sábado, 9 de mayo de 2026

MISREADING DE ROLAND BARTHES. Estructuralista / postestructuralista

«Timbrazo a los superficiales esnobistas que por falta de intensa y verdadera potencia intelectual no se habían aproximado hasta ahora al fértil pensamiento de Jacques Lacan. A ciertas pequeñas ratas pavlovianas y oportunistas el nombre del crítico Christopher Domínguez Michael casi de seguro las conducirá a intentar “lacanizar”, aunque Domínguez Michael no es voz con gran autoridad en este complejo contexto del psicoanálisis lacaniano». Armando Almánzar-Botello

Roland Barthes 

Por Armando Almánzar-Botello 


Tiene razón Barthes cuando escribe: «Es cierto que existe un racismo antiintelectual, y que el intelectual sirve de chivo expiatorio como el judío, el pederasta, el negro. El proceso a los intelectuales se reactualiza periódicamente en Francia desde el romanticismo. Es un proceso entablado por “el buen sentido”, por la gran opinión conformista. Por lo que se llamaba en Grecia “la opinión recta”, es decir, lo que se supone que la mayoría debe pensar. La pequeña burguesía, clase mayoritaria, es peligrosa: zarandeada entre la burguesía y el proletariado, siempre terminó por adherir a los regímenes fuertes y fascistas (...) La menor dialéctica, la más mínima sutileza asusta tanto a esta gente de espíritu grosero que, para defender su propio espesor, traen a colación el buen sentido que suprime todos los matices». Roland Barthes, El grano de la voz, Siglo XXI Editores, México, 1983, página 320.
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Si de entrada me perdonan el relativo descomedimiento, les diría que el artículo de Christopher Domínguez Michael sobre Roland Barthes (1) “me” parece muy “datoso”, pastoso y, finalmente, poco substancioso.

En su mayor parte lo que dice son “vérités de La Palice” o verdades de Perogrullo con las que el distinguido y joven escritor, periodista e intelectual mexicano, Premio Xavier Villaurrutia 2004, “jala agua pa’ su propio molino”.

Eso último no estaría mal si lo hubiese hecho con la gracia y la inteligencia que precisamente lo caracterizan; pero en este artículo ensayístico del talentoso y reconocido novelista, crítico e historiador mexicano, estos referidos atributos, a la luz de nuestro limitado entendimiento, “brillan de un modo resonante” por su “más cabal ausencia”.

A pesar de ello y bajo una forma muy curiosa, he disfrutado de su lectura...

Para “mí”, algo muy importante en la superación de la doxa estructuralista del primer Barthes lo constituye el hecho de que el crítico francés habló —con posterioridad a la tesis tan cacareada de la “muerte del autor”— de un “retorno amistoso” de este (Sade, Fourier, Loyola: RB), pero no en su condición de personalidad civil simplemente biográfico-especular, sino en su carácter de cuerpo: cuerpo erógeno, libidinal, escritural, textualizado. Pluralidad de encantamientos, “escritura en alta voz” del cuerpo pulsional, decía Barthes, más próximo (anoto “yo” en los márgenes) al cuerpo coreográfico de la “voz sin azogue”, al cuerpo complejo “auto-bio-tánato-heterográfico” que nos “teoriza” Jacques Derrida o al “Cuerpo sin Órganos” (CsO) tal como lo piensan Artaud-Deleuze-Guattari…

Ver en esa mutación conceptual de Barthes, prefigurada en su maravillosa obra S/Z (1970) sobre el Sarrasine de Balzac, una “traición a la causa estructuralista” (CDM), un reflejo de deslealtad, hipocresía y “pedantería calculada”, revela, por parte del escritor y periodista mexicano, una mala fe hermenéutica o un simple y sorprendente desconocimiento del destino complejo y dinámico del pensamiento. Esta supuesta impotencia para comprender la necesidad histórica y epistemológica de un cambio teorético es algo que resulta injustificable y muy grave dada la condición de historiador de las ideas que adorna con brillo al académico azteca.

