miércoles, 13 de mayo de 2026

LA LÓGICA DEL «ANTI» DIFIERE DE LA LÓGICA DEL «MÁS ALLÁ» (Au-delà)

(A modo de comentario nostálgico sobre la inmensa relevancia que reviste, en la historia cultural de la República Dominicana, el precursor trabajo literario y crítico realizado por el doctor Diógenes Céspedes)

Un intelecto realmente disciplinado debe preguntarse: «¿Cómo ahorrarse el momento “positivista” del estructuralismo francés después del “agotamiento” crítico del modelo fenomenológico de finales de los años cincuenta, período significativo de transición en el cual un verdadero portaestandarte de la fenomenología, Jean-Paul Sartre, se orienta hacia el pensamiento y la práctica marxistas? Hay que recordar que una de las legítimas acusaciones lanzadas contra la crítica literaria, existencialista o no, anterior al compromiso de Sartre con el marxismo era que esta había devenido en mera ejemplificación de la cartilla temática de Hegel y la fenomenología, y/o en modalizaciones del pensamiento de Husserl, Heidegger, Sartre, Merleau-Ponty, Bachelard, Blanchot, Simone de Beauvoir, etcétera —en el mejor de los casos—, o en simple comentario impresionista y caprichosamente banal, carente de rigor, consistencia y cientificidad. De ahí el dislate del mexicano Christopher Domínguez Michael cuando retóricamente le recrimina a Barthes “no habernos ahorrado el momento estructuralista” en su obra». Armando Almánzar-Botello


Por Armando Almánzar-Botello


Estoy por completo de acuerdo con aquellos que reconocen, comprenden y valoran positivamente la importancia del trascendental, fértil y necesario revulsivo producido en la alta cultura de los años setenta en la República Dominicana por el pensamiento filosófico-crítico —para muchos, a la sazón, completamente desconocido— que nos traía oportuna y lúcidamente desde Francia el doctor Diógenes Céspedes, y que vino a sacudir a la crítica humanística dominicana y a despertarla de su profundo, improductivo y casi generalizado sueño letárgico, retórico y provinciano, de su habitual, hueca, simplona y vergonzosa ineficacia hermenéutica.

Debo felicitar sinceramente a cierto periodismo actual, en apariencia serio y valiente, que manifiesta de un modo abierto su admiración y respeto por la gran figura intelectual del doctor Diógenes Céspedes, cuya rigurosa escritura resultó estimulante para mí desde mi adolescencia, y frente a la cual muchos nos reconocemos en deuda permanente.

Las complejas y problemáticas relaciones entre pensamiento fenomenológico, marxismo, existencialismo, positivismo, estructuralismo, postestructuralismo, etcétera, fueron estudiadas y esclarecidas por nuestro estimulante y gran ensayista, que supo situar y percibir las estructuras diacrónicas de las mencionadas corrientes filosóficas en el contexto de la literatura y la crítica no solo francesa y europea, sino hispanoamericana y dominicana en particular.

Con la finalidad de periodizar las ideas y el juego de las hegemonías en el mundo intelectual dominicano de los últimos cincuenta años, debemos resaltar que algunos de los mismos beneficiarios de la clarinada logoteórica del doctor Céspedes, sujetos originalmente huérfanos de capital simbólico-social, no digo económico, de una forma u otra se volvieron posteriormente contra él por razones ideológico-políticas y viscerales que bien podrían inscribirse en una suerte de “semiología” psicoanalítica del “sinthome” lacaniano, del “Ego Poético” de suplencia... y hasta en una historia del resentimiento como efecto de una lucha de clases mal entendida, es decir, “oportunísticamente” comprendida... Pero ese es otro tema... En la importancia insoslayable que reviste la obra y la figura del doctor Diógenes Céspedes estoy plenamente de acuerdo con los valiosos y notables escritores que lo defienden.

