Por Armando Almánzar-Botello
A Fredesvinda Báez Santana
Disculpa, pero recuerdo de un modo muy distinto esa historia del encuentro...
Quizá sea el paso de los años lo que afecta mi memoria, quizá sea mi mente la que ya bordea su delirio. Pero no recuerdo haberme arrojado por entero a tus grandes pies de predivinidad terrestre. ¡Perdóname!
Lo que sí recuerdo es que yo estaba en la Cafetería Paco’s y desde allí me sorprendió el momento vertiginoso en que, a través de una de las puertas del comercio y entre el ruido de vasos y voces, entre la humareda y el estallido de los motores urbanos, te vislumbré floreciendo por la vieja calle El Conde, resplandeciente de ti misma y moviendo tus manos misteriosas al hablar, mientras caminabas presurosa entre dos de tus amigos...
Me prometí entonces realizar luego para ti el ritual definitivo cuando volviera yo a encontrarte: abrirme el pecho con una daga filosa —como creo en mi delirio haberlo hecho—, extirparme palpitando el corazón y arrojarlo a tus pies, ensangrentado...
Mas vino un perro veloz de las tinieblas y se lo llevó sin retorno entre sus fauces...
Desde entonces, odio a ciertos caníbales políticos que se mueven por el mundo como si fueran hombres; a pesar de que, atravesado en mi ser por el mito y la leyenda, logré modelar en la fragua de Vulcano un nuevo, duro pero vivo corazón, este que todavía, todavía, todavía te sigue amando.
Armando Almánzar-Botello
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Miércoles, 29 de julio de 2026
Copyright Armando Almánzar Botello.
Reservados todos los derechos de autor.
Santo Domingo, República Dominicana.
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