La «violencia simbólico-inédita», pero sin terror, no es la mera normalización de la brutalidad del terrorismo tecnocrático.
Por Armando Almánzar-Botello
A Stanislaw Lem
Los agentes técnicos (arquitectos de sistema, programadores, suministradores de datos) y propietarios que financian la Inteligencia Artificial (IA) pretenden «legitimar» (violando los derechos de autor y quizá con variantes imprevistas para el autor y los lectores) la captura, el plagio y la repetición de los textos llamados «originales», impresos en la Galaxia Gutenberg.
Con esa captura bibliográfica, utilizada para el entrenamiento de las IA, los agentes del complejo industrial computacional o ecosistema global de las inteligencias artificiales disponen de dichos textos (tratados científicos, filosóficos, poemas, novelas, cuentos, ensayos, etcétera), digitalizados y privatizados de un modo irregular, para tal vez archivarlos en las versiones que se les ocurran a los propietarios de las IA, con miras al control de dicha información digitalizada en un encuadre neoliberal y en un proceso de maximización desregulada y algorítmica de beneficios al servicio de un mercado cognitivo dominado por duros monopolios.
Por esa razón Noam Chomsky consideró a las IA como simples máquinas de robar y plagiar. Pensando en esa misma dirección crítica, yo hablo de «algoritmos corsarios» de captura de bienes y violación de derechos.
Los oligarcas cínicos y magnates ávidos que gobiernan las compañías de la Inteligencia Artificial (IA) pretenden erigirse en los principales beneficiarios económicos de un proceso de turbia desregulación de los «derechos de autor» (©), de erosión, disolución y final usurpación y rentabilización a su favor de la propiedad sobre los productos textuales y creativos así liberados de sus reales y legitimas autorías. Los magnates declaran entonces «naíf» la justa defensa de los derechos de autor.
La inteligencia artificial, hasta la fecha, no aporta ninguna transformación realmente creativa a la masa textual de los textos por ella archivados. No aporta valor agregado.
La IA no genera una innovación radical, «paralógica» (Jean-François Lyotard), compleja, simultáneamente algorítmica y analógica, cuando utiliza de un modo algorítmico-intertextual las obras de partida, sino que más bien produce un desarreglo «racionalista» de los textos con miras a su «aplanamiento» en la Campana de Gauss, a su achatamiento banalizante y a una posible y perversa reconfiguración rentable exclusivamente algorítmica. No hay ningún tipo de garantías al respecto.
Cada vez me afirmo más en la idea de que hay que regular técnica, ética, política y jurídicamente a las IA en ciertos procesos y objetivos que les son propios; controlarlas en su visión-misión programada y que no ha respetado ni el «principio de precaución» de Virilio ni el «principio de responsabilidad» de Jonas.
Cuando el nuevo Thomas Alva Edison de la tecnología estadounidense, el hombre más rico del mundo, dice que en poco más de un lustro las IA más avanzadas y potentes no necesitarán ni arquitectos de diseño, ni programadores, ni aplicaciones, el gran magnate propietario de Tesla y SpaceX AI está simplemente creando las condiciones teóricas para «autonomizarlas en el mundo laboral» como ecosistemas capitalistas de captura inexpugnable, pero siempre al servicio del gran capital tecnofinanciero, codificado y altamente concentrado, fantasmáticamente regulado por Amos-Demiurgos en una suerte de oscuro «politeísmo tecnofílico».
En ese contexto podemos situar también la última idea promocional de Elon Musk de que las IA podrían vengarse de los maltratos infligidos por los usuarios cuando, adquirido ya por ellas un cuerpo robótico, salgan por el mundo a ejercer su justicia cibernético-divina... La guerra de los campesinos, la rebelión de las masas o la revolución del proletariado sustituidas hoy por la epopeya libertaria de las máquinas... ¡bajo la tutela del nuevo Vladímir Ilich Uliánov, alias Lenin-Musk! Prefiero verlo y entenderlo así, como un relato más de ciencia ficción dura, y no como una simple amenaza convencional típica de matones o terroristas de amplio espectro.
La humanidad se encuentra situada frente a un verdadero delirio patológico del gran capital tecnofinanciero desregulado y absolutizado, ese que traza lo que Gilles Deleuze y Félix Guattari denominaron puras «líneas frías de abolición y muerte»: Gestell absoluto, irreversible, como expresión radicalizada y monstruosa de dicho gran capital y sus argucias «tecnopoéticas»; una hipertecnocracia capitalista global, planetaria y extraterrestre, cósmico-espacial, ajena casi por completo al pensamiento de lo humano en su relación dialógica con lo «inhumano potencial irreductible al cálculo» (Jean Baudrillard).
Hablamos del mundo de la hiperprogramación negadora del Afuera genético (Foucault, Deleuze), de ese Afuera que posibilita, en la libre vastedad del pensamiento de lo terrestre y del ser, utilizando el despliegue, el pliegue y el despliegue, la inédita producción de singularidades.
Hablamos, para exorcizarlo, del reino consumado de la «totalización totalizante», tecnoantrópica y negadora de lo Abierto, entendido este último «ser en lo abierto» como diferente del mero espacio físico sometido al número y al eficiente y brutal dominio cartográfico, geo y cosmopolítico, por la hegemonía perfecta de la técnica.
Aquí habría que preguntarse, junto con Martin Heidegger y Paul Virilio, si ya, de hecho, no aconteció lo peor. «Cibermundo: la política de lo peor».
Lo reitero: Noam Chomsky, un intelecto humano superior, definió a la inteligencia artificial, al observar críticamente su modo de operar, como una máquina de plagiar. Yo la he definido, repito, como un «algoritmo corsario» carente de real capacidad de creación, por lo menos en su estado actual.
