«Cada vez única, el fin del mundo». Jacques Derrida
«La memoria del sobreviviente garantiza una cierta permanencia o “un cierto retorno del muerto en la diferencia”. No hablamos ahora del mecanismo psíquico de la “introyección” como recurso que conduce al duelo consumado o logrado. Este tipo de duelo, en tanto que asimilación por el “sujeto en proceso” de la imagen descatectizada del muerto, implica que la persona fallecida se anule en su condición de “otro” radical para ser asimilada al “Mí” mismo del sujeto activo del luto. (Este es el duelo “normal” desde el punto de vista clásico: Sigmund Freud: Duelo y melancolía). Hacemos referencia aquí, por el contrario, a la “incorporación” de la alteridad radical del muerto (Maria Torok y Nicolas Abraham siguiendo a Freud en otra vertiente de su pensamiento) en aquello que Derrida concibe como la “cripta”: invaginación de la subjetividad del sobreviviente con el fin de acoger el cuerpo simbólico extraño del amigo muerto, en tanto que “otro irreductible”... ¿Nueva y productiva modalidad de la melancolía?». Armando Almánzar-Botello
«La oscura cazadora acecha / disfrazada con el traje traidor de la polilla». Abel Fernández Mejía
«Miro la luna / —llueve limpio vacío— / despierta su luz...». Armando Almánzar-Botell
«Todo encaja con todo / y no parece tarea fácil desligarse de este designio. / Cómo separar al muerto de su ataúd / o la partida del viajero de su regreso. / Todo se relaciona con todo / y hasta el que se esconde en una isla solitaria / encaja como un alfiler en la solapa del olvido. / Cada cosa se disuelve dentro de otra / y hasta “el camino de subida es el mismo / camino de bajada”». Hernán Miranda Casanova: Fragmento del poema “Todo encaja en todo armoniosamente”
«En psicoanálisis, palabra y escritura no están separadas como se podría creer; lo que se escribe fue primero palabra y lo que contingentemente deja de no escribirse y se escribe, se escribe sirviéndose de la palabra. La palabra es primera respecto de la escritura y lo que la escritura escribe no es otra cosa que lo que del goce se fija. Dicho en otros términos, el goce se fija al escribirse». Araceli Fuentes
«No tienes nada, no puedes tener ni retener nada, y ahí tienes aquello que necesitas saber y amar. He ahí lo que se puede saber sobre el amor. Ama aquello que te huye, ama al que se va. Ama el hecho de que se vaya». Jean-Luc Nancy
«Me sentí en una soledad tan espantosa que contemplé el suicidio. Lo que me detuvo fue la idea de que nadie, absolutamente nadie, se conmovería con mi muerte; que estaría aún más solo en la muerte que en la vida». Antoine Roquentin, personaje principal de la novela La Náusea, de Jean Paul Sartre
«Toda intensidad lleva en su propia vida la experiencia de la muerte y la envuelve. Y sin duda toda intensidad se apaga al final, todo devenir deviene él mismo un devenir-muerte. Entonces la muerte llega efectivamente». Gilles Deleuze y Felix Guattari: El Anti-Edipo. Capitalismo y esquizofrenia, Barral Editores, Barcelona, 1974, p. 341
«La real posibilidad de que surja la “conciencia de hecho”, esa posible emergencia del sentido finito y su juego virtual, infinito, seguiría operando en otros posibles universos. En este proceso tan solo “se” vislumbra la diferencia, la espectralidad, la fantología, la hauntología, lo mixto y la contaminación». Armando Almánzar-Botello
«Cadáver queda, no se torna carroña, el cuerpo que habitaba la palabra, que el lenguaje cadaveriza». Jacques Lacan
Por Armando Almánzar-Botello
«Cada vez única, el fin del mundo». Jacques Derrida
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¿La muerte nos hace realmente iguales? Mi cautelosa respuesta sería un “sí” y un “no” simultáneos.
