viernes, 7 de junio de 2024

LA CRIMINALIDAD (¡La fiebre no está en las sábanas, oh lúcidos políticos geométricos, ricos policías y banqueros neoliberales!)

«El problema de los atracos a los bancos es que los “rasgos patológicos” que forman parte del núcleo perverso de los atracadores son atributos del mismo sistema bancario y de las ideologías políticas y publicitarias dominantes: ¡acumula!, ¡goza!, ¡exhíbete!, ¡gana-gana!, ¡engaña y miente si es preciso!, ¡afirma ciegamente, a toda costa, tu voluntad de control, dominio y reconocimiento social!, etcétera, características todas de la obscena hipertrofia del mercado, del consumismo bulímico en las sociedades capitalistas postmodernas.» Armando Almánzar-Botello

    
     Por ARMANDO ALMÁNZAR-BOTELLO  

     «Y digo estas palabras con los ojos dirigidos, ciertamente, hacia las operaciones del alumbramiento; pero también hacia aquellos que, en una sociedad de la cual yo no me excluyo, desvían los ojos de lo que todavía es innombrable, de eso que se anuncia y que solo puede anunciarse, tal como sucede siempre que tiene lugar un nacimiento, en la especie de la no-especie, en la forma informe, muda, infantil y terrorífica de la monstruosidad.» Jacques Derrida

     «No creo que la persecución policíaco judicial del narcotráfico (necesaria pero no suficiente), la victimización, la “etiquetación” segregativa o la simple terapia para el consumidor de drogas (necesaria pero muy limitada) sean soluciones reales para un problema ligado profundamente a una crisis sistémica de valores familiares, políticos, económicos, sociales, éticos, religiosos, propia del mundo capitalista.» Armando Almánzar-Botello

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     La delincuencia es de naturaleza multifactorial, según han podido determinar diversos estudios multi, inter y transdisciplinarios realizados desde hace años por sociólogos, antropólogos, economistas, neurólogos, psiquiatras, psicoanalistas y psicólogos sociales.

     Podemos encontrar, en nuestras sociedades tercermundistas, tipos de criminalidad y delincuencia asociados preponderantemente a las violencias e inequidades que ejerce contra los sujetos el conjunto del campo social con su red de poderes estratificados, articulados por aquello que Foucault denominaba la capilaridad o microfísica del poder.

     En este caso, la violencia criminal puede estar coligada a la exclusión, a la marginalidad, a la ausencia de oportunidades para el desarrollo personal de los individuos; en fin, a la llamada subcultura de la pobreza (Oscar Lewis) que funciona en el corazón y en los márgenes del sistema capitalista. En aquella zona-sombra que Franco Basaglia denominaba, en un libro homónimo, “la mayoría marginada”.

     En otras sociedades, por el contrario, la criminalidad y la violencia no están relacionadas tan vigorosamente, de un modo lineal o directo, con políticas públicas injustas o insuficientes. 

     Por ejemplo, los índices de violencia en ciertos países de Europa Nórdica no se correlacionan de modo significativo con deficiencias de servicios o de atención estatal a las necesidades de los ciudadanos. En ese contexto, la delincuencia está ligada con mayor intensidad a un problema de naturaleza antropológico-psiquiátrica y socio-existencial: el tedio colectivo y la soledad. No es casual que Ingmar Bergman sea uno de los artistas más representativos de Suecia… 

     Aunque la crisis del capitalismo sea global, sus estallidos y violencias se modulan de modo diferente en cada contexto socio-económico, histórico y político-cultural.

     No debemos, en el caso de países como el nuestro, aquejados por profundas inequidades y deficiencias histórico-institucionales, intentar secuestrar las causas de la delincuencia, la criminalidad y la violencia en sentido general en el seno de las estructuras familiares. Es una visión reduccionista, perversa e interesada, que solo beneficia a los que pretenden encontrar las causas del problema en una dimensión moral o religiosa ajena a las reivindicaciones sociales y a los cambios requeridos en las estructuras injustas de poder.

     No obstante, no debemos olvidar también que la familia —recuperada por los poderes como un “aparato ideológico más del Estado” (Louis Althusser), junto a la llamada educación bancaria (Paulo Freire), el orden psiquiátrico y policial, el sistema penitenciario, etcétera—, constituye una instancia de lo social que opera como espacio de producción de subjetividad, de subjetivación/desubjetivación.

     No existe lo social como un “afuera” del recinto familiar: la familia es parte de las estructuras sociales.

     Todo traumatismo de “de-culturación”, todo proceso padecido de “de-simbolización”, toda inequidad desmesurada en la distribución de capitales económicos, sociales y simbólicos, genera violencia difusa en la territorialidad social y esta se puede transformar, entre otras modalidades de disfunción y conflicto, en delincuencia y criminalidad.

     La drogadicción y el narcotráfico, la crisis de los valores morales y religiosos tradicionales, los traumatismos que resultan del impacto de la violencia telemediática espectacular y planetarizada, son factores heteróclitos que vienen a sumarse al incremento de la violencia difusa en el tejido social con la subsiguiente cristalización de dicha pulsión destructiva en criminalidad, delincuencia o terrorismo.

     Este reconocimiento debe comportar un manejo no mecanicista de los problemas micropolíticos que plantean la criminalidad o la delincuencia en sus relaciones con el contexto familiar y las “ideologías familiaristas”.

     Siempre habrá familia, históricamente variable en sus estructuras, entendido dicho contexto contractual de interacción humana como espacio transhistórico de producción de subjetividad, de “generación” y de “degeneración” de sujetos.

     La estructura familiar existente en la mayoría del pueblo dominicano es un espacio cargado de rasgos “distópicos” que refleja y filtra la violencia ejercida contra los sujetos parentales por un contexto más amplio de naturaleza económico-social, educacional y político-jurídica profundamente excluyente e injusto.

     Podemos hablar de una violencia siniestra contra la familia, contra los sectores populares, contra nuestras endebles estructuras civiles y tejidos sociales, contra la mayoría en sentido general, ejercida por el psicobiopoder y sus agentes oligárquicos propietarios del capital político, industrial, comercial y financiero, funcionando en un marco de profunda inequidad.

     La ausencia de figura paterna o la figura del padre violento-violentado por los poderes macrosociales; la violencia multidimensional contra la mujer, la integración prematura de los niños a los circuitos informales de producción con el descuido de sus procesos primarios de socialización y de escolarización adecuada, la carencia de bienes y servicios básicos, etcétera, son factores que dan testimonio de la violencia que ejerce el Poder contra la familia, contra lo múltiple y contra el sujeto.

     Esta violencia que le llega desde arriba al hombre común, acompañada por el “modelo de mala conducta” (Ralph Linton) que ofrecen los agentes sociales dominantes en su calidad de guardianes perversos de dicho ordenamiento esencialmente antidemocrático, crea un campo propicio para la proliferación de la violencia criminal en todo el espacio societal .

     Una de las deficiencias del pensamiento marxista clásico es la imposibilidad de pensar al sujeto ideológico y su proceso de producción.

     Ese espacio de generación de ideología está constituido en un primer tiempo lógico y cronológico por la familia y sus mecanismos de socialización primaria. 

     Cualquier violencia intrafamiliar está parcialmente sobrecodificada por una violencia social más amplia y envolvente que procede del Estado y de los poderes fácticos. Pero, en una relación endo-exo-causal compleja (Edgar Morin), cualquier violencia familiar impacta a su vez, directa o indirectamente, sobre la totalidad del entramado social.

     Marx no podía pensar en su tiempo el problema de la producción de subjetividad e ideología por falta de las herramientas conceptuales necesarias para ello y por un problema histórico de episteme o ritmo de invención teorética en el campo de los saberes constituidos epocalmente y en proceso de constitución.

     Para pensar al sujeto se necesita de la antropología estructural moderna, de la lingüística moderna y del psicoanálisis, disciplinas que no existían como tales en la época de Marx.

     Por ello, el gran filósofo y economista alemán solo alcanza a pensar la sociedad y la lucha de clases en términos de “vastas totalidades sistemáticas”, pero sin aprehender las instancias mesoestructurales y micropolíticas que posibilitan el funcionamiento de la compleja capilaridad de los poderes. 

     La llamada violencia sistémica o estructural garantiza el más explícito y soterrado ejercicio de la injusticia por parte de los diversos estamentos de dominio en el tejido social. Esta violencia se actualiza contra la familia, contra el sujeto y la multiplicidad social, contra una más afinada y profunda comunidad democrática, en detrimento de un matizado pluralismo, siempre por venir, en su histórica diversidad polimórfica.

Armando Almánzar-Botello

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4 de noviembre de 2012

Blog Cazador de Agua 

Domingo, 4 de noviembre de 2012

© Armando Almánzar-Botello. Santo Domingo República Dominicana. Reservados todos los derechos de autor.

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27 de diciembre de 2019

ASESINOS EN SERIE, NEUROCRIMINOLOGÍA, PSIQUIATRÍA Y ETNOPSICOANÁLISIS COMPLEMENTARISTA (Notita)

     Por Armando Almánzar-Botello

     Según serios investigadores genetistas, neurólogos, criminólogos o psiquiatras  como James Watson, Francis Crick, Jari Tiihonen, Kevin Beaver, Adolf Tobeña, entre otros, la MAO-A, Mono-Amino-Oxidasa A, es una enzima producida y controlada por una secuencia de nucleótidos localizados en un locus específico del cromosoma X humano. Esa enzima regula la producción de ciertos neurotransmisores como la serotonina, la dopamina y la noradrenalina. 

     Si hay un déficit o una ausencia de MAO-A se produce una descompensación serotonérgica en el individuo, y dado que la serotonina tiende a atenuar la intensidad de la reacción neuronal frente a ciertos estímulos, la ausencia de este neurotransmisor por falta de la enzima que lo produce (MAO-A) torna irritable a la persona y propensa a reacciones agresivas. 

     Ese déficit genético y el desajuste bioquímico anteriormente mencionado, conjuntamente con una serie de factores de naturaleza histórico-familiar y sociocultural, constituyen una  constelación multicausal que incide de un modo significativo en la aparición de las conductas psicopáticas, sociopáticas, delictivas o criminales.

     Por otra parte, para especialistas como el etnopsicoanalista François Laplantine, seguidor de la etnopsiquiatría de Georges Devereux y Géza Róheim, la enfermedad mental, metacultural y tranhistóricamente definida, comporta varios aspectos:

     1. Una REGRESIÓN psico-afectiva no controlable por el sujeto, independiente de los ritmos y contenidos específicos de cada cultura en sus particulares procesos de producción de subjetividad.

     2. Una DESINDIVIDUALIZACIÓN, desdiferenciación o desocialización. Algo relacionado con lo que Jacques Lacan denomina pérdida de la capacidad de hacer “lazo social” o establecer vínculos comunitarios.

     3. Una DECULTURACIÓN y una desimbolización por medio de las cuales los instrumentos y recursos producidos por una cultura son apartados de sus fines pragmáticos y vitales específicos y orientados a la reproducción de rituales vacíos de significación que no reorientan creativamente las funciones de dichos recursos con miras a un enriquecimiento del sujeto, sino que, muy por el contrario, contribuyen a su desintegración como instancia simultáneamente única, contradictoria y orientada a la  plasticidad crítica y transformativa de sí mismo, del otro y del mundo». 

