martes, 3 de febrero de 2026

¡PERO SI MARTIN HEIDEGGER Y JACQUES DERRIDA FIRMARON CON SUS NOMBRES! (Notita).

«Propiación: a-propiación/des-apropiación»

A los sujets supposés savoir que creen haber pasado por el ojo de la aguja minuciosa, y sueñan, sin rubor, que han atravesado el gran torrente al burdos ejercer su  letra vil de ocasión, tan mimética-insolente; a los genios clínicos de un dudoso hacer compensador de minusvalías orgánicas y psicosociales... ¡tan prestidigitadores y tan magos!



     Por Armando Almánzar-Botello

     Al «Anamorfo Transformativo Generalizado como Neometamorfo (ATGN
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El «plagio citativo», «a la letra», tipo el que menciona Jorge Luis Borges cuando escribe «Pierre Menard, autor del Quijote», se constituye así en lo que Roland Barthes denomina un «sistema de signos declarados», ese que no pretende levantar un «acta de a-propiación», o hacerse pasar por original...

Así las cosas, el operador de signos que narra el plagio realizado por el otro, «vuelve a ser original» (a ser objeto de una firma fuerte, como dice Derrida) por el vigor de la escritura con la que se declara el «plagio-transformativo»: Borges no es Pierre Menard, el autor del Quijote, sino el «genio-autor» argentino-universal que se considera el «padre original» o «dueño» de la idea de que pueda existir un proceso de «menardización-iteración» de los signos y los textos... operación tan irrisoria que solo a un francés se le puede ocurrir, pero de la que el propio genio creativo de Borges no participa...

Yo, como sujeto de la escritura que también gozo de un suculento ego, me sentiría «robado» si otro repite estos argumentos literalmente y sin citarme...

¿La ciega «lógica del dominio» no es precisamente esa: que los únicos «autores originales» sean los que firman libros impresos al modo tradicional, «gutenbergiano», y no se les pueda tomar prestada ni una coma (,) porque estarías violando sus derechos de autor y serías entonces un simple repetidor o plagiario de sus muy «originales», «personalísimas» e «irrepetibles» vivencias y pensamientos?

Sin embargo, esos «genios de la muy mentida originalidad», no «declaran su juego» sino que lo tornan «inconfesado e inconfesable» (Roland Barthes) y cobran por la venta de sus libros, y se guarecen de las tempestades bajo el paraguas rojo de su gran prestigio, y reciben «premios estatales y reconocimientos de instituciones privadas» por la «originalidad» de sus ideas tan propias, tan «pizpiretas», tan «sublimes» y nunca imaginadas por la débil potencia de otro pobre magín... (¡Ay, me brotó un Perlongher!)

Si vamos a perder la vergüenza por nuestra desnudez corporal citativa (corpus robado), iterativa, «plagiario-creativa», bailemos todos, sin excepción, desnudos bajo la lluvia...


Armando Almánzar-Botello

Santo Domingo, República Dominicana
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Adendas:

ORIGINALIDAD, AZAR, PLAGIO, CANALLADA, INFLUENCIAS... Notita (trans)vernácula, psicocrítica y nostálgica, o la «Ichspaltung insular» como fraudulencia discursiva...

«Hay un fuego metafísico rondando por el Bar: / Taciturna la pista de baile vacío el corazón es un desierto. / ¡Pero las luces danzan!..» Armando Almánzar-Botello

Y dijo el poeta: «La isla, estoy en la isla, no he abandonado nunca la isla, pobre de mí. Creí entender que me pasaba la vida dando la vuelta al mundo, en espiral. Error. Donde no ceso de dar vueltas es en la isla. Lo único que conozco es la isla, nada más. Y tampoco la conozco, pues nunca tuve fuerzas para mirarla. Cuando llego a la orilla, me vuelvo hacia el interior.» Samuel Beckett: El Innombrable, Alianza Editorial, Madrid, 1971, página 80

