sábado, 12 de septiembre de 2026

TIMES SQUARE AND LIN THE BEAUTIFUL...

«Hay un gran desorden bajo los cielos, la situación es excelente». Mao Zedong

«This scholar chinese girl is music pure» Armando Almánzar-Botello [«Esta erudita joven china es pura música» Armando Almánzar-Botello]

Por Armando Almánzar-Botello

¡Inspirado San Francisco heterosexual, cisgénero, / pero no por ello menos plural y democráticamente LGBTIQ+, / predicando a los pájaros parlantes en cierto Times Square místico y abierto / (Manhattan, New York), / como un cyborg y nómada Ludwig Wittgenstein cualquiera!

Quien sabiamente le tomó la foto, / testigo fue del posterior milagro: silencioso el cyborg como un sino-místico / elevose ante ojos de mortales tensos... Muchedumbre mirando boquiojo-abierta / sorprendida siguió la trayectoria bélica: / línea oblicua sideral 4 de julio... / Tal un novio a lo Chagall el cyborg / sobrevoló risueño los tangibles helipuertos / de rascacielos altos muy erectos, / hasta ver de nuevo al fin / —desnuda su fotógrafa oferente— / a la ubicua mujer oriental de gran secreto ardiente. La bella Lin abrazada al cyborg, besándolo miraba chinamente al frente / —muy espeso y oscuro el Central Park despierto—, / desde aquella ventana erótica (in)discreta...

Copyright Armando Almánzar-Botello.
Santo Domingo, República Dominicana. 
Reservados todos los derechos de autor.

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ALFRED HITCHCOCK PRESENTS: Onírica y ausente se desnuda la muchacha               

     «Cuando China despierte, el mundo temblará.» Napoleón Bonaparte

     «Hay un gran desorden bajo los cielos, la situación es excelente». Mao Zedong

     «This scholar chinese girl is music pure» Armando Almánzar-Botello [«Esta erudita joven china es pura música» Armando Almánzar-Botello]

     Por Armando Almánzar-Botello 

     A Efraim Castillo; a Pedro Antonio Valdez

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En el décimo piso de la muerte, asoma,

punzante y vertical como la duda, caída pensada

simplemente, o

pasada de moda: ¡el vértigo!


Empire State Building, New York, 2009.

Zero Zone after...


Casi un ojo que florece contra el cielo

enigmática su letra se derrama:

Alfred Hitchcock Presenta… Recuerdo…


Detenido el ascensor,

se abre una ventana y ¡acontece al fin la luna!

Dialogan el viejo y la muchacha…


—¿Cogito, ergo sum?... Larvatus prodeo

What do you say?

—El payaso cayó desde lo alto, ergo… ¡risas!


Neón rojizo la Ciudad a la izquierda por la sangre.

Onírica desnuda y reflejada en mar intenso, gruñe

un Circo hasta la médula su música inoída:


Tiembla luz de lejanía entreabierta por sus manos.

En mágico trapecio su cuerpo de gimnasta,

suspende, promete, oculta,

                                           desliza la muchacha

misterioso un torso lúcido en espejo

y toco ausencia…


This scholar chinese girl is music pure...


La melodía que palpo dulcemente en la memoria,

casi ardiendo un vino claro que bebía de sus labios,

mana lenta hacia la copa sinuosa de su sexo, donde sorbo la

escritura todavía indescifrada, la embriaguez que anula el tiempo.

Y el recuerdo abierto y limpio de la muchacha es aire…

¡Oh urbana y secretísima música desierta!…


Noche tórrida en aullidos que regresan

con el Ferry... Liberty Enlightening the World:

—“May i feel said he”...

Cyberpunk’s Ideograms

Lin, you know: you are my dear little girl, my darling you,

    you are my it!

“you’re divine! said he,

    you are Mine said she...”

Y reías misteriosa caminando entre las lenguas.

Resoplaban los amigos el Scherzo del

Espanto:

                 “Buffalo Bill’s defunct!”…


A lo lejos brilla el río...

Solitario por las calles retorcidas alguien habla…

El humo lentamente —retornando de puntillas reflexivo

llega al cuarto

y en un sillón se tiende... ¡Central Park en mi ventana!