Armando Almánzar-Botello

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27 de diciembre de 2019

© Armando Almánzar-Botello. Santo Domingo, República Dominicana. Reservados todos los derechos de autor.

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VIOLENCIAS Y PENA DE MUERTE

      «¡Nunca un ser humano se reduce a la mera condición de “síntoma a eliminar”, simple “basura” o desecho, aunque haya cometido el mayor de los crímenes! Esa “basura”, ese “desecho”, como la locura misma, es la condición límite de nuestra libertad como sujetos pasionales y ofrece testimonio de nuestra condición humana en su complejidad radical.» Armando Almánzar-Botello

     «Esto se ha dicho en reiteradas ocasiones: El encierro del asesino es una medida más “edificante” para la comunidad, en términos ético-morales y terapéuticos, que sumar un crimen a otro con la mera eliminación física del criminal.» Armando Almánzar-Botello

     Por ARMANDO ALMÁNZAR-BOTELLO

     A pesar de radiografiar en su libro El títere y el enano. El núcleo perverso del cristianismo, cierta ideología pseudopacifista y genocida, oculta, eventualmente, bajo la apariencia de respeto a la “inviolabilidad de la vida humana”, Slavoj Žižek distingue, en otro contexto de su pensamiento, entre una “suspensión política de la ética” que habla en nombre del orden establecido y de la moral codificada (correspondientes a los intereses exclusivos y excluyentes de grupos, estamentos o clases que traicionan así la vocación emancipatoria universalista de todo acto revolucionario auténtico), y una “suspensión política de la ética” que habla siempre en nombre del universalismo por venir, del “interés en el desinterés” de la pura justicia, sin dejar de reconocer el carácter conflictivo, problemático y antagónico de la misma estructura social en este mundo planetarizado, controlado por las oligarquías, las corporaciones transnacionales y el capital militar-financiero.

     En ese contexto yo pienso, respaldado por el discurso de Žižek, que la “violencia divina”, emancipatoria, revolucionaria, esa que menciona Walter Benjamin, no equivale a la violencia segura del poder constituido, avalada por el Gran Otro del Estado o del Partido, sino a la decisión ética tomada en responsable soledad (S. Žižek), sin garantías trascendentales, en ausencia de catecismos de grupo, rechazando la fría sustentación en la “moral pragmática” de los poderes fácticos. 

     No obstante, lo dicho anteriormente no implica un mero individualismo. Muy por lo contrario, comporta la descentralización y multiplicación de unas luchas que “segregan sobre la marcha sus propios mecanismos de marcaje y regulación”.  Tampoco se niega la posibilidad de una cohesión programática en ciertos reclamos y reivindicaciones.

     En este sentido, Žižek diferencia la “violencia emancipatoria” de las “violencias sagradas”, en las que el sujeto pierde toda responsabilidad de su trance en un “passage a l’acte” patológico-asesino; pero también, la distingue de las violencias anárquicas como violencias puras o meramente terroristas, y de las múltiples violencias de la Razón de Estado, que incluyen, en sus notas extremas, el llamado terrorismo de Estado. 

     Entendemos, como el Marqués de Sade, que el Estado nunca debe tener la potestad de administrar de modo absoluto la vida (y la muerte) de los ciudadanos. Aunque esta sea la vocación profunda del psicobiopoder que se sirve del ordenamiento jurídico-penitenciario para sus propios fines. 

     Pienso que el Estado no debe poder aplicar la pena de muerte, tanto por las razones expuestas por los llamados humanistas ilustrados y neo-humanistas (Voltaire, Hugo, Jean Jaurès, Koestler, Camus, Julia Kristeva: ausencia de real poder disuasivo de dicha pena capital, violación de valores morales, etc.), como también por el hecho de que al justificar la “pena de muerte oficial”, colocamos en manos de un aparato impersonal, frío, aséptico, burocrático, lo que solo se podría explicar, aunque no legitimar, como una decisión “ciega” de sujetos pasionales en el trance afectivo de su radical problematicidad. 

     No confiero con ello legitimidad, ni mucho menos, a la “vendetta privada” sino a la responsabilidad absoluta de cada sujeto frente al otro amenazante o sufriente.

     Reiteramos: ¡No negamos la necesidad ético-práctica de contener y castigar por medio del Estado al criminal común, sino que sencillamente nos oponemos a la aplicación de la pena de muerte! 

     Una cosa es la eventual violencia asesina de los familiares y relacionados de la víctima, movidos, como hemos dicho, por pasiones y estados pulsionales, y otra, muy distinta, la intervención “higienizada” e “higienizante” del Estado. 

     Precisamente por la necesaria falta de ciegos impulsos emocionales, descontrolados y personalizados, en los protocolos y decisiones de la justicia oficial —asepsia de funcionamiento que idealmente se presupone como el “modus operandi” que debe orientar las ejecutorias del aparato judicial y penitenciario de un Estado—, esta justicia no se debería arrogar el derecho de disponer de la vida de un sujeto particular, aunque dicho sujeto, coyunturalmente, pueda constituir, para su sociedad, la “encarnación misma del crimen y el horror”. 

     ¡Nunca un ser humano se reduce a la mera condición de “síntoma a eliminar”, simple “basura” o desecho, aunque haya cometido el mayor de los crímenes! 

     Esa “basura”, ese “desecho”, como la locura misma, es la condición límite de nuestra libertad como sujetos pasionales y ofrece testimonio de nuestra condición humana en su complejidad radical. 

     El criminal asesino es un ser humano, es decir, (in)humano, que ha cometido una ominosa violación de las reglas y principios de convivencia y al que se le debe castigar con el encierro (aunque fuere a cadena perpetua), pero contemplando la posibilidad de librarlo en dicho encierro a la consciencia dolorosa de su responsabilidad-deuda con miras a su posible… o imposible rehabilitación. 

     Esto se ha dicho en reiteradas ocasiones: El encierro del asesino es una medida más “edificante” para la comunidad, en términos ético-morales y terapéuticos, que sumar un crimen a otro con la mera eliminación física del criminal. 

     Además, aceptando la pena de muerte administrada por el Estado reforzamos el mito opresivo de la unidad-totalidad-verdad, ese que utiliza la Razón de Estado para doblegar y silenciar la diferencia y el conflicto con miras a un intento de pacificación universal y violenta que deja intactas las estructuras de dominio y las injusticias sistémicas, estructurales. 

     El mantenimiento en prisión de la vida del criminal, el gasto “suntuario” que representa para la colectividad la manutención de un sujeto que, además de haber violado la vida de otro(s) podría, eventualmente, no ser apto para su reinserción en la vida societal, constituye el gran escándalo: precisamente, la base reprimida, oculta, que confiere legitimidad al Contrato Social, la (des)medida misma de lo humano en sus posibilidades excesivas de “don” sin cálculo, de imparcialidad como exceso y justicia: un impartir justicia no sometido a la circularidad fiduciaria de la mera Ley del Talión.

     Con el encierro del culpable por un tiempo “proporcional” a la gravedad de su crimen, debe quedar resarcido el daño social y satisfecho el reclamo de justicia de los afectados por la acción del asesino. 

     Nuestro rechazo a la pena de muerte aplicada por el Estado no implica un rechazo a la violencia revolucionaria entendida como “economía de la violencia”: capacidad de transmutación de estructuras histórico-sociales por medio de la cual los sujetos en proceso subordinan a su potencia de afirmación-transformación vital de vocación universalista, la pura línea fría de abolición como simple destructividad y muerte antiuniversalista que caracteriza al Orden Criminal del Poder Constituido. 

     El sujeto en proceso, eventualmente, en el ejercicio ético-político de su libertad, puede asumir la decisión o el compromiso problemático de la confrontación radical con otros, pero ello desde la más absoluta y lúcida responsabilidad crítica, en su desamparo, relativo, frente a los destacamentos armados del poder constituido, y pensando siempre en la emancipación universal por venir (Žižek), no en el propio y simple beneficio personal o grupal. 

     En esa posición ético-política de necesaria conflictividad asumida, estriba el gran valor simbólico de hombres de la estatura de Fidel Castro,  Ernesto “Che” Guevara, Manolo Tavárez Justo, Francisco Alberto Caamaño, Amaury Germán Aristy... 

     Temor y temblor de la decisión ética en el horizonte de la justicia, en la radical exposición a la vulnerabilidad o letalidad del otro —a su lado Cosa freudo/lacaniana, monstruosa por atípica y no específica, mas necesaria—, pero exposición activa al conflicto sin la garantía de un Dios, sin los avales de un Partido, un Estado, una Pandilla, y sin el “regateo criminal del Mercado” (Jacques Derrida), como instancias garantes, incitadoras, licitadoras o protectoras de las consecuencias de nuestros actos. 

     ¿Es esta perspectiva un mero “idealismo” o el necesario ámbito problemático de la decisión ético-política en sus aristas más cortantes y radicales? 

     No obstante, debemos estar alertas frente al riesgo del terror fundamentalista en sus diferentes e insospechadas modalidades asesinas.

     Este “desamparo” relativo del auténtico acto revolucionario, como suspensión política de la ética y como asunción de una eventual violencia emancipatoria, no comporta, por necesidad, la ausencia de líneas programáticas, ni la ingenuidad pueril del sacrificio estéril, ni la negativa a consumar alianzas estratégicas con sectores que aspiren a la transformación de las estructuras sociales con miras a una más intensiva realización de la justicia social. 

Armando Almánzar-Botello

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Noviembre de 2012

Copyright © Armando Almánzar Botello. Reservados todos los derechos de autor. Santo Domingo, República Dominicana.

ADENDA:

     Nos dice el filósofo esloveno Slavoj Žižek en su obra El títere y el enano

     «La postura postmetafísica a favor de la mera supervivencia de los últimos hombres [en el sentido nietzscheano de los hombres del nihilismo reactivo-pasivo característicos del sistema capitalista en su fase tardomoderna] termina siendo un espectáculo anémico de una vida que se arrastra como su propia sombra. En esta perspectiva deberíamos evaluar el creciente rechazo a la pena de muerte que observamos hoy: lo que deberíamos poder discernir es la “biopolítica” oculta que sustenta este repudio. Aquellos que afirman el “carácter sagrado de la vida” y la defienden contra la amenaza de los poderes trascendentes que parasitan sobre ella terminan ofreciéndonos un “mundo supervisado en el cual viviremos sin dolor, seguros y tediosamente”, un mundo en el cual, en defensa de su objetivo oficial —una larga vida placentera— todos los placeres efectivos están prohibidos o estrictamente controlados (tabaco, drogas, comida…). “Rescatando al soldado Ryan”, de Spielberg, es el ejemplo más acabado de esta actitud ante la muerte, de valorar la supervivencia a cualquier precio. Con su presentación desmitificadora de la guerra como una matanza sin sentido que nada puede justificar, realmente está ofreciendo la mejor justificación posible para la doctrina militar de “ninguna baja de nuestro bando” defendida por Collin Powell.