«Fórmula del plagio despejada a partir de un corpus significativo de textos firmados por ciertos presumidos sujetos “copiones”: M² = 0 ------≥ ?» Porfirio

Tema excelente para una tesis de doctorado en literatura: «Pastiches, permutaciones verbales y ensamblaje textual de sintagmas ajenos como actos de supuesta creación poética». Porfirio

«Para algunos pintorescos personajes de la vida cotidiana, beckettianamente hablando, un fracaso (un éxito) más, constituye, según pretende su irrisoria y patológica vanidad contable, una vergüenza y un fracaso menos, por los que deberían sentirse motivados y decididos a continuar banalizando y plagiando mejor...» Armando Almánzar-Botello

«La angustia literaria de las influencias se despliega en un espacio que no es inocente, sino perverso, conflictivo, agonístico... Es siempre el resultado de una factualidad brutal y contingente que relaciona distintos tropismos y contratropismos.» Harold Bloom: La angustia de las influencias

«...Y aquí retorna lo que solo es una fábula. Aquella del perro narcisista que mirándose reflejado en el agua mansa de un río, se antoja en espejo del trozo de carne que en la boca suspende su compañero cristalino. Conociendo el final peligroso de la vieja fábula griega: riente la corriente del río arrastra la carne del otro… ¡que es la nuestra!, digamos nuevamente —ahora bajo la máscara de un Esopo nietzscheano, deleuziano y vitalista—: Afirmo el eterno retorno de la genuina solidaridad, la política de los n-amigos, el compromiso con el texto en el juego del humor, la pérdida, la herida y la transmutación. Descubro en el reverso del espejo la trama o la escritura del Otro sin clemencia… Mas Gödel y «mi» Yo indecidible, le recuerdan aquí a ese Otro: para ser consistente hay que ser incompleto... viceversa y etcétera. ¡Que viva lo monstruoso, lo anómalo biopolítico: la ética ecosófica y el posthumano fulgor!» Armando Almánzar-Botello

     Por Armando Almánzar-Botello

     A Carlos Reyes, apasionado lector y estudioso intelectual dominicano

     A los que no plagian de memoria, sino con el libro abierto...
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Una infamia cierta es el bien llamado «plagio de mala fe» —intención o propósito de mentir, de engañar al otro, de apropiarse conscientemente de una creación ajena escondiendo voluntariamente las trazas y fuentes de su procedencia—, y otro registro de cosas muy distinto es el «error», la mera coincidencia contingente o la repetición, en el caso de la escritura, de breves sintagmas cristalizados por la frecuencia de uso, la tradición o determinadas atmósferas de conciencia histórico-creadora.

Deseamos ahora ofrecer al lector un acto de habla o enunciado (Austin, Searle, Derrida), con un valor paradigmático, en el que podría mirarse delineada la tesis que, sin grandes pretensiones, de un modo gentil y generoso nos proponemos, con espíritu carnavalesco y lúdico, en esta breve nota sustentar:

No toda coincidencia formal o semántica entre dos o más enunciados o estructuras semióticas en las respectivas obras de autores distintos, constituye necesariamente «plagio» por parte de alguno de ellos.

La frase de Julio Cortázar, por ejemplo: «Un libro más es un libro menos»... no es tan compleja, extensa, innovadora o inverosímil como para pensar que alguien que la repita de un modo casual, está «copiando», en calidad de plagiario conciente, al gran escritor Julio Cortázar. Puede ocurrírsele a alguien ajeno por completo al mundo de las letras.

Un prestigioso y potentado terrateniente de la región dominicana del Cibao, iletrado casi, por lo demás, recuerdo que decía siempre, cuando yo era un adolescente: «Una vaca más es una vaca menos», en alusión a los cuatreros que le robaban regularmente sus reses... ¿Plagio a Cortázar?... El mundo es ancho y ajeno... ¡ay! Cuestión de contextos...