No obstante, percibo como algo no pertinente la caracterización del pensamiento de Jacques Derrida como “antiestructuralista”, tal como lo hacen algunos sujetos desinformados, criollos y extranjeros, en sus retóricas y pintarrajeadas notas.

En tierra de ciegos el viejo papagayo es rey, pero el gallo Mopsus de Raymond Roussel viene a enmendarle la plana...

No tengo ningún prejuicio contra la Internet ni contra Wikipedia, muy al contrario, pero, como bien debo hacer recordar, soy un sujeto intelectual procedente de la Galaxia Gutenberg (allí se formó en mí, como dirían Derrida o Deleuze, cierto “espacio dialógico y rizomático preoriginario”, anterior a la existencia del reino digital) y por tal motivo prefiero manejar los textos, con real honestidad, utilizando su soporte físico.

El mismo Jacques Derrida nunca se definió como “antiestructuralista” ni como “postestructuralista”.

Si bien las trayectorias teóricas de un Lacan y de un Derrida vienen a desbordar el momento positivista de la estructura como presencia, como mera configuración estática, tética, sincrónica, centrada y cerrada, motivos que caracterizan todos al estructuralismo stricto sensu, sus respectivos pensamientos se encuentran “más allá del estructuralismo”, no “contra” el estructuralismo.

En la categoría “postestructuralismo” no se percibe lo suficientemente acentuado el paso, el atravesamiento o desbordamiento de los límites del estructuralismo, paso que fue necesario realizar a partir de una episteme estructuralista que venía a desplazar las deficiencias históricas de una crítica reducida en Francia, hasta principio de los años sesenta, a meros comentarios de textos canónicos o simple aproximación impresionista a la escritura.

¿Cómo ahorrarse el momento positivista del estructuralismo francés después del “agotamiento” crítico del modelo fenomenológico de finales de los años cincuenta, período significativo de transición en el cual un verdadero portaestandarte de la fenomenología, Jean-Paul Sartre, se orienta hacia el pensamiento y la práctica marxistas?

Hay que recordar que una de las legítimas acusaciones lanzadas contra la crítica literaria, existencialista o no, anterior al compromiso de Sartre con el marxismo era que esta había devenido en mera ejemplificación de la cartilla temática de Hegel y la fenomenología, y/o en modalizaciones del pensamiento de Husserl, Heidegger, Sartre, Merleau-Ponty, Bachelard, Blanchot, Simone de Beauvoir, etcétera —en el mejor de los casos—, o en simple comentario impresionista y caprichosamente banal, carente de rigor, consistencia y cientificidad.

De ahí el dislate de intelectuales como el mexicano Christopher Domínguez Michael cuando retóricamente le recrimina a Barthes “no habernos ahorrado el momento estructuralista” en su obra.

En su breve ensayo publicado en Francia por Editions du Seuil, 1967, La structure, le signe et le jeu dans le discours des sciences humaines (en español: “La estructura, el signo y el juego en el discurso de las ciencias humanas”, en: Dos ensayos, Editorial Anagrama, Barcelona, 1972, Cuadernos Anagrama, Serie Filosofía, dirigida por Eugenio Trías), texto también incluido en el libro de Derrida La escritura y la diferencia, traducido al español por Patricio Peñalver y publicado en 1989 por Anthropos, el filósofo Jacques Derrida, al final de dicho escrito, realiza un deslinde preciso entre:

«...dos interpretaciones de la interpretación, de la estructura, del signo y del juego. Una intenta descifrar, sueña con descifrar una verdad o un origen que se escapa del juego y del orden del signo, y vive como un exilio la necesidad de la interpretación. Otra, que ya no retorna hacia el origen, afirma el juego e intenta ir más allá del hombre y del humanismo, siendo el nombre del hombre el nombre de este ser que, a través de la historia de la metafísica o de la onto-teología, es decir, de toda su historia, ha soñado la presencia plena, el fundamento tranquilizante, el origen y el fin del juego». Derrida, Jacques: “La estructura, el signo y el juego en el discurso de las ciencias humanas”. En: Dos ensayos, (traducción de Eugenio Trías), Editorial Anagrama, Barcelona, 1972, página 35.