     »En el mercado actual —prosigue Slavoj Žižek—, encontramos una serie completa de productos privados de sus propiedades dañinas: café sin cafeína, crema sin grasa, cerveza sin alcohol […] sexo virtual, que es el sexo sin sexo […] la doctrina de Collin Powell que es la guerra sin bajas (de nuestro bando, por supuesto) […] la política como arte de una administración experta, que es la política sin política […] el multiculturalismo liberal de hoy que se presenta como una experiencia del Otro privado de su Alteridad […] La realidad virtual sencillamente generaliza este procedimiento de ofrecer un producto privado de su sustancia, del núcleo duro resistente de lo Real… ¿No es esta la actitud hedonista del Último Hombre?» Cierro la cita. (Slavoj Žižek, obra citada, Paidós, 2005, páginas 132-133)

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Copyright © Armando Almánzar Botello. Reservados todos los derechos de autor. Santo Domingo, República Dominicana.

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RECORDANDO AL DIVINO MARQUÉS (Breve nota)

     «Todo espíritu profundo tiene necesidad de una máscara; más aún, en torno a todo espíritu profundo se forma constantemente una máscara, gracias a la interpretación continuamente falsa, es decir, superficial, dada a todas sus palabras, a todos sus casos, a todas las manifestaciones de su vida.» Friedrich Nietzsche

     Por ARMANDO ALMÁNZAR BOTELLO

     Toda gran figura excesivamente singularizada, partícipe de la polivalencia vital y creadora que define, casi siempre, a ese disturbio taxonómico que denominamos “genialidad”, produce de un modo inextricable, enigmático e indiscernible ciertas distorsiones, “impactos catastróficos” o acrecentamientos insospechados de intensidad ideoafectiva en los estilos de vida regularmente aseguradores, homeostáticos, que caracterizan al hombre común, estadísticamente normal, ordinario, adornado por el sentido común y el buen sentido.

     El sujeto excepcional, desviante, atípico, extraño, monstruoso —aristotélicamente hablando—, es decir, aquel que rompe con las clasificaciones y categorías de la doxa y la taxonomía, genera en el “hombre de la calle”, en el adocenado habitante de la polis, un severo cataclismo (secreto o explícito) en su percepción de las escalas axiológicas y en sus puntos de vista de apreciación y evaluación de los fenómenos heteróclitos del mundo.

     También genera, dicho sujeto histórico vigorosamente diferenciado, una multiplicidad inevitable de recepciones, en muchos casos, contradictorias entre sí.

     Ya lo dijo Nietzsche: «Todo espíritu profundo tiene necesidad de una máscara; más aún, en torno a todo espíritu profundo se forma constantemente una máscara, gracias a la interpretación continuamente falsa, es decir, superficial, dada a todas sus palabras, a todos sus casos, a todas las manifestaciones de su vida.» 

     Lo que constituye un hecho irrebatible es que Donatien Alphonse François, Marquis de Sade, en el trayecto de su vida personal, no fue un santo ni un modelo absoluto de buena conducta, pero tampoco el monstruo biográfico del Mal que cierta superficialidad crítica ha pretendido ver en él, de un modo reductor.

     Como expresó Guillaume Apollinaire en su muy conocido ensayo sobre la enigmática y gran figura: «Sade es uno de los hombres de más lúcida inteligencia que hayan existido en la humanidad».

     Además, nos recuerda Roland Barthes: «Sade puso en su vida solo un poco de lo que puso en su obra...»

     La monstruosidad integral en Sade constituye más bien un hecho de escritura. Su obra literaria revela la doble moral de la sociedad de su época… y aun de la nuestra…

     Alguien habló de una “violencia textual”, escritural, situada más allá del deslinde entre el bien y el mal, y que constituye un metacrimen simbólico, de segundo grado, con respecto a la velada complementariedad de los dos términos del paradigma paz/violencia.

     Dicha escritura sería violenta porque revela la secreta alianza, regularmente innombrable, que opera entre la llamada “virtud oficial” y el “crimen quirúrgico” institucionalizado... Así acontece con la escritura subversiva de Sade.

     Cito ahora un fragmento de mi breve ensayo “Escribir /Publicar. Apuntes de pretensión psicoanalítica en torno al Acto de Escritura”, publicado originalmente en Isla Abierta (diciembre de 1991), suplemento cultural dirigido por el músico y poeta dominicano Manuel Rueda, y perteneciente al periódico “Hoy”. Dicho texto fue luego ofrecido, con retoques, en mi libro Cazador de Agua y otros textos mutantes:

     «Pienso con Lacan (“Kant avec Sade”) en el Divino Marqués cuando escribo: la ética de un escritor se revela por la mayor o menor correspondencia oblicua entre lo que dice y lo que vive, por el empeño en imantar su vida con el núcleo ardiente de su obra. ¡Lo que no implica necesariamente actuar en forma literal y programática lo que de esa obra pudiera representarse en un fingido “fuera de texto” configurado por la escena espectacular del mundo!... Oscura genuflexión frente al Amo Capitalista.» ob. cit., página 121 y 122.

     Sade —su vida, su obra, su pensamiento, las implicaciones de sus actos en el contexto político y social de su época y de la humanidad moderna— es una constelación demasiado compleja y contradictoria para ser entendida utilizando el marco de referencia del sentido común más chato y las pinzas y protocolos de aproximación hermenéutica propios de la mojigatería burguesa y pequeñoburguesa.

     No hay que olvidar el hecho de que el Marqués de Sade, durante el período del Terror en la Francia del Siglo XVIII, fue uno de los más fervientes enemigos de la pena de muerte, hasta tal punto que, por su defensa militante de los derechos inalienables de la vida humana, se torna sospechoso para el grupo político de Marat y es detenido el 6 de diciembre de 1793. Así figura en las historias no trucadas del Derecho.

     Por otra parte, el “monstruo maligno”, curiosamente, propone un modelo tan humano de democracia que todavía tienen mucho que aprender de él innumerables regímenes autoproclamados democráticos en el mundo occidental de nuestros días. En su panfleto “Un paso más, franceses, si queréis ser republicanos” y en su “Ideas sobre el modo de sanción de las leyes.”, Sade se revela como un pensador político muy avanzado para su época.

     El autor de La filosofía en el tocador consideraba que las leyes deben ser propuestas por los diputados pero votadas directamente por el pueblo, porque reflexionaba que: “Para la sanción de las leyes hay que admitir a la parte del pueblo más maltratada por la suerte, y puesto que es a ella a quien la ley golpea con más frecuencia, a esa parte maltratada corresponde escoger la ley con que consiente ser golpeada…”

     El sabio alemán Eugen Dühren (pseudónimo de Iwan Bloch) vio en Sade a “uno de los hombres más notables del Siglo XVIII, digamos, inclusive, de la humanidad moderna en general.”

     Muchos han señalado la impronta de Sade en las ideas de Nietzsche, Lamarck, Spencer, Freud…

     Estudiosos de Sade de la estatura de Maurice Heine, Gilbert Lely, Maurice Blanchot, Theodor Adorno y Max Horkheimer, Pierre Klossowski, Philippe Sollers, Roland Barthes, Georges Bataille, Simone de Beauvoir, Colin Wilson, Jacques Lacan, Jacques Derrida, Octavio Paz, Oscar del Barco, Julia Kristeva … reconocen la importancia filosófica del sistema conceptual de Sade y el carácter visionario de muchos de sus planteamientos.

     En su artículo “Kant con Sade” presente en sus Escritos, el psicoanalista y pensador francés Jacques Lacan, en muy similar orientación a la que desarrollan Adorno y Horkheimer en el significativo ensayo de estos dos filósofos titulado “Juliette, o ilustración y moral” (que forma parte de la obra Dialéctica de la Ilustración. Fragmentos filosóficos), estudia las relaciones observables entre ética libertina, ética del psicoanálisis, goce, deseo e imperativo categórico kantiano; muestra, además, la relación de simetría inversa existente entre las dos éticas mencionadas, y analiza la voluntad incondicional o imperativo de goce sadiano que vendría a operar en el pensamiento del autor de Las 120 jornadas de Sodoma como equivalente de un cierto Imperativo Categórico pervertido en Imperativo Hipotético... Fértil problemática filosófica ligada al tema ético-psicoanalítico de la perversión como “hacer semblante de gozar” (N. Braunstein).

     En fin, como nos recuerda Apollinaire: “El Marqués de Sade, el espíritu más libre que hasta hoy haya existido sobre la tierra, participaba de unas creencias muy particulares sobre la mujer: deseaba que fuese tan libre como el hombre.”

     ¡Qué paradigma de la maldad más extraño y contradictorio! ¿No os parece?

     En síntesis, lo que quiero resaltar es el hecho de que a los grandes hombres como Sade, considerados en toda su complejidad, en el sentido que daba Lukács en su “Teoría de la Novela” a la categoría “hombre problemático”, debemos aproximarnos con cautela y respeto, no armados tan solo con los limitados recursos y hábitos del nemátodo, sino provistos del más rico y matizado método y del respeto a la dimensión poliédrica de la verdad como exceso, muchas veces insólita, inverosímil, extraordinaria…

     Cierro aquí, provisoriamente, estas muy breves reflexiones, con otra cita de mi aludido trabajo:

     «Y ensayo artístico al fin, aquí retorna lo que solo es una fábula:

     »Aquella del perro narcisista que mirándose reflejado en el agua mansa de un río, se antoja en espejo del trozo de carne que en la boca suspende su compañero cristalino. Conociendo ese final peligroso de la fábula: la corriente del río arrastra la carne del otro… ¡que es la nuestra!, digamos bajo la máscara de un Esopo lacaniano y postmoderno: afirmo el compromiso con el texto en el juego del humor, la pérdida y la herida. Descubro en el reverso del espejo la trama o la escritura del Otro sin clemencia…»

     Sade, por su parte, nos recuerda: “Solo me dirijo a personas capaces de entender mis escritos, y estas habrán de leerme sin peligro.”

Armando Almánzar-Botello

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14 de julio de 2012

Copyright © Armando Almánzar Botello. Reservados todos los derechos de autor. Santo Domingo, República Dominicana.

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EL PROBLEMA DE LAS DROGAS

     Por Armando Almánzar-Botello

     Creo en el valor de la empresa terapéutica y preventiva contra la drogadicción.

     Mas pienso también, fuera del ámbito pragmático inmediatista, que sería de gran importancia ahondar todavía más en el sistema causal complejo que impulsa al hombre globalizado al modo capitalista occidental a intentar procurarse el “entusiasmo” (“ἐνθουσιασμóς”: es decir “en”, “theou” y “asthma”, palabras que significan “soplo interior de Dios” o “Dios en nosotros”, en su étimo griego), la mera evasión o cierta desinhibición y fortaleza para enfrentar la vida, apelando al uso no ritualizado, no terapéutico e indiscriminado de ciertas drogas psicotrópicas. 

     Estamos frente a un problema multicausal de envergadura antropológica, cuasi planetaria, que no se resuelve de inmediato y a fondo con políticas meramente represivo-policiales y administrativas. 

     Se requiere de una conciencia política y ecológica que confiera todo su valor a las luchas multidimensionales en defensa de la integridad y los genuinos intereses de las personas. 