El saxo piensa hondo y

cauteloso inquiere al viento:

—¿Qué dicen hoy los diarios?...

Envuelve a la muchacha, camínala desnuda,

baila roto su placer y acaricia la textura

de sus grafemas lúbricos.


¡Arde lento y furia en música!


Delira tú en su prosodia New York y el cuarto abierto.

Desliza ideogramas por el piercing de su vientre y

la cima de su insomnio…

¡Central Park en mi ventana!


Enciende tu deseo y el rumor de la memoria

—palpitante semáforo en la tarde—.

Con tu voz imanta el Hudson y viértelo en su mente.

Re-escríbela, per-viértela en tus labios y

                                                 descúbrele senderos,

mil sabores en el vino que aletea por su aliento.

Edifica otra ciudad con sus palabras.

                                                         ¡Oh, Manhattan!


Y acoplada con el rayo, la terrible diosa oscura

que late por sus ingles,

destruya el Muro Ciego edificado en el espanto…


Oh, la bella Lin, aisthesis del instante.

¡Bailemos nuestra muerte sinuosa en la Bachata!


Mas lo dudo…


Abre la ventana y

gime ahora por las dársenas ...

La furia del viento es la muchacha…


Escúchame hijo mío,

/en el saxo Joshua Redman habla lúcido en la noche/

no debes nunca odiar la inocencia de la vida,

ni albergar en tus manos el horror irredimible

que hace turbio el sentir de lo sensible impenetrado

cuando sube con la sangre su misterio al pensamiento.

Abre sin temor tu percepción al mundo,

aunque haya sido siempre

tu padre, sin remedio,

un triste y nómada ludópata borracho,

un terrible ideograma dibujado por su ausencia...

Eres hijo y padre de un olvido, como todos los

viajantes de comercio…

Cortante aleve y fiera

bien escrita la muchacha,

del odio en luz dentada y

sensual mejilla andrógina, 

                                           me mira,

la miro, 

               me abraza: 

                                    ¡el rayo!


¿Podría el mar letrado

soportar su triple hachazo?

¿Qué dirán luego los diarios?

Oh, mi bella Lin, Aisthesis del instante.

¡Bailemos tropical nuestra muerte en la Bachata!

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Year 2010, Dominican Republic: La Romana.

Exclusive Vacation Rental. Casa De Campo.

¡Por teléfono me dijo Lin su amor en español dominicano!:

“Estoy aquí en Santo Domingo, my crazy love, y quiero amarte”...


Soñado el Paraíso está próximo a tus manos:

Hay sol, uvas de playa, tiernas frutas del secreto,

rojos vinos de sabores inmortales...

                                                         ¡y el merengue!

—Trópico enlutado íntimo en la sangre—

               El mar latido al fondo.

Altavoces que recitan fragmentos de Lao-Tsé, palabras de Platón y

sexo a flor de labios…


¿Cómo puede rota inconsolable la muchacha —inconexa

de palabras averiadas y esquizoides— reír para vencer los resuellos

de la muerte, la ridícula miseria impertinente,

los instintos que le muerden dulcemente las entrañas

con filos de caninos postizos filantrópicos

con cajas metálicas de dientes impostores?...


Y si acepta esa muchacha la sintaxis cazadora

del viejo delirante inflamado allá en lo alto,

y ceden los pretiles al reclamo de la carne

                                                                ¡y cae hacia el abismo!:

¿habrá fiesta en el décimo piso de la muerte,

habrá viento y ceniza en la escritura y los balcones?...


¿Y qué dirán luego los diarios?...


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Julio de 2010

Copyright Armando Almánzar-Botello.
Santo Domingo, República Dominicana. 
Reservados todos los derechos de autor.

Blogs en los que figura este mismo texto:

Blog Cazador de Agua

Blog Vallejo sin Fronteras

Blog de Pedro Granados

Blog Efraim Castillo

Blog Epistheme

Blog Otros Textos Mutantes

Copyright Armando Almánzar Botello. Reservados todos los derechos de autor.
Santo Domingo, República Dominicana.

