viernes, 15 de mayo de 2026

JACQUES LACAN Y EL «HACERSE EL MUERTO»... («¡YO OPINO!»)

«Ignorancia docente / Docta ignorancia». Jacques Lacan

«La “ignorancia docente” de las redes sociales no es la “docta ignorantia” de los místicos cusanos... aunque ambas categorías participan de la metafísica “haptotrópica” de la presencia (Jacques Derrida)». Armando Almánzar-Botello

«En el pensamiento histórico de Jacques Lacan se produce para el analista un crucial desplazamiento desde hacerse el Otro (A) como sede del código, “muerto del bridge” y garante de la Verdad, hasta hacer semblante del “objeto a” y estar dispuesto a caer como desecho cuando en el proceso el analizante atraviesa el fantasma». Armando Almánzar-Botello

«La histérica pide a su Amo —que “supuestamente sabe”— la respuesta sobre el enigma que constituye (para ella y para todos) la causa de su propio deseo. Sin embargo, por el carácter estructuralmente insatisfactorio de todo “saber constituido” para dar cuenta de la verdad del objeto ausente, ella produce de inmediato una destitución o vaciamiento del discurso de dicho Amo en su papel de instancia que puede ofrecer una presunta respuesta universal al vacío del goce perdido». Armando Almánzar-Botello


Por Armando Almánzar-Botello

El auténtico chiste lacaniano que representa decir: «La única manera de ganar una discusión a un filósofo es hacerse el muerto» (EL SFA) constituye un mero «plagio» transformativo de lo dicho por Jacques Lacan en relación al lugar de «neutralidad» relativa en el cual debe ubicarse el analista.

Para el gran psicoanalista y filósofo francés, en una primera etapa de su pensamiento clínico sobre el proceso de análisis (y prosiguiendo con la concepción freudiana revisitada), el analista debe posicionarse como sede del código, «Otro simbólico» y «garante impersonal de la verdad».

Frente a la mencionada postura psicoanalítica freudo-lacaniana, las estrategias neurológico-psiquiátricas, las psicoterapias convencionales y los revisionistas freudianos tienden a concebir el proceso terapéutico como una relación complementaria entre un sujeto profesional de los saberes neurológico-medicamentosos o psicológicos y su partner o compañero imaginario, el «enfermo», comprendido como «paciente mental» y persona sometida al saber maestro de las ciencias del cerebro y de la psique...

Nos viene aquí a la memoria la importante distinción establecida por Octave Mannoni entre los silencios y decires respectivos del psiquiatra y del psicoanalista. Mientras que el primero se reserva un saber que aplica al paciente, el segundo guarda un frecuente y receptivo silencio que permite al analizado desplegar libremente su decir, con los efectos (des)estructurantes y de posible valor terapéutico que dicha estrategia comporta.

El silencio del psiquiatra es, según Mannoni, el silencio del que se identifica con un saber constituido y lo aplica. El silencio del analista es un silencio de ignorancia y de apertura a una verdad constituyente por venir; su saber lo utiliza para seguir y orientar la cura, pero también para evitar en sí mismo los trastornos que podría producir en él la relación sostenida con las neurosis y las psicosis...

Ese lugar de «neutralidad estructural» constituido por un Otro simbólico que administra los decires y el silencio como estrategias en el «tratamiento» psicoanalítico, Lacan lo identificaba explícitamente, frente al binomio «terapeuta-paciente» y sus peligros de seducciones imaginarias, con el lugar del «Muerto» en el juego de Bridge...

Siguiendo con la metáfora del juego de bridge, el analizado vendría a funcionar entonces como «declarante»...

El primer nivel del chiste, válido para el vulgo y por lo tanto garantía de su éxito más amplio como recurso humorístico en cuanto viene a tocar de modo freudiano una «verdad» oculta del inconsciente socio-cultural, alude a la idea de una indiferencia del receptor del mensaje: un «ausentarse» del diálogo con el «filósofo», un «hacerse el muerto» frente al pensador como «sujeto que se supone sabe» y que pretende aplastar al interlocutor o simplemente conducirlo, de modo socrático, al «oprobio supremo» de la autocontradicción.

Con toda la ironía implícita en esta estrategia popular que señalamos, la supuesta e incorregible «astucia de la mala consciencia» aspira ingenuamente a neutralizar, por vía de una suerte de «evitación-aleve» de la figura paterna o del nombre-del-padre, la «palabra maestra». Esa palabra con vocación de cierre absoluto puede operar en todo acto de habla o discurso como límite, como interdicción-prohibición; como aquella palabra «avasallante» que se atribuye al filósofo, entendido en su rol clásico de voz plenipotenciaria y bajo el expediente de «vía regia» por medio de la cual se manifiesta entre los mortales la potencia del Logos Spermatikós (Semina Verbi) y del Logos Apofantikós.

Es como si el agente y supuesto «beneficiario» del chiste dijera:

No entro en el juego discursivo del filósofo; cuando él «hable» o «escriba», en lugar de responder a sus argumentos yo le mostraré que me ausento, que «bostezo», que hago fading (que me desvanezco, me desmayo, me voy, me esfumo) frente a la pretensión que le supongo de ocupar el lugar del Amo en la famosa dialéctica de Hegel.

Frente a la presunta «Verdad» y la soberanía supuesta de su discurso, el filósofo-amo solo encuentra la «escucha» flotante-ausente de un «astuto esclavo» más que dormido, histriónicamente muerto... Chiste logrado...

Pero el estrato más profundo del chiste («chiste para la parroquia», como decía Henri Bergson en su obra La Risa; chiste para orejas psicoanalíticas) consiste o estriba en la nueva versión ahora entrevista o insinuada en el dictum lacaniano reformulado, lectura inédita que brota como un efecto sorpresa:

En el chiste parece producirse la identificación del «filósofo» con el «analizado», concibiendo al pensador en su más chata vertiente retórico-sofística y no de modo psicoanalítico-socrático. 

El filósofo es visto por el sujeto light como simple agente de actos verbales inútiles, como un mero «paciente» que debe ser sometido por el «vulgo» a una «terapia salvaje». Esta terapia, realizada por la «astucia» del esclavo al pseudo-invertir la dialéctica hegeliana referente a las «luchas de puro prestigio», viene a operar a favor de la doxa, del discurso común y de los registros no formalizantes de la vida, lo sencillo y lo «espontáneo»...

El mencionado «esclavo» trabaja en contra de una palabra envolvente que, por el rigor de su formalismo, tendería a resultar «ofensiva» para los valores creados desde la perspectiva del pragmatismo, de la ley del mínimo esfuerzo y del puro espectáculo.

«Hay que prestar oídos sordos al necio» (al filósofo) parece decir entre líneas, de un modo sarcástico, el breve texto plagiado-transformado en el cartelito de marras, halagando así el odio anti-intelectualista del hombre-masa contra los discursos más o menos densos.

Ese resentimiento fue denunciado en su momento por Isaac Asimov, entre tantos otros, cuando afirmaba que la presión del anti-intelectualismo ha ido constantemente abriéndose paso a través de nuestra vida política y cultural, alimentada por la falsa noción de que la democracia significa que «mi ignorancia es igual de válida que tu conocimiento»...

Para Lacan, en cierta etapa de su pensamiento, el éxito de la cura y «los principios de su poder» dependían de que el analista mantuviera su neutralidad como Otro y no cediera ante la «seducción» y las demandas del analizado. Estos reclamos están motivados de un modo inconsciente por el esfuerzo que tiende a realizar el analizado para «formar pareja o dupla imaginaria» con su analista.

Por esta última vía se producen todos los efectos negativos que se derivan de la identificación imaginaria del analizante con el analista cuando este último, en el proceso dialógico del psicoanálisis, viene a cristalizarse de un modo equívoco y técnicamente «perverso» como sujet supposé savoir («sujeto que se supone sabe»)... y se lo cree.

El analista, cuando asume su rol propiamente freudo-lacaniano, aspira a propiciar la emergencia o producción de las «verdades inconscientes» del propio analizado, sin proponerle una pasiva identificación con el «terapeuta que sabe» o con alguna otra figura modélica a seguir.

El analizado, en el proceso analítico en curso, debe producir su propio «Ideal-del-Yo» más allá de las seducciones imaginarias de un «Yo-ideal».

Llegados aquí, en esta «napa sumergida» del chiste de marras, resulta posible observar que se contrastan en el rótulo en cuestión dos planteamientos relacionados pero diferentes:

     1) La única forma de curar a un «paciente» neurótico es «haciéndose el muerto» frente a sus demandas «locas», negándose el psicoanalista a formar pareja imaginaria con él y situando, con su «silencio estratégico y táctico», el deseo del analizado de encontrar la «palabra plena» de la neurosis en su espera ilusoria de una respuesta concluyente a la demanda voraz que pretende agotar la totalidad del Deseo que la subtiende.

     2) La única forma de «curar-derrotar» a un filósofo «aprisionado» en su afán de lograr la «verdad plena» —batallando este, a veces, con el (re)molino de palabras en el que puede sumergirse ¡y sumergirnos! en su búsqueda compulsiva de «La Verdad»— sería... ¡hacernos los muertos!

Posible fin de la cura, del análisis... o del «diálogo filosófico»...

Pero se trata, en este caso, de un «hacernos los muertos» que no se produce por miedo a la carencia o a la falta, ni por incompetencia estético-filosófica, intelectual o técnica (lo que resulta muy usual), ni tampoco por «antiintelectualismo envidioso» e impotente (también usual). Se produce por amor descarnado a la no forclusión del decir contra la pretendida hipóstasis de lo dicho; por la apertura infinita y el amor a la emergencia posible de una verdad desestabilizante, nueva y entendida como neoformación discursiva indecidible y «monstruosa». Es, en fin, un testimonio de la singularidad del otro que somos y que nos espera, de nuestra radical capacidad para savoir-y-faire avec: «saber-hacer-ahí» con el síntoma (symptôme) bajo el carácter de parlêtres (cuerpos hablantes), tal como concibe Lacan al sujeto (in)humano en su relación con esa «lalangue» que subtiende a todo deslinde universitario efectuado entre lengua y habla...

Armando Almánzar-Botello

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Febrero de 2016

Santo Domingo, República Dominicana.

IMAGEN: Jacques Lacan en sus años mozos.

Copyright Armando Almánzar Botello. Reservados todos los derechos de autor. Santo Domingo, República Dominicana.

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