     Necesitamos de una valoración, una praxis y una educación sistemáticas, articuladas de un modo transdisciplinario, para abordar con cierta eficacia el problema espinoso y multiforme que representa en nuestras sociedades el consumo masivo de sustancias psicoactivas prohibidas. 

     En nuestras sociedades está penalizado el consumo y el tráfico de dichas sustancias, sí, pero la propensión al uso de ellas es directa o indirectamente incrementada por los mismos valores nihilistas descarnadamente competitivos, evasivos, destructivos e inhumanos que proponen con su práctica aquellos sectores de poder que dicen combatir el flagelo de la droga en nombre de una supuesta salud de la sociedad: los que propician la violencia ciega, el hedonismo absolutista, el consumismo delirante, el cinismo economicista, el oportunismo politicista, el egoísmo sin límites, el militarismo solapadamente cómplice del crimen, el brutal autoritarismo, etcétera.

     Creo que siempre resulta importante, además, identificar, desenmascarar políticamente a los narcotraficantes de cuello blanco y doble cara que funcionan en el contexto mismo de la supuesta lucha contra las drogas. 

     El sistema permite observar la paradoja de que muchas figuras consideradas como “éticamente potables”, en la realidad de los hechos y por un efecto de suma vectorial de fuerzas bajo control de instancias opresivas de sobrecodificación socioeconómica y política, refuerzan, con gran mala fe y ambigüedad en sus ejecutorias, la violencia sistémica que dicen combatir.

     El problema de ciertas políticas antidrogas consiste en que solo perciben la punta del iceberg... y el resto degenera en agua de borrajas o en simple terapia individual o preventiva asistemática, sin pensamiento complejo para un problema complejo, mientras se deja en lo impensado la estructura profunda del conflicto. 

     No creo que la persecución policíaco-judicial del narcotráfico (necesaria pero no suficiente), la victimización, la “etiquetación” segregativa o la simple terapia para el consumidor de drogas (necesaria pero muy limitada) sean soluciones reales para un problema ligado profundamente a una crisis sistémica de valores familiares, políticos, económicos, sociales, éticos, religiosos, propia del mundo capitalista. 

     Se me dirá que por algún lado hay que empezar a trabajar y que cuál recurso de “sanación” yo propongo. 

     Respondería diciendo que la ayuda a los que se encuentran prisioneros dentro del círculo vicioso del consumo de drogas, los adictos, es importante, pero sirve de muy poco para la solución del problema colectivo si no se hace acompañar esa intervención individual por una conciencia crítica y un compromiso político de denuncia de las estructuras inhumanas de este sistema capitalista que genera en muchas personas la necesidad de evadirse de él o de insertarse en el mismo utilizando expedientes violentos, fallidos e imaginarios, pero realmente autodestructivos. 

     Frente al “¡goza!” superyoico individualista promovido por el sistema capitalista neoliberal, nuestro principal combate es la búsqueda revolucionaria de una verdadera solidaridad, la creación de un auténtico “nosotros”, de un genuino sentido del vínculo social comunitario y el despliegue de las luchas politicas multiformes que van ligadas a la consecución de estos objetivos. 

     La promoción de valores orientados por una educación crítica, pluralista y dialógica, es de gran importancia para los sujetos en proceso de liberación. Estos valores pueden surgir en la trama de una cierta pedagogía del oprimido (Freire, Illich, Guattari) contextualizada con relación al problema de las drogas.

     Las estructuras capitalistas de dominio y su psicobiopoder, conducen a una progresiva desimbolización patológica de la subjetividad en una intriga en la que los sujetos se ven reducidos a meros agentes de producción y consumo, a simples objetos, y donde el uso sintomático de las drogas psicoactivas surge como un intento fallido de reparación de daños psicosociales provocados en las personas por la naturaleza destructiva del mismo sistema en el que ellas operan. 

     La detección y el abordaje de los aspectos comportamentales y sintomáticos del consumidor de drogas tienen importancia en función del cartografiado que realicemos del campo patológico perverso, ezquizógeno (Laing), que se manifiesta en la promoción de valores hedonistas, consumistas, nihilistas, rivalizantes, individualistas y cínicos, como son los que caracterizan al sistema capitalista. 

     Esa delimitación, sociedad por sociedad (aunque sin perder jamás de vista la dimensión “glocal” del problema) permite precisar las modalidades de lucha de largo alcance contra el uso destructivo de las drogas y contra los poderes que a su favor las manipulan en perjuicio de las poblaciones. 

     Al afirmar lo anterior no niego, repito, la necesidad del abordaje clínico-terapéutico, caso por caso, ni tampoco la regulación legal y policial del problema en las modalidades que actualmente conocemos. Sencillamente deseo ponderar en su justa dimensión el hecho de reconocer que la fiebre no está en las sábanas…  

     Quizá, uno de los primeros pasos a dar en la solución de los múltiples problemas que plantean las drogas prohibidas —si tomamos en cuenta el costo social total en violencia bruta y difusa—, consista en una despenalización progresiva y racional de estas sustancias con la finalidad de evitar el mercado negro ligado a ellas, y la característica lucha sangrienta por la supremacía entre cárteles que dicho mercado ilegítimo comporta. 

     Un aspecto digno de ser tomado en cuenta es la naturaleza compleja y multidimensional de las denominadas “drogas prohibidas”. No todas pertenecen a la categoría de sustancias químicas adictivas o simplemente dañinas. 

     Como han revelado las rigurosas investigaciones de especialistas en el tema como Peter Furst, R. Gordon Wason, Aldous Huxley, Carlos Castaneda, Antonio Escohotado, etcétera, muchas sustancias alucinógenas son menos dañinas y adictivas que la nicotina y el alcohol, por ejemplo, cuyo efecto destructivo sobre el tejido social —el severo impacto dañino de estas dos últimas drogas— es superior al de todas las sustancias alucinógenas juntas, “con un costo social total muy por encima de ellas.” (P. Furst: Alucinógenos y cultura). Sin embargo, la nicotina y el alcohol, de acuerdo con la Drug Enforcement Administration, DEA (Administración para el Control de Drogas), ​de los Estados Unidos de Norteamérica, no pertenecen actualmente a la categoría de drogas prohibidas o ilegales. La razón de dicho “doble rasero” no es terapéutica ni ética sino perversa y fundamentalmente economicista.

     Los efectos “creativos o reveladores” de ciertas sustancias alucinógenas sobre la actividad cerebral, perceptiva y cognitiva de los sujetos dependen de la mentalidad o preprogramación cultural de cada uno de estos, considerados en sus respectivos y específicos contextos histórico-simbólicos. Generalmente, un simio alucinado solo “vislumbra” bananas... 

     No debemos olvidar que del mercado negro de las drogas son beneficiarios, en un juego perverso de “duoble-bind” (doble vínculo, doble coacción) muchos poderes y estamentos que dicen combatirlas.

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Agosto de 2001

© Armando Almánzar Botello. Santo Domingo, República Dominicana. Reservados todos los derechos de autor.

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Adenda del 2021

A PROPÓSITO DE LAS DROGAS ADICTIVAS COMENTÓ EN ESTE CONTEXTO AIDA DÍAZ FERNÁNDEZ:

    “Sanación” es la palabra clave, pienso yo.  Todo este universo tan complejo que describes lo forman individuos rotos, enfermos, desequilibrados. Veo una salida a través del arte pero ¿qué podría ser un arte “sanador”? 

RESPUESTA DE FREDESVINDA BÁEZ SANTANA: 

     Aida Díaz, me permito, en lugar de Armando Almánzar-Botello, intentar una respuesta.

     Un arte sanador sería el que no se confunde con la propaganda, ni con la enunciación lógica ni con el dogma; un arte que realice la exploración de los acontecimientos construidos por su propia enunciación, antes de que se les fije en un sentido único... 

     El “arte no comunica sino que convoca” a su propio acto de enunciación, abierto a lo múltiple, más allá de lo verosimil, más allá del sentido común y el buen sentido... 

     Bueno, diría yo... que el arte sanador es una exploración controlada, a través de la forma-sentido, de lo desconocido que se convoca y manifiesta en el juego de los sentidos finitos que se abren con la lectura, entendida esta última en un sentido amplio... 

     Este proceso creativo, metatextual (¿no?), es terapéutico, antidogmático... permite al sujeto recrearse a sí mismo y a su mundo... 

     Como señala un autor que Armando Almánzar-Botello me ha hecho leer a fuerza de besos, Massimo Cacciari:

     “El arte demuestra que la dimensión del pensar no es reductible a las categorías de la lógica, anuncia la posibilidad de pensar en formas diferentes de aquellas lógico-filosóficas”. 

     En este sentido el arte conduciría a los sujetos más allá de los límites del mundo para buscar otros límites, pero siempre provisionales... El arte es un recurso formal y simbólico que viene a reconciliar al sujeto con la incompleción de lo “real” entendido como proceso inacabable, incierto, que siempre se perfila más allá de las ideologías: Más allá de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, por ejemplo, más allá del discurso universitario en general...

     El arte es una exploración. Constituye, como dice Armando, un decir «imantado por la angustia que me inventa». 

     El deseo creador toca los límites de lo dicho, del sentido común, del algoritmo, de lo “políticamente correcto”, de la postverdad, del dogma todavía más perverso que se oculta por detrás de la denuncia de la postverdad como abandono de la autoridad de los que tienen supuestamente el legítimo derecho a enunciar, a decir La Verdad... 

     No... El arte es, como dicen Nietzsche, Cacciari, Noé Jitrik, Derrida, Vargas Llosa, Barthes, etcétera, “falsificación declarada” (“sistema de signos declarados”), potencia inocente de falsificación... Abrazo

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30 de septiembre del 2021

© Fredesvinda Báez Santana. Santo Domingo, República Dominicana. Reservados todos los derechos de autor.

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LA FUNCIÓN REGULADORA DE LA POLICÍA EN LAS SOCIEDADES NEOLIBERALES Y REPRESIVAS. Precariedad versus Seguridad [Brevísimo fragmento autorizado de un interesante libro]

     Por Sergio García García, Ignacio Mendiola, Débora Ávila, Laurent Bonelli, José Ángel Brandariz, Cristina Fernández Bessa, Manuel Maroto Calatayud

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     Este aumento de la desigualdad social y de las situaciones de competencia en un contexto de creciente diversidad es interpretado, cada vez más, en términos de inseguridad. 

     Sea por el azuce mediático, o por la extensión de la precariedad y la inseguridad social que fragilizan cada vez más vidas, sea por un discurso político que culpabiliza a las propias personas de  sus condiciones de existencia, obviando conscientemente toda alusión a las condicionantes estructurales de la pobreza, o por esa capa de racismo y xenofobia que todo lo cubre, lo cierto es que aquellos relatos que han acompañado durante décadas a la mayor parte de las luchas urbanas (y que señalaban sin titubeos a la pobreza estructural como causa de todos los problemas que vivían las periferias urbanas y sus habitantes) ocupan un lugar cada vez más residual en pro de un nuevo marco que ya no demanda la redistribución de la riqueza, sino de la seguridad. 

     Mientras las demandas por una ciudad donde la igualdad se ponga en el centro (y no hablamos de la igualdad de oportunidades, sino de esa igualdad radical que permite que todas las vidas merezcan ser vividas) apenas son un rumor marginal, el reclamo de más seguridad se escucha cada vez con más fuerza. 