En nuestra condición de habitantes de un universo cultural en el que se habla, en ciertos círculos especializados y no tan restringidos, de “chora”, de «falta», de «función diacrítica», de «objetos que valen por su ausencia», o «de un escribir/publicar democrático al margen de la calidad o trascendencia de lo dicho», no es improbable que se produzcan ciertas convergencias terminológicas o semántico-imaginarias entre algunos autores muy disímiles...

La presencia cada vez más frecuente, en determinados contextos literarios y filosóficos, de nociones tales como «mana», «huella», «grado cero», «significante de la falta», «presencia de ausencia», «ausencia de presencia», «escritura inconsciente», «carta robada», «estructura ausente», procedentes de ámbitos relativamente ajenos o previos al mundo intelectual de un Cortázar, por ejemplo, no me dejan mentir.

En ciertos contextos, este aludido bagaje histórico podría condicionar la emergencia, en un determinado sujeto del discurso, de una frase similar a la de Julio Cortázar: «Un libro más es un libro menos». Y ello puede acontecer sin que necesariamente dicho enunciador haya leído en particular a este gran escritor latinoamericano.

En otro registro, que podría ser el de las influencias, el mismo Cortázar llega, por aparente convergencia parcial de proyectos escriturales, a mostrarse casi obsesionado por una breve meditación presente en la extensa obra de Jacques Derrida La verdad en pintura, un análisis-fragmento del filósofo judío-francés que Cortázar transcribe y parcialmente «ficcionaliza» en su relato «Diario para un cuento»... En este cuento «postestructuralista y deconstructivo», Julio Cortázar, consciente o inconscientemente, parece demandar atención hermenéutica y amor crítico al gran filósofo francés autor de De la gramatología... De un modo simétrico inverso, algunos escritores y analistas hablan de las influencias de Borges sobre Derrida, Foucault y Umberto Eco...

Según las trampas y laberintos de mi memoria, para el psicoanalista francés Jacques Lacan, el personaje Leporello, sirviente de Don Juan, en el Catálogo que dicho asistente llevaba de las féminas conquistadas por el ilustre seductor, vendría a definir a la mujer como «una-de-menos»...

De ello se podría colegir que: «una mujer más es una mujer menos», «un libro más es un libro menos», «un fracaso más es un fracaso menos», «una vaca más es...»... Eso está en el aire...

Por otra parte, y como nos recuerda Jacques-Alain Miller leyendo a Frege y su lógica simbólico-matemática: «la sucesión de los números es una metonimia del cero»... Eso está en el aire…

Solo a un Ego desconocedor de los recursos narrotológicos se le ocurre decir, por ejemplo: «¡Vargas Llosa me plagió!»... Aunque el «Caso Bryce Echenique» nos debe poner a reflexionar... Cosa que ya hemos hecho, por cierto, en otro modesto contexto...

El «plagio», en sentido general y filosóficamente hablando, es una de las formas estructurales o sistémicas de la mentira-violencia, o un efecto, como diría Jacques Derrida, de la perversa tecnoespectralidad capitalista multimediática en la que nos encontramos inmersos, en nuestra condición de sujetos polivalentes y conflictivos, trabajados por la omisión (in)voluntaria de contenidos, por el secreto de «lo inconsciente» que nos desborda, por las imágenes producidas por el Mercado como simulacros impersonales que condicionan y programan nuestro pensar-actuar cotidiano.

Esa espectralidad tecnotelemediática (en la que también se encuentra inmerso el libro tradicional, no solo el digitalizado) es una «fantasmaticidad» (Platón, Freud, Lacan, Derrida) distinta, en cierto modo, a la «mentira del plagio» en su forma clásica.

La cautela estratégica frente a dicha espectralidad por parte de la conciencia crítica del sujeto de la lecto-escritura, si bien no la elimina totalmente (es imposible), por lo menos la reduce, la filtra, la transforma en sus efectos ideológicos de contra-verdad (Derrida) o de mera verdad espectralizada o banalizada (fenómenos relativamente diferentes, como hemos repetido, a la simple «mentira del plagio» convencional).