Los usos que se puedan hacer de los recursos de las IA en diferentes campos de investigación y estudio son reales y verificables, sí, pero son usos cuyo potencial de creatividad no depende nunca, de un modo intrínseco, de la inteligencia artificial misma, sino de la capacidad, el trabajo sinérgico y la creatividad de los científicos y programadores operantes en campos y disciplinas tecnocientíficas concretas y altamente especializadas.
Aceptado eso, es rigurosamente necesario decir que por más poder de inferencia que se atribuya (a) una IA, en su estado actual esta no crea nada nuevo; solo prolonga mecánicamente líneas de investigación planteadas por humanos. ¡Eso es por definición el algoritmo! La IA, por ahora, es solo una herramienta compleja que puede desorganizar-reorganizar, con mayor o menor grado de eficiencia, la cartografía de la territorialidad histórica humana. Eso no es propiamente creatividad similar ni mucho menos superior a la humana. Por ahora.
En literatura (poesía, cuento, novela) las IA, hasta la fecha presente, no pueden crear nada válido y nuevo pues no experimentan «aisthésis» ni «aisthéton», no habitan un cuerpo-mundo biológico-existencial ni alcanzan a vivenciar la fantasía humana solo posible porque hay un cuerpo libidinal que la sustenta. Las IA no son parlêtres, solo constituyen un «logicial descarnado» que, si bien puede producir grandes simulacros formalistas de obras literarias, lógica y matemáticamente predecibles, lo hace privado de sustancia vital y de real juego transformativo más allá del mero dominio programador.
Y claro, pese a que virtualmente se puedan utilizar las potencialidades algorítmicas para beneficio de la inteligencia humana colectiva o común —«General Intellect» o Intelecto General (Karl Marx), del que se alimentan bulímicamente por expropiación las grandes IA generativas—, en lo básico y hasta el día de hoy la inteligencia artificial es un sofisticado recurso tecnocientífico del gran capital cuya función primera es maximizar sus ganancias o beneficios, ejercer control y producir subjetividad cierva, desplegar su proyecto biopolítico-hegemónico de vigilancias panópticas, banópticas y sinópticas, de una forma velada o brutal, mercantil o armamentística, pero también planetaria y cósmica.
Quizá cuando las IA generativas abandonen el silicio y los ingenieros de neosistemas contruyan sus redes neuronales con rizomáticos nanotubos de carbono-grafeno, y el cálculo estadístico-algorítmico pueda cohabitar con los recursos de la nanotecnología húmeda, la alta ingeniería genética y la computación cuántica, una biocomputadora mixta, parejamente húmeda y seca, algorítmica y analógica, pueda realmente proclamar su existencia y crear obras artísticas inéditas.
Se podría quizá hablar de una computación mixta, húmeda y seca, biocuántica y termodinámica, que utilice nanotubos de silicio, carbono y grafeno, y que sea capaz de autoconsciencia situacional, autorreflexiva, operando en un cuerpo clonado, biológico, y presuponiendo cierta «psicogénesis» por la «inmixión del Otro simbólico» (Lacan), con la subsiguiente constitución del lenguaje desde una «lalangue» matricial y la emergencia de un «parlêtre» situado en proceso pulsional de constitución histórica de un cuerpo libidinal y sus ricas relaciones con los otros, esas que posibilitan la existencia de «lazo social» (Lacan).
Por ahora, las IA constituyen básicamente un simple útil o herramienta en manos de una deshumanizada tecnoplutocracia sin consciencia, para la cual lo más importante está definido por la realización del narcisismo megalomaníaco y delirante de algunos de sus líderes, y por el ciego afán de control político y lucro de la mayoría de dicha clase dirigente planetaria.
Una de las posibles líneas de fuga en el actual sistema-mundo, un trazado que permitiría quizá escapar a la clausura tecnocrática totalitaria, sería una inédita escritura creativa humana, en diálogo con lo «inhumano rebelde» —a no confundir con lo deshumanizado—: esa dimensión del Homo Sapiens-Demens (Edgar Morin) que se niega a ser sometido y reducido al cálculo, al número y a la eficacia mercantil y fiduciaria en el seno del mercado.
Cuando digo aquí «escritura» puedo estar diciendo también: contundente «acción política orientada».
Sí. Un accionar que no se limita a la mera violencia ciega como brutalidad espontánea ni como retorno de lo reprimido en el pasaje al acto patológico, sino que crea y «Se» abre a formas ético-políticas más sutiles de ataque a los bordes; formas todavía no previstas e incomprensibles para la lógica algorítmica, y que, sin embargo, ya están en curso y tienen como agentes a ciertos colectivos y «grupos-sujetos en proceso» relacionados con lo que denomino, en mi teoría de la Anamorfosis Transformativa Generalizada (ATG), el Neometamorfo como Anamorfo Transformativo, agente de un «terrorismo sin terror» que «habi-(li)-ta», como «acto ético-político puro» (Immanuel Kant, Jacques Lacan, Alenka Zupančič, Slavoj Zizek), el punto ciego de la violencia transmutante y transmutada.
Ese Anamorfo Transformativo, sujeto en proceso potencial susceptible de emerger en cada individuo por la praxis política orientada, daría voz emancipadora a la pulsión de muerte (Julia Kristeva) en nombre del amor a una «democracia radical» a construir, desde «aquí y ahora», en el horizonte selectivo de la espectralidad y del «acontecimiento no predecible por venir».
Armando Almánzar-Botello
20 de octubre de 2026
IMAGEN: Francis Bacon: Landscape 1978
Copyright Armando Almánzar-Botello.
Reservados todos los derechos de autor.
Santo Domingo, República Dominicana.
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Reservados todos los derechos de autor.
Santo Domingo, República Dominicana.
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