lunes, 22 de junio de 2026

BOUGUEREAU Y PICASSO (Cada cual con sus armas)

«No es imaginación histórica, más bien es lepra terminal encubierta. Son los académicos del arte Lázaros sin redención.» Fredesvinda Báez 



Por Fredesvinda Báez Santana

No es que sea totalmente despreciable el seductor academicismo preciosista de William-Adolphe Bouguereau (1825-1905), es que ese arte ya está codificado y es mera técnica y aprovechamiento repetitivo de la vieja gran tradición de la pintura occidental. No hay creación sino repetición lamida y perfeccionada de lo que otros crearon y que vale por sí mismo y su permanente potencia.

Pablo Picasso (1881-1973), en «Mujer que llora» (1937), logra la interpretación más vital y desgarrada de la belleza que Bouguereau lame, o se limita a lamer. No hay en Bouguereau aventura creadora ni riesgo. Este académico francés es ingenioso, diestro, correcto, limpio, pero el código mitológico y estético del que participa su obra no lo inventa él; se limita a copiarlo de los grandes maestros del Renacimiento y de otros pintores verdaderamente grandes, no solo en técnica sino en capacidad de aventura semiótica y espiritual.

Picasso, con esta pintura de preguerra, nos habla de belleza rota, de la fealdad convulsa que altera los rostros y el ánimo como resultado del impacto de lo sensible-violento del mundo sobre los cuerpos y la sensibilidad de la mujer contemporánea en su dolor y hasta en sus revueltas. El genio español nos recuerda que, después de Velázquez, hay que buscar nuevas vías para comunicar lo terrible, para insultar la insustancial belleza fetichizada, aproblemática y oronda, frívola, y hacernos comprender que el cuerpo y sus pasiones no siempre se expresan de un modo armónico, apolíneo, compensatorio, sino también brutal, desgarrado, feo pero artístico y profundamente significativo en la complejidad problemática de la existencia.

Esto no lo entienden los pequeños hombres de sensibilidad yerta, débil, estéril. Los que no son verdaderos artistas o creadores sino persecutores de lo lindo o de una falsa tragicidad de vitrina. Como Lázaros que a los cuatro días ya hieden, sufren de peor destino que el leproso porque no se alza en su horizonte artístico posibilidad alguna de redención estética ni metafísica.

Así sucede también con los poetas.

Fredesvinda Báez Santana

Miércoles, 17 de junio de 2026

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Reservados todos los derechos de autor.
Santo Domingo, República Dominicana.

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