lunes, 17 de agosto de 2026

ILEGIBLE ACQUA IGNOTA

«Para nosotros, los nuevos místicos urbanos, el agua dulce potable es un recóndito animal maravilloso y andrógino. Hoy es poco lo que sabe nuestra docta ignorancia en torno a las costumbres milenarias y rutinas del agua zoomórfica como sujeto de culto.» Armando Almánzar-Botello: «Cazador de agua (Texto poético híbrido y mutante)», 1993-200... Editora Nacional, 2003.

«Plus bas que moi, toujours plus bas que moi se trouve l’eau.» Francis Ponge [«Más abajo que yo, siempre más abajo que yo se encuentra el agua.» Francis Ponge]

    
Por Armando Almánzar-Botello   


A Francis Ponge; a José Luis Greco
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Muy potente su texto, polímata y lírico amigo, 

como lo alcanza casi en su decir poético vuestra constelación insólita de signos.     

                          ¿Siempre?

Mi único desacuerdo es cuando usted afirma /

                 que el agua es for ever el agua misma : : agua idéntica «sinónima» del agua. 

No. Aunque sí afirmo la univocidad del ser... 

¡La identidad del agua sería solo quiasmática!

               ¡En fin!

Aunque la fórmula práctica del agua convencional                se simbolice  

                                                 H₂O

y «El río entr[e] al mar y sus aguas [sean] siempre suyas» 

                               —Pessoa-Caeiro traducido por Paz, quien por cierto revisó su traducción originaria y sustituyó «siempre las mismas» por «siempre suyas»—, 

                  desde el punto de vista de la filosofía de la diferencia

(Spinoza, Leibniz, Bergson, Nietzsche, Deleuze, Derrida, Foucault), 

         no existen, a pesar de las apariencias, dos aguas iguales o 

                             idénticas... 


Ni siquiera la que fluía, especular y 
                                                            suspendida,
en aquella modesta representación
del Divino Nacimiento,
ese que miré, cuando era niño todavía,
en una pequeña capilla lateral
de la iglesia de San Dionisio,
en mi amada y perdida para siempre
ciudad natal de Salvaleón de Higüey.

Era magia para mí la duplicación jovial del agua: 
resplandores veloces corrían por mis ojos, 
vibraban por mi alma: dibujos del sueño milagroso repetido en cada elemento de la representación sagrada, en los pequeños, bien dispuestos espejos 
del precario simulacro que ya para el niño pretendía 
ocultar la terrible soledad y el temprano fragor de la intemperie...

Descubrí luego, mucho antes de leer a Borges, 
que el cielo vacío y todo el universo podían replicarse
con el hueco especular del agua en los estanques, 
con filosos poliédricos cristales...

                Radicalizo aquí el panta rhei de Heráclito y digo: el átomo de cierto elemento no es igual jamás a otro átomo 

                del «mismo» elemento. 

      Con razón mayor una molécula de agua no es nunca igual a otra molécula de agua.

      Quizá tan solo sean idénticas en el ámbito secreto, sinuoso, inabordable, del pensamiento de algún dios increíble que se hace más que muerto, el inconsciente, como dijo un día inédito aquel glosolálico sacerdote laico...

El agua geológica y arcaica bebida por los grandes dinosaurios, por ejemplo, no es igual, no puede serlo, al agua contemporánea que tomamos del acueducto urbano,

                    de un cancerígeno botellón de plástico,

                        de un desaforado grifo de tinieblas...

¡Hay «pliegues» y memoria microfísica en la materia hídrica y sufriente! 

Las aguas no son jamás aguas iguales. 

Hasta la física contemporánea dice algo parecido (no igual o idéntico) en esta dirección sonámbula (¿repito aquí a Octavio Paz, el Viejo?).

El agua «misma» nunca es un agua «idéntica»... 

Cada agua guarda y aguarda su espectro y su memoria.

Así como bañarnos no podemos ni ahogarnos dos veces en el mismo río vivo—recordemos al perro ambicioso de la fábula que ríe remota en la memoria rota— ¡nunca beberemos la mítica, seudoproteica, mutante agua de lo idéntico! 

Solo podemos ingerir agua protésica. ¡Y gracias!

Aunque diga: no beberé jamás de un agua otra, 

          Paz, 

                    Eliot, 

                               un zahorí cazador de agua neutra,

                       Heráclito «mismo» en su atópico fluir de permanencia...

¿vuelven aquí en plenitud de contacto, pulsionalmente «ópticos, haptotrópicos, eidéticos», o solo retornan rotos —bandas de Moebius tercas o membranas del con-tacto—; disímiles, transfigurados, por coeficientes revisionistas de Harold Bloom / convertido el simulacro del pensar en lamento músical de raigal tablao español y rentable-asegurado Siglo de Oro? 

     Barquero ni vaquero ni banquero son desdoro.

Aquel transmutado filósofo del hueso, por clinamen posmoderno revertido en avieso jugador de baloncesto, / deja de dormir su funeraria siesta / y limpio encesta, con fálico-simbólico esfuerzo logocéntrico, un sonado «éxito-concepto» en su bellísimo, brioso y rancio texto. Oh presumido Don Cualquiera, ay Das Man jovial, parpadeante, has logrado escalar a la cima envidiable del durísimo diamante...


    ¡Don Cualquiera devino Don Alguien!     

                  ¡Ejeú! ¡Ejeú! ¡Acuyá!


    ¿Mas podrá incorporar el Don Alguien

        a su lúcida osamenta venerable

          un 70% de metafísica hídrica 

            en la ontológica presencia?


                          ¿Sí?   ¿No?


                   ¡Ejeú! ¡Ejeú! ¡Acuyá!

                 Panta rhei / Panta rhei 

                        (¡Todo fluye!)


            ¡La febril turbulencia del flujo 

         siempre ha sido lo único inmóvil!


               Y aquí va el saludo cordial 

                                →→→

            carcajeando intensos vectores...

                                →→→                

                    ¡Ejeú! ¡Ejeú! ¡Acuyá!

                  Panta rhei / Panta rhei                 

                           ¡Todo fluye!


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Lunes, 17 de agosto de 2026

Copyright Armando Almánzar-Botello.
Reservados todos los derechos de autor.
Santo Domingo, República Dominicana.

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