La calidad de un escritor se puede definir por esta capacidad para desordenar-reconfigurar «mitemas», meros materiales históricos de partida, sintagmas cristalizados o simples «ideologemas» (Eliseo Verón, Derrida, Foucault, Teun van Dijk, Lotman…), operando con la potencia transformativa (Pedro Henríquez Ureña) de una escritura vigilante que explora lo ignoto a través del claroscuro de su medio-decir (Heidegger, Lacan…).

Podría ayudarnos a comprender un poco este problema de «los plagios y las originalidades», aquella distinción realizada por Roland Barthes entre los «sistemas de signos inconfesados» (referentes a lo «convencionalmente verosímil», a «la Doxa»: que no es por necesidad «mentira» en términos clásicos agustiniano-kantianos), y los «sistemas de signos declarados»: que no implican, por cierto, ausencia de una potencia de transformación como «falsificación creadora» (Nietzche, Heidegger, Derrida, Cacciari…).

La palabra «pseudos», en griego, tal como nos recuerda Derrida en su breve Historia de la mentira. Prolegómenos, significa fábula, mentira, invención, error, etcétera, es decir: cosas muy distintas entre sí.

Desde San Agustín hasta Husserl, la «mentira» es un «querer-decir» la mentira.. (Bedeutung Intention husserliana). Es algo ligado a la intencionalidad de un «querer engañar» que presupone un conocimiento de la «verdad» escamoteada por el sujeto de la mentira. En este sentido, el plagio convencional, en cierta tradición metafísica, equivale, simplemente, a una «mentira formal».

El llamado «plagio inconsciente» es en realidad lo que se denomina un «acto fallido», psicoanalíticamente hablando.

A nuestro entender, dicho plagio inconsciente indica o revela que no se ha operado en la subjetividad que lo manifiesta una modificación, una dación inédita de forma, una suplementación de sentido, el genuino agregado, añadidura o suma de valor intelectual a ciertos materiales semióticos recibidos, o una transformación morfosintáctica y semántica de ciertos enunciados de partida procedentes de un sistema conceptual y/o fantasmático distinto al del sujeto que realiza dicho «hurto». Este último debe ser entendido como sustracción no transformativa de «rasgos o trazos unarios» (J. Lacan), «robo de insignias» o «plagio inconsciente»; acto, ahora lo decimos, no programático, no intencional, no voluntaria o «reflexivamente» calculado sino meramente padecido por el sujeto. Aquí, no obstante, dicho sujeto no se ve eximido de su «responsabilidad-deuda» (G. Deleuze) frente al acto fallido.

Este referido «hurto textual», en tanto que formulación cognitiva o estética importada desde otro contexto autorial no referenciado, viene a formar parte no modificada, pasivamente «encriptada», del mundo fantasmático del sujeto que se atribuye lo dicho.

Debemos citar nuestras fuentes. No debemos pretender la autarquía discursiva. Es preferible «pecar» de pedantes, antes que hacerlo de tontos, de presumidos, o, peor aún, de ladrones.

Por la naturaleza o genealogía de la construcción plagiada inconscientemente, se puede determinar el grado de (in)viabilidad —textual, intelectual, ético-práctica, estética— de dicha importación no referenciada. Esto implica, necesariamente, un análisis caso por caso.

Se hace inexcusable no resaltar aquí el hecho de que si la coincidencia en una frase de tres o cuatro términos no resulta totalmente imposible —aunque sea muy improbable—, nadie comete un plagio supuestamente «inconsciente» de varios versos completos o de párrafos y párrafos de un texto filosófico. Como dice Borges en otro contexto: esa coincidencia es prácticamente computable en «0».

