domingo, 13 de septiembre de 2026

¿SON «MEJORES» LOS INCAS Y LOS AZTECAS QUE LOS TAÍNOS? EL VALOR DE LA EXPOSICIÓN Y DEL DESAMPARO (Apunte)

«Esa extraordinaria y extraña «potencia originaria del desamparo» ante los grandes enigmas no ha cristalizado todavía en obras creativas de una inédita y singular grandeza.» Armando Almánzar-Botello


 
Por Armando Almánzar-Botello
Fredesvinda Báez Santana

A Marcio Veloz-Maggiolo, in memoriam 

Conocemos el riesgo de hacer abortar un análisis por la interposición de ciertos esquemas o enfoques reductores y geográfico-deterministas de un objeto de investigación que realmente obedece a la complejidad multicausal de los fenómenos físico-simbólicos e históricos humanos.

Percibo también el riesgo de reproducir, en clave baja menor, los mismos vicios y prepotencias que se denuncian como recursos «patológicos de razonamiento» (Kant) en la cartesiana, ciega y luego cínica razón eurocéntrica e imperialista, tal como estas vías destructoras de lo plural y lo múltiple son desmontadas por las Epistemologías y Filosofías del Sur concebidas por pensadores críticos como Enrique Dussel, Boaventura de Sousa Santos, Adolfo Chaparro Amaya, Néstor García Canclini, Serge Gruzinski, José Carlos Mariátegui, etcétera.

No obstante, desde el punto de vista de un posthumanismo eco-zoológico y cósmico-telúrico (sin dejar fuera definitivamente otros factores de naturaleza antropológica y sociohistórica), se podría decir que el poder originario de la subjetividad propia de los pueblos y culturas continentales se forjó, además de las luchas y/o alianzas políticas entre pueblos étnicamente distintos, en el enfrentamiento directo con grandes animales y fenómenos naturales de crucial magnitud.

A diferencia de aquellos continentales, para estas pequeñas islas —donde no hubo animales peligrosos de gran envergadura y el misterio de la naturaleza se manifestaba solo como eclipse imprevisible, como temblor sagrado de la Tierra (expresión terrible del disgusto de los cemíes del submundo) o como la indignada violencia del «huracán» (la diosa Guabancex o Atabey)—, esa violencia originaria encontró su relativa y problemática equivalencia antillana, más que en la erupción volcánica y la amenaza de los grandes carnívoros, en las fuerzas de lo Indescifrable, lo Invisible y lo Desconocido; en una conciencia mayor de la vulnerabilidad máxima del humano ante el carácter absoluto de lo Extraño y lo Cósmico. Aquí no dejamos de recordar las luchas o alianzas entre taínos, caribes y ciguayos.

​En ese sentido, el taíno, habitante de la isla bautizada luego como La Española, poseía una sensibilidad más aguda que la de los europeos y los americanos continentales para percibir el enigma del desamparo ante los grandes terrores imaginados, los mismos terrores que tenían un paradójico dique de contención en la factualidad del peligro representado por los grandes animales y las terribles manifestaciones telúricas características de los territorios continentales.

​Esa extraordinaria y extraña «potencia originaria del desamparo» ante los grandes enigmas no ha cristalizado todavía en obras creativas de una inédita y singular grandeza.

​La singular y gran imaginación originaria del hombre antillano será la fuerza que vectorizará una nueva ecología poética y convivencial de la mente humana, agroforestal, animal y tecnomaquínica sobre la superficie de la Tierra, concebida en una relación de Banda de Moebius con las potencias de los cemíes hibridados con los luases africanos. Habrá que esperar.

Armando Almánzar-Botello y Fredesvinda Báez Santana

Domingo, 13 de septiembre de 2026

​Copyright Armando Almánzar-Botello y Fredesvinda Báez Santana. Reservados todos los derechos de autor. Santo Domingo, República Dominicana.

sábado, 12 de septiembre de 2026

TIMES SQUARE AND LIN THE BEAUTIFUL...

«Hay un gran desorden bajo los cielos, la situación es excelente». Mao Zedong

«This scholar chinese girl is music pure» Armando Almánzar-Botello [«Esta erudita joven china es pura música» Armando Almánzar-Botello]

Por Armando Almánzar-Botello

¡Inspirado San Francisco heterosexual, cisgénero, / pero no por ello menos plural y democráticamente LGBTIQ+, / predicando a los pájaros parlantes en cierto Times Square místico y abierto / (Manhattan, New York), / como un cyborg y nómada Ludwig Wittgenstein cualquiera!

Quien sabiamente le tomó la foto, / testigo fue del posterior milagro: silencioso el cyborg como un sino-místico / elevose ante ojos de mortales tensos... Muchedumbre mirando boquiojo-abierta / sorprendida siguió la trayectoria bélica: / línea oblicua sideral 4 de julio... / Tal un novio a lo Chagall el cyborg / sobrevoló risueño los tangibles helipuertos / de rascacielos altos muy erectos, / hasta ver de nuevo al fin / —desnuda su fotógrafa oferente— / a la ubicua mujer oriental de gran secreto ardiente. La bella Lin abrazada al cyborg, besándolo miraba chinamente al frente / —muy espeso y oscuro el Central Park despierto—, / desde aquella ventana erótica (in)discreta...

Copyright Armando Almánzar-Botello.
Santo Domingo, República Dominicana. 
Reservados todos los derechos de autor.

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ALFRED HITCHCOCK PRESENTS: Onírica y ausente se desnuda la muchacha               

     «Cuando China despierte, el mundo temblará.» Napoleón Bonaparte

     «Hay un gran desorden bajo los cielos, la situación es excelente». Mao Zedong

     «This scholar chinese girl is music pure» Armando Almánzar-Botello [«Esta erudita joven china es pura música» Armando Almánzar-Botello]

     Por Armando Almánzar-Botello 

     A Efraim Castillo; a Pedro Antonio Valdez

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En el décimo piso de la muerte, asoma,

punzante y vertical como la duda, caída pensada

simplemente, o

pasada de moda: ¡el vértigo!


Empire State Building, New York, 2009.

Zero Zone after...


Casi un ojo que florece contra el cielo

enigmática su letra se derrama:

Alfred Hitchcock Presenta… Recuerdo…


Detenido el ascensor,

se abre una ventana y ¡acontece al fin la luna!

Dialogan el viejo y la muchacha…


—¿Cogito, ergo sum?... Larvatus prodeo

What do you say?

—El payaso cayó desde lo alto, ergo… ¡risas!


Neón rojizo la Ciudad a la izquierda por la sangre.

Onírica desnuda y reflejada en mar intenso, gruñe

un Circo hasta la médula su música inoída:


Tiembla luz de lejanía entreabierta por sus manos.

En mágico trapecio su cuerpo de gimnasta,

suspende, promete, oculta,

                                           desliza la muchacha

misterioso un torso lúcido en espejo

y toco ausencia…


This scholar chinese girl is music pure...


La melodía que palpo dulcemente en la memoria,

casi ardiendo un vino claro que bebía de sus labios,

mana lenta hacia la copa sinuosa de su sexo, donde sorbo la

escritura todavía indescifrada, la embriaguez que anula el tiempo.

Y el recuerdo abierto y limpio de la muchacha es aire…

¡Oh urbana y secretísima música desierta!…


Noche tórrida en aullidos que regresan

con el Ferry... Liberty Enlightening the World:

—“May i feel said he”...

Cyberpunk’s Ideograms

Lin, you know: you are my dear little girl, my darling you,

    you are my it!

“you’re divine! said he,

    you are Mine said she...”

Y reías misteriosa caminando entre las lenguas.

Resoplaban los amigos el Scherzo del

Espanto:

                 “Buffalo Bill’s defunct!”…


A lo lejos brilla el río...

Solitario por las calles retorcidas alguien habla…

El humo lentamente —retornando de puntillas reflexivo

llega al cuarto

y en un sillón se tiende... ¡Central Park en mi ventana!

El saxo piensa hondo y

cauteloso inquiere al viento:

—¿Qué dicen hoy los diarios?...