¿O simplemente la postura fingidamente misoneísta de Domínguez Michael constituye un reflejo de la más reciente “geopolítica cultural reorientada” como Campo Unificado, en el marco de “nuevos acuerdos neoliberales de libre comercio cultural” y de nuevas cotizaciones de los “Clásicos” en la Bolsa de Valores culturales?...

En su etapa postestructuralista Barthes, explícitamente, abandona, por ejemplo, al Gaston Bachelard de la analítica de lo “imaginario” para entrar en el terreno conceptual —sensiblemente modificado— del Jacques Lacan de la jouissance, del goce/placer del texto, de la letra y la escritura como “litera” o “litoral” del fenotexto/genotexto…

A pesar de lo que podríamos leer entre líneas en lo escrito por Domínguez Michael, en aquel Barthes post, pensador de la escritura y crítico de otro modo, se abre un campo teorético-reflexivo muy fértil para una relectura no solo de los clásicos, sino de los modernos y los postmodernos...

La “flexibilización” del autor de Elementos de semiología con respecto al rigorismo positivista del estructuralismo duro no implica un abandono mondo y lirondo de toda teoría. Entenderlo así sería reflejo de un déficit cognitivo de nuestra parte. Esto lo aceptaría, sin dudas, el brillante escritor mexicano cuyo artículo ocupa nuestras divagaciones.

Por cierto, y como amplificación ilustrativa, especificamos que, a pesar de lo que creen los que nunca han sabido o podido leerla, la obra de Jacques Lacan —una de las improntas decisivas en la configuración de una buena parte del utillaje conceptual y metodológico del segundo Barthes, el postestructuralista— constituye a la fecha uno de los pensamientos críticos de mayor vitalidad y vigencia hermenéutica, no solo en el ámbito francoparlante e hispanoamericano, sino también en el resto de Europa, en Japón y, sobre todo, en los Estados Unidos.

Esa obra lacaniana, traducida y comentada por críticos, psicoanalistas y pensadores como Terry Eagleton, Moustapha Safouan, Bruce Fink, Jacques-Alain Miller, Gianni Vattimo, Slavoj Žižek, Alain Badiou, entre otros, constituye un corpus decisivo para una más afinada comprensión de la literatura, el arte, la política y los problemas del mundo contemporáneo entendidos como síntomas a interpretar, explorar, merodear y recrear...

La concepción barthesiana de la lectura como “relación autotransferencial del sujeto lector con el texto”, de inspiración poético-simbolista y freudo/derridiano/lacaniana, rompe con el estatuto del texto como simple “documento”, como “objeto científico” susceptible de “padecer” en su análisis el principio rigorista de exhaustividad propio del positivismo estructuralista.

Esto lo saben todos los que han leído a Barthes con cierta atención mínima. Ello no implica ninguna traición a la “revolución” estructuralista, sino la comprensión profunda de los límites de un método y la necesidad de cambiar de “espejuelos epistemológicos”.

En este párrafo de Christopher Domínguez Michael se revela toda la maligna “ingenuidad” erudita de los que piensan como él:

«Yo apruebo la traición de Barthes pero no puedo sino dedicar un pensamiento a los engatusados. Si la teoría literaria solo era una ficción (así concluye Compagnon en Le démon de la théorie / Littérature et sens commun, 1998), ¿no habría valido la pena, en vista de sus consecuencias nefastas, ahorrársela?». CDM.

Yo me pregunto, y le preguntaría también a Domínguez Michael en su condición de historiador de las ideas: ¿Cómo se puede “ahorrar” un intelectual los problemas conceptuales que impone la episteme o el paradigma gnoseológico de su época? ¿Cómo ahorrarse el momento “positivista” del estructuralismo francés después del “agotamiento” crítico del modelo fenomenológico de finales de los años 50, período en que el portaestandarte de este método, Jean-Paul Sartre, se orienta hacia el análisis marxista de la sociedad?