Es decir: no se justifica un calco de estructuras de una mayor complejidad que la que reviste nuestro aludido sintagma de dos o tres términos o elementos.

La intertextualidad, como juego de escritura, debe estar reconocida en el texto mismo, explícita o implícitamente.

Disculpen los lectores que me cite:

«Pero si el objetivo que nos proponemos alcanzar es la elaboración conceptual y sustituimos “nuestros” propios argumentos, el ordenamiento de las ideas y la redacción de “nuestro” trabajo por una transcripción literal o cuasi literal de un texto articulado por otro autor, y para colmo, ¡sin mencionar a ese autor ni entrecomillar lo que él escribió!, evidentemente estamos frente a un plagio. En este contexto solo no podría hablarse de “plagio” si desde el principio del trabajo en cuestión especificamos que la estrategia de “citar-parafrasear-plagiar”, forma parte de un tinglado de recursos escriturales, críticos, hermenéuticos y paragramáticos integrados a lo que Roland Barthes, por ejemplo, denominaba estrategias de “desapropiación o desoriginación textual”. Ese procedimiento debe incluir, por razones metodológicas, los nombres de los autores con cuyos textos se realizará dicho ejercicio. Así lo hace, por ejemplo, Jacques Derrida en su ensayo La diseminación, en el que aclara: “El presente ensayo no es más que un tejido de citas”, y menciona, específicamente, al narrador y teórico de Tel Quel, Philippe Sollers y su texto Números, después de haber citado previamente a Platón, James Joyce, Martin Heidegger, Jorge Luis Borges, J. P. Vernant, J. G. Frazer, Northrop Frye... ¡y a tantos otros!, en La farmacia de Platón...» A. Almánzar-Botello: «El estatuto de la cita. (Texto revisado y ampliado)», 2012-2014. Santo Domingo, R. D.

En términos lingüístico-estadísticos es probable coincidir en una metáfora, en ciertas imágenes o conceptos. Ello se hace más factible cuando los sujetos de la lecto-escritura y el «acto creador o transformativo» se encuentran intensa y «cuasi-eróticamente» inmersos en un mismo «Zeitgeist», en un estado de conciencia de época o espíritu histórico de múltiples valores compartidos...

No hay que olvidar lo que se denomina evolución conceptual convergente o co-evolución epistémica o estética.

Charles Darwin y Alfred Russel Wallace, por ejemplo, llegaron, sin mantener ninguna previa comunicación directa entre ellos ni haber publicado la naturaleza concreta de sus respectivas investigaciones, a conclusiones tan similares con respecto a la Teoría de la Evolución que decidieron publicar sus trabajos conjuntamente. Esta teoría, como en efecto se denomina hoy es: Teoría Darwin-Wallace de la Selección Natural

Solo cito ese ejemplo, y pienso: ¡Ay, ay si esa coincidencia se hubiese producido entre creadores, científicos o investigadores dominicanos!

Explícita o secretamente, muchos nos creemos genios originales, absolutos; en nombre del «yo lo digo con mis “propias” palabras», rendimos culto a la imbecilidad, a lo naíf y a lo cursi, desdeñando la potencia transmutante y generatriz de la cultura, y el esfuerzo ingente que implica la producción del verdadero conocimiento. Resultados: las banalidades como verdades de un Pero Grullo sabatino y/o dominical, «suplementadas» de suficiencia... o la simple imitación encubierta y entrópica propia de los canallas.