Si la entendemos como “estado de muerte” indiferenciado en el que desaparecen el individuo y la persona, podríamos decir que sí, que ella nos hace relativamente iguales, pues consideramos al difunto como un simple cuerpo que se disuelve, situado fuera de un particular contexto de significación, de un territorio de valoración o campo histórico-simbólico donde se realiza el duelo por su definitiva desaparición como subjetividad-cuerpo.
Pero si entendemos que, más allá de la persona y del individuo, persisten e insisten singularidades nómadas postindividuales e impersonales que participan de una extraña vivacidad que remite al plano trascendental de inmanencia (Deleuze), a la superficie incorporal en la que se generan los acontecimientos-sentidos, podríamos pensar que no, que la muerte no nos hace iguales.
Esa muerte estaría “cogida” en el juego; inscrita, inevitablemente, en la incesante espectralidad derridiana de “la vida la muerte”, en la que no hay homogeneidad de un “sinfondo” abismal de las mezclas de “estados de cosas”, sino “vida singular inmanente” (Gilles Deleuze), por un lado, y diferenciación, reenvío y redescripción de nuestra relación con la figura del muerto, por el otro; un cierto trabajo de duelo y reposicionamiento permanentes con respecto al que ha partido, al que nos parte al partir, al que nos divide entre el que contempla esa partida del otro —esa partida o viaje de ese único otro, irrepetible— y el que también, en su incertidumbre, en su indeterminación y en su indecidibilidad, parte con él, con el que se va definitivamente... (J.-L. Nancy).
Si bien es cierto, como decía el poeta Thomas Stearns Eliot, que humility is endless —la humildad es interminable—, no es cierto, jamás, que la muerte nos haga del todo iguales.
Como establece el pensador francés Gilles Deleuze en su breve artículo “La inmanencia: una vida...” (1995), con la llegada de la muerte: «la vida de cierta individualidad se borra en beneficio de la vida singular inmanente de un hombre que ya no tiene nombre, aunque no se lo confunda con ningún otro. Esencia singular, una vida...».
Pensar que tras la muerte la heterogeneidad de los sujetos queda reducida a una simple comunidad homogénea de difuntos es puro nihilismo y resentimiento de los débiles y mediocres contra la magnificencia coral de la vida; insípido rencor pseudocristiano contra las inevitables jerarquías inmanentes del espíritu.
Cada cual llega a la tumba por el camino y la línea de fuga que trazan los valores que afirmó en su vida. Es la vida quien puede juzgar a la muerte. El acto creador se produce contra la muerte; contra la muerte separada y que simplemente separa...
Lo terrible del Poder como “violencia mítica” (Walter Benjamin) es que pretende imponer a los sujetos una muerte serializada y homogénea, tal como aconteció en los campos de concentración del nazismo y prosigue sucediendo en los tiempos de la posmodernidad neoliberal por efecto de las nuevas modalidades genocidas del biopoder capitalista y su mercado.
Si bien la muerte es aquello que “lo desbarata todo” para un macroego infatuado que se cree a sí mismo inmortal, la verdad de su poder destructivo la sorprendemos desde el fragor exuberante de la vida, de “la vida la muerte”...
Pensamos, como Gilles Deleuze, que tras la muerte de la persona solo subsisten e insisten singularidades nómadas, pre y postindividuales e impersonales.
Como dijo un gran poeta, la muerte abstracta es muda, sorda y tonta: nunca ha dicho nada memorable. Ella es la zona cero de la vida en su pluralidad palpitante. Sinsentido y silencio que habitan por detrás de lo que cierto filósofo denomina los límites de mi mundo…
Realizando una breve digresión podemos decir: solo la vigilia ofrece un genuino testimonio del sueño. Y si el sueño es considerado por algunos poetas como una suerte de vigilia más alta, ese hermoso pensamiento lo han podido formular mientras ellos se encontraban muy despiertos.
No pretendemos negar el valor generativo de los sueños: se puede soñar escribiendo, y los materiales oníricos nos pueden servir para el acto de creación en la vigilia.
