemas de deforestación, sostenibilidad ecológica y sustentabilidad económica de la industria del libro?

¿Es posible redefinir un cierto equilibrio en la semiosfera —al margen de la metafísica logocéntrica— que permita una fructífera cohabitación del homo loquens (hombre que lee libros impresos, decodifica los mensajes alfabéticos, piensa críticamente y dialoga de modo activo) y el homo videns (hombre centrado en el registro sensorial de la visión y en el consumo sistemático y sintomático de imágenes), según la doble categorización de G. Sartori?

¿Es negativa per se la experiencia de lo audiovisual sintético y protésico, o las nuevas potencialidades significantes que ella entraña abren, por el contrario, la posibilidad de una nueva y más afinada comprensión de la naturaleza holística y compleja de la cultura?

¿Podrá producirse la integración y el mutuo reforzamiento de aquellos dos grandes conceptos fenomenológicos que el pensador y crítico inglés Herbert Read denomina lo háptico (ligado en este caso a los valores táctiles del libro tangible en su forma tradicional), y lo óptico (definido aquí como territorio de la visión, de la pura transparencia y su intangibilidad virtual, obliterante de la mirada como mancha)?

¿Es posible preservar el libro en el seno de una cultura multidimensional y multisensorial que conjugue y potencie lo mejor de los diversos regímenes semióticos?

Vislumbramos un futuro en el que la complejidad de una semiosfera híbrida, mixta, permita un espectro semiótico que conjugue el libro tradicional y la telepatía nanorrobótica, lo real y lo virtual, la viva voz platónica y la escritura artaudiana en alta voz. Soñamos con un juego indecidible e indiscernible entre la letra sin azogue y el goce lacaniano, lo humano y lo inhumano, el metal y la carne, el virgo y la verga, las todavía casi impensables biotecnologías telemáticas del cyborg y la carta de a(l)mor manuscrita. Todo ello, debemos resaltarlo, sin ceder a la fascinación producida por la fantasía tecnofílica, biociberimperial y financiera; esa que los niños tunantes del poder encanallado aún denominan: «inmortalidad inmanente posthumana»: ensoñación catártica, ascensional y uraniana; torpor autista del ánima sin aisthéton.


Armando Almánzar-Botello

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Septiembre 2006



Texto que figura como apéndice en el libro de la autoría de Armando Almánzar-Botello titulado Francis Bacon, vuelve. Slughterhouse’s crucifixion (Santo Domingo, Septiembre 2006).

Este ensayo del escritor dominicano Armando Almánzar-Botello fue republicado luego en el Blog de Pedro Granados con el sobretítulo de «El libro para Armando Almánzar Botello, pasmoso erudito del presente», 27 de junio de 2008

5.- ADENDA:

«Retirado en la paz de estos desiertos», el referido soneto de Francisco de Quevedo y Villegas, completo:
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Retirado en la paz de estos desiertos,
Con pocos, pero doctos libros juntos,
Vivo en conversación con los difuntos
Y escucho con mis ojos a los muertos.

Si no siempre entendidos, siempre abiertos,
O enmiendan, o secundan mis asuntos;
Y en músicos callados contrapuntos
Al sueño de la vida hablan despiertos.

Las grandes almas que la muerte ausenta,
De injurias de los años, vengadora,
Libra, ¡oh gran don Josef!, docta la emprenta.

En fuga irrevocable huye la hora;
Pero aquella el mejor cálculo cuenta
Que en la lección y estudios nos mejora.


Francis de Quevedo y Villegas

© Armando Almánzar-Botello. Santo Domingo, República Dominicana. Reservados todos los derechos de autor.