Bien lo decía nuestro gran Pedro Henríquez Ureña:

«¿Dónde, pues, comienza el mal de la imitación? Cualquier literatura se nutre de influjos extranjeros, de imitaciones y hasta de robos: no por eso será menos original. La falta de carácter, de sabor genuino, no viene de exceso de cultura, como fingen creer los perezosos, ni siquiera de la franca apropiación de tesoros extraños: hombres de originalidad máxima saquean con descaro la labor ajena y la transforman con breves toques de pincel. Pero el caso es grave cuando la transformación no se cumple, cuando la imitación se queda en imitación. Nuestro pecado, en América, no es la imitación sistemática —que no daña a Catulo ni a Virgilio, a Corneille ni a Molière—, sino la imitación difusa, signo de la literatura de aficionados, de hombres que no padecen ansia de creación; las legiones de pequeños poetas [y pseudopensadores] adoptan y repiten indefinidamente en versos incoloros [o en banales ideologemas], “el estilo de la época”, los lugares comunes del momento.» Pedro Henríquez Ureña: Escritos políticos, sociológicos y filosóficos, Tomo V, Editora Nacional, Santo Domingo, República Dominicana, página 431.

Quizá por esas razones no tenemos «tantos» verdaderos «genios» (como ellos se creen) desplazándose por el horizonte problemático que implica transformar creativamente, con mayor o menor grado de radicalidad y pertinencia, una cierta tradición, o un complejo espectro de valores.

Pedro Henríquez Ureña es uno de los pocos pensadores dominicanos de fuste que han podido comprender muy a fondo la compleja problemática de la originalidad en el contexto del acto creador como «pensar transformativo-rememorante»…

Lo que sí resulta prácticamente computable en cero, como dice Borges, es que un sujeto (al que consideremos en pleno uso de sus facultades intelectuales, éticas y afectivas), transcriba, por mera «impronta inconsciente» de lo leído y escuchado, estrofas, páginas o párrafos completos de otro autor sin darse cuenta de que está cometiendo plagio…

Aunque debemos reconocerlo: ¡Hay memorias «involuntarias» prodigiosas!... o que sencillamente plagian con los libros abiertos...

Pero nos encontramos, con lo planteado en estos modestos apuntes, frente a una cuestión multidimensional en la que se conjugan varios registros conceptuales: una problemática semiótico-filológica y estética; un enfoque filosófico-psicoanalítico sobre la subjetividad creadora; un análisis histórico de los conceptos de originalidad y plagio a través de los siglos… y una constelación jurídico-«policial» sobre cartas robadas y violaciones de derechos de autor…


Armando Almánzar-Botello

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2013 (Texto ligeramente retocado)

Copyright © Armando Almánzar Botello. Reservados todos los derechos de autor. Santo Domingo, República Dominicana.

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JURÍDICAMENTE CULPABLE Y HUMORÍSTICAMENTE INOCENTE


«Yo también afino la memoria y su polvo, medito los ecos, perfecciono la sombra: espejo vacío del atardecer…» © Armando Almánzar Botello

     Por Armando Almánzar-Botello

Los «plagios» atribuidos a don Alfredo Bryce Echenique no pueden ser analizados tan solo desde el punto de vista convencional, entendiéndolos como meras violaciones a los derechos de propiedad intelectual o de autoría.

Se impone aquí una pregunta de rigor: ¿Qué necesidad puede tener un relevante y creativo escritor, que ha producido obras de la dimensión de Un mundo para Julius, Tantas veces Pedro, Las obras infames de Pancho Marambio, El huerto de mi amada —por solo mencionar cuatro obras de gran peso específico en la literatura hispanoamericana contemporánea—, de «plagiar» una serie de artículos periodísticos cuya heterogeneidad temática mueve a la risa al recordarnos un catálogo de lectura propio del utillaje hermenéutico y programático de Bouvard y Pécuchet?

Descartada la hipótesis trivial de que el problema está zanjado con decir que Bryce padece «simplemente» una suerte de cleptomanía intelectual (entidad nosográfica registrada desde hace largos años por la clínica psiquiátrica y psicoanalítica), pienso que se hace urgente, por razones heurísticas y humorísticas (¡el chiste y su relación con lo inconsciente!), apuntar en otro sentido para intentar la explicación de tan inmutable y onerosa «desfachatez» literaria.