Si leemos cuidadosamente el fragmento anterior, en su calidad de “precipitado conceptual” de dicho ensayo, vemos que la idea de anti-estructuralismo no es la que se hace visible allí, a pesar de la continuación crítica de su párrafo en la que Derrida identifica al maestro estructuralista Claude Lévi-Strauss con la posición que representa una suerte de “nostalgia ontológica del origen”, y con el intento, latente en cierto estructuralismo, de alcanzar un nuevo humanismo. Lo que se percibe para un pensamiento afinado no es el “anti”, elemento prisionero todavía de cierta visión maniquea, binarista y pseudodialéctica; lo afirmado allí es el “más allá de” que aflora en “las operaciones del alumbramiento” (página 36 del texto citado):

«Por mi parte no creo que por mucho que estas dos interpretaciones deban acusar su diferencia y agudizar su irreductibilidad, se tenga hoy que escoger. Primero porque estamos en una región —digamos todavía provisionalmente: en una región de la historicidad— donde la categoría de elección parece muy ligera. Pero además porque es preciso ante todo intentar pensar el suelo común, y la “diferencia” (différance) de esta diferencia (différence) irreductible. Y porque aquí yace un tipo de cuestión, que todavía llamaremos histórica, cuya concepción, formación, gestación y trabajo sólo comenzamos a barruntar. Y digo estas palabras con los ojos dirigidos, ciertamente, hacia las operaciones del alumbramiento; pero también hacia aquellos que, en una sociedad de la cual yo no me excluyo, desvían los ojos de lo que todavía es innombrable, de eso que se anuncia y que sólo puede anunciarse, tal como sucede siempre que tiene lugar un nacimiento, en la especie de la no-especie, en la forma informe, muda, infantil y terrorífica de la monstruosidad». Ibíd. pp 35 y 36.

Estamos aquí frente a un momento explícitamente nietzscheano de la meditación derrideana anterior a Espolones. Los estilos de Nietzsche, Pre-Textos, Valencia, 1981; [Éperons (Les styles de Nietzsche). Flammmarion, Paris, 1978], y a Políticas de la amistad seguido de El oído de Heidegger. Editorial Trotta, Madrid, 1998; [Politique de l’ amitié suivi de L’ oreille de Heidegger. Éditions Galilée, 1994].

El mismo lingüista y ensayista dominicano doctor Diógenes Céspedes, allá por el año de 1974, en el suplemento sabatino “Artes y Letras” del periódico dominicano Listín Diario, publicó el texto titulado “Semiología y Gramatología”, esa famosa entrevista que le realizara Julia Kristeva a Jacques Derrida en 1968, para la revista Information sur les sciences sociales, VII, 3 junio de 1968. Este diálogo del 68 fue luego republicado en Francia, junto a otras entrevistas realizadas al filósofo galo y reunidas en el libro Positions. Les Éditions de Minuit, Paris, 1972. Dicho volumen ha sido vertido al español como Posiciones, Pre-Textos, Valencia, 2014. En el mencionado encuentro con la Kristeva nos dice Derrida:

«Las diferencias son los efectos de transformaciones, y desde ese punto de vista el tema de la “différance” es incompatible con el motivo estático, sincrónico, taxonómico, ahistórico, etcétera, del concepto de ESTRUCTURA». (Las mayúsculas son nuestras). Op. cit., pp. 48 y 49

Hasta aquí, Derrida parece ser “anti”, “antiestructuralista”, pero a continuación afirma en el mismo escrito:

«Pero se entiende que ese motivo no es el único para definir la ESTRUCTURA [las mayúsculas son nuestras], y que la producción de las diferencias, la différance, NO ES A-ESTRUCTURAL [las mayúsculas son nuestras]: ella produce transformaciones sistemáticas y reglamentadas que pueden, hasta cierto punto, dar lugar a una ciencia ESTRUCTURAL [las mayúsculas son nuestras]. El concepto de “différance” desarrolla incluso las exigencias principales más legítimas del ESTRUCTURALISMO [las mayúsculas son nuestras].» Derrida entrevistado por Kristeva. Posiciones. Pre-Textos, Valencia, 2014, pp. 48 y 49.

