«El problema no es el silencio sino el paradójico parloteo desvinculante, el no saber ni poder callar para escuchar la voz del ser o del otro.» Armando Almánzar-Botello
Por Armando Almánzar-Botello
Al intelectual Omar Messón, por una inquietud compartida
El silencio padecido como aislamiento no es un problema individual; es el individualismo inesencial y parloteante lo que conduce al silencio como déficit de comunicación.
El silencio mismo no existe sin el lenguaje*; la incomunicación entre los miembros de la familia como resultado de la hipertrofia de la comunicación tecnotelemediática corresponde a lo que el pensador italiano Franco «Bifo» Berardi ha denominado «celularización del ser».
Esta «celularización» berardiana es el síntoma de una sociedad tecnocrática que ha utilizado la tecnología como un mecanismo de control y homogeneización mutilante.
El problema no es el silencio sino el paradójico parloteo desvinculante, el no saber ni poder callar para escuchar la voz del ser o del otro.
Se habla demasiado de lo «inesencial» como si fuera muy relevante o se abunda sobre las técnicas de «autoayuda», pero esta proliferación de la banalidad parloteante y automatizada, este «olvido de la dimensión dialógica del ser», como diría Martin Heidegger, es resultado de una subjetividad moldeada por el sistema capitalista posindustrial y tecnológico-financiero, ese que utiliza la tecnología más sofisticada para lograr que el sujeto pierda de vista su lazo social, su compromiso real con el otro problemático, y olvide también la vulnerabilidad que lo define, su finitud y el desamparo central de su ser (Hilflosigkeit).
Todo el mundo «sabe y conoce de todo», pero no desea asumir su «incompletitud». La interacción con el otro real es la prueba de fuego para el «narcisismo de tercer grado» (Marc Guillaume, Jean Baudrillard) en el mundo de la espectralidad virtual.
El interaccionismo virtual desmedido conduce al sujeto al borde mismo de la disgregación. Este sujeto tiende a compensar dicho empuje patológico a la fragmentación reforzando una especie de «narcisismo terciario», definido por el afán de protagonismo en el contexto de un guion imaginario-narcisista que constituye la base o el núcleo de un paradójico autismo de inserción en la realidad de un capitalismo posmoderno y tecnotelemediatizado.
Si Hegel habló en su Fenomenología del espíritu de una «astucia de la conciencia», en la que se analiza una lucha declarada del Amo y el Esclavo, hoy podríamos definir lo que categorizamos como una ingenua «marrullería virtual del intelecto esclavo», entendida esta como simple impostura digital que oculta la división del sujeto y la persistencia encubierta del Amo y su control bajo las apariencias gratificantes de libertad de acción, crecimiento y emprendedurismo.
El verdadero núcleo del nexo social, del vínculo social, no se reduce ni se puede reducir a la mera interacción virtual de los sujetos.
Vivimos hoy una crisis de la familia, de la autoridad, del vínculo religioso, de las iglesias, del ejército, del sentido de lo común (cum), de todo el campo institucional, por efecto de una dinámica ciega del capitalismo extractivista, posindustrial y financiero, aceleracionista y trunco, engolosinado con su promoción del individualismo hedonista sistémico, acompañado este de una bulímica ideología technosnob y consumista.
Ese fenómeno de «celularización del ser» y fetichismo de la mercancía alcanza sus niveles más altos y patológicos en el actual capitalismo cognitivo y espectacular.
Heidegger denomina «Gestell» a ese sistema de imposición y control en el cual un cierto uso de la tecnología nos convierte en mero recurso disponible, en simple reserva a explotar.
Así, los vínculos sociales se rompen o se pervierten. El amor y las manifestaciones del afecto «pasan de moda» y la energía refluye hacia un yo fragmentado que pretende su integración mediante el consumo de los «objetos a» en su vertiente obturadora: gadgets, letosas, mercancías o cositas del mercado. Esa «Lathouse» (neologismo en francés que vale por ocultamiento u olvido de la verdad: lethe —olvido—; aletheia —verdad— es un término derivado, por inversión, del griego «aletheia» o «aleteia» —la verdad como desocultamiento del ser— y es utilizado por Jacques Lacan en su Seminario XVII: El reverso del psicoanálisis.
De ahí el auge del consumismo voraz, de la razón cínica (P. Sloterdijk) en los perversos mercados desregulados, de las privatizaciones y del abandono de las políticas públicas o estatales con visión de bienestar colectivo. Todo esto es resultado de la dinámica ciega del capital operando en un sistema tecnocrático y neoliberal cuyo fin es maximizar beneficios y aumentar el dominio sobre la naturaleza, la sociedad y las nuevas subjetividades disyuntivas.
El capitalismo cibernético, cognitivo-financiero y neoliberal constituye una megamáquina de dominio y control que tiene por una de sus metas la producción de «subjetividades-cuerpos» sometidas y rotas, pero enmascaradas para sí como egos completos, infalibles y fuertes. El sistema de control aspira a que los individuos serializados así producidos renieguen de su «singularidad comprometida con otras subjetividades-cuerpos» en el juego de la «intercorporalidad-mundo» (M. Merleau-Ponty).
Armando Almánzar-BotelloJueves, 6 de agosto de 2026
Copyright Armando Almánzar-Botello.
Santo Domingo, República Dominicana.
* SILENCIO: USO INTENSIVO DEL LENGUAJE
«Sugerir es mostrar, en lo que llamamos “presencia”, la huella de lo “ausente”. Si no existiera un “silencio” generado por el uso intensivo de las palabras, estas serían inmóviles, tópicas, inertes, “palabras plenas” que no podrían sugerir algo que esté implícito, no explícito en ellas, o diferente de ellas: no podrían, en su fallido “partir”, portar silencio. No obstante, la pura ausencia de silencio es tan metafísica como lo es la presunta presencia absoluta de la palabra. Como dice Henri Meschonnic: “el silencio no es una ausencia de lenguaje”; lo dice porque el silencio como sugerencia en el lenguaje indica una ausencia de la pura y simple presencia de la palabra plena. El silencio es huella y resonancia de la palabra intensiva que revela esa fuga como posibilidad de su ausencia. La palabra no es mera presencia. El silencio no es pura ausencia de la palabra. La palabra intensiva o sugerente genera silencio en una relación indecidible y compleja de mutua contaminación entre presencia y ausencia.»
Armando Almánzar-Botello, junio de 2016.
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Reservados todos los derechos de autor.
Santo Domingo, República Dominicana.
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