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EL PLAN (Relato)

«...El acto de escritura encarna, en su amenazante ambigüedad problemática, una objetivación y un espaciamiento percibidos por el “yo” como castrantes, porque rompen con la presunta inmediatez de la conciencia, con la intimidad clausurada de la voz como órgano imaginario de apropiación...» Armando Almánzar-Botello

«Quien no es artista... sencillamente no es artista...» Friedrich Nietzsche

     Por Armando Almánzar-Botello 

Para L N. G.

¡Oh rabia impotente! Parecía que la presencia fatal de un virus electrónico había infectado de forma selectiva los mensajes que los dos se venían comunicando a través del ordenador en el transcurso de aquellos agitados meses de pasión enmascarada.

Por ese grave acontecimiento, el sujeto de la escritura no había podido acceder a ciertos archivos que le permitirían definir con más precisión el plan del relato seminal que serviría de base para el otro vuelo.

¿O sería más bien para el descenso al subsuelo ilimitado y monstruoso de su propio ser, de su atroz memoria?... Palabras demasiado convencionales para expresar la terrible perspectiva que se abría ante sus ojos.

Temblaba frente a las puertas entreabiertas del posible cumplimiento, del Plan que vislumbraba, ominoso y ciego como la ruta de un Metro fantasma deslizándose en la noche por interminables galerías subterráneas, clamando por la encarnación de sus espectros en la espesura sombría de su trayectoria inconsciente, ineluctable...

Pensó entonces en la frase de Mishima: Se abre hacia la muerte, tal como un kimono de seda se desliza por la pulida superficie de una mesa hasta caer silencioso en la penumbra del piso...

Sintió un escalofrío que recorrió su espina dorsal, y contempló —mientras escribía en el silencio de la noche alta—, la pantalla fosforescente del computador...

Al cabo de unos instantes, apartó la mirada de aquella luz que lo hería, y miró las ventanas oscuras de su cuarto.

Pensó en los parques públicos bajo el sol de las mañanas, en viejos paraguas olvidados en rincones también sin memoria, en calles al atardecer atravesadas por las corrientes vertiginosas de autos carnívoros, en secretas escaleras que ascendían como promesas de magnolias en la noche, en remotos lugares cerrados donde un hombre y una mujer se desnudan en la penumbra, incansable y mágicamente, para entregarse, resplandecientes de pasión y de extrañas metamorfosis, a ritos innombrables y voluptuosos...

Llegaron a su mente aquellos solares llenos de plantas extrañas, ratas gigantescas, restos de ordenadores y máquinas de finalidad incierta; espacios pululantes de cucarachas y bichos que creíamos hacía mucho tiempo extinguidos, basureros que aparecen de súbito entre algunos edificios de las grandes ciudades ofreciendo el testimonio de una secreta y vaga verdad de la existencia: la banalidad con la que casi siempre se disfraza el enigma inanticipable del acontecimiento...

Porque —pensaba—, no hay nada más misterioso que la basura, que los restos, que los vestigios, que los escombros... Huellas primordiales de la sangre en las palabras terribles que perduran...

En el sujeto de la escritura se ahondaba el hueco, la inclemente verdad de la carencia, el vacío donde agazapada, retorciéndose, ondulante, la peligrosa cobra de la escritura preparaba su fármacon letal.

Al no encontrar en el ordenador los referentes escritos que dieran testimonio de los hechos en apariencia acontecidos entre ellos en los últimos cuatro meses, le parecía que todo había sido un insólito y turbulento sueño del que apenas ahora acababa de despertar, y que esta ensoñación comenzaba, con extraño goce de planta carnívora y angustiosa fiebre delirante, a florecer de nuevo transfigurada en su conciencia, al rememorarla...