     El propio movimiento vecinal acaba muchas veces repitiendo esa demanda a la Administración pública, quizás ante la fatiga histórica que supone fracasar en el reclamo de redistribución territorial, dotaciones públicas o cuidado de los espacios comunes, en contraposición a la experiencia de éxito cuando ha demandado más seguridad. Y aunque este reclamo pueda ser difuso, y esa seguridad que se demanda pueda tener múltiples semánticas, lo cierto es que abre el camino a una transformación extremadamente peligrosa. [...]

     Una de las consecuencias de este cambio de relato y reclamo, quizá la más preocupante, tiene que ver con las soluciones que pasan a ponerse en el centro como respuesta a los problemas de los barrios. Si la vida en ellos no sufre un problema de desigualdad, sino un problema de inseguridad, ¿qué agente social será el privilegiado para resolver los efectos (de la desigualdad) y gestionar sus consecuencias?

     No cabe sorprenderse, entonces, del valor que cobra en los barrios la Policía. Su presencia se apoya en una mitología, aquella que afirma que va a ser capaz de acabar con los robos, las ocupaciones, los yonquis... 

     Pero lo cierto es que el trabajo policial apenas dedica tiempo a combatir el crimen: no hay tanta demanda y, además, buena parte de las situaciones violentas y delictivas se resuelven sin su intervención. Más bien, la Policía efectúa de un tiempo a esta parte un trabajo proactivo en el que las intervenciones (muchas de ellas centradas en controles de identidad) se convierten en un modo de alimentar estadísticas y justificar los recursos que recibe —siempre escasos para sus responsables—. Sin embargo, más allá de su inoperancia material, sus uniformes simbolizan la única forma en la que las instituciones se hacen presentes en los barrios, frente a la idea de abandono que tanto tiempo ha protagonizado la historia de la periferia, funcionando hoy por hoy como sustituto de otras políticas públicas que, bien enfocadas, podrían llegar a ser redistributivas (educación, sanidad, servicios sociales). 

     La Policía supone para el Estado un remedio relativamente barato bajo lógicas de eficiencia, que no obliga a transferir rentas de arriba abajo. Su presencia, más cuando es próxima, constituye una suerte de “terapia vecinal” sobre las subjetividades barriales precarizadas (al menos las de las personas no racializadas), tal y como se puede escuchar en algunos consejos de seguridad distritales, independientemente de sus efectos materiales. 

     El desplazamiento del foco desde la desigualdad a la seguridad (cuyo significado incluye cada vez más problemas relacionados con “la convivencia”), habilita a la Policía para penetrar en el campo de las relaciones vecinales y en espacios antes ajenos a su campo de actuación (institutos, asociaciones, mesas vecinales...) desde una proximidad que permite perfeccionar las técnicas de gobierno sobre lo social sin modificar aspectos estructurales. 

METROPOLICE. Seguridad y policía en la ciudad neoliberal. Autores: Sergio García García, Ignacio Mendiola, Débora Ávila, Laurent Bonelli, José Ángel Brandariz, Cristina Fernández Bessa, Manuel Maroto Calatayud, Edición: Traficantes de Sueños, Madrid, España, 2021, pp 20, 21, 22

NO ME GUSTA BENEDETTI (Texto sentimental pobremente retocado)

«Ciertamente la deconstrucción también toma como objeto la hegemonía del falocentrismo en lo referente a la diferencia sexual, y llega a realizar la crítica de falocentrismo = logocentrismo. De hecho, se está hoy llevando a cabo en el nombre de la rebeldía de la feminidad. Sin embargo, eso no es un simple feminismo. Pues el feminismo no puede ser otra cosa que la inversión del falocentrismo.» Jacques Derrida

«A la Misma que, sin ton ni son, vendió toda mi ropa y me dijo sin piedad un triste día: “¡Cómo!, ¿que no te gusta Don Mario Benedetti?...  ¡A mí, francamente, quien no me gusta eres tú!”» Armando Almánzar-Botello

«No hay mayor arrogancia frente a un “isleño” que la de un “Ego continental”. Pero no todos los “continentales” son Hitler o Pinochet, algunos son filántropos...» Armando Almánzar-Botello

«Me gusta la gente que sabe la importancia de la alegría y la predica. La gente que mediante bromas nos enseña a concebir la vida con humor…» Mario Benedetti 

        Por ARMANDO ALMÁNZAR-BOTELLO

     A dmro
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     ¡Buenos días, buenos días, bello eterno vacío, deslumbrante y sosegado derroche de la Rosa; buenos días!

     Un beso in memoriam para ti, intenso como la descarga eléctrica del gimnoto, como quien traza la prosodia o el contorno de un derrumbe; una línea catastrófica de dispersión y exilio hacia tu boca de mujer que no deseo ya besar, mas relumbra cada día en el olvido...

     Mi palabra es Minotauro hacia tu vulva-laberinto... Sinuosa, mística y discreta fluye su misterio —fonemas cautelosos del abismo asordinado— por la desnudez convexa de tu remoto espejo. Mentido cuerpo imaginario con su juventud cosmética... Belleza delusoria de la carne: resplandores de algo nómada y obscuro...

     Todo bien por estos Lares, bella frágil porcelana… Ahora, justo en este mismo instante, degusto la maravilla y la plétora de Ser al modo intenso, paradójico, en el acto sereno de vivir y beber mi té de tilo, limpiamente acompañado, saboreando yo también mi trocito sutil de magdalena... ¡Oh, Marcel Proust!

     Todo bien, todo bien por este mi altivo señorío, Doña Bella... ¡Ja! Aunque acuso siempre recibo del impacto terrible de nada que me produce cada día el insulso poema de tu ausencia...

     ¡Es tu gozo tuyo de ti! —sí, la vida, lo sé y lo comprendo, el afán ciego de estatus, el dinero, la vida—, pero nada, nada, nada, ni la Fama con sus alas doradas extendidas sobre la fatalidad febril del mundo y su estulticia grande (democracia fraternal de los imbéciles), para mí autoriza bajo el astro rey la terrible alevosía poética que dulcemente, otras veces con violencia, nos ofrece aquel don Mario de ricas letras “talabarteras” y heráldicas...

     «Cuando oigo la palabra cultura, desenfundo mi pistola»... decía Hermann Göring, el gran Mariscal de Hitler.

     A mí, en cambio, cuando escucho las palabras “Benedetti” o “Evangelio”, se me enfría y desgonza la pistola del amor y se me torna la lengua un ramo de culebras, o lo que es peor (¿mejor quizá?) un ramo de rosas plásticas, y si orgánicas: transgénicas, “inmortales” e inodoras...

     Involuntarios trucos de mi vieja muerte: ¡oh, pulcra porcelana!

     Disculpa, mi antiguo amor, pero “detexto” a Benedetti... Aunque cierta “gentuza” por ahí anda creyendo que don Mario es, como quien dice...¡la verdadera poesía!...

     No hay mayor arrogancia frente a un “isleño” que la de un “Ego continental”. Pero no todos son Hitler o Pinochet, algunos son filántropos...

     ¡Vamos!, ¡comprendemééé! (como decimos nosotros los nobles madrileños de genealogía bastarda), me refiero tan solo a ciertos burdos textos paleomarxianos y a ciertos “dinosaurios” del nihilismo más tullido en su “exitoso éxodo” político, comercial y metaliterario; a unos cuantos comensales, pseudovanguardistas, del banquete poético norte-hispano-americano y el “fast food delivery” postmoderno, cuando simulan devorar la infinitud potencial del poema, y padecer en la médula el dolor irreparable de los exilios y los “inxilios”.

     ¡Pero no!, nada de prejuicios contra los venerables, verdaderos, grandes y dignos extrasiderales de la Revolución… ¡Jamás!

     No obstante, prefiero una y mil veces (yo, un simple ciudadano en ejercicio de plena democracia estética, rota) a cinco escritores uruguayos: Isidore Ducasse, Conde de Lautréamont, Julio Herrera y Reissig, Juan Carlos Onetti, Rafael Courtoisie y Roberto Echavarren... ¡Así vibra mi pobre y herida sensibilidad descompuesta!

     Hasta Octavio Paz un día me reconoció razón, a priori, cuando le concedió un importante premio al “joven poeta” Rafael Courtoisie: Lo conozco, estuvo aquí en el país... él en persona y su gran poesía...

     El excelente poeta Echavarren también estuvo en Santo Domingo para la misma fecha, hará unos pocos años. Cenamos todos juntos, con otros cardinales poetas vernáculos…

     También se encontraban, entre los comensales, los grandes bardos Rodolfo Hinostroza (Perú) y Lêdo Ivo (Brasil)... ¡Gran momento para la historia sentimental de la poesía dominicana!

     De Lautréamont y Juan Carlos Onetti, sagrado binomio heterofónico, solo me entero cuando Satán me habla por las noches, para increparme…

     Y volviendo a lo nuestro, es decir, a lo norteamericano, te digo una vez más, mi viejo amor:

     «Para la mirada lúcida y los gustos cultivados se hicieron los vibrantes colores invisibles.»

     Maravilla discreta en los intersticios del mundo real. Resplandor de un abandono sangrado pausadamente, revelado ahora en mi té de tilo humeante, pensativo...

     Hay colores palpables con los labios... bebibles, olfateables... Disculpa que me cite, mi excorazón:

     «El Cuerpo Intensivo no es más que el Cuerpo sin Órganos (CsO) entendido como campo descentrado de manifestación de una única onda o sensación que recorre la multiplicidad de registros o dominios sensoriales y se expresa en ellos de una forma plural.

     »La filosofía fenomenológica habla, diferenciadamente, de un “desorden de los sentidos” basado en una mezcla de dominios sensoriales distintos, pero totalizados al final del proceso en una unidad sinestésica de las sensaciones...». AAB

     ¡Pero no!...

     Lo mío es todo lo contrario de tu “todo lo contrario”: un té de tilo con la Otra por siempre “indestruida”, sorbido en el sosiego y sabiamente argumentado...

     ¡Adiós, mi pulcra porcelana!

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2010

Blogs en los que figura este mismo texto:

Blog Cazador de Agua

Blog Otros Textos Mutantes

© Armando Almánzar-Botello.

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OTROS BLOGS DE ARMANDO ALMÁNZAR-BOTELLO:

Cazador de Agua               

Tambor de Griot

ARMANDO ALMÁNZAR-BOTELLO ES MIEMBRO DE LA "RED MUNDIAL DE ESCRITORES EN ESPAÑOL, REMES

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domingo, 28 de abril de 2024

PERFORMANCE VERSUS DISCURSO... (Nota escrita por simple hastío)

A los arcángeles del óxido y el miedo, a los redondos baluartes presumidos que ya no vuelan —si es que alguna vez volaron—, a los sujetos nómades que se olvidaron del callejón de atajo, y que por defender la supuesta dignidad de un doctorado escapan temerosos de lo aórgico... ¡Percibir una pipa es reconstruirla en el acto mismo de la percepción!