Envuelve a la muchacha, camínala desnuda,

baila roto su placer y acaricia la textura

de sus grafemas lúbricos.


¡Arde lento y furia en música!


Delira tú en su prosodia New York y el cuarto abierto.

Desliza ideogramas por el piercing de su vientre y

la cima de su insomnio…

¡Central Park en mi ventana!


Enciende tu deseo y el rumor de la memoria

—palpitante semáforo en la tarde—.

Con tu voz imanta el Hudson y viértelo en su mente.

Re-escríbela, per-viértela en tus labios y

                                                 descúbrele senderos,

mil sabores en el vino que aletea por su aliento.

Edifica otra ciudad con sus palabras.

                                                         ¡Oh, Manhattan!


Y acoplada con el rayo, la terrible diosa oscura

que late por sus ingles,

destruya el Muro Ciego edificado en el espanto…


Oh, la bella Lin, aisthesis del instante.

¡Bailemos nuestra muerte sinuosa en la Bachata!


Mas lo dudo…


Abre la ventana y

gime ahora por las dársenas ...

La furia del viento es la muchacha…


Escúchame hijo mío,

/en el saxo Joshua Redman habla lúcido en la noche/

no debes nunca odiar la inocencia de la vida,

ni albergar en tus manos el horror irredimible

que hace turbio el sentir de lo sensible impenetrado

cuando sube con la sangre su misterio al pensamiento.

Abre sin temor tu percepción al mundo,

aunque haya sido siempre

tu padre, sin remedio,

un triste y nómada ludópata borracho,

un terrible ideograma dibujado por su ausencia...

Eres hijo y padre de un olvido, como todos los

viajantes de comercio…

Cortante aleve y fiera

bien escrita la muchacha,

del odio en luz dentada y

sensual mejilla andrógina, 

                                           me mira,

la miro, 

               me abraza: 

                                    ¡el rayo!


¿Podría el mar letrado

soportar su triple hachazo?

¿Qué dirán luego los diarios?

Oh, mi bella Lin, Aisthesis del instante.

¡Bailemos tropical nuestra muerte en la Bachata!

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Year 2010, Dominican Republic: La Romana.

Exclusive Vacation Rental. Casa De Campo.

¡Por teléfono me dijo Lin su amor en español dominicano!:

“Estoy aquí en Santo Domingo, my crazy love, y quiero amarte”...


Soñado el Paraíso está próximo a tus manos:

Hay sol, uvas de playa, tiernas frutas del secreto,

rojos vinos de sabores inmortales...

                                                         ¡y el merengue!

—Trópico enlutado íntimo en la sangre—

               El mar latido al fondo.

Altavoces que recitan fragmentos de Lao-Tsé, palabras de Platón y

sexo a flor de labios…


¿Cómo puede rota inconsolable la muchacha —inconexa

de palabras averiadas y esquizoides— reír para vencer los resuellos

de la muerte, la ridícula miseria impertinente,

los instintos que le muerden dulcemente las entrañas

con filos de caninos postizos filantrópicos

con cajas metálicas de dientes impostores?...


Y si acepta esa muchacha la sintaxis cazadora

del viejo delirante inflamado allá en lo alto,

y ceden los pretiles al reclamo de la carne

                                                                ¡y cae hacia el abismo!:

¿habrá fiesta en el décimo piso de la muerte,

habrá viento y ceniza en la escritura y los balcones?...


¿Y qué dirán luego los diarios?...


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Julio de 2010

Copyright Armando Almánzar-Botello.
Santo Domingo, República Dominicana. 
Reservados todos los derechos de autor.

Blogs en los que figura este mismo texto:

Blog Cazador de Agua

Blog Vallejo sin Fronteras

Blog de Pedro Granados

Blog Efraim Castillo

Blog Epistheme

Blog Otros Textos Mutantes

Copyright Armando Almánzar Botello. Reservados todos los derechos de autor.
Santo Domingo, República Dominicana.

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EL PLAN (Relato)

«...El acto de escritura encarna, en su amenazante ambigüedad problemática, una objetivación y un espaciamiento percibidos por el “yo” como castrantes, porque rompen con la presunta inmediatez de la conciencia, con la intimidad clausurada de la voz como órgano imaginario de apropiación...» Armando Almánzar-Botello

«Quien no es artista... sencillamente no es artista...» Friedrich Nietzsche

     Por Armando Almánzar-Botello 

Para L N. G.

¡Oh rabia impotente! Parecía que la presencia fatal de un virus electrónico había infectado de forma selectiva los mensajes que los dos se venían comunicando a través del ordenador en el transcurso de aquellos agitados meses de pasión enmascarada.

Por ese grave acontecimiento, el sujeto de la escritura no había podido acceder a ciertos archivos que le permitirían definir con más precisión el plan del relato seminal que serviría de base para el otro vuelo.

¿O sería más bien para el descenso al subsuelo ilimitado y monstruoso de su propio ser, de su atroz memoria?... Palabras demasiado convencionales para expresar la terrible perspectiva que se abría ante sus ojos.

Temblaba frente a las puertas entreabiertas del posible cumplimiento, del Plan que vislumbraba, ominoso y ciego como la ruta de un Metro fantasma deslizándose en la noche por interminables galerías subterráneas, clamando por la encarnación de sus espectros en la espesura sombría de su trayectoria inconsciente, ineluctable...

Pensó entonces en la frase de Mishima: Se abre hacia la muerte, tal como un kimono de seda se desliza por la pulida superficie de una mesa hasta caer silencioso en la penumbra del piso...

Sintió un escalofrío que recorrió su espina dorsal, y contempló —mientras escribía en el silencio de la noche alta—, la pantalla fosforescente del computador...

Al cabo de unos instantes, apartó la mirada de aquella luz que lo hería, y miró las ventanas oscuras de su cuarto.

Pensó en los parques públicos bajo el sol de las mañanas, en viejos paraguas olvidados en rincones también sin memoria, en calles al atardecer atravesadas por las corrientes vertiginosas de autos carnívoros, en secretas escaleras que ascendían como promesas de magnolias en la noche, en remotos lugares cerrados donde un hombre y una mujer se desnudan en la penumbra, incansable y mágicamente, para entregarse, resplandecientes de pasión y de extrañas metamorfosis, a ritos innombrables y voluptuosos...

Llegaron a su mente aquellos solares llenos de plantas extrañas, ratas gigantescas, restos de ordenadores y máquinas de finalidad incierta; espacios pululantes de cucarachas y bichos que creíamos hacía mucho tiempo extinguidos, basureros que aparecen de súbito entre algunos edificios de las grandes ciudades ofreciendo el testimonio de una secreta y vaga verdad de la existencia: la banalidad con la que casi siempre se disfraza el enigma inanticipable del acontecimiento...

Porque —pensaba—, no hay nada más misterioso que la basura, que los restos, que los vestigios, que los escombros... Huellas primordiales de la sangre en las palabras terribles que perduran...

En el sujeto de la escritura se ahondaba el hueco, la inclemente verdad de la carencia, el vacío donde agazapada, retorciéndose, ondulante, la peligrosa cobra de la escritura preparaba su fármacon letal.

Al no encontrar en el ordenador los referentes escritos que dieran testimonio de los hechos en apariencia acontecidos entre ellos en los últimos cuatro meses, le parecía que todo había sido un insólito y turbulento sueño del que apenas ahora acababa de despertar, y que esta ensoñación comenzaba, con extraño goce de planta carnívora y angustiosa fiebre delirante, a florecer de nuevo transfigurada en su conciencia, al rememorarla...

Toda la realidad al alcance de sus ojos en la polvorienta buhardilla: arriba, la noche del cielo raso; abajo, la mesa sobre la que escribía —iluminada tenuemente por una pequeña lámpara eléctrica—; el bolígrafo que sostenía latiendo entre sus dedos entumecidos (escribía ahora a mano, convencida de que la pantalla del ordenador quema los sueños); la página sobre la que trazaba frases inconexas y zigzagueantes; el viejo escritorio sobre el que se reclinaba como sobre un abismo; los libros y objetos dormitando, casi vivos, en los anaqueles de madera; los pasos enigmáticos de otro huésped del insomnio en la habitación vecina; la sombra voluptuosa de un torso desangrado en la memoria...