Toda la realidad al alcance de sus ojos en la polvorienta buhardilla: arriba, la noche del cielo raso; abajo, la mesa sobre la que escribía —iluminada tenuemente por una pequeña lámpara eléctrica—; el bolígrafo que sostenía latiendo entre sus dedos entumecidos (escribía ahora a mano, convencida de que la pantalla del ordenador quema los sueños); la página sobre la que trazaba frases inconexas y zigzagueantes; el viejo escritorio sobre el que se reclinaba como sobre un abismo; los libros y objetos dormitando, casi vivos, en los anaqueles de madera; los pasos enigmáticos de otro huésped del insomnio en la habitación vecina; la sombra voluptuosa de un torso desangrado en la memoria...

Todo lo que alcanzaba a escuchar y sentir en la alta noche, todo, se consumía como ella en el incendio de la incertidumbre...

De forma curiosamente parecida a la de Chuang Tzu —pensó el sujeto de la escritura.

De forma parecida a la mía leyendo estas frases —prosiguió alguien hablando con neutralidad en voz alta—, pues cuando despierto del sueño en el que creí vislumbrar a Chuang Tzu, no puedo saber si he soñado a Chuang Tzu o es él quien continúa con terquedad ontológica soñándome (incesante como el grito de mi ser), ahora, aquí, creyéndome despierta en lo que escribo.

Entonces, blandiendo el filoso cuchillo sobre el seno desnudo de la mujer de rasgos orientales —que fosforescía a su lado en el lecho como una dormida y delicada flor de ciruelo—, el innombrable comenzó, con firmeza y precisión, a escribir la verdadera historia...

Armando Almánzar-Botello

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Abril de 2009

Copyright Armando Almánzar Botello. 
Reservados todos los derechos de autor. 
Santo Domingo, República Dominicana.
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FRAGMENTOS DE UN DIARIO ELECTRÓNICO. FLÂNEUR AND «MENTAL TRAVELLER»...

«Cada día me confirmo más en mi presunción, a lo Philip K. Dick, de que la realidad es un mero ensamblaje de utilería, una territorialidad delirada en la que unos viven y otros mueren; en la que ciertos innombrables programan secretamente los hechos, y otros taciturnos o llenos de candor los disfrutan o padecen…» Armando Almánzar-Botello

«El flâneur, el callejero al azar, se convierte de este modo casi en un detective a su pesar… Su indolencia solo es aparente, pues tras ella se oculta la vigilancia de un observador que nunca pierde de vista al malhechor... En tales condiciones, sea cual sea la huella que el flâneur persiga, ha de conducirle hasta un crimen. Con lo cual se indica de qué modo la historia detectivesca, a despecho de su sobrio cálculo, coopera en la fantasmagoría propia de la vida…» Walter Benjamin

«Recuerdo los ojos azules y la boca sensual y mistérica de una joven guía polaca en el Metropolitan Museum of Art...» Armando Almánzar-Botello

«Delira tú en su prosodia New York y el cuarto abierto. / Desliza ideogramas por el piercing de su vientre y la cima de su insomnio… / ¡Central Park en mi ventana!» Armando Almánzar-Botello

     Por Armando Almánzar-Botello 

«Es muy cierto eso de Dick y de la locura como estética: sus novelas acaban siendo, formalmente, casi una representación estética de lo que significa el “estar loco”. Me parece que —si nos ponemos musicales— Dick escribe más “variaciones” que “improvisaciones”: siempre parte de una misma aria central que tiene que ver con las preguntas: “¿Qué es real? ¿Qué no lo es?”, y te va envolviendo en esa melodía repetitiva y constante…» Rodrigo Fresán

A Philip K. Dick, in memoriam

A Fredesvida Báez Santana, latido indescifrado y luminoso de la perla.

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Miércoles

En Nueva York, el ritmo del subway, de los automóviles y de la ciudad toda se te mete en el cuerpo y terminas acoplando tu velocidad visceral y anímica a la gran maquinaria que conforman el colosal y policéntrico paisaje citadino, la danza de los rostros anónimos, la diversidad insólita de los fenotipos y las culturas...

Un buen día, por insólito designio del azar, de súbito el desprevenido viajero se descubre o experimenta como un extraño significante (de) más...