No negaremos la importancia que revisten categorías psicoanalíticas lacanianas tales como síntoma (symptôme) o «sinthome» (Lacan), para hacernos inteligible el caso de Bryce. Es decir, para permitirnos la intelección de lo que sería desprender, aislar, construir el acontecimiento-sentido en la escritura, como obra humorística lograda, ficción supletoria del Nombre-Del-Padre o chiste sostenido para «la parroquia» (Bergson), a partir de la economía libidinal prisionera del síntoma cleptomaníaco en su condición de accidente padecido por el sujeto imposibilitado para ligar, con la Metáfora-Paterna, los tres redondeles del Nudo Borromeo (Real, Simbólico, Imaginario).

La obra de ficción de Bryce sería el juego paródico y humorístico que funcionaría en calidad de suplencia lograda (sinthome que hace lazo social), para una Forclusión del Nombre-Del-Padre cuyo intento fallido de restitución estaría representado por el «plagio», como simple síntoma o intento de apropiación fantasmática de insignias y rasgos del Ideal-del-Yo. Aquí operaría una cierta lectura contaminante entre Lacan y Deleuze. Por ahora caminamos en otra dirección, menos ardua.

Sin dejar de tener como telón de fondo la problemática analítica que hemos esbozado, entendemos que en su vertiente lograda del sinthome, Bryce nos está diciendo que vivimos en el universo de las copias, donde el valor de lo singular es patrimonio de unos pocos (que no son todos los que están, ni están todos los que son: ¡Ay, Enriquillo Sánchez!, desaparecido lucero de estos Lares), donde la celeridad mediática para transmitir información, conocimientos o banalidad light, hace que aquello creído como «propio» sea machos veces, mechas veces, michas veces, mochas veces, muchas veces, un simple ensamblaje de fragmentos «desoriginados» (Barthes), procedentes de otros territorios textuales...

En el «Zeitgeist postmoderno» la escritura citativa, humorística, intertextual, paragramática, polifónica, «palimpséstica», ha modificado radicalmente el estatuto del plagio. Barthes decía el «estatuto de la cita».

Pedro Henríquez Ureña, nuestro «santo laico», incapaz de cometer este tipo de «fechorías intelectuales» colindantes con el robo y la usurpación de identidades, decía, sin embargo, que el creador tiene derecho a tomar prestado, a utilizar materiales extraños al suspenso vital de su obra en curso; tiene derecho, según Henríquez Ureña, hasta a saquear las obras de los demás, pero solo si cumple con una condición imprescindible que autorizaría el hurto: transformar radicalmente el material recibido hasta el punto de imprimirle otro decurso en su ritmo-sentido que implique una redescripción de la propia tradición en la que se inserta. (Ver los escritos filológicos y filosóficos de nuestro Gran Maestro Henríquez Ureña).

En el caso de Bryce Echenique, no hay transformación de los materiales recibidos sino mera transcripción literal de los mismos. En este sentido podríamos argumentar que existe plagio, bajo el carácter vergonzante que ha adoptado esta palabra a partir de cierto momento histórico en el desenvolvimiento de la literatura occidental. (En la Antigüedad y en la Edad Media, por ejemplo, no existía el concepto de plagio en su acepción semántica actual).

Pero es preciso resaltar que Bryce no «hurta» regularmente obras de ficción, sino simples artículos periodísticos o académicos que casi siempre son mera reproducción inerte de ideas que forman parte del clima espiritual de nuestra época, de una especie de atmósfera de conciencia colectiva contemporánea.

Con ello, Bryce está sacando de su gris anonimato a ciertos cagatintas (no todos), que en lugar de vanidosamente denunciarlo como plagiario, deberían agradecerle al gran escritor peruano sus esfuerzos por inmortalizarlos.

Por otro lado, y «lamentable y tristemente» —para muchos «odiadores» del reconocido autor que nos ocupa—, la obra creativo/transformativa de Bryce Echenique permanece libre de toda sospecha de plagio, por lo menos en el sentido que permitió someterlo a la acción judicial.