Todo lo que alcanzaba a escuchar y sentir en la alta noche, todo, se consumía como ella en el incendio de la incertidumbre...

De forma curiosamente parecida a la de Chuang Tzu —pensó el sujeto de la escritura.

De forma parecida a la mía leyendo estas frases —prosiguió alguien hablando con neutralidad en voz alta—, pues cuando despierto del sueño en el que creí vislumbrar a Chuang Tzu, no puedo saber si he soñado a Chuang Tzu o es él quien continúa con terquedad ontológica soñándome (incesante como el grito de mi ser), ahora, aquí, creyéndome despierta en lo que escribo.

Entonces, blandiendo el filoso cuchillo sobre el seno desnudo de la mujer de rasgos orientales —que fosforescía a su lado en el lecho como una dormida y delicada flor de ciruelo—, el innombrable comenzó, con firmeza y precisión, a escribir la verdadera historia...

Armando Almánzar-Botello

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Abril de 2009

Copyright Armando Almánzar Botello. 
Reservados todos los derechos de autor. 
Santo Domingo, República Dominicana.
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FRAGMENTOS DE UN DIARIO ELECTRÓNICO. FLÂNEUR AND «MENTAL TRAVELLER»...

«Cada día me confirmo más en mi presunción, a lo Philip K. Dick, de que la realidad es un mero ensamblaje de utilería, una territorialidad delirada en la que unos viven y otros mueren; en la que ciertos innombrables programan secretamente los hechos, y otros taciturnos o llenos de candor los disfrutan o padecen…» Armando Almánzar-Botello

«El flâneur, el callejero al azar, se convierte de este modo casi en un detective a su pesar… Su indolencia solo es aparente, pues tras ella se oculta la vigilancia de un observador que nunca pierde de vista al malhechor... En tales condiciones, sea cual sea la huella que el flâneur persiga, ha de conducirle hasta un crimen. Con lo cual se indica de qué modo la historia detectivesca, a despecho de su sobrio cálculo, coopera en la fantasmagoría propia de la vida…» Walter Benjamin

«Recuerdo los ojos azules y la boca sensual y mistérica de una joven guía polaca en el Metropolitan Museum of Art...» Armando Almánzar-Botello

«Delira tú en su prosodia New York y el cuarto abierto. / Desliza ideogramas por el piercing de su vientre y la cima de su insomnio… / ¡Central Park en mi ventana!» Armando Almánzar-Botello

     Por Armando Almánzar-Botello 

«Es muy cierto eso de Dick y de la locura como estética: sus novelas acaban siendo, formalmente, casi una representación estética de lo que significa el “estar loco”. Me parece que —si nos ponemos musicales— Dick escribe más “variaciones” que “improvisaciones”: siempre parte de una misma aria central que tiene que ver con las preguntas: “¿Qué es real? ¿Qué no lo es?”, y te va envolviendo en esa melodía repetitiva y constante…» Rodrigo Fresán

A Philip K. Dick, in memoriam

A Fredesvida Báez Santana, latido indescifrado y luminoso de la perla.

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Miércoles

En Nueva York, el ritmo del subway, de los automóviles y de la ciudad toda se te mete en el cuerpo y terminas acoplando tu velocidad visceral y anímica a la gran maquinaria que conforman el colosal y policéntrico paisaje citadino, la danza de los rostros anónimos, la diversidad insólita de los fenotipos y las culturas...

Un buen día, por insólito designio del azar, de súbito el desprevenido viajero se descubre o experimenta como un extraño significante (de) más...

Tomado por la turbulencia proteiforme de la urbe, se mira cogido en el entrópico torrente o devenir indescifrable de las calles, y fluye a la deriva entre los puntos y comas del párrafo brutal que constituye la secreta fascinación de cada día en la historia de una ciudad cuyo destino parece que oscila, de un modo asombroso, paradójico, entre un paraíso y un infierno de signos desacralizados, metonímicos, construidos, deconstruidos y reconstruidos en cada instante a la medida del Deseo de los “hombres huecos” del siglo XXI, como hubiese dicho Thomas Stearns Eliot.

La ciudad de Nueva York es un texto que padece “infinitud potencial”. Hay un riesgo deletéreo para el inmigrante, para el hombre extranjero que se sumerge en ella: perder el alma y convertirse en un “punto dígito en la topografía de la desesperación” —como me parece que dijo alguna vez Henry Miller—, en un coágulo de soledad sin lugar fijo en la anatomía urbana... O simplemente pensar que ha encontrado la ciudad perfecta para vivir en estado permanente de iluminación, maravilla, frivolidad, trabajo productivo interminable o gozosa catástrofe...

Por suerte, existen aquí oasis imprevistos de belleza temperada, de dolor y de placer estéticamente dirigidos y orientados, que te salvan del hundimiento definitivo en el abismo del sinsentido, del delirio en bruto, de la fragmentación del ser y el olvido sin retorno.

Una parte importante de dichos espacios o experiencias de redención la conforman ciertas calles, olores y edificios como salidos de un sueño de tu infancia y que te reconcilian con el mundo; algunos encuentros fortuitos, mágicos, con seres extraños —insospechada fauna de fosforescencia discreta que transita o fluye por las calles y duerme en cualquier banco frío de parque o en hoteles de paso—; los curiosos estados de reveladora conciencia que parecen asaltarte al escuchar los sonidos de un pájaro carpintero en un árbol próximo a la ventana de tu cuarto, siempre agobiada por un ruido permanente de bocinas y motores...

En el conjunto de los territorios milagrosos y salvíficos que nos ofrece alucinada la gran urbe, no debemos olvidar jamás la realidad transmutante de los museos de arte, las febriles bibliotecas y librerías, las pequeñas salas de teatro, los encuentros contingentes con increíbles, bellas y generosas muchachas en los nocturnos clubes de jazz del Greenwich Village, las grandes discotecas abiertas hasta el amanecer de cualquier día cimarrón, los deslumbrantes, erógenos y postmodernos locales de striptease, donde sorpresivamente descubres como bailarina nudista a una hermosa, joven, nostálgica y complaciente compatriota de provincias...

Tengo la música disonante, aleatoria, heterofónica de la ciudad de Nueva York metida en el cuerpo: consonancias y disonancias a lo John Cage; conjunciones y disyunciones al modo de la escritura de William S. Burroughs, al ritmo del jazz de Sonny Rollins, de Joshua Redman, Kenny Garrett, Kenny Kirkland... Chirridos de bielas, fragor de motores, humaredas que ascienden lentamente bajo la tenue llovizna que cae sobre un pavimento coloreado por el neón, el deseo y los sueños. Sensación de que algo indefinible acecha, agazapado en cualquier muro manchado de graffitis, y que todavía no salta sobre ti…

Una maquinaria centelleante llena de rumores y silencios, de luces y de sombras, la gran ciudad... Mas llena, no obstante, de tu cuerpo lejano de mujer —pero ahora casi palpable para mí— y de tu maravillosa, múltiple, inagotable presencia que se alza por encima de los rascacielos de Nueva York, para nadar desnuda, como una divinidad sorprendida, en un aire de infinito luminoso todavía más alto que todo lo alto...

Poema plural tú, jardín amado, seguido por el perfume ritual de otros jardines iguales a ti en su misterio: séquito abismal de ti misma reflejado en las vitrinas resplandecientes de los comercios en los que venden la última “tableta electrónica”...

Casi te alucino por las calles presurosas. Me vuelvo… ¡y ya no estás!... Juega tu recuerdo conmigo al escondite irradiado en los espejos. Pero al fin te resuelves en la unidad perfecta de un latido anticipado igual a tu palabra, anhelante, y escucho de nuevo tu voz de pulpa melodiosa en mi teléfono celular...

