domingo, 13 de septiembre de 2026

¿SON «MEJORES» LOS INCAS Y LOS AZTECAS QUE LOS TAÍNOS? EL VALOR DE LA EXPOSICIÓN Y DEL DESAMPARO (Apunte)

«Esa extraordinaria y extraña «potencia originaria del desamparo» ante los grandes enigmas no ha cristalizado todavía en obras creativas de una inédita y singular grandeza.» Armando Almánzar-Botello


 
Por Armando Almánzar-Botello
Fredesvinda Báez Santana

A Marcio Veloz-Maggiolo, in memoriam 

Conocemos el riesgo de hacer abortar un análisis por la interposición de ciertos esquemas o enfoques reductores y geográfico-deterministas de un objeto de investigación que realmente obedece a la complejidad multicausal de los fenómenos físico-simbólicos e históricos humanos.

Percibo también el riesgo de reproducir, en clave baja menor, los mismos vicios y prepotencias que se denuncian como recursos «patológicos de razonamiento» (Kant) en la cartesiana, ciega y luego cínica razón eurocéntrica e imperialista, tal como estas vías destructoras de lo plural y lo múltiple son desmontadas por las Epistemologías y Filosofías del Sur concebidas por pensadores críticos como Enrique Dussel, Boaventura de Sousa Santos, Adolfo Chaparro Amaya, Néstor García Canclini, Serge Gruzinski, José Carlos Mariátegui, etcétera.

No obstante, desde el punto de vista de un posthumanismo eco-zoológico y cósmico-telúrico (sin dejar fuera definitivamente otros factores de naturaleza antropológica y sociohistórica), se podría decir que el poder originario de la subjetividad propia de los pueblos y culturas continentales se forjó, además de las luchas y/o alianzas políticas entre pueblos étnicamente distintos, en el enfrentamiento directo con grandes animales y fenómenos naturales de crucial magnitud.

A diferencia de aquellos continentales, para estas pequeñas islas —donde no hubo animales peligrosos de gran envergadura y el misterio de la naturaleza se manifestaba solo como eclipse imprevisible, como temblor sagrado de la Tierra (expresión terrible del disgusto de los cemíes del submundo) o como la indignada violencia del «huracán» (la diosa Guabancex o Atabey)—, esa violencia originaria encontró su relativa y problemática equivalencia antillana, más que en la erupción volcánica y la amenaza de los grandes carnívoros, en las fuerzas de lo Indescifrable, lo Invisible y lo Desconocido; en una conciencia mayor de la vulnerabilidad máxima del humano ante el carácter absoluto de lo Extraño y lo Cósmico. Aquí no dejamos de recordar las luchas o alianzas entre taínos, caribes y ciguayos.

​En ese sentido, el taíno, habitante de la isla bautizada luego como La Española, poseía una sensibilidad más aguda que la de los europeos y los americanos continentales para percibir el enigma del desamparo ante los grandes terrores imaginados, los mismos terrores que tenían un paradójico dique de contención en la factualidad del peligro representado por los grandes animales y las terribles manifestaciones telúricas características de los territorios continentales.

​Esa extraordinaria y extraña «potencia originaria del desamparo» ante los grandes enigmas no ha cristalizado todavía en obras creativas de una inédita y singular grandeza.

​La singular y gran imaginación originaria del hombre antillano será la fuerza que vectorizará una nueva ecología poética y convivencial de la mente humana, agroforestal, animal y tecnomaquínica sobre la superficie de la Tierra, concebida en una relación de Banda de Moebius con las potencias de los cemíes hibridados con los luases africanos. Habrá que esperar.

Armando Almánzar-Botello y Fredesvinda Báez Santana

Domingo, 13 de septiembre de 2026

​Copyright Armando Almánzar-Botello y Fredesvinda Báez Santana. Reservados todos los derechos de autor. Santo Domingo, República Dominicana.

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