     Por Armando Almánzar-Botello 

     El «texto» como «técnica generalizada» por mediación de la «huella» como «no presencia»: «Lo real es tan técnico como real es la técnica [...] ¿Se trata de una hipertrofia cancerosa del artificio, o es más bien el despliegue de las propias cosas? Cuestión ingenua si pensamos en cómo se han hecho profundamente más complejas las oposiciones entre naturaleza y cultura, entre auténtico y derivado, tético y protético, propio o impropio, ciencia y ficción, consciente e inconsciente [...] La afirmación de Derrida de que no hay “nada fuera del texto” —a menudo interpretada como una reducción fantasmática de lo real al lenguaje—, ¿lo que pretende señalar es que, en ausencia de todo referente primero y último, de todo sentido consumado, únicamente podemos considerar la intrincación de los reenvíos mutuos entre todos los entes y entre todas las instancias de existencia (la “naturaleza”, la “técnica”, el “animal”, lo “simbólico”, lo “efectivo”, lo “mítico”, etcétera)? La técnica es la naturaleza misma, pues el animal técnico es una especie natural.» Jean-Luc Nancy: La frágil piel del mundo, 2020

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     Para el filósofo Jacques Derrida la diffèrance, la traza, el grama, el himen, el tímpano, el párergon, el suplemento, la huella como estructuras de no-presencia, operan siempre más acá y más allá del recinto lingüístico, más acá y más allá del discurso, del sentido contrapuesto al referente denotado —tal como piensan este binarismo Saussure y Frege—, más acá y más allá de la noción de “texto” concebido al modo filológico, taxativamente pensado de forma plana, simplista, convencional, o como articulación sígnica o enunciado fónico/gráfico, intencionalmente orientado en un proceso monologal o dialogal de producción lingüística de sentido, significado e interpretación (Sinn, Bedeutung, Deutung). 

     El cuasiconcepto de (archi)huella posibilita la deconstrucción de las oposiciones sujeto/objeto, consciente/inconsciente, humano/animal, lenguaje/realidad fenoménica, discurso/performance —tal como funciona este último binario metafísico en el discurso de Judith Butler, por ejemplo.

     Lo reiteramos con hastío, el derridiano “no existe nada fuera de texto” (Il n’y a rien hors du texte) no implica ningún tipo de clausura de la meditación en el recinto estrictamente lingüístico. 

     Dicho enunciado, simplemente, debe orientarnos en dirección al hecho de que el objeto fenoménico “mismo”, la cosa en su “evidente” objetividad, es un signo, como nos enseña el filósofo norteamericano Charles Sanders Peirce, una realidad que funciona en un juego relacional que desborda su presencia de cosa: que remite, en la percepción de su “cosidad”, a otra cosa, por vínculos y reenvíos analógicos o diferenciales, y que así se descubre trabajada por la huella, por una red “rizomático-tabular” de remisiones diferenciales, esas mismas que determinan y ofrecen la percepción de los objetos “naturales” como una experiencia desde siempre afectada por la “artificialidad” de la “huella”, la cual, de hecho, no es más artificial que natural... 

     He aquí la paradoja de la huella.

     Nos dice Derrida en su obra fundadora De la gramatología

     «Según la “faneroscopia” o “fenomenología” de Peirce, la manifestación en sí misma no revela una presencia, sino que constituye un signo. Se puede leer en los Principies of phenomenology que “la idea de manifestación es la idea de un signo”. Por consiguiente no hay una fenomenalidad que reduzca el signo o el representante para dejar brillar, al fin, a la cosa significada en la luminosidad de su presencia. La denominada “cosa misma” es desde un comienzo un “representamen”, sustraído a la simplicidad de la evidencia intuitiva. El “representamen” solo funciona suscitando un “interpretante” que se convierte a su vez en un signo y así hasta el infinito.» Derrida, Jacques. De la Gramatología, Siglo XXI Editores, México, 1978, p. 64

     Nunca existe “inocencia” de la percepción. No hay captación directa o intuitiva de la cosa en su pura presencia o cosidad. 

     Toda percepción de la cosa, y la cosa misma en su cada vez más “problemática materialidad” (la Cuántica), están marcadas por la huella, por la diferencia, por la no presencia, por la indeterminación... 

     No digo que sin el trabajo de la huella no exista la cosa en tanto que physis, sino que la huella es anterior al deslinde neto entre physis y techne y condiciona la forma de percibir a las dos categorías con sus concreciones y deslindes provisorios.

     La indeterminación de la huella como diferencia viene más bien a (im)posibilitar todo deslinde paradigmático-binario entre “physis” y “techne”, con la subsiguiente contaminación entre ambos términos del paradigma. Juegos modales, fractales, locales, de actos, tactos y contactos ecotécnicos, como viene a decirnos Jean-Luc Nancy.

     En ningún texto de Jacques Derrida se ha dicho que el cuerpo animal, o la enfermedad, o los seres inorgánicos, o las realidades y prácticas políticas, culturales e históricas constituyan eventos meramente lingüísticos, discursivos, susceptibles de ser transformados y reducidos en su conjunto a la simple acción de las palabras. Eso vendría a constituir un puro idealismo subjetivo y una vieja y pesadamente fechada cogitación de raíz nominalista. La nave de la deconstrucción gramatológica derridiana no ancló jamás en esos litorales.

     Una ingenua concepción “realista” o “performativista” del derridiano “no hay nada fuera de texto” (Il n’y a rien hors du texte), tiende a suponer que el autor de De la gramatología confunde el puro pensamiento discursivo, la magia, la brujería, el ámbito absolutizado del lenguaje o de las palabras, con el enfoque “objetivo”, “científico-racional”, práctico-instrumental de los objetos y procesos del mundo fenoménico. 

     No. No es así. A lo que el filósofo galo apunta con su idea de una “textualidad generalizada y abierta” es a explorar y descubrir, en cada caso singular, cómo, aunque unos particulares o específicos fenómenos o realidades tengan su propia modalidad causal de efectuación y arbitraje, lo que permite “originariamente” captar la especificidad pre-ontológica de estos resulta ser la huella, en tanto que, como estructura de la no-presencia y la remisión, ella viene a producir el juego relacional de producción o generación de sentido en el que se constituyen las oposiciones sujeto/objeto, inteligible/sensible, sentido/referente, lenguaje/realidad...

     Ciertamente, operar sobre un organismo animal o humano, por ejemplo, intervenirlo científico-quirúrgicamente para extraerle un lito vesicular o renal, digamos, no se reduce a ser una pura operación lingüística, verbal o discursiva. Esa operación constituye una práctica especializada que requiere de un “corpus de conocimientos” no solo médico-teóricos sino también manuales, instrumentales y corporales por parte del cirujano correspondiente, en tanto que poseedor este de una subjetividad/corporalidad y de unas destrezas técnico-cinestésicas, propioceptivas y hasta interoceptivas, que actúan en su propio esquema corporal de sujeto-agente, y que le permiten una labor coordinada en equipo. Dicha subjetividad-corporalidad está labrada, digámoslo así, primero, por su temprano, singular y complejo proceso genético-histórico de constitución lingüístico-simbólica y cultural como sujeto, y, más tardíamente, por unas disciplinas y saberes de alta especialización adquiridos con miras a permitir o lograr en dicho sujeto, como estudiante de medicina, como persona receptora de un discurso universitario especializado, cierta performance o desempeño cognitivo-instrumental, técnica y anatomo-fisiológicamente adecuado, cónsono con la meta de preservar la salud y la vida del posible paciente bajo su responsabilidad en una futura intervención quirúrgica.

     No obstante, para que funcione a cabalidad todo este complejo proceso regido por sus propias reglas cognitivo-instrumentales y específicas, se hace necesaria la intervención de la huella derridiana entendida como campo genético archioriginario generador o posibilitador de sensaciones, percepciones, enlaces neurales o sinápticos en el mismo sujeto agente; interacciones propioceptivas e interpersonales; deslindes, flujos y fusiones, donaciones y sustracciones de sentido; operaciones producidas tanto en los planos a-significante, micro-subjetivo, pre-individual, impersonal, personal, interpersonal, transpersonal, ontogenético y aun filogenético. 

     Se hace allí necesaria la intervención de la economía del grama o de la huella, en tanto que estos, en su operatividad constituyente, posibilitan la configuración de pliegues, despliegues, repliegues, acontecimientos, continuidades e interrupciones, invaginaciones, estabilizaciones, concentraciones y dispersiones de sentido que vienen a constituir la tensión entre las bandas centrífugas de sinsentido y las contrabandas centrípetas de sentido-significado, las cuales deben ser consideradas, en el seno mismo de la llamada “praxis” concreta, como reales manifestaciones materiales de una “textualidad generalizada” que opera en el ámbito fenoménico mismo, definido este por sus modos particulares de regulación y marcaje, pero sin que nunca se sustraiga a esa paradójica “economía de la huella”, a la indeterminación indecible, diseminante, que viene a caracterizarla como “archifenómeno genético de la memoria”. 

     La archihuella derridiana, como ausencia de simple origen, constituye así una instancia indecidible, sin lugar fijo entre el adentro y el afuera, entre lo actual y lo virtual, anterior al neto deslinde metafísico entre todos los opuestos. 

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Agosto de 2015

© Armando Almánzar-Botello. Santo Domingo, República Dominicana.

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ADENDA 2015

20 de mayo de 2015

MENSAJE DIRIGIDO AL ESCRITOR Y AMIGO PERUANO PEDRO GRANADOS, A PROPÓSITO DE UNA NOTA DE SU AUTORÍA SOBRE EL LIBRO DOMINICANO “MASA CRÍTICA” 

     Por Armando Almánzar-Botello

     A Médar Serrata

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     Saludos, querido Pedro. Conozco el trabajo de Médar Serrata: muy bueno. Tengo el libro donde figura su intervención: “Masa crítica. Memorias del Primer Seminario Internacional de la Crítica Literaria en República Dominicana” (Editora Nacional, 2013), obra que, como su título indica, constituye una muy buena recopilación de textos crítico-literarios realizada por el Ministerio de Cultura dominicano, en la que se incluye a intelectuales del país en el ejercicio activo de la crítica literaria a través de los diferentes medios, tanto a nivel nacional como internacional. 

     Debo decirte que Serrata confirma, en cierta zona de su ensayo, un deslinde entre el concepto (post)estructuralista (derridiano) de “texto” (instancia presuntamente desencarnada, descorporizada, establecida en relación con “un saber letrado” que de un modo supuesto difumina la “realidad” concreta, socio-cultural e histórica), y aquello definido como “performance” por la gran pensadora de la “teoría queer” y crítica de la guerra imperialista norteamericana, Judith Butler. Esa “performance” implica los desempeños del cuerpo, los actos corporales como formas de construir y transmitir conocimientos en la acción socio-cultural y política de superar o “desbordar la epistemología de Occidente” (Serrata dixit).

     Aunque lo dicho por Serrata podría resultar válido para un cierto estructuralismo cerrado, deconstruido precisamente por el trabajo de Jacques Derrida, es preciso aclarar una vez más que el concepto derridiano de “Il n’y a rien hors du texte” (“No hay nada fuera del texto”), no comporta una hipóstasis o esencialización del “lenguaje doblemente articulado”. No niega la realidad relativamente autónoma de aquello que Butler denomina “performance”, como acto creativo, en contexto histórico y cultural, que viene a involucrar al cuerpo y al comportamiento. 