—¡Hola, mi amor, justamente ahora pensaba en ti!...

Como ayer te había dicho que lo haría, hoy he visitado nuevamente al MoMA (The Museum of Modern Art). Allí he refrescado la memoria visual de tu presencia distante con peces de Matisse y luego, por las calles, con los trazos del viento fugitivo entre los plátanos…

Picasso, Dalí, De Chirico, Cézanne, Kandinski, de Kooning, Gorky, Pollock, Matta, Rothko... acompañan la magia coral de los encuentros…

¡Eres incesante caminando de mi brazo en el recuerdo!…

¡Y pensar que llega casi la gran “Exposición Centenario de Francis Bacon” en el Metropolitan!

¡Y aquella breve pieza teatral de Samuel Beckett, que tú y yo amamos tanto, aparece para mí, prodigiosamente, la próxima semana en off off Broadway!

La vida es noble y cruel de un modo simultáneo. Ante su cáustico y loco secreto la risa desmedida es la sentencia...

Ya lo dijo un día un hombre indescifrado, el mismo que un judío erudito sin ruborizarse nombra, en sesgado arrebato de olvido (in)comprensible, como «el inventor de lo humano»...
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En Nueva York ahora llueve, llueve, llueve... Miro la luz del amanecer a través de la ventana de mi cuarto en el piso 19 de Queens (apartamento de mi Tía Marisela).

Más que final de primavera y principio de verano, hoy parece un día otoñal desfalleciente... Y pienso mucho en ti, Odelia...

Luego te escribo con más precisión, con menos devoción por el fragmento…

Dentro de un mes, si consigo algo más de dinero, me encontraré de nuevo en Santo Domingo…
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Viernes

11:30 de la noche

Precisamente ayer, mis amigos William y la bella Lin, los miembros del club y yo, llegamos hasta Coney Island Station, en Brooklyn, movidos por una espesa nostalgia de bruma escrita, vivida hace años, secretamente literaria….

Hoy, justo a mi llegada a Nueva York procedente de New Jersey, Plainfield, a eso de las seis y treinta de la tarde —viajé allá por la mañana a visitar a unos familiares y a entrevistarme con ciertos conocidos por motivos de negocios—, no me explico el porqué, al desmontarme del autobús me sentí profundamente extraño...

Antes de salir de Plainfield me había tomado todos mis medicamentos cardiovasculares, antipsicóticos y ansiolíticos. No había ninguna causa evidente que explicara mi aguda sensación de extrañeza.

Llegado el momento justo, abordé el tren que me podía conducir a Queens County, la línea “E”, y acomodé ausente mi estupor junto a una discreta ventanilla...

No obstante, como guiado por una fuerza imponderable, secreta y poderosa, después de mirar un rato a través del cristal de mi ventana en el tren la danza irregular y sinuosa del paisaje que me hablaba de las experiencias vibrantes de Walt Whitman, de Charles Baudelaire, de T. S. Eliot, Arthur Rimbaud, Blaise Cendrars, Edgar Allan Poe, Henry James, Allen Ginsberg, William Faulkner, Jack Kerouac, Lawrence Ferlinghetti, Henry Miller, James Joyce, Frank O’Hara, John Dos Passos, Maria Callas, Charles Bukowski, John Ashbery, Baruch Spinoza, Franz Kafka, Thomas Pynchon, Don DeLillo, Jacques Derrida, David Foster Wallace, Paul Auster... de tantos otros estadounidenses o europeos que de una forma física, imaginaria, virtual o inédita exploraron o sondearon el abismo de Norteamérica, me desmonté automáticamente en la parada equivocada y vagué sin rumbo por la estación del subway a la altura de la Séptima Avenida.

Algo desconocido en mí decidió conducirme como un sonámbulo por calles que no recordaba haber visitado nunca en Manhattan. Me perdí, de modo textual, en el hervidero impredecible de una rara y convulsa muchedumbre.

Envuelto por el rumor del gentío que desbordaba las plazas, las aceras, y creaba de forma oscura y literal corrientes turbulentas de cuerpos humanos que se desplazaban como vectores delirantes hasta por las mismas calzadas de las calles, me olvidé de mi nombre, de los contornos netos de mi cuerpo, de mi identidad y de mi origen. No recordaba la razón, si la había, por la que me arrastraba lleno de una extraña energía empática, simbiótica, confundido con ese oleaje de seres desconocidos y de nacionalidades diversas.

Entonces, “Yo fue Nadie”: Un par de negras zapatillas vacías, sin ninguna persona dentro, vagando por las calles de una geografía urbana más que real, quizá alucinada...

Lleno de un indescriptible estupor vagué casi dos horas perdido entre el gentío monstruoso...

Poco después, súbitamente, comprendí el significado de la palabra howl, “aullido”... Y vi, fijo en mi mente, con esa lucidez terrible que solo pocas veces he sentido —únicamente en estados de conciencia profundamente alterados por la droga, por la meditación o por las frías llamaradas del delirio—, el cuadro conocido como “El Grito”, del gran pintor noruego Edvard Munch...

Creo que tuve, en la experiencia inefable de un radical desamparo, una cierta entrevisión de la condición humana y su trágico destino, vivencia colindante con la iluminación místico-poética de la deriva neosituacionista de un flâneur, de un cyborg postmoderno... o relacionada, simplemente, con la locura y su obstinada lengua de azul acetileno...

Cuando regresé a mi estado consciente habitual, me sorprendí al caer la tarde bañado en frío sudor, hablando apresurado en mal inglés con un desconocido sobre la peligrosa situación del Medio Oriente. El diálogo se desarrollaba en la incierta esquina de una calle anónima de un Manhattan transfigurado que me recordaba las pinturas apocalípticas de Hieronymus Bosch, con su característico incendio de ciudades oscuras rojo-sangre...

Momentos después, mientras continuaba mi conversación con el hombre del asfalto, el espacio vivo comenzó a transfigurarse y evocó eso innombrable que imagino siempre como el extraño rumor alucinante de “La entrada de Cristo en Bruselas”, lienzo vanguardista del pintor belga James Ensor...

A duras penas, pero reconciliado al fin con lo Real, cargado mi cuerpo de un indescriptible magnetismo, abordé el tren de nuevo y me dirigí, lleno de soplos premonitorios, a la estación de Woodhaven Boulevard, para retornar al paisaje familiar de Roosevelt Avenue, en Queens.
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Creo que fue así, no estoy seguro de mi recorrido, pero llegué a casa justo cuando mi primo, legítimamente preocupado, llamaba por teléfono a unos amigos comunes preguntándoles por mi paradero...

Había estado yo dos días completos con sus noches, explorando los abismos de la Gran Urbe...

Al día siguiente, volví por octava vez (la he visitado hasta el momento unas dieciocho veces) a la exposición del Metropolitan Museum con motivo del centenario del nacimiento del gran pintor angloirlandés Francis Bacon...

Discutí en el museo con uno de sus guardianes, pues mis reiteradas visitas a la exposición y mi particular comportamiento frente a todos los cuadros, violando sin miramiento alguno los protocolos de aproximación, terminaron por hacerme parecer sospechoso...

Cada día me confirmo más en mi presunción, a lo Philip K. Dick, de que la realidad es un mero ensamblaje de utilería, una territorialidad delirada en la que unos viven y otros mueren; en la que ciertos innombrables programan secretamente los hechos, y otros taciturnos o llenos de candor los disfrutan o padecen…

Por cierto, Odelia, ayer en la mañana, un homeless amigo muy generoso me regaló los dólares suficientes para comprar nuestros anhelados anillos de matrimonio [...]

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Febrero–Julio 2009 

Copyright Armando Almánzar-Botello. 
Nueva York, Estados. Unidos de Norteamérica. (Texto retocado)


1 COMENTARIO:

Irina Maribel dijo: ¡¡¡Me ha fascinado, Armando!!! 23 de octubre de 2012, 15:19

Copyright Armando Almánzar Botello. 
Reservados todos los derechos de autor. 
Santo Domingo, República Dominicana.

