Por Armando Almánzar-Botello
El ideologema de «singularidad» en Ray Kurzweil no es igual al concepto de «singularidad» en cosmología cuántica y precuántica; ni al «cuasiconcepto» de «singularidad» en la filosofía del acontecimiento de Blanchot, Badiou, Derrida, Deleuze; ni tampoco es igual al concepto de «lo singular» en el campo del psicoanálisis freudo-lacaniano.
V. I. U. Lenin, por su parte, habló en su obra filosófica titulada Materialismo y empiriocriticismo de una dialéctica entre lo particular y lo universal, pero consideró irrelevante lo singular.
El psicoanálisis incorpora «lo singular» como la dimensión irreductible del sujeto cuando caen todas las máscaras o semblantes por efecto de una lograda experiencia psicoanalítica.
Lo singular aparecería también como efecto de un «acto sostenido de escritura transformativa», en sentido fuerte, o de una praxis política que desnude, por su carácter liberador radical, la dimensión irreductible o incurable del sujeto en eso que Jorge Alemán Lavigne dedomina con pertinencia «soledad común».
Jorge Alemán se apropia de un sintagma que ha estado en el aire siempre bajo los populares binomios de «soledad compartida», «soledad en compañía», «soledad en lo grupal», pero lo hace con la cautela epistemológica del filósofo, el psicoanalista y el pensador de lo político que teoriza la utilización de dicho sintagma de un modo intensivo y crítico que le confiere una potente y singular valencia política emancipadora.
Una cosa es la singularidad en la filosofía deleuziana del acontecimiento (la singularidad preindividual, nómada, pospersonal, impersonal del sentido-acontecimiento), y otra, muy distinta, es la concepción tecnofílica, tecnocrática y redentorista de «singularidad» tal como la defiende Ray Kurzweil, entendida esta por el referido emprendedor, ideólogo y propagadista como el punto en que la inteligencia artificial alcance una performance superior a la humana y el Homo sapiens sapiens logre la posibilidad de «transbiomorfosis» o inmortalidad óntica obtenida por conversión del humano en cíborg consumado: el mismo cerebro de una persona transferido a una máquina, o una duplicación ingenua del cerebro de un sujeto por medios algorítmicos.
Otra noción, muy distinta y distante de las dos anteriores, es el concepto de singularidad en física cosmológica, tal como fue concebido por Roger Penrose, Stephen Hawking, John Wheeler (geometrodinámica), Alexander Vilenkin, etcétera.
En el caso de Kurzweil, su concepción implica una definición meramente racionalista, algorítmica y performativa de la inteligencia.
Esa concepción olvida o no toma en cuenta el hecho crucial de que la inteligencia humana es tan solo un componente o elemento de una «mente» que implica —además de la inteligencia como capacidad de computación, cálculo y coordinación vectorial de noemas o conceptos— un conjunto de percepciones, emociones, «perceptos y afectos» (comprendidos estos dos últimos por Gilles Deleuze y Félix Guattari como una «contraefectuación» de las percepciones, emociones y sentimientos en bruto).
La inteligencia artificial trabaja con el logicial (que tampoco es la lógica) y tan solo simula, no duplica, los estados emocionales (Rosalind Picard, John Searle).
La consciencia autorreferencial o autoconsciencia (de la que no participa la inteligencia meramente algorítmica) es una emergencia no solo del «cerebro tomográfico-computacional», sino de la «interretroacción compleja», en bucle (Edgar Morin) entre cerebro, cerebelo, bulbo raquídeo, espina dorsal, inervación somática, cuerpo iatrogénico y homeostático, imagen especular, orden simbólico, historia del sujeto y otro real que hace resistencia al supuesto sujeto experimental y que no es susceptible de ser «engramado» en su totalidad por ninguna red neuronal. La relación entre estos elementos opera en una hipercompleja temporalidad termodinámica no reversible.
Es preciso establecer una tipología y una topología de las inteligencias, pues estas pueden ser definidas de modos muy distintos por medio de la acentuación epistémico-situacional de ciertos parámetros.
Una inteligencia artificial algorítmica y de silicio no puede alcanzar nunca los niveles de intencionalidad semántica y desempeño emocional de una biocomputación cuántica, húmeda y seca, de clonación nanotecnológica, que sería la única —al tener un cuerpo biológico aunque sea artificial— que podría replicar, duplicar, los niveles glosolálicos, semiótico-formales prelingüísticos y lingüísticos que caracterizan al sujeto humano como «parlêtre», como ser corporal sensible (aisthésis) y hablante, sexuado y mortal, ese que puede insertarse, (auto)conscientemente, en un vínculo social o comunitario.
La relación dialógico-técnica generalizada de lo «humano» con su potencia virtual «inhumana» es una «operatividad en marcha» que no puede ser sometida a la lógica del número y el algoritmo. Ella le permite al Homo sapiens-demens (Edgar Morin), bajo su estatuto de «parlêtre» (Jacques Lacan), «hacer lazo social» en el acto logrado de constituirse como singularidad irreductible.
Armando Almánzar-Botello
Martes, 27 de octubre de 2026
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Santo Domingo, República Dominicana.

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