     Allí Derrida reconoce más bien el funcionamiento de una productividad semiótica plural que desborda lo meramente lingüístico.

     El concepto derridiano de “textualidad abierta”, como digo, supera lo simplemente “lingüístico” para incluir también, por intermediación de la categoría de “huella” como estructura de la “no-presencia”, eso que funciona supuestamente al margen de la textualidad bajo el carácter de lo corporal, lo social, la historicidad concreta, la política... La oposición binaria “sentido” / “referencia” viene a ser pulverizada o deconstruida en la conceptualización crítica de Derrida. 

     Todo el que interpreta y contextualiza de un modo “mínimamente” válido el pensamiento de Jacques Derrida sobre la relación entre lenguaje y mundo, sabe que la “textualización derridiana” no comporta una homologación o “desdiferenciación” entre “lenguaje” y “realidad” sociopolítica e histórica. Derrida reconoce la diversidad de sus registros operativos. 

     El “no hay nada fuera del texto” derridiano jamás puede implicar un ingenuo retorno del idealismo trascendental implícito en la concepción medieval del mundo y el universo como Gran Libro Sagrado que amerita la intervención de un Gran Hermeneuta que descifre los Mensajes de un Autor Omnipotente. Es todo lo contrario de esta onto-teo-teleología de cuño falogo-fonocéntrico. 

     El texto, tal como lo concibe Derrida, más bien muestra que la llamada “realidad” es una construcción histórica trabajada también por la “huella”, por el juego de las “diferencias y cesuras”. 

     No obstante, Derrida, en su generalización estratégica de la categoría de “textualidad” y rompiendo con el concepto convencional y filológico de “texto”, reconoce también que las transformaciones de la realidad sociopolítica obedecen a regulaciones muy específicas en el territorio complejo y multidimensional de dicha textualidad. Nunca establece una contraposición maniquea entre “archivo” y “repertorio de prácticas culturales”; entre lo que denomina registro “auto-biotánato-heterográfico” y “performance”... 

     Reitero algo hace años planteado y “archidiscutido”: El derridiano “No hay nada fuera del texto”, no implica que, como dice el mismo Derrida, las “diferencias” entre “lenguaje lingüístico” y “realidad” se “puedan ahogar confusamente en la generalidad de un elemento homogéneo” (Derrida)... 

     Por otro lado, en diversos aspectos, la escritura y el pensamiento de la Judith Butler autora de “El género en disputa. El feminismo y la subversión de la identidad”; “Vida precaria. El poder del duelo y la violencia”; “Marcos de guerra. Las vidas lloradas”, etcétera, están parcialmente inspirados por las obras de filósofos como Derrida, Levinas, Lacan, Foucault, entre otros... Esto ha sido dicho por ella misma, de una forma explícita o no.

     Transcribo a continuación un párrafo que me parece importante porque revela meridianamente —en el trabajo de Médar Serrata que figura en la obra colectiva “Masa crítica”—, la interpretación inadecuada que la gran filósofa lesbiana Judith Butler y el poeta y académico dominicano realizan del concepto derridiano de “texto”, reducido este último, de un modo empobrecedor, a su significado meramente filológico: 

     «El desplazamiento de la noción de discurso por la de performance desestabiliza la posición privilegiada que pretendía ocupar el crítico como poseedor de la llave de acceso al conocimiento de todos los aspectos de la realidad. Pues si el universo tuviera la estructura de un texto, ¿quién mejor dotado para desentrañar sus secretos que el experto en asuntos del lenguaje? Sin embargo, no se trata de abandonar el estudio de los textos o de las otras manifestaciones del archivo. De lo que se trata es de ver los textos como portadores de saberes en diálogo constante con otras formas igualmente ricas y complejas, dotadas de sus propios códigos, sus convenciones y maneras de preservar o resistir las estructuras de poder...» (fragmento pp. 251 y 252) Médar Serrata. “Literatura, discurso y performance”, en “Masa crítica. Memorias del Primer Seminario Internacional de la Crítica Literaria en República Dominicana”, Editora Nacional, 2013, Santo Domingo, R. D., pp. 245-252

     Relativamente vieja pero no agotada “conversación”...

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20 de mayo de 2015. Texto publicado como nota en “Taller On de Pedro Granados”.

© Armando Almánzar-Botello. Santo Domingo, República Dominicana.

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JACQUES DERRIDA: EL TOCAR, JEAN-LUC NANCY, 2011

     «Il n'y a donc pas de concept pur, ni, bien sûr, d'intuition pure, d'intuition immédiate de l'haptique.» Jacques Derrida [«No hay concepto puro ni, desde luego, intuición pura, intuición inmediata de lo háptico.» Jacques Derrida]

HAPTOTROPISMO Y METAFÍSICA DE LA PRESENCIA

     Brevísimo fragmento de mi exégesis de la deconstrucción que hace Jacques Derrida del motivo artaudiano y deleuziano de “Cuerpo sin Órganos” (CsO). Interpretación seguida de varias citas clave del texto de Derrida titulado “El tocar, Jean-Luc Nancy”

     Por Armando Almánzar-Botello

     Jacques Derrida, sutilmente, insinúa la impensada y secreta pertenencia del llamado “Cuerpo sin Órganos” (CsO) de Antonin Artaud, Gilles Deleuze y Felix Guattari a la gran tradición platónico/metafísica de la presencia: tradición inmediatista, intuicionista, continuista, óptica pero también táctil, es decir, ocular, trópica y apropiadora: “hapto-trópica”. Derrida viene a mostrar en su libro “El tocar, Jean-Luc Nancy”, la deuda que contrae con la tradición logocéntrica dicho “cuerpo sin órganos”. 

     Concebido por Deleuze y Guattari como una pretendida ruptura radical con la metafísica negativista y falocéntrica implícita en la concepción lacaniana del deseo, este cuerpo sin órganos opera, para sus teorizadores, como indeterminación y polimorfia que sustituye al cuerpo de la homeostasis constituido en el espacio “estriado”, cualificado y jerárquico convencional. 

     No obstante, a pesar de su metamorfismo en líneas y planos de fuga, de su generatividad que actúa en el “espacio liso” de la producción deseante y liberadora, como supuesto ejercicio de un deseo situado más allá de la falta y de toda castración, para la vigilante lectura deconstructiva de Jacques Derrida este cuerpo sin órganos artaudiano-deleuziano se mantiene prisionero de una concepción idealista de la carnalidad, en su develada tendencia a la apropiación de lo próximo, apropiación ontológico-metafísica de una presunta plenitud de la presencia inmediata de lo dado, por fin alcanzada o reconquistada. 

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2015

© Armando Almánzar-Botello: Fragmento de “Introducción a la lectura de Jacques Lacan”, Santo Domingo, República Dominicana.

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OTRAS ADENDAS (1)

8 de junio de 2016

ALGUNOS FILÓSOFOS, MOVIDOS POR EL AFÁN EGOICO DE FUNDAR Y DELIMITAR UN TERRITORIO EPISTEMOLÓGICO PRETENDIDAMENTE “PROPIO”, DESBARRAN EN LA HERMENÉUTICA

     «Sí: “Il n’y a rien hors du texte” (No hay nada fuera de texto), pero no hay que confundir “texto” con “discurso”. Por esa reducción del concepto de texto a su vertiente lingüístico-discursiva y filológica, desfallece teóricamente la narrativa de Judith Butler cuando elabora el concepto de “performance” como instancia corporal que viene a “enriquecer” y a desbordar la supuestamente desencarnada cerrazón lingüística de la textualidad derridiana. 

     Por otra parte, la categoría lacaniana de lo Real como exceso, fuera del sentido, solo viene a funcionar como “agujero” interno inscrito en el tejido relacional de lo simbólico y del texto. No debe ser concebido como vacío exterior a lo simbólico sino como el punto de caída que viene a revelar, desde adentro, la “incompletitud de lo simbólico”. Al ser merodeado por la “letra lacaniana” y la escritura, ese “real” no se ofrece ni se encuentra en disyunción absoluta con respecto a la categoría conocida como “Deutung”. 

     El hueco de lo “real-imposible” lacaniano deviene así contaminado por la dimensión paradojal de la “huella” como “estructura de no-presencia”, pero revela, en su conceptualización lacaniana ortodoxa como “hors du sens” (fuera del sentido) una suerte de posible y paradójico núcleo “duro” donde podría hacer erección la metafísica de la presencia. 

     Por ese motivo, Jacques-Alain Miller diferencia lo “real imposible” de Jacques Lacan (que “no-cesa-de-no-escribirse”), de un real-contigente operativo que “cesa-de-no-escribirse” y se inscribe, para posibilitar así un psicoanálisis como aproximación al inconsciente singular de cada analizado. Esto sería un efecto literal y litoral de la letra, esa que Lacan concibe como borde contaminado de vacío, como soporte de la escritura que bordea el agujero de lo real. 

     Desde la perspectiva de Jacques Derrida la división lacaniana entre “Simbólico”, “Imaginario” y “Real” es considerada como no pertinente. Es rechazada por participar, según Derrida, de la metafísica logocéntrica de la presencia. 

     De igual forma, el filósofo de la deconstrucción entiende, conjuntamente con Philippe Lacoue-Labarthe y Jean-Luc Nancy, que la supuesta “indivisibilidad lacaniana de la letra” confirma la ontología metafísica y no se corresponde con la “bilocación” litoral de la letra, entendida esta como instancia de mediación o bisagra fronteriza entre lo real de la pulsión y el sentido.» Armando Almánzar-Botello. Santo Domingo, República Dominicana

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OTRAS ADENDAS (2)

Agosto de 2013

SOBRE LENGUAJES Y SILENCIOS: Apuntes polémicos de un sordomudo

     «Espero con ansiedad el día en que todos, no únicamente los sordomudos, podamos leer a Homero, Platón, Cervantes, Shakespeare, Goethe, Proust, Lao-Tse, Murasaki Shikibu, Veloz Maggiolo, Pedro Vergés, Rita Indiana... en lenguaje “visogestual” y no necesariamente de forma “visofonético-alfabética” o ideográfica... Y nos preguntamos: En términos hermenéuticos, antropológicos y ético-políticos, ¿se ganaría algo nuevo con ello?» Armando Almánzar-Botello

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     “Il n’y pas hors-text” (no existe nada fuera de texto), decía el filósofo francés Jacques Derrida.

     Esta polémica afirmación no implica, como creen erróneamente muchos, un simple “lingüisticismo”, es decir, una defensa de la tesis que vendría a decirnos que no hay nada fuera del discurso, fuera del lenguaje.

     Se alude aquí, en la formulación del gran filósofo argelino-francés de ascendencia judía, a la puesta en funcionamiento de una generalización de la noción de “texto”, más allá de su acepción meramente filológica, más allá de la oposición paradigmática “lenguaje” / “mundo de las cosas”.

     La “archiescritura”, conceptualizada así por el primer Derrida, sin que niegue las diferencias de registros existentes entre los órdenes del “lenguaje” y la “cosa”, entre lo “discursivo” y la llamada “realidad fáctica”, involucra en su “diseminación” tanto al sujeto como al objeto.