IMAGEN:

Fotografía de Armando Almánzar-Botello en Times Square, New York.

lunes, 31 de agosto de 2026

CIERTO «SE», FRECUENTEMENTE...

«Lo maloliente despierta nuestra interrogación más intensa.» Armando Almánzar-Botello



Por Armando Almánzar-Botello

Cierto «se», frecuentemente, me debe ser exfoliado para que pueda eso (así) limpiar su lodo en mí con el yodo profiláctico del mar...

Contra los viejos nuevos ricos que pretenden liderar todavía el otro mundo con el técnico engreído roto rito —excrementicio y mercantil, científico-militar, ateo-fiduciario—: ¿el Id escribe sol fascista negro en mí, aviesa melancolía rugiente?

Así analicemos nuestras propias conductas y no digamos, cuando habla solo el otro, que se oculta elitismo y secreto fascismo en su decir impávido.

¿Quiénes son racistas? ¿Las torres de marfil con sus cansados elefantes blancos rondando en las manadas de nuestos viejos Egos petulantes?

El problema no surge con el «Tierra o Ser» mencionado por el filósofo, sino cuando el Don Nadie que soy camina ciego por las calles —Das Man heideggeriano del «se dice»—, oscuro, burdo y desheredado de la cultura, rudimentario «tíguere» o «chopo» que habita en mí, contemporáneo de las crisis de los fundamentos del Ego, simplista vestigio casi del remoto Anfioxus lanceolatus, y me respira hondo por la turbia herida psicosocial el triste, sórdido, ruidoso y fecal callejón del incorregible resentimiento antropológico de mis orígenes clandestinos, ese callejón en el que se levanta, oh vergüenza inaudita, el árbol de los pequeños insectívoros lemúridos arborícolas...

Aquí aludimos al Gran Nihilismo reactivo y pasivo del esclavo darwiniano que solo visualiza la cultura como mero afán de lucimiento, adleriana compensación tosca de mis duras minusvalías psicosociales, recurso para el ávido y desesperado ascenso societal, creo.

Este pseudosujeto que soy está llamado por ello a desaparecer cuando en mí se consume aquel nihilismo destructivo del gran loco furioso, cuando se opere la segunda metamorfosis de león o tigre o demonio —esa bestia de malolientes dientes cariados, ¡oh, la náusea de aquel otro!— a bello niño luminoso que inocencia juegue creadora de mundos, a la orilla turbulenta del mar...

Pues bien, dejemos esto aquí para volver, llenos de una nueva ilusión, al vigoroso neomarxismo lacaniano y a la hipótesis de una democracia fuerte y radical por venir...

Copyright Armando Almánzar-Botello.
Reservados todos los derechos de autor.
Santo Domingo, República Dominicana.
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YO ES OTRO (¿POR MALA SUERTE SERÉ TÚ?)

«La única diferencia entre un loco y yo, es que yo no estoy loco.» Salvador Dalí

Por Armando Almánzar-Botello

«¿Quién eres yo? ¿Quiénes soy, habré sido y seré yo? ¿Seré acaso tú, y ya no lo recuerdo?» Armando Almánzar-Botello, en «Cazador de agua», 1993

«Quien no es artista... sencillamente no es artista...» ¿Friedrich Nietzsche?

«La experiencia de la máxima intensidad la realiza un “Se”, no un “Yo” como necesaria coagulación ilusoria, provisoria, de fuerzas múltiples, mutantes.» Armando Almánzar-Botello
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Cuando Rimbaud dijo «Yo es Otro» no se refería al hecho trivial de que A (Yo) = B (Otro), o dicho de manera más concreta, a que Arthur = Paul, por ejemplo, sino a que A no es nunca igual a sí mismo, pues una disparidad o disyunción de fondo «lo» desidentifica y «lo» reenvía al juego de «la diferencia». Su identidad de superficie es efecto de una monstruosa disparidad de fondo, seminal, diseminante... ¿Duns Escotto, Spinoza, Deleuze?

De la misma forma, la «univocidad del ser» se dice de lo dispar o diferente, de lo Mismo en tanto que Distinto; no solo diferente de «lo otro-otro» sino disímil de sí. Lo Mismo solo se dice de la Diferencia, no de lo Idéntico.

Lo que diferencia a un Yo de sí mismo, es la diferencia entre los grados de potencia que actualiza frente a sí mientras se «otrifica», en función de los grados de potencia de un Otro determinado que le hace resistencia... con mayor o menor intensidad.

Algo similar digo yo que dijo Brecht (y lo pongo sin comillas porque es una variante brechtiana de mi propia cosecha):

Genio es el más parecido al que sigue pensando «lo suyo» en otras cabezas distintas de la suya, y que sin embargo no dejan de ser «sus» cabezas en una suma que no pretende totalizar la multiplicidad de las cabezas...

Nada que ver con el plagio ni con la usurpación de «identidades», pero sí con cierta «locura» del genio...

«La única diferencia entre un loco y yo, es que yo no estoy loco», decía Salvador Dalí, pero lo estaba. Al igual que Friedrich Nietzsche o Martin Heidegger... «El estilo es el hombre... a quien uno se dirige», decía Jacques Lacan, quizá un poco menos loco que Dali, pero loco también al fin, pues como el «mismo» psicoanalista dijo: «Todos somos locos»...

He aquí la medicina o el veneno que puede representar, para el verdadero pensador, cierto tipo de compañía o interlocución entendida en su indeterminación de phármakon.

Un diálogo específico realizado con alguien puede reforzar el enraizamiento endoxal del filósofo, es decir, confirmarlo en lo más convencional e intrascendente; mas podría también, en otros casos, actualizar en él la llamada «punta loca del cogito»: la conciencia prerreflexiva que permite la exploración de inéditos y extraños niveles de la realidad para cuyo descubrimiento algunas personas necesitan utilizar drogas alucinógenas.

Habitualmente hay diálogos que solo potencian la simple estupidez... Recurso este último, la estupidez, que, dicho sea de paso, también saben aprovechar para sus propios fines e intereses algunos filósofos «fenomenólogos»... No todos, por supuesto. Esa utilidad viene a depender de los niveles reales de potencia que habitan en el investigador...

¡Pues claro que nunca fuimos ni somos ni seremos iguales, súcubos-espectros que habitan todavía las pobres tristes gastadas polvorientas territorialidades artificiales de arcaicas y remotas cofradías del ser inasible que fluye sin puntos ni comas manchado por afanes ascensionales y mentidamente metropolitano en una olvidada serie de otras mis viejas identidades poliprovinciales!

Mis vertiginosos nuevos «personajes conceptuales», en silencio, nos diferencian ya para siempre: ¡Sí, ustedes!

El «Se impersonal» —ese que a «mis yoes» sostiene y sustenta en pleno ejercicio intensivo de «su» voluntad de potencia—, elige por siempre no ser «los ustedes» que pude ser en el Eterno Retorno de la Diferencia transmutante.

¡Oh metamorfosis continua de la potencia que falsifica pero no miente!

Armando Almánzar-Botello

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23 de mayo del 2015

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DIA-GRAMA, TÍMPANO, HUELLA, HIMEN...

Por Armando Almánzar-Botello

El «Se» impersonal («on» en francés) de Maurice Blanchot, de Gilles Deleuze, pero también de Samuel Beckett, no es el «Se» caracterizado por la desdiferenciación y el anonimato como empobrecimiento, tal como lo concibe Heidegger: el «uno» (Das Man: el uno impersonal del «se dice») cuya impotencia «parpadea» (hablando heideggerianamente), incapaz de propiciar la «apertura» de un mundo.

El «Se» en Blanchot, en Beckett y en Deleuze es «preindividual, impersonal y nómada», está relacionado con el torrente de las singularidades, y es el que realiza la experiencia del devenir: «no Se cesa y no Se acaba de morir» (Blanchot, Deleuze).

La experiencia de la máxima intensidad la realiza un «Se», no un «Yo» como necesaria coagulación ilusoria de fuerzas.