Hay que recordar que una de las legítimas acusaciones lanzadas contra la crítica literaria, existencialista o no, anterior al compromiso de Sartre con el marxismo, era que esta constituía —en el mejor de los casos— una mera ejemplificación de la cartilla temática de Hegel y la fenomenología, o una cansada serie de modalizaciones del pensamiento de filósofos como Husserl, Heidegger, Sartre, Merleau-Ponty, Bachelard, Blanchot, Simone de Beauvoir…

A este repetitivo y jadeante “eruditismo” crítico solo servía de contrapunto, hasta el advenimiento del estructuralismo, el simple comentario impresionista, espontaneísta y caprichosamente banal, carente de rigor cognoscitivo, de consistencia conceptual y de auténtica criticidad.

Ese cuestionamiento a una empobrecida práctica crítico-literaria que asumía como bandera metodológica una desgastada lectura de la fenomenología y del existencialismo estaba “implícito y latente” en los mismos sectores pensantes del Zeitgeist europeo, en las estructuras atmosféricas de conciencia intelectual de la época. En este sentido hay pruebas palmarias que no es preciso mencionar en este contexto.

El estructuralismo francés de los sesenta vino como un “corte epistemológico” —Louis Althusser dixit— a llenar la necesidad “dialéctica” (no le temo al uso de la palabrita ni del concepto en el ámbito de las llamadas ciencias humanas) de establecer un diálogo entre el marxismo, el psicoanálisis, la antropología y la lingüística estructural: piénsese, no más, en Lévi-Strauss, Foucault, Lacan y el mismo Althusser…

Todo ello tuvo, evidentemente, sus efectos inevitables sobre la teoría y la crítica literarias. Positivos y negativos.

Barthes fue en este aspecto un hombre de su época. Pero como Foucault, como Lacan, como Althusser, como Derrida... no permaneció anclado en los presupuestos conceptuales y metodológicos estructuralistas por efecto del inteligente y poderoso dinamismo interno de su “propio” pensamiento.

Barthes diría después que, con respecto a pensamientos como el de Lacan, Derrida y Deleuze, él se encontraba en la “retaguardia de la vanguardia”.

Dicho sea de paso, Foucault, Derrida y Lacan nunca fueron estructuralistas ortodoxos. Recuérdese que Derrida, por ejemplo, afirma que su visión “gramatológica” desarrolla las exigencias más legítimas del estructuralismo pero que desborda este cancel epistémico. Lacan, por su parte, elabora un concepto de significante que por su torsión del concepto saussuriano de signo no es propiamente estructuralista, aunque parta de esa metodología.

Las acusaciones de impostura vendrán muchos años después, provenientes de “eminencias canallas” que nunca realizaron el esfuerzo de leer, en su justa dimensión, a un Lacan, a un Derrida, a una Kristeva o a un Deleuze… Resentimiento “imperial” del sentido común y el buen sentido contra la difícil coherencia crítica de las lógicas paraconsistentes y paradójicas.

Cito este otro párrafo de Domínguez Michael que despierta también mis sospechas ideológicas:

«En el centro del sistema de Barthes (adelanto así mucho de lo que no me gusta) había una hipocresía de origen, una deslealtad, un desprecio sofístico por la credibilidad del vulgo universitario, una pedantería calculada. Barthes fue el primero de los buenos lectores de Barthes que se dio cuenta de la impostura y actuó en consecuencia, se deshizo del teórico y dedicó su literatura al misterio supremo, el de su propia vida, amores y muertes». CDM.

Este “odio” a la teoría y al pensamiento filosófico que se transparenta en el anteriormente citado “montoncito de palabras” resulta que no es más ni menos que un “mero mero” antiintelectualismo: una simple pose y un desconocimiento o “renegación perversa” del positivo impacto que el estructuralismo teórico-conceptual y metodológico —no solo en los ámbitos de la literatura y la crítica— tuvo en su momento en la atmósfera cultural europea y mundial.