Tomado por la turbulencia proteiforme de la urbe, se mira cogido en el entrópico torrente o devenir indescifrable de las calles, y fluye a la deriva entre los puntos y comas del párrafo brutal que constituye la secreta fascinación de cada día en la historia de una ciudad cuyo destino parece que oscila, de un modo asombroso, paradójico, entre un paraíso y un infierno de signos desacralizados, metonímicos, construidos, deconstruidos y reconstruidos en cada instante a la medida del Deseo de los “hombres huecos” del siglo XXI, como hubiese dicho Thomas Stearns Eliot.

La ciudad de Nueva York es un texto que padece “infinitud potencial”. Hay un riesgo deletéreo para el inmigrante, para el hombre extranjero que se sumerge en ella: perder el alma y convertirse en un “punto dígito en la topografía de la desesperación” —como me parece que dijo alguna vez Henry Miller—, en un coágulo de soledad sin lugar fijo en la anatomía urbana... O simplemente pensar que ha encontrado la ciudad perfecta para vivir en estado permanente de iluminación, maravilla, frivolidad, trabajo productivo interminable o gozosa catástrofe...

Por suerte, existen aquí oasis imprevistos de belleza temperada, de dolor y de placer estéticamente dirigidos y orientados, que te salvan del hundimiento definitivo en el abismo del sinsentido, del delirio en bruto, de la fragmentación del ser y el olvido sin retorno.

Una parte importante de dichos espacios o experiencias de redención la conforman ciertas calles, olores y edificios como salidos de un sueño de tu infancia y que te reconcilian con el mundo; algunos encuentros fortuitos, mágicos, con seres extraños —insospechada fauna de fosforescencia discreta que transita o fluye por las calles y duerme en cualquier banco frío de parque o en hoteles de paso—; los curiosos estados de reveladora conciencia que parecen asaltarte al escuchar los sonidos de un pájaro carpintero en un árbol próximo a la ventana de tu cuarto, siempre agobiada por un ruido permanente de bocinas y motores...

En el conjunto de los territorios milagrosos y salvíficos que nos ofrece alucinada la gran urbe, no debemos olvidar jamás la realidad transmutante de los museos de arte, las febriles bibliotecas y librerías, las pequeñas salas de teatro, los encuentros contingentes con increíbles, bellas y generosas muchachas en los nocturnos clubes de jazz del Greenwich Village, las grandes discotecas abiertas hasta el amanecer de cualquier día cimarrón, los deslumbrantes, erógenos y postmodernos locales de striptease, donde sorpresivamente descubres como bailarina nudista a una hermosa, joven, nostálgica y complaciente compatriota de provincias...

Tengo la música disonante, aleatoria, heterofónica de la ciudad de Nueva York metida en el cuerpo: consonancias y disonancias a lo John Cage; conjunciones y disyunciones al modo de la escritura de William S. Burroughs, al ritmo del jazz de Sonny Rollins, de Joshua Redman, Kenny Garrett, Kenny Kirkland... Chirridos de bielas, fragor de motores, humaredas que ascienden lentamente bajo la tenue llovizna que cae sobre un pavimento coloreado por el neón, el deseo y los sueños. Sensación de que algo indefinible acecha, agazapado en cualquier muro manchado de graffitis, y que todavía no salta sobre ti…

Una maquinaria centelleante llena de rumores y silencios, de luces y de sombras, la gran ciudad... Mas llena, no obstante, de tu cuerpo lejano de mujer —pero ahora casi palpable para mí— y de tu maravillosa, múltiple, inagotable presencia que se alza por encima de los rascacielos de Nueva York, para nadar desnuda, como una divinidad sorprendida, en un aire de infinito luminoso todavía más alto que todo lo alto...

Poema plural tú, jardín amado, seguido por el perfume ritual de otros jardines iguales a ti en su misterio: séquito abismal de ti misma reflejado en las vitrinas resplandecientes de los comercios en los que venden la última “tableta electrónica”...

Casi te alucino por las calles presurosas. Me vuelvo… ¡y ya no estás!... Juega tu recuerdo conmigo al escondite irradiado en los espejos. Pero al fin te resuelves en la unidad perfecta de un latido anticipado igual a tu palabra, anhelante, y escucho de nuevo tu voz de pulpa melodiosa en mi teléfono celular...