A «mi» entender, Bryce es un humorista en la tradición de Swift, Chesterton y el non-sense británico. Un ostentador paródico-satírico, además, de ciertas aristas propias de la histeria genial de Flaubert.

Después de Bryce escudarse —ante las primeras acusaciones de plagio—, en su declaración de que «toda la culpa era de su secretaria, por esta haber confundido ciertos papeles en la oficina», llega el momento en que se siente «acorralado» por el peso de las evidencias aportadas por los demandantes, y declara al fin: «¡MI SECRETARIA SOY YO!».

Confesión de su responsabilidad en la comisión de los hechos que se le imputaban (desde el punto de vista jurídico-moral), pero en realidad, chiste genial, boutade de altos quilates para «ojos que saben traspasar adornos y atavíos»...

Estamos frente a la variante postmoderna del flaubertiano «Madame Bovary, c’est moi!» (¡Madame Bovary soy yo!)... declaración provocadora por medio de la cual Flaubert, en pleno falocratismo del siglo XIX, reivindica a la mujer como espacio transgresivo de la desapropiación.

¡Cuánta gracia y acierto los de Bryce para descalificar los escritos «propios» de los gacetilleros y pseudoensayistas actuales que nunca cesan en el pegoteo semántico de sus inepcias, en la roma reproducción de ideologemas y culturemas que, en medios huérfanos de tradición cultural consistente como el nuestro, pasan por ideas originales, «personalísimas» y brillantes... ¡Si por lo menos tuvieran el decoro del «estilo»! Pero este permanece en el territorio de lo meramente correcto...

Aunque en el caso de Bryce, el hurto de baratijas también puede interpretarse como un homenaje a la bisutería de tocador que tanto amamos, y a los viejos «prenderos italianos que tanto padecimos... y padecemos» con sus engaños y facturas... ¡Oh, Madame Bovary, ora pro nobis peccatoribus!

Existen dos tipos de actitudes ante el acto de escritura, decía «yo» hace largos años —y me perdonan, amigos, la inmodestia de citar-«me» a mí mismo (dudo siempre de este mí-mismo)—: la que consiste en borrar el resplandor del gesto y sustraer a la luz pública una real escritura transformativa, negándose el autor, sintomáticamente, a publicar lo ya escrito —con el riesgo de que interlocutores «apresurados» le tomen la delantera y «hurten la palabra hurtada»—; y la de aquellos cleptómanos que publican permanentemente sin haber escrito casi nunca de modo efectivamente textual-transformativo.

Mi(star) sí-mismo, parti(o)cularmente, me incluye en esta última categoría: No considera a mi Yo su maestro, ¡Je!... ¿Moi?... Corresponde a la crítica, dentro de «cincuenta» años, señalar cuáles obras entran en una u otra estrategia discursiva. ¡Por ahí se escucha el rumor de sonorosos ríos de tinta!

En fin, queridos hermanos, podéis iros en paz. Que la gracia del Señor, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre «vuestra escritura»... o ex-fritura... ¡Jamón!

El que desee —¡menos Bryce!— puede apropiarse de estas simples notas o apuntes. Lo excluyo a él en particular, para «yo» no correr el albur monstruoso de la inmortalidad.

Vean ustedes: ¡Cierro con la variante «alman-sa(h)ariana» de un lugar común, ya patrimonio del desierto humano!: Borges.

Si el estilo es (soy) el hombre, la mujer sería (se haría) Madame Bovary, el goce innombrable y sinuoso de la escritura. ¡Mi secretaria soy yo!


Enredo Brisa Hacenoche

El Nuevo Madrid, Agosto 8 del 2059

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Febrero de 2009 (Texto ligeramente retocado)


Armando Almánzar-Botello

Santo Domingo, República Dominicana.

Copyright © Armando Almánzar Botello. Reservados todos los derechos de autor. Santo Domingo, República Dominicana.

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