En las citadas palabras de Domínguez Michael se torna explícita, además, una creencia “ingenua” en la categoría problemática de “vida”, concepto que tantas reflexiones ha motivado desde Platón a Nietzsche, desde Bergson a Deleuze y Derrida en sus relaciones con el arte y la literatura en particular…

La concepción de “la vida” que se perfila por detrás de las palabras del periodista y ensayista mexicano trasluce un uso en verdad muy fuzzy (borroso), pueril y hasta cínico de esta categoría. El concepto de “vida” en Domínguez Michael es evidentemente prefilosófico, acrítico, forma parte de la vulgata del “sentido común” y del “buen sentido”.

Con dicho uso convencional del sintagma “propia vida, amores y muertes”, nuestro ensayista simula confundir el retorno amistoso del “autor” aludido por el Barthes postestructuralista con el retorno banal de la crítica impresionista, de la biografía “bruta” (novela que no se confiesa como tal, como decía el mismo Barthes), de las “mitologías de la propia vida” más convencionales y críticamente menos alertas y esforzadas, cónsonas con el batón, el botín, el bote y el boato, cuando no con el betún de la estigmatización segregativa oculta bajo las apariencias mentidamente “inclusivistas” de un burdo intuicionismo pragmático que propone como tesis epistémica un “agarra la gallina y retuércele el gollete”.

Sin negar la caducidad de las preceptivas estrechas y las mutaciones históricas de las teorías literarias, debemos plantear, no obstante, que si bien podemos criticar y rechazar el cientificismo, un cierto “cientismo tautológico” carente de imaginación y de vida, consideramos también que la afasia, la agnosia, el déficit intelectual, el culto a los ídolos del mercado y la anestesia de la sensibilidad no son síntomas y atributos exclusivos “del amplio proletariado intelectual y de la república de los profesores” (CDM), sino, además, de muchas prácticas escriturales cínicas e ideológicas orientadas a forcluir lo Real del sujeto contradictorio y plural, a rechazar la multiplicidad problemática de las culturas. Existen reductores intereses “político-literarios y culturales” patrocinados por consorcios, universidades, grupos de poder y decisión, gremios nacionales e internacionales. Esas instituciones conservadoras, efectivamente etnocéntricas y plutocráticas, financian y regulan, con selectiva y pragmática vocación hegemónica, los valores y puntos de vista de apreciación, los protocolos y contenidos de la investigación literaria y artística.

Dos últimas observaciones sobre este escrito de Domínguez Michael. Esperé en su texto de marras, desde el principio, algo similar a esto que ahora repito:

«Me encanta en Barthes su lado, quién lo dijera, Cyril Connolly, autor al que probablemente ignoraba o despreciaba: Roland Barthes por Roland Barthes, Fragmentos de un discurso amoroso, Diario de duelo, tantas páginas de los seminarios póstumos se parecen más, mucho más, con todo y sus ínfulas teoréticas, a los libros del crítico inglés (Enemigos de la promesa, La tumba sin sosiego) que a las obras de Gérard Genette o de Deleuze o a las novelas de Sollers». CDM.

En la referencia anterior es notorio el deseo perverso de operar una suerte de traición a Barthes por desdiferenciación de su singularidad.

La otra cita de este escrito que me resulta muy reveladora de la posición “ideológico-literaria” de Domínguez Michael con respecto a la dinámica histórica del pensamiento de Roland Barthes es la siguiente:

«Años después, en una nota de Lo neutro, explica Barthes, despectivo como un Des Esseintes, que lo que él vio durante la Revolución Cultural [en la China de Mao], la campaña anticonfuciana, se explicaba gracias a la vieja oposición binaria que separa la fijeza del movimiento, a Platón de Aristóteles, a Confucio de Lao Tse. Lo demás, miles y miles de muertos y la destrucción de la intelectualidad china, ¿por qué habría de importarle al gran mandarín venido de París?». CDM.