—¡Hola, mi amor, justamente ahora pensaba en ti!...

Como ayer te había dicho que lo haría, hoy he visitado nuevamente al MoMA (The Museum of Modern Art). Allí he refrescado la memoria visual de tu presencia distante con peces de Matisse y luego, por las calles, con los trazos del viento fugitivo entre los plátanos…

Picasso, Dalí, De Chirico, Cézanne, Kandinski, de Kooning, Gorky, Pollock, Matta, Rothko... acompañan la magia coral de los encuentros…

¡Eres incesante caminando de mi brazo en el recuerdo!…

¡Y pensar que llega casi la gran “Exposición Centenario de Francis Bacon” en el Metropolitan!

¡Y aquella breve pieza teatral de Samuel Beckett, que tú y yo amamos tanto, aparece para mí, prodigiosamente, la próxima semana en off off Broadway!

La vida es noble y cruel de un modo simultáneo. Ante su cáustico y loco secreto la risa desmedida es la sentencia...

Ya lo dijo un día un hombre indescifrado, el mismo que un judío erudito sin ruborizarse nombra, en sesgado arrebato de olvido (in)comprensible, como «el inventor de lo humano»...
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En Nueva York ahora llueve, llueve, llueve... Miro la luz del amanecer a través de la ventana de mi cuarto en el piso 19 de Queens (apartamento de mi Tía Marisela).

Más que final de primavera y principio de verano, hoy parece un día otoñal desfalleciente... Y pienso mucho en ti, Odelia...

Luego te escribo con más precisión, con menos devoción por el fragmento…

Dentro de un mes, si consigo algo más de dinero, me encontraré de nuevo en Santo Domingo…
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Viernes

11:30 de la noche

Precisamente ayer, mis amigos William y la bella Lin, los miembros del club y yo, llegamos hasta Coney Island Station, en Brooklyn, movidos por una espesa nostalgia de bruma escrita, vivida hace años, secretamente literaria….

Hoy, justo a mi llegada a Nueva York procedente de New Jersey, Plainfield, a eso de las seis y treinta de la tarde —viajé allá por la mañana a visitar a unos familiares y a entrevistarme con ciertos conocidos por motivos de negocios—, no me explico el porqué, al desmontarme del autobús me sentí profundamente extraño...

Antes de salir de Plainfield me había tomado todos mis medicamentos cardiovasculares, antipsicóticos y ansiolíticos. No había ninguna causa evidente que explicara mi aguda sensación de extrañeza.

Llegado el momento justo, abordé el tren que me podía conducir a Queens County, la línea “E”, y acomodé ausente mi estupor junto a una discreta ventanilla...

No obstante, como guiado por una fuerza imponderable, secreta y poderosa, después de mirar un rato a través del cristal de mi ventana en el tren la danza irregular y sinuosa del paisaje que me hablaba de las experiencias vibrantes de Walt Whitman, de Charles Baudelaire, de T. S. Eliot, Arthur Rimbaud, Blaise Cendrars, Edgar Allan Poe, Henry James, Allen Ginsberg, William Faulkner, Jack Kerouac, Lawrence Ferlinghetti, Henry Miller, James Joyce, Frank O’Hara, John Dos Passos, Maria Callas, Charles Bukowski, John Ashbery, Baruch Spinoza, Franz Kafka, Thomas Pynchon, Don DeLillo, Jacques Derrida, David Foster Wallace, Paul Auster... de tantos otros estadounidenses o europeos que de una forma física, imaginaria, virtual o inédita exploraron o sondearon el abismo de Norteamérica, me desmonté automáticamente en la parada equivocada y vagué sin rumbo por la estación del subway a la altura de la Séptima Avenida.

Algo desconocido en mí decidió conducirme como un sonámbulo por calles que no recordaba haber visitado nunca en Manhattan. Me perdí, de modo textual, en el hervidero impredecible de una rara y convulsa muchedumbre.