Ernst Jünger nos recuerda que la instancia en nosotros que «vive» los momentos de máxima intensidad, alegría o entusiasmo también opera mediante la desaparición de la individualidad.

Entonces, la experiencia no «pertenece a», no la «tiene» una conciencia egoica, sino una suerte de «conciencia-manantial» impersonal (E. Jünger), «conciencia virtual de derecho» (Deleuze), «conciencia a-subjetiva, prerreflexiva, impersonal; duración cualitativa de la conciencia sin yo»: eso que Deleuze, Blanchot y Beckett denominan un «Se», y que Deleuze llama «una vida», una suerte de «vivo sin vivir en mí» (dice yo), en la pura «inmanencia de un campo trascendental de beatitud» laica... ¡Ja!

Siempre que toco el borde ígneo de la roca inconcebible que llamamos realidad, si me acosan de improviso los enigmas de una vida que me hace despertar a solo un punto del colapso, edifico una semántica muralla protectora, un bastión helicoidal de preguntas laberínticas, un pretil de sintaxis convulsiva; erijo muros de conceptos que me ayudan a poner a raya lo real —carente de sentido su imposible, negro agujero blanco del desastre—, al mismo tiempo que habilitan (permeables), personajes conceptuales palpitando, eso loco y singular que no hay de «yo» vibrando en «mí», para que pueda vislumbrar con brío el sinsentido, lo (im)presente, y trace Eso así en el plano de inmanencia —dicho «se» pre-individual, impersonal, neutro—, las líneas de fuga, mutación y sobrevuelo que prosiguen, más allá de mi persona, muy después del crujido deleuziano de los cuerpos con sus causas, la finita y breve ontología del viaje infinito del Amor, con su virtual “seriatura” de catástrofes... ¡Jo!

Copyright Armando Almánzar-Botello.
Santo Domingo, República Dominicana.
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EL ACRÓBATA Y EL PAYASO

«Utilizando la metáfora de la literatura como “circo”, Hugh Kenner distingue, si mal no recuerdo, dos tipos básicos de escritores: el sujeto “acróbata” de la escritura, al estilo de James Joyce, y el sujeto “payaso” de la escritura, al modo de Samuel Beckett. El “escritor acróbata”, nos diría Kenner, viene a ofrecer el testimonio heroico y grave de su pericia, el impresionante despliegue de su potencia y rigor creadores. El “acróbata” tipo Joyce explotaría hábilmente su precisión, su maestría. El “payaso” tipo Beckett, por el contrario, realiza su propia versión de la cuerda floja; tematiza y simula, paradójica y eficazmente, su “inhabilidad e impericia” de segundo grado, aproximándonos vertiginosamente al punto de resta y “deflación semántica” en que se derrumban todo Saber y toda “consistencia yoica”. La dialéctica del acróbata y el payaso se despliega en el espacio del humor, en ocasiones negro...». (Fragmento). Armando Almánzar-Botello: «Beckett y el grado cero de la retórica».
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DAS DING. In statu nascendi *

«El arte nunca es casto, y habría que mantenerlo alejado de todos los ignorantes inocentes. Si la gente no está preparada para él, no hay que permitir que se acerque. Sí, el arte es peligroso. Si es casto, entonces no es arte». Pablo Picasso

«Recordando al gallo Mopsus, al abismo del huevo caósmico, aquí, ahora, desnuda: la “vulvo-escritura-catástrofe” se mira en espejo (im)propio». Armando Almánzar-Botello

«Observando de soslayo al cielo, quizá un tanto presumida, la gallina pone un huevo: consuma el don refulgente, orgullosa de metafísica... ¡Clocló! ¡Clocló! ¡Cocoteeeco!» Armando Almánzar-Botello

«Risus purus, la risa que se ríe de la risa...» Samuel Beckett, Watt, Editorial Lumen, Barcelona, 1970, p. 53

«Para el artista que ausculta sigiloso el campo virtual de la inmanencia, es necesario vivir en efecto la profundidad originaria y sus peligros hermenéuticos, lo inaccesible cuasiapofático, las prosodias desgarradas del abismo en apariencia fraudulento. Algo muy distinto y hasta frívolo se manifiesta cuando el saber común del hombre calculador se limita meramente a inferir la retracción de lo inabordable... El dicho aséptico y programado que de modo habitual utiliza el hombre aferrado a sus pretiles de seguridad logoteórica, no alcanza originalidad alguna en su frígida, apofántica, engreída, retórica y ciega vindicación de un terrible decir abstractamente inabordable. Insulsa escritura del idiota en el huevo caósmico y primigenio.». Armando Almánzar-Botello

Por Armando Almánzar-Botello

A Raymond Roussel; a Clarice Lispector; a Alfred N. Whitehead, in memoriam
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Propagó, alardeando casi, en el transcurso afiebrado y turbulento de sus días, la excelsa noticia milagrosa, la buena nueva que auguraba el inminente y pastoril advenimiento.

Pronosticó sin rubor alguno la puesta en acto salvífica —el concreto aparecer brillante o la mistérica emergencia—, de una novísima estructura o Cosa, ontopológico-geométrica, prodigiosamente inédita, irrebatible y vital.

Petulante anunció al orbe, con viva voz perentoria, lo tremendo: el numinoso aborigen futuro, el renacer de lo extraordinario.

Llegado al fin el justo momento de imprimir la Cosa en el mundo —de confiarla o descubrirla en la muda existencia expectante para cura de la humana flaqueza y garantía de una Gloria Mayor—, de un modo lacónico, absorto, quizá un tanto presumido, observando de soslayo al cosmos con el vacío mirar de lo neutro, consumó el don refulgente, orgulloso de metafísica…

Humedecida la superficie de la Cosa por la extraña singularidad de lo íntimo; un poco teñida de sangre y de búdica inofensiva impureza por el titánico brío alcanzado en su extático alumbramiento: surgió al mundo, casi alquímica, recóndita y ecotécnica, la misma rutinaria estructura —sencilla (im)prevista exacta; frágil y fértil y mágica—, la que desde hace millones de años, con astucia y eficacia genéticas, viene utilizando, ungido, como su medio estándar de calco, reproducción y trascendencia, repetición mutación diferencia, el críptico saurio alado que hoy la ciencia taxonómica —cuando esta se torna en sintagma de áureo vulgo democrático—, sencillamente designa como inalcanzable Gallina de Granja.

—Recordando al gallo Mopsus, al abismo del huevo caósmico, aquí, ahora, desnuda: la vulvo-escritura-catástrofe se mira en espejo (im)propio.

¡Tanto cacarear para poner al fin el mismo huevo!

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Septiembre de 2013

Texto publicado en el Blog Otros Textos Mutantes el sábado, 21 de marzo de 2015

Copyright Armando Almánzar-Botello. Santo Domingo, República Dominicana
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EL LIBRO, LA ESCRITURA Y EL HUEVO FRITO *

Por Fredesvinda Báez Santana

«El grado de máxima originalidad por algunos alcanzado: el huevo frito en forma de pistola jurídicamente autorizada.» Fredesvinda Báez Santana
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En aquel breve, limpio y maravilloso escrito* —humorístico-metafísico y alegórico-simbólico—, el huevo cósmico y primordial que genera la perseverante gallina es concebido por el escritor Armando Almánzar-Botello como un recurso “técnico” del ave para ella intentar perpetuarse en la vida y memoria de las especies, aunque resulte filosóficamente demasiado reiterativo...

Como dirían Jorge Luis Borges y Salvador Dalí: la trascendencia del huevo es la consabida gallina: cloqueante, “tartamuda” y demasiado derivativa... o el huevo frito en formato de pistola.

Pese a toda la evidencia prodigiosa de su mérito, ¿no sería el huevo acaso un milagro banal de la simple persistencia petulante?...