En otro revelador contexto de sus escritos literarios (La sabiduría sin promesa, 2001), Domínguez Michael nos dice: «El lector del futuro tendrá tantas dificultades para distinguir a un comunista de un fascista como nosotros a los güelfos y gibelinos». CDM.

Aquí se visibiliza el eje conservador y neoliberal de su crítica: la vieja caza de brujas capitalista contra lo que se puede suponer “comunista”.

Acepto de antemano que puedo estar equivocado en mis juicios; pero en sopesada lecto-escritura sintomática, así percibo la "finalidad" ideológica del texto sobre Roland Barthes escrito por el distinguido literato mexicano Christopher Domínguez Michael: retorcido intento, ya comprobado como tal en otros casos análogos, de erosionar la vigencia de ciertos pensadores europeos franceses contemporáneos arrojando sobre la singularidad de sus ideas y estilos de vida un lodo semántico de sospecha y descrédito ético-metodológico, generado por la mala fe de una parcializada y ambigua labor crítica que se revela, palmariamente, a favor de una rotunda supremacía del Zeitgeist anglosajón.

Esa estrategia puede indicar, en el mejor de los casos, una simple “afinidad electiva” goethiana, un combate de intereses en el “mercado de valores culturales”, pero también una cínica ideología conservadora enmascarada de jovial, “pastosa y datosa” erudición periodística y publicitaria...

La vejez no es tan solo biológica. Muchos intelectuales académicos, en prematuridad impotentes y agotados*, escriben sus trucos mercadológicos y autopromocionales, sus postverdades y engañosas letanías pseudoteoréticas y pseudolíricas en el contexto de lo que Jacques Derrida concibe como “artefactualité” y “actuvirtualité”: construcciones político-fantasmáticas de guiones existenciales “pasados por agua de rosas”, configuraciones de un mentido “real” domesticado y falaz que viene a presentarse como constelación de hechos, como supuesta actualidad y vigencia “tecnotelemediatizadas”, como “narrativa” perversa que forcluye la problematicidad de lo real al someterlo a una virtualidad programada tecnoelectrónicamente, como nos resaltó con extrema lucidez el escritor norteamericano William S. Burroughs, creador del sintagma “sociedades de control” acuñado luego por Michel Foucault y Gilles Deleuze...

No se trata entonces de la oposición deleuziano-bergsoniana “virtual/actual”, sino de la trivial conversión del denominado campo trascendental de inmanencia —que constituye lo virtual postmetafísico— en una convencional, simple, imitativo-ilusionista y empobrecida Virtual Reality (VR) que, como bien señala un gran especialista español en medios de comunicación de masas, Román Gubern, viene a encarnar la consumación de la metafísica occidental de la presencia en su modo semiótico-representativo más insulsamente albertiano.

En su pueril afán de lograr una banal inmortalidad inmanente a través de sus muy relativamente valiosas producciones, esos “ancianos” inmaduros “sueñan contemplar, discretamente, ocultos tras las tumbas, el escenario luctuoso de su [inevitable y] propio enterramiento”... por la espectralidad de la escritura pasada y por venir...

Armando Almánzar-Botello

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Marzo de 2010

© Armando Almánzar-Botello. Santo Domingo, República Dominicana. Reservados todos los derechos de autor.

* Los referidos intelectuales, a pesar de su cultura y de su no tan avanzada edad, parecen actuar por simple sentido “nostálgico-juvenil” de la competencia en el mercado, entendida esta competencia como demostración “falófora” de vigor y de una supuesta sabiduría hija de la experiencia, de un poder fálico-simbólico que se “prolonga” de manera farmacéutica... Lo que no deja de resultar bastante ridículo y neoliberal...


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Santo Domingo, República Dominicana.