Nótese que aquí ya nos habla el autor de la importante y decisiva obra De la gramatología —texto publicado en 1967—, el pensador que desarrolla su pensamiento no “contra” el estructuralismo, en tanto que momento epistémico necesario en la dinámica de las ideas europeas de los años 50 y 60, sino “más allá” del estructuralismo, pero reconociendo la necesidad lógica e histórica de atravesarlo.

Por tales razones comparto la tesis del filósofo francés François Wahl, quien nos habla, explícitamente, no de antiestructuralismo sino de “más allá” (au-delà) del estructuralismo”, en su famoso libro Qu’est-ce que le structuralisme? Philosophie, Editions Du Seuil, Paris, 1973. (Edición en español: Qué es el estructuralismo. Filosofía, Losada, Buenos Aires, 1975).

Wahl titula uno de los acápites de su libro como: “II La estructura, el sujeto, la traza. O de dos filosofías más allá del estructuralismo: Jacques Lacan y Jacques Derrida”. Así consta en la página 151 de la edición argentina citada.

El tema del au-delà, del “más allá”, es retomado explícitamente por Derrida en su obra La tarjeta postal. De Freud a Lacan y más allá, Siglo XXI, México, 1986. El pensador nos dice en esta obra:

«Una “lógica” del más allá (au-delà), o más bien del “paso más allá” (pas au-delà), vendría a desbordar a la lógica de la posición: sin tomar su lugar, sin OPONERSE A ELLA SOBRE TODO [las mayúsculas son nuestras], abriéndose hacia otra relación…». Ibíd., p. 16

Derrida nos da a entender en este contexto que una lógica de la oposición simple, del “anti”, del “contra”, se mantiene prisionera del mismo paradigma logocéntrico que se intenta deconstruir. Por ello, establece una diferencia (différance) entre el “oponerse a” (metafísico, tético, pseudodialéctico) y el “diferir de”, en tanto que apertura hacia la problematicidad “atética” de lo que Derrida denominará luego “la vida la muerte”, así, con minúsculas y sin coma...

En consonancia con lo anteriormente dicho, afirmo, cautelosamente, y tratando de no introducir todas las categorías en el mismo saco epistemológico, reconociendo en ellas sus diferentes arrastres semántico-filosóficos:

En el pensamiento de Jacques Derrida, una cosa es el “post”, otra es el “anti” o “contra”, y otra muy diferente resulta el “más allá” (au-delà), con toda la deuda histórica que dicha categoría implica de cara a la obra de Freud, al psicoanálisis y a las figuras de Nietzsche y de Heidegger...

En esta época de grandes simulacros, de haraganería intelectual, de oportunismo, de mezquindad y supuesta economía del discurso y del pensamiento, felicito a los que han llegado a este punto en la lectura de mi texto, a los que tocan ahora con su mirada este límite provisorio de mi escritura en torno al tema.

Estas son notas o apuntes de puro y simple ejercicio cartográfico, rememorante y “paleonímico” —en el sentido derridiano de dicho término—, que apenas pretenden insinuar el gran valor intrínseco implicado en la intervención histórico-cultural de relevantes figuras del hacer crítico en el pensamiento dominicano.

La robusta personalidad literaria, crítica, lingüística, semiológica y humanística del doctor Diógenes Céspedes lo constituye en uno de los grandes e imprescindibles intelectuales de la República Dominicana.