Lo que deseamos puntualizar es que no existe una separación neta, maniquea o antinómica entre palabra y silencio, entre vigilia y sueño, entre vida y muerte… Por ello, Derrida “cuasiconceptualiza” esa estructura compleja de la no-presencia que denomina “la vida la muerte”...
No cesamos de morir mientras vivimos, decía Maurice Blanchot. Sin embargo, cuando morimos efectivamente, solo otros (aquellos que nos sobreviven) tomarán el relevo de nuestra vida-pensamiento.
El amigo que sobrevive a mi muerte constituye una de las garantías de que yo pueda ser recordado.
Mi propio accionar mundano y la materialidad concreta de mis obras como legado virtual a la posteridad vienen a someterse —antes y después de mi muerte, como requisito imprescindible para su posible incorporación al archivo— a la ley de la espectralidad, del heredar, distorsionar e interpretar; a un problemático principio de actualización, criba, selección y recepción de que son objeto, por parte de los demás, todos los productos, despojos, desechos y huellas de mi vivir.
La memoria del sobreviviente garantiza una cierta permanencia o un cierto retorno del muerto en la diferencia.
No hablamos ahora del mecanismo psíquico de la “introyección” como recurso que conduce al duelo consumado o logrado. Este tipo de duelo, en tanto que asimilación por el sujeto en proceso de la imagen descatectizada del muerto, implica que la persona fallecida se anule en su condición de “otro” radical para ser asimilado al “Mí” mismo del sujeto activo del luto. (Este es el duelo “normal” desde el punto de vista clásico: Freud: Duelo y melancolía).
Hacemos referencia aquí, por el contrario, a la “incorporación” de la alteridad radical del muerto (Maria Torok y Nicolas Abraham siguiendo a Freud en otra vertiente de su pensamiento) en aquello que Derrida concibe como la “cripta”: invaginación de la subjetividad del sobreviviente con el fin de acoger el cuerpo simbólico extraño del amigo muerto, en tanto que “otro irreductible”... ¿Nueva y productiva modalidad de la melancolía?
Por todo lo dicho aquí, hay que tratar de vivir de un modo impersonal; no frío ni dogmático ni aferrado a nuestro “Ego”, sino como si fuésemos puros corpúsculos de luz provisoriamente condensados en un “sí-mismo” susceptible de disolverse, gozosamente, en el monstruoso devenir sin fundamento...
No obstante, la muerte abstracta, reiteramos, no nos hace ontológicamente iguales. ¡Jamás! No de un modo idéntico nos devoran a todos los gusanos… ¡Esto lo afirmo desde la vida misma como posibilidad de todo punto de vista de apreciación y de valoración!
¡No es lo mismo Adolf Hitler muerto que Hannah Arendt, Primo Levi o Paul Celan en sus respectivas tumbas!
No es la misma muerte la que suspende el Dasein de un Albert Einstein, de un Mahatma Gandhi o de un Juan Bosch, que aquel fallecimiento inauténtico padecido por el plutócrata egoísta, el militar genocida y el político neoliberal amurallado en su existir indiferente. Estos tres últimos encarnan modalidades inauténticas de existencia, pues en su afán pretenden no anticipar su propia muerte mediante el inicuo ejercicio del poder.
¡Oh Martin Heidegger, tan mal comprendido!
La existencia humana como Dasein (ser-ahí, existencia como esencial poder-ser —Sein-können—) no es equivalente al estar-ahí —Vorhandenheit.
Lo que viene a caracterizar al Dasein, al ser-en-el-mundo, es la condición ontológica de ser “arrojado” —Geworfenheit—, es decir, su llamada configuración o estructura proyectiva.
El Dasein, como ser-arrojado, no existe auténticamente al modo del ente —das Seiende— que está-ahí como “lo dado”, sino que dicho Dasein se relaciona en lo abierto con el ser —das Sein— como “ek-sistencia” que se abre a su disposición-a-ser en el futuro, en un futuro implícito en el presente mismo de su “no-todavía”...
Sin ser una mera cosa material, solo el cadáver humano (abolición del Dasein) se reduce, para Heidegger, al puro estar-ahí —Nur noch Vorhandensein— que ha perdido el “estar vuelto hacia la muerte” o el “estar vuelto hacia el fin”.
La “pérdida-del-ser” que comporta el “estado-de-muerte” implica, para el Dasein, la pérdida del morir como “adelantarse ontológico” —Vorlaufen— a la posibilidad de su imposibilidad de ser...
Más allá de la visión heideggeriana, pero sin negar sus aciertos filosóficos con relación al problema del análisis de la muerte para el Dasein, el pensador Bernard N. Schumacher, en una minuciosa lectura del filósofo Joel Feinberg sobre el tema de la muerte, afirma que «el sujeto de un mal póstumo es el mismo sujeto cuando estuvo vivo»...
Con ello viene a quedar definido el lugar de un cierto sujeto “espectral” que puede ser perjudicado por el no cumplimiento de sus deseos de realización, los cuales se proyectan más allá de los deseos de satisfacción vividos subjetivamente por el sujeto antes de llegar al estado de muerte.
Nos dice Schumacher comentando a Feinberg:
«Lo que perjudica el interés de alguien es el fracaso que supone la no realización del deseo, y no la frustración de “N” por la no realización del objeto deseado.
»De aquí que la muerte puede verse, según Feinberg, como el fracaso de ciertos intereses que “N” tenía durante su vida, aunque, en cuanto sujeto muerto [desubjetivado radical y definitivamente por el estado de muerte], no sea capaz de sentir este último sufrimiento». Schumacher, Bernard N.: Muerte y mortalidad en la filosofía contemporánea, Herder Editorial, Barcelona, 2018, pp. 294 y 295.
Esto que afirman Feinberg y Schumacher lo expresa claramente el Jacob bíblico frente a su hijo José, gobernador de Egipto, cuando le pide a este que, después de su muerte, lo sepulten en la tierra de sus padres, en Hebrón, en las tierras de Canaán, y no en Egipto. Le dice Jacob a su hijo preferido:
«Sé muy bien que, una vez muerto, el ser humano no tiene ya deseos y le da igual dónde yacer. Pero mientras uno está con vida y desea, le importa mucho que al muerto le suceda lo que el vivo deseó». Thomas Mann: José y sus hermanos, libro IV, José el Proveedor.
Continúa diciendo Schumacher, analizando lo planteado por Feinberg contra las concepciones “experiencialistas” de la muerte similares a las de Epicuro: «...La gama de bienes y males para un ser humano es necesariamente más amplia que su experiencia subjetiva y más larga que su vida biológica. Esto es así porque los objetos de sus intereses normalmente corresponden a sucesos que ocurren fuera de su experiencia inmediata y en un tiempo futuro. Ejemplos de tales intereses serían la preservación de sus obras artísticas, musicales o literarias después de su muerte; la victoria de la causa social o política por la que luchó durante su vida; etcétera». (Schumacher, ibíd, p. 295).
Al final de su vida, el mismo Jean-Paul Sartre, después de su visión fenomenológica meramente “conflictivista” sobre la muerte tal como aparece en El ser y la nada, abandonó la concepción del otro como infierno del para-sí, planteando entonces una prioridad del para-los-otros o para-los-demás, en tanto que guardianes de mi memoria (Levinas, Derrida, Torok, Abraham...) situados por encima de la presunta autonomía del para-sí en conflicto con el otro.
Sartre vendría a decirnos, en Cahiers pour une morale y en L'espoir maintenant: lo que hago se cumple en relación a una conciencia del otro que me sobrevive, y eso viene a constituirse, junto con mis obras en general, en guardián y testigo de mi memoria.
Hay en esa última etapa de Sartre un «respeto y reconocimiento de la libertad de los otros... Admite que hay una actitud en la que el sujeto llega hasta disfrutar con el otro sin intentar apropiarse de él o de ella. Eso es el amor». Schumacher, ibíd, 179.
Por otra parte, descubrimos una suerte de “sujeto espectral” que sobrevuela el estado de muerte y que, al proyectarse más allá de nuestra experiencia subjetiva, impide que todos seamos homologables y pasto común para los gusanos.
El deseo de realización y la realización de deseos comportan un horizonte incorporal a desplegarse sobre una superficie de acontecimientos impersonales (postpersonales) que funciona como campo trascental de inmanencia.
A esa superficie Gilles Deleuze la denomina “una vida”, como beatitud y potencia plenas...
«Una vida es la inmanencia de la inmanencia [...] que no depende de un Ser ni se somete a un Acto», nos dice Deleuze.
Esa “Una vida”, tal como la piensa Deleuze inspirado en Spinoza y en Fichte, opera en el contexto de una suerte de empirismo trascental ajeno a lo metafísicamente trascendente, pues no implica el restablecimiento de la oposición sujeto/objeto con su preponderancia idealista y platónica de la subjetividad y lo inteligible hipostasiado...
Podemos formular entonces, deleuzianamente, que lo trascendente no es idéntico a lo trascendental...
«Hay una gran diferencia entre los virtuales que definen la inmanencia del campo trascendental y las formas posibles que los actualizan y que transforman el campo en algo trascendente». Gilles Deleuze: “La inmanencia: una vida”, 1995.
¿Serían equivalentes, considerados en términos postmetafísicos, el espectro de Derrida y el “una vida” de Deleuze?
No obstante, por lo esbozado aquí con respecto a la concepción de “una vida” por Gilles Deleuze (una constelación impersonal de singularidades que ya no tiene nombre, aunque no se la confunda con ninguna otra) y a la espectralidad de Jacques Derrida; por más que la muerte sea concebida como lo que viene a desbaratarlo todo (Sartre en El ser y la nada), jamás podremos afirmar que son o serán equivalentes, por ejemplo, Ulises Heureaux o Rafael Leonidas Trujillo Molina en estado de muerte, y el raudo vuelo temporalmente suspendido de las Radiantes Mariposas…
Como dice, aporéticamente, Jacques Derrida: «Morir: esperarse (en) los límites de la verdad»...
Ni aun si ahora mismo toda la humanidad sufriera el estallido final del actual Universo, podríamos ser considerados iguales bajo la condición común de muertos.
Si atendemos al estado actual de la ciencia, a la “cosmología cíclica conforme” de Roger Penrose, por ejemplo, al Big Crunch de este Universo seguiría el Big Bang de otro nuevo Universo, con sus fases de inflación y expansión. En esos universos sucesivos habría conciencia inmanente, virtual o impersonal; conciencia no de hecho, pero sí conciencia de derecho. Además, en toda nueva configuración cósmica, según Penrose, se conservarían algunos elementos del Universo anterior.
La real posibilidad de que surja la conciencia de hecho, esa posible emergencia del sentido finito y su juego virtual, infinito, seguiría operando en otros posibles universos. En este proceso tan solo se vislumbra la diferencia, la espectralidad, la fantología, la hauntología, lo mixto y la contaminación.
¡Nunca seremos iguales entre nosotros, ni siquiera después de muertos! ¡Nunca seremos iguales ni en otros posibles universos por venir; y no lo seremos porque, de hecho, ni siquiera somos iguales a nosotros mismos en este actual Universo!
El eterno retorno se dice de la diferencia. Lo Mismo no es lo Idéntico. Lo Mismo se dice de lo desajustado, del (im)puro juego de las singularidades nómadas que resuenan entre sí, contaminándose, en un instante que siempre será ya pasado y todavía por venir.
El resto es puro nihilismo sin cima.
Armando Almánzar-Botello
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Miércoles, 20 de junio de 2012
Copyright Armando Almánzar Botello. Reservados todos los derechos de autor. Santo Domingo, República Dominicana.

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