Envuelto por el rumor del gentío que desbordaba las plazas, las aceras, y creaba de forma oscura y literal corrientes turbulentas de cuerpos humanos que se desplazaban como vectores delirantes hasta por las mismas calzadas de las calles, me olvidé de mi nombre, de los contornos netos de mi cuerpo, de mi identidad y de mi origen. No recordaba la razón, si la había, por la que me arrastraba lleno de una extraña energía empática, simbiótica, confundido con ese oleaje de seres desconocidos y de nacionalidades diversas.

Entonces, “Yo fue Nadie”: Un par de negras zapatillas vacías, sin ninguna persona dentro, vagando por las calles de una geografía urbana más que real, quizá alucinada...

Lleno de un indescriptible estupor vagué casi dos horas perdido entre el gentío monstruoso...

Poco después, súbitamente, comprendí el significado de la palabra howl, “aullido”... Y vi, fijo en mi mente, con esa lucidez terrible que solo pocas veces he sentido —únicamente en estados de conciencia profundamente alterados por la droga, por la meditación o por las frías llamaradas del delirio—, el cuadro conocido como “El Grito”, del gran pintor noruego Edvard Munch...

Creo que tuve, en la experiencia inefable de un radical desamparo, una cierta entrevisión de la condición humana y su trágico destino, vivencia colindante con la iluminación místico-poética de la deriva neosituacionista de un flâneur, de un cyborg postmoderno... o relacionada, simplemente, con la locura y su obstinada lengua de azul acetileno...

Cuando regresé a mi estado consciente habitual, me sorprendí al caer la tarde bañado en frío sudor, hablando apresurado en mal inglés con un desconocido sobre la peligrosa situación del Medio Oriente. El diálogo se desarrollaba en la incierta esquina de una calle anónima de un Manhattan transfigurado que me recordaba las pinturas apocalípticas de Hieronymus Bosch, con su característico incendio de ciudades oscuras rojo-sangre...

Momentos después, mientras continuaba mi conversación con el hombre del asfalto, el espacio vivo comenzó a transfigurarse y evocó eso innombrable que imagino siempre como el extraño rumor alucinante de “La entrada de Cristo en Bruselas”, lienzo vanguardista del pintor belga James Ensor...

A duras penas, pero reconciliado al fin con lo Real, cargado mi cuerpo de un indescriptible magnetismo, abordé el tren de nuevo y me dirigí, lleno de soplos premonitorios, a la estación de Woodhaven Boulevard, para retornar al paisaje familiar de Roosevelt Avenue, en Queens.
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Creo que fue así, no estoy seguro de mi recorrido, pero llegué a casa justo cuando mi primo, legítimamente preocupado, llamaba por teléfono a unos amigos comunes preguntándoles por mi paradero...

Había estado yo dos días completos con sus noches, explorando los abismos de la Gran Urbe...

Al día siguiente, volví por octava vez (la he visitado hasta el momento unas dieciocho veces) a la exposición del Metropolitan Museum con motivo del centenario del nacimiento del gran pintor angloirlandés Francis Bacon...

Discutí en el museo con uno de sus guardianes, pues mis reiteradas visitas a la exposición y mi particular comportamiento frente a todos los cuadros, violando sin miramiento alguno los protocolos de aproximación, terminaron por hacerme parecer sospechoso...

Cada día me confirmo más en mi presunción, a lo Philip K. Dick, de que la realidad es un mero ensamblaje de utilería, una territorialidad delirada en la que unos viven y otros mueren; en la que ciertos innombrables programan secretamente los hechos, y otros taciturnos o llenos de candor los disfrutan o padecen…

Por cierto, Odelia, ayer en la mañana, un homeless amigo muy generoso me regaló los dólares suficientes para comprar nuestros anhelados anillos de matrimonio [...]

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Febrero–Julio 2009 

Copyright Armando Almánzar-Botello. 
Nueva York, Estados. Unidos de Norteamérica. (Texto retocado)


1 COMENTARIO:

Irina Maribel dijo: ¡¡¡Me ha fascinado, Armando!!! 23 de octubre de 2012, 15:19

Copyright Armando Almánzar Botello. 
Reservados todos los derechos de autor. 
Santo Domingo, República Dominicana.

IMAGEN:

Fotografía de Armando Almánzar-Botello en Times Square, New York.

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