Armando Almánzar-Botello

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5 de octubre de 2015

Santo Domingo, República Dominicana. Reservados todos los derechos de autor.

Publicado en el Blog Otros Textos Mutantes, el domingo 29 de abril de 2018

Otros enlaces relacionados con este figuran en el Blog Otros Textos Mutantes.

Copyright Armando Almánzar Botello. Reservados todos los derechos de autor. Santo Domingo, República Dominicana.



IMÁGENES 

Recuadro de la izquierda 
 
(De izquierda a derecha, en el sentido de las manecillas del reloj):

1) Jacques Derrida: Dos ensayos, (traducción de Eugenio Trías), Editorial Anagrama, Barcelona, 1972

2) Suplemento cultural Artes y Letras, periódico Listín Diario, 1974

3) Posiciones, Pre-Textos, Valencia, 2014

4) Suplemento cultural Artes y Letras, periódico Listín Diario, 1974


Recuadro de la derecha 

Doctor Diógenes Céspedes
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HIPPISMO NO ES POSTESTRUCTURALISMO

Por Armando Almánzar-Botello

El hippismo no es uno de los fenómenos socioculturales precursores o iniciadores del postestructuralismo. Decir eso es casi una declaración de guerra contra la racionalidad histórica y el juicio epistemológico.

El llamado “postestructuralismo” tiene sus propios presupuestos epistémicos internos que lo llevan a desplegar una crítica y desbordamiento de la hermenéutica fenomenológica anterior al llamado giro hermenéutico, por un lado, y una erosión del momento positivista del estructuralismo, por el otro.

El hippismo californiano de principio de los años sesenta y los movimientos contraculturales cuya expresión culminante se produjo en Mayo del 68 en Francia constituyen movimientos amorfos de liberación del cuerpo, la mente y la sexualidad: ellos representan un retorno de lo reprimido por el viejo puritanismo del sistema capitalista, ese que concibía el cuerpo como simple herramienta de producción no-deseante.

A esas corrientes, pensadores como Roland Barthes, por ejemplo, concedían un valor meramente “expresivo-espontaneísta” más que de afinamiento estratégico-político. Contribuyeron a crear cierta atmósfera de consciencia colectiva en Francia y en Estados Unidos que bien pudo, en términos sociológicos, haber favorecido la recepción del postestructuralismo entre ciertos sectores de la juventud y la Universidad.

No obstante, es preciso resaltar que hippismo y postestructuralismo son fenómenos independientes, vinculados por ciertas coyunturas históricas y geopolíticas.

Pensadores como Luis Britto García (El imperio contracultural: del rock a la postmodernidad), Tony Anatrella (El sexo olvidado), Alejandro Vilela (Los que implantaron la narcocracia)… han mostrado cómo el movimiento hippie y el uso de alucinógenos para “expandir” la mente, junto a cierto pseudomisticismo orientalizante de vocación nihilista y ausentista, contribuían a la desmovilización política de la juventud, a simplemente alejarla de estrategias políticas más transformadoras y subversivas, en efecto peligrosas para el establishment por involucrar de modo eficaz a los sujetos en las problemáticas económico-sociales más candentes, tal como lo hacían el Grupo The Black Panthers, los Defensores Militantes de los Derechos Humanos, etcétera.

Una prueba entre tantas: finalmente, se descubre que Timothy Leary, el psiquiatra gurú propiciador de la difusión en los Estados Unidos de la droga conocida como ácido lisérgico, LSD, impulsor de los grandes “bautizos psicotrópicos” en los masivos festivales de música pop norteamericanos, era un simple agente especializado al servicio de la CIA, una de cuyas funciones era, en ese momento, apartar a la juventud de la vía política realista que pudiera conducir a cambios radicales en el Sistema.

Armando Almánzar-Botello

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3 de junio del 2014


Copyright Armando Almánzar-Botello. Santo Domingo, República Dominicana. Reservados todos los derechos de autor.

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