     Debemos recordar la relevancia de la noción de “huella” en el pensamiento del Derrida de “De la Gramatología”. Nada, ni siquiera la “cosa”, se manifiesta en su “pura” presencia metafísica, libre de un juego diferencial, de una malla de reenvíos textuales propiciados o facilitados por dicha huella como paradójica “estructura de no-presencia”.

     [De la Gramatología (1967, edición original en francés) es una obra fundadora de Jacques Derrida de cuya primera edición en español (1971), había yo adquirido un ejemplar el año 1973 en la siempre actualizada “Librería Paz”, a la sazón administrada en Santo Domingo por el inolvidable y culto sacerdote jesuita español, crítico de cine y promotor cultural Alberto Villaverde. La pérdida de este ejemplar me obligó a readquirir el libro de marras en 1979].

     Dice literalmente Derrida en la página 64 de De la Gramatología, siglo XXI Editores, México, 1978: 

     «La diferencia entre la fenomenología de Husserl y la de Peirce es fundamental, pues concierne a los conceptos de signo y de manifestación de la presencia, a las relaciones entre la representación y la presentación originaria de la cosa misma (la verdad). En relación con este punto Peirce está sin duda más próximo del inventor de la palabra fenomenología: Lambert se proponía en efecto “reducir la teoría de las cosas a la teoría de los signos”. Según la “faneroscopia” o “fenomenología” de Peirce, la manifestación en sí misma no revela una presencia, sino que constituye un signo. Se puede leer en los Principies of phenomenology que: “la idea de manifestación es la idea de un signo”.12. Por consiguiente no hay una fenomenalidad que reduzca el signo o el representante para dejar brillar, al fin, a la cosa significada en la luminosidad de su presencia. La denominada “cosa misma” es desde un comienzo un “representamen” sustraído a la simplicidad de la evidencia intuitiva. El “representamen” solo funciona suscitando un “interpretante” que se convierte a su vez en un signo y así hasta el infinito. La identidad consigo mismo del significado se oculta y desplaza sin cesar. Lo propio del “representamen” es ser él y otro, producirse como una estructura de referencia, distraerse de sí. Lo propio del “representamen” es no ser “propio”, vale decir absolutamente “próximo” de sí (prope, proprius). Ahora bien, lo “representado” es desde un principio un “representamen”.» Nota al pie de la página 64 de la edición que ahora cito: «12. P. 93. Recordemos que Lambert oponía la fenomenología a la aleteiología». JD

     Debe entenderse por “aleteiología” una disciplina o modalidad hermenéutica cuyos recursos interpretativos apuntan al descubrimiento o a la simple revelación de un presunto sentido inmediato o verdad (aletheia) inmanente a la “cosa” en la presunta pureza de su presencia.

     Evidentemente, esta posición comporta una metafísica de la presencia. Esta ontología de la presencia se manifiesta en la hipóstasis de un significado trascendental o en la esencialización de la “pura” cosa que, de simple desecho o mero vestigio hylético, pasa a encarnar una pretendida verdad cuyo sentido “preexistiría” al lenguaje como proceso discursivo de producción de sentido.

     En el contexto derridiano de esta problemática gramatológica (originalmente relacionada también con los pensamientos de Charles Sanders Peirce y del segundo Wittgenstein), en la que a través de la “huella” se produce una suerte de juego diferencial o de reenvío matricial entre la “palabra”, el “gesto” y la “cosa” designada, puedo ahora decir que el “sordomudo” no es una real excepción a la efectiva operatividad o vigencia de la conceptualización filosófico-científica que juzga al “lenguaje doblemente articulado” como la instancia que constituye lo que se podría llamar, siguiendo a Gerard Mendel y a Jacques Lacan, por ejemplo, “núcleo simbólico-antropológico específico” del Homo sapiens sapiens. 

     Dicho nódulo estructural y conceptual permite la realización de un particular deslinde relativo entre “lo animal” y “lo humano”. (No obstante, lo que se ha convenido en llamar “lenguaje”, constituye una paradójica línea bifronte de conjunción/disyunción entre lo humano y lo animal). 

     Creemos, no obstante, tal como lo entendía el Wittgentein de “Las investigaciones filosóficas” a propósito de las relaciones entre “lenguaje”, por un lado, y silencio “fuera” del lenguaje, por el otro, en la existencia de un “laberinto problemático de fronteras”, rizomático, diría Gilles Deleuze, entre los ámbitos de la humanidad y la animalidad.

     No existe un corte unívoco que permita separar limpiamente, de un modo absoluto, sin contaminación o resonancia de un estatuto sobre el otro, al animal de lo humano. Aludimos aquí a la problematicidad de lo (In)humano (Lyotard).

     Tampoco decimos que no existan, en los planos ontogenético y filogenético del Homo sapiens sapiens, ciertos tipos de pensamiento generados más acá o más allá del “lenguaje lingüístico” en sentido estricto. 

     Entendemos, tal como lo hemos resaltado más arriba, la potencia semiótica de la “huella”, del “grama”, del reenvío archiescritural y del sinsentido preverbal y translingüístico en su condición de operatividades constituyentes y juegos diferenciales que subtienden a todo lenguaje o lengua particular constituida.

     Entendemos, además, que no existe una separación radical entre los llamados tres registros lacanianos: Simbólico, Imaginario y Real. Existe más bien una relación compleja de conjunción, solapamiento y disyunción entre estos mencionados órdenes del sentido, el sinsentido y el no-sentido.

     Sin embargo, no consideramos puntualmente demasiado esclarecedora la visión teórica, tal como la formula George Steiner en sus excelentes reflexiones sobre lo humano y lo bestial, en la que el ser humano sordomudo viene a constituir un “quid enigmático” y una suerte de excepción a la tesis que define como rasgo distintivo y fundamental de lo humano las estructuras operativas del lenguaje articulado, entendido esencialmente en sus manifestaciones orales.

     Por más independientes que sean las “lenguas gestuales” de las orales (y esto lo aceptamos como una realidad validada por las investigaciones de varias disciplinas científicas), no es concebible, en la presente fase de la filogénesis del Homo sapiens sapiens, una sociedad humana totalmente constituida por “sordomudos”, es decir, organizada de modo autónomo y que funcione con absoluta independencia de las prestaciones tecnosimbólicas, facilitaciones convivenciales y valores creados por el “orden simbólico” humano, cuya instancia de organización funcional básica sigue siendo el lenguaje articulado en el plano de la oralidad.

     Si bien una gran parte de los miembros de una determinada comunidad pueden comunicarse de un modo gestual prescindiendo de la comunicación oral “explícita” y en apariencia “implícita”, la historia humana no registra ningún caso de comunidades sordomudas en su totalidad, cuyas codificaciones culturales no estuvieran relacionadas, de un modo u otro, con sociedades o con sectores mayoritarios de la comunidad en los cuales la comunicación oral fuera la preponderante.

     Parece que ahora se aborda una verdad de Perogrullo, pero esta problemática es crucial en ciertos contextos lingüísticos, tecno-científicos, (post)humanísticos y filosófico-políticos.

     Aunque existen personas (sordomudos congénitos), cuya “lengua materna natural es de características gestuales”, y si también se puede hablar de “culturas sordas” y de “subculturas del silencio” con numerosos “hablantes” —los cuales comienzan poco a poco a exigir el respeto a sus derechos, ¿valores?... y diferencias—, estas situaciones extremas se viven siempre como subconjuntos subsumidos en el universo de las “lenguas lingüísticas” orales, entendidas como lenguas mayoritarias... 

     En este contexto complejo, heteróclito, se operan procesos intersemióticos multidireccionales de transcripción y traducción. Esta realidad plantea, de hecho, un reto bioético, convivencial y político.

     Si bien el sordomudo vive su gestualidad comunicativa codificada, sin discurso lingüístico explícito (lo cual no excluye las “sonorizaciones fantasmáticas” o virtuales del pensamiento en el registro fenomenal del sonido como “ser-oído del sonido”, independientemente de su efectuación real o física en el mundo: esto se ha comprobado experimentalmente), no se desenvuelve, en efecto, de un modo completamente ajeno al lenguaje oral stricto sensu, no vive totalmente “fuera del lenguaje oral”, pues el propio “silencio significante” por el que se desplaza es un efecto del lenguaje articulado, del orden simbólico y de la cultura: es un “afuera modulado por la misma oralidad”.

     Este “afuera” topológico no sería posible sin la dimensión lingüística constituyente de la comunidad oral mayor en la que viene a insertarse el “sordomudo”.

     Por más natural que se considere la comunicación interhumana en base a gestos codificados (los cuales tienen de hecho su propia “fonología”, su propio “léxico” icónico-gestual, su propia “sintaxis” kinésica, etc.), ningún código no verbal de comunicación funciona para el ser humano sin relaciones de contaminación, de interacción por omisión o de recambio semiótico —directas o indirectas, en el plano de la oralidad glosopoiética o en el de la grafía, en los ámbitos fonético-alfabéticos o ideográficos—, con el sistema de las denominadas “lenguas lingüísticas” orales.

     Otra cosa distinta observamos si se toma en cuenta lo que la etología entiende y denomina como “códigos de información o sistemas de comunicación y señalización”.

     Estos códigos y sistemas funcionan en los animales de un modo instintivo y preformado (aunque pueden ser perfeccionados por aprendizaje). 

     Ellos resultan muy diferentes en sus grados de complejidad —tal como lo entienden la lingüística y las neurociencias modernas—, a lo que se conceptualiza y define como “lenguaje oral doblemente articulado”, o, como en el caso de los sordomudos, “lengua humana de señas” o de “signos gestuales”.

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Agosto de 2013

© Armando Almánzar-Botello. Santo Domingo, República Dominicana. Reservados todos los derechos de autor.

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OTRAS ADENDAS (3)

2014

NO ES CIERTO QUE TODO PENSAMIENTO POSTESTRUCTURALISTA REDUZCA LA HETEROGENEIDAD DE LO REAL A SIMPLE DISCURSO, A MERA IMAGEN (CONVENCIONAL) O A EMPOBRECIDO SEMBLANTE

     Por Armando Almánzar-Botello

     1-. Generalizar, deconstructivamente, el concepto de “escritura”, en su calidad de categoría opuesta metafísicamente a la idea de “habla”, y pensar entonces, como hace Jacques Derrida (“De la gramatología”), la noción de “archiescritura”, no comporta ningún lingüisticismo ni absolutización alguna del lenguaje o el discurso frente a la llamada realidad-real.

     2-. Generalizar el concepto de “IMAGEN”, tal como lo hace Gilles Deleuze (“Diferencia y Repetición”, “La imagen-movimiento I”, “La imagen-tiempo II”) y entender que participan del estatuto general de “imágenes” las llamadas “imágenes convencionales”, las COSAS mismas y el movimiento, no comporta una abolición de las diferencias tipológicas y estructurales existentes entre las heterogéneas manifestaciones de las “imágenes”, una de las cuales la constituye el “cerebro-sujeto” como “interioridad” o “pliegue” de cierta especie de imágenes... 

     Las categorías deleuzianas de “imagen-movimiento” e “imagen-tiempo