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14 de marzo de 2017

Copyright Fredesvinda Báez Santana y Armando Almánzar Botello. Reservados todos los derechos de autor. Santo Domingo, República Dominicana.
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SINTHOMESYMPTÔME

«El análisis, más que ninguna otra praxis, está orientado hacia lo que, en la experiencia, es el hueso de lo real.» Jacques Lacan

«Me he permitido afirmar que el sinthome es precisamente el sexo al que no pertenezco, es decir, una mujer. [...] Puede decirse que el hombre es para la mujer todo lo que les guste, a saber, una aflicción peor que un sinthomeJacques Lacan

«Escritura no es tan sólo grafía... Entendemos por “letra”, en la vía abierta por Lacan, la pura materialidad del significante como semblante roto, cuando deja de aparecer en el registro de lo simbólico y se manifiesta en lo imposible-real, en la caída del decir analítico donde la palabra se revela por lo que oculta: goce-acontecimiento en los cuerpos y escritura litoral, dislocada, entre la deflación del sentido y la pulsión vislumbrada en su dimensión real de sinsentido fáctico. Escritura y letra: testimonios paradójicos del encuentro del sujeto con lo Real imposible, en la errancia problemática del Ser...» Armando Almánzar-Botello

Por Armando Almánzar-Botello

A Jacques Lacan; a Jacques Derrida. In memoriam
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Al publicar un síntoma tórnase incurable: se transmuta

la fonética, la música del hueso en la escritura.


Insólita suplencia de una falta...

(Im)posible des-decir

el poema paradójico del Ser así con letras...


Fragor de lo agrietado

en la cadena de fonemas.

¡Rota!

Diseminante al fin...

Genético desgarro de fotones.

Dice:

¡acéntrica semántica del polvo!


Brilla un Se impersonal cuando silencia.

Y áspero el síntoma

(lo)cura...

¿punto?...


Comunidad insospechada que a partir

del sin-sentido se sustenta,

lo herida,

lo sujeta,

al sujeto lo revierte.


Lazo extraño por venir...

¡Fármaco-escritura!:

lumínico vendaje y muerte cierta

lo Real de otro cuchillo.


Habita el Ser su doble vínculo.

¡Sésamo, ábrete, cesa un dios de no decirme!

Tanto tiene de ti-niebla tu luz, como de ríspida

mujer se torna el mundo…

La tomo aquí despierto:

en pura guerra de un azar ya sin fractales...

Lóbrego yo labro y líquida la piedra se vierte impredecible:

Oro ardiendo inagotable:

la Palabra.

Lo digo en el diván polivalente: Lo-cura nada el tiempo:

el Universo...

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Febrero de 2007. (Texto retocado).

Copyright Armando Almánzar Botello. 
Reservados todos los derechos de autor. 
Santo Domingo, República Dominicana.

jueves, 27 de agosto de 2026

JORGE LUIS BORGES, ¿EL TÍPICO ARGENTINO?

«Un antropólogo francés, Alfred Métraux, al comentar la actitud de algunos intelectuales argentinos, me decía: “No crea usted, Octavio, en esa patraña de que la Argentina es un país sólo poblado por colonos europeos. El mestizaje ahí fue muy grande. Lo que pasa es que los argentinos no lo saben o, lo que es más grave, no quieren saberlo. Pero todo el norte de Argentina es país mestizo.”» Octavio Paz



Por Fredesvinda Báez Santana 
y Armando Almánzar-Botello

«Las deudas se pagan.» Umberto Eco
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Borges como persona fue una oblicua máscara proteiforme; singular y viva en grado sumo, ¿quién podría negarlo?, pero terrible no solo cuando creaba, sino también en la envidia y el odio.

Quiso él expresar su desprecio por el escritor y sacerdote español Baltasar Gracián y habló con desenfado, burla y saña del «frenesí taurino-gallináceo del reverendo Padre»...

Envidió siempre la vitalidad de Roberto Arlt y se protegió de él —y de todo lo que representaba el autor de El juguete rabioso y Los siete locos— apostándose detrás de una pared metálica de lanzas elitistas que separaban la gran biblioteca del padre de Borges y los abuelos aristocráticos de la iletrada embestida de los bárbaros como Arlt.

Dijo admirar a los gauchos, pero consideraba el éxito de estos como el «triunfo de los bárbaros».

Despreció por mera lucha de clases a Juan Domingo Perón, y le llamó, con insoslayable racismo patricio y paradójico etiquetado estigmatizante, «aindiado» y fascista.

Envidiaba al poeta Oliverio Girondo (por el vuelo poético-vanguardista de este y por sus éxitos en el amor...), pero decía que el autor de En la masmédula destruía el poema y el Universo mismo con «acertados» y brutales manotazos... Todo por la novia «raptada» aquella...

Envidió el éxito literario y aborreció el comunismo de Pablo Neruda, y dijo, por interpósito personaje, que el chileno versificaba por hectáreas y que en su obra no existía un solo verso memorable...

Después de largos años de silencio reconoció la calidad literaria de Cien años de soledad, pero solo para joder a Mario Vargas Llosa, a quien decía no conocer desde el día en que el peruano le señaló al gran ciego, en el transcurso de una entrevista que le hacía al autor genial de Ficciones, que justo encima de la mesa de Borges, al fondo, caía una discreta gotera...

Explicaba Borges que Julio Cortázar era un excelente cuentista, pero nunca mencionó a Rayuela o a 62/Modelo para armar...

Se quejó sin rubor, públicamente, del Nobel concedido al gran poeta griego Odysséas Elýtis, demostrando, con el desatinado juicio «los mismos que lo premiaron no lo han leído», que la envidia del argentino aquí pesaba más que su omnisciencia literaria supuesta.

Dijo admirar y querer al gran Pedro Henríquez Ureña, pero envidiaba la inmensa y rigurosa erudición del dominicano, su muy extensa obra científica de filólogo y pensador de la realidad de Hispanoamérica. Por ello —al igual que pasó con Ernesto Sábato— quiso reducirlo al simple rango de erudito docente desperdiciado y buen conversador en las tertulias bonaerenses...

Envidiaba en el fondo el éxito de Gardel con las mujeres, por eso lo consideraba llorón; deseó ser siempre un vital hombre de mundo, pero la vida lo convirtió en un aporético ciego envidioso que se alegró cuando perversas instancias secuestraron al padre del famoso y admirable cantante español, don Julio Iglesias, tan codiciado por las mujeres bellas y el éxito mundano...

Pero «las deudas se pagan»... El gran teórico y narrador italiano Umberto Eco, en su famosa novela El nombre de la rosa, llamó Jorge de Burgos a uno de los más perversos personajes bibliotecarios que ha conocido la historia de la literatura universal.

Un año antes de la muerte del escritor argentino, el filósofo argelino-francés de ascendencia judía Jacques Derrida lo visitó en su hogar de Buenos Aires para escuchar, con «atención libremente flotante», sus intuiciones geniales...

La verdadera y única virtud indestructible de la referida máscara monstruosa —como aconteció de otro modo y en la lengua inglesa con el inconmensurable William Shakespeare— fue haber ocultado el rostro inabordable de un enigma. En el caso que nos ocupa, el misterio de un argentino genial de ascendencia europea que respondió al nombre de Jorge Francisco Isidoro Luis Borges Acevedo.

Sí, el mismo Borges cuya pulcra obra «resonará cóncavamente» en la memoria humana; Borges, el escritor hispánico más importante del siglo XX; Borges, una de las figuras más lúdicas, lúcidas y memorables de la gran literatura de todos los tiempos.


Fredesvinda Báez Santana y Armando Almánzar-Botello

Jueves, 27 de agosto de 2026

Copyright Fredesvinda Báez Santana y Armando Almánzar-Botello. Reservados todos los derechos de autor. Santo Domingo, República Dominicana.

IMÁGENES: JORGE LUIS BORGES (IZQUIERDA) Y PEDRO HENRÍQUEZ UREÑA (DERECHAR)

jueves, 20 de agosto de 2026

INFIERNOS Y ESPERA MESIÁNICA

EL QUERUBÍN APOFÁNTICO

«Padre, da che tu mi lavi / di quel peccato ov’ io mo cader deggio, / lunga promessa con l’ attender corto / ti farà trïunfar ne l’ alto seggio.» Guido de Montefeltro. Comedia, Canto XXVII, Infierno, 108-111, Dante Alighieri [«Padre, visto que me lavas / del pecado que pides que cometa, / el mucho prometer y cumplir poco / te hará triunfar en tu elevado solio.» Guido de Montefeltro. Comedia, Canto XXVII, Infierno, 108-111, Dante Alighieri]



Por Armando Almánzar-Botello 

«Dante Alighieri: la hiena que versifica en las sepulturas». Friedrich Nietzsche

A los aviesos políticos de siempre, que mucho prometen y poco cumplen

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Uno de los pocos chistes que podríamos pescar, sospecho, en los turbulentos ríos de La Divina Comedia del gran Dante Alighieri —si mal ahora no intento hacer humor—, nadaría en el canto vigesimoséptimo de la famosa obra del gran maestro florentino, en el pasaje donde el poeta, erudito y teólogo, autor de La Vita nuova y De vulgari eloquentia, narra, entre otros extraordinarios acontecimientos que se despliegan en el octavo foso del octavo círculo del Infierno, la condena y los sufrimientos eternos del condotiero, político y fraile franciscano Guido de Montefeltro, provocados, entre otras culpas, por el «insidioso y pérfido» consejo que ofreció al papa Bonifacio VIII.

Ante la pregunta que le planteara el sumo pontífice Bonifacio —quien deseaba vencer militar y políticamente a la poderosa familia Colonna—, de cómo podría destruir el castillo de dicha sangre y hacerse con el poder absoluto, Montefeltro le respondió al santo padre, después de que este le hubiera garantizado el perdón de sus pecados: «Padre, puesto que me absuelves del pecado en que voy a caer, el hacer muchas promesas y cumplir pocas bastará para que triunfes en tu alto asiento».

Le dice Montefeltro a Dante y al guía de este, el poeta latino Virgilio, que a la hora de su muerte se presentó San Francisco de Asís a reclamar su alma, pero que «uno de los querubines negros» o demonios le gritó a Francisco: «No le lleves tú; no me prives de él; debe ir al abismo con mis esclavos, porque dio un consejo pérfido, y desde entonces le tengo asido por los cabellos; porque no es posible absolver al que no se arrepiente, ni puede uno arrepentirse y querer a un tiempo [el mismo pecado], dado que la contradicción se opone a ello».

«¡Triste de mí!», narra Dante que dijo Montefeltro. Y añadió el pobre condenado: «Qué pavor me dio cuando al cogerme [el demonio] me dijo: “¡No pensabas que fuese yo tan lógico!”». Es decir, que razonara de un modo tan apofántico...

Al leer este pasaje, lo que siempre ha estallado en mi pecho y en mi garganta, desde mi remota adolescencia, es una gozosa carcajada nietzscheana.

El demonio imaginado por el gran Dante Alighieri tiene que ser, por simple y formal coherencia, por una pura razón o necesidad teológica y metafísica, respetuoso de la «lógica identitaria» y del Aristóteles cuyo sistema es el fundamento de la Escolástica junto con los respectivos pensamientos de Agustín (exponente del platonismo) y Tomás de Aquino.

Aquel querubín oscuro que reclamó para el fuego eterno el alma culpable del Montefeltro dantesco, debía observar en sus proposiciones incriminatorias el principio lógico aristotélico de no contradicción: Dos proposiciones contradictorias, sobre la misma cosa y en las mismas circunstancias, no pueden ser verdaderas a la vez.

Ergo: ¡Montefeltro al fuego eterno!

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26 de marzo de 1986

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IMAGEN SUPERIOR IZQUIERDA:

La muerte de Guido de Montefeltro: Joseph Anton Koch (27 de julio de 1768 - 12 de enero de 1839)
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EL INFIERNO Y LA ESPERA...

«Lo mesiánico, creemos que sigue siendo una marca imborrable —que ni se puede ni se debe borrar— de la herencia de Marx y, sin duda, del heredar, de la experiencia de la herencia en general». Jacques Derrida


Por Armando Almánzar-Botello


A la Espera, in memoriam
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He pensado siempre que la zona física, metafísica o espiritual que corresponde a la categoría de Infierno en las numerosas tradiciones religiosas reviste múltiples formas o modalidades cuyo poder intimidante o fatídico para la conciencia humana viene a depender de las diversas ideologías o mentalidades —con sus declinaciones culturales e históricas del pecado, la culpa, la expiación terrena o ultraterrena— y de los rasgos o atributos idiosincrásicos de cada sujeto creyente, comprendido este en su entorno axiológico específico y diferencial.

Me conturban de una forma singular, en el contexto de la teología abrahámica —tanto en la judaica como en la islámica, en la cristiano-católica como en la protestante—, la Gehena de la tradición judía, el Yahannam islámico tal como aparece trazado en el Corán, el Infierno de Dante Alighieri, minuciosamente cartografiado y descrito en la Divina Comedia, y el de Johann Wolfgang von Goethe, delineado por Mefistófeles en el Acto V de la Segunda Parte de Fausto.

Puedo recordar que Swedenborg, Milton, Blake y Borges dicen que el Infierno y el llamado Paraíso vienen a constituir estados de conciencia o estaciones del espíritu más que lugares físicos concretos de castigo, pena o gozo inefables.

Como quizá hubiese apuntado Goethe al respecto: cada sujeto selecciona sus tinieblas o sus luces inmanentes en función de la singularidad de sus gustos o «afinidades electivas».

El sintagma cristalizado «infierno de la espera» —con sus diversas declinaciones semánticas prácticamente indecidibles— es un lugar común en casi todas las lenguas-culturas y tradiciones conocidas.

Para mí en particular, una ominosa versión del Averno, llena de «inquietante familiar extrañeza», sería esperar —de un modo incesante, interminable, indefinido, mientras me alojo en una confortable habitación llena de libros, composiciones de buena música, atractivas obras plásticas y excelentes películas— a una persona con la cual me interesara comunicarme, ardido por la más intensa y profunda urgencia, pero que dicha persona, enigmáticamente, no materializase nunca su llegada...

Otro tipo de Infierno insoportable, delicuescente —y anodino en apariencia— consistiría para quien ahora les agobia con este dédalo escritural y fantasmático, en cantar-alabar devotamente, para toda la eternidad, ya sea en postura erguida, flotante o desgonzada por el éxtasis, por el dulce arrebato místico —trabajados los cuerpos-almas por una suerte de interfusión subjetiva y celestial, sacro-posthumana, angélico-divina o pentecostalista—, la gloria, bondad y grandeza de algún dios creador al fin ocioso para toda la eternidad... ¡Dios me libre!

También reviste un carácter fatídicamente infernal para la impaciencia de mi casi patológica sensibilidad, el esperar, imposibilitado de cualquier otro acto volitivo, la llegada o efectuación de cierto evento, accidente o acontecimiento, fasto o nefasto, favorable o adverso, pero eternamente postergado por oscuros motivos inexplicables.

Lo confieso: tampoco sé yo esperar a las musas, ya sean ellas mujeres reales o tangibles, sutiles manifestaciones pulsionales del inconsciente, meras entidades (in)corpóreas o pneumáticas.

En verdad, no me gusta esperar, ni siquiera a mí mismo. Si tardo mucho en llegar, parto indignado sin mí hacia una tierra de nadie...

Sin embargo, a pesar de la angustia y el vértigo, de la tribulación desértica y la conciencia imperiosa del desamparo, de la vulnerabilidad que dicho constante acto avizor puede inaugurar, revelar o desatar en nosotros, la capacidad hermética de espera incondicional, de expectativa infinita, sin horizonte, libre, abierta, se podría tal vez concebir o entender, ontológicamente, como lo más aporético, indestructible y abisal de la condición [in]humana...

Armando Almánzar-Botello

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Mayo de 2004
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«Música inspirada en la Divina Comedia» de Dante Alighieri: https://caminodemusica.com/historia-de-la-musica/musica-inspirada-en-la-divina-comedia.

Copyright Armando Almánzar-Botello. 
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