«Ese carácter de «transindividualidad» es el que permite la afirmación espinozista de la Natura naturans como grado maximo de potencia inmanente.» Armando Almánzar-Botello
Por Armando Almánzar-Botello
Pienso que el escrito final de Gilles Deleuze titulado «La inmanencia: una vida...» (1995) no participa de la metafísica de la presencia ni de una visión estática del ser (como percibe Jacques Derrida en su comprensión de la «intuición»), sino que afirma la diferencia de lo múltiple más allá de la persona como cierre, con la apertura a lo impersonal de las singularidades nómadas y preindividuales.
Ahí, en Deleuze, no opera la intuición como captación metafísica de lo estático del ser, sino como afirmación transformativa de la «evolución creadora» de Henri Bergson y la diferencia «transindividual» de Baruch Spinoza.
A propósito de lo transindividual, Étienne Balibar, en su obra titulada precisamente Spinoza político. Lo transindividual (2018, 2021), resalta esa vertiente del pensamiento del ser en Baruch Spinoza para evitar que el concepto espinozista de «conatus» (perseverancia en el «propio» ser) sea interpretado como simple «interés en el interés», lo que reduce el concepto a la mera persistencia «egoísta» en lo que se es.
Se opone así el conatus, tal como hace Alain Badiou, al «interés en el desinterés» como base de una ética que desborda el simple perseverar en lo físico y biológico. Badiou, Alain: La ética. Ensayo sobre la conciencia del mal (2004 Editorial Herder).
La de Badiou, de hecho, constituye una lectura interesada y reduccionista. En Spinoza, el concepto de «Conatus» es transindividual porque atraviesa la mera preservación del yo, del ser de los entes, y se abre a la alteridad, al colectivo, a lo plural, a lo múltiple, a una concepción inmanente de Dios mismo como agente del silogismo disyuntivo-inclusivo (Pierre Klossowski, Gilles Deleuze).
Ese carácter de «transindividualidad» es el que permite la afirmación espinozista de la Natura naturans como grado maximo de potencia inmanente.
El «Se» impersonal que podría operar la intuición no es una mera presencia metafísica, sino flujo y corte de singularidades que no son mónadas idénticas a sí mismas, sino un juego de diferencias que escapa a la representación del concepto identitario.
Esta intuición vitalista deleuziana no se constituye en una captación haptotrópica del ser como presencia, sino en una vía que reconoce no solo lo idéntico del concepto sino también lo no-idéntico de este (como diría T. W. Adorno).
Si la especificidad de la filosofía en el cerebro-sujeto no es crear funciones lógicas y matemas (ejeto: ciencia) ni tampoco la producción de perceptos y afectos (injeto: arte) sino la producción de conceptos y personajes conceptuales (superjeto: filosofía), entiendo que la intuición en Deleuze no es un recurso de reposo o descanso sino la facultad que permite operar la síntesis disyuntiva inclusiva entre esas tres vertientes de un pensamiento no sintético-armónico, como sí lo sería el «pensamiento originario» (Das anfängliche Denken) de Martin Heidegger.
Armando Almánzar-Botello
Viernes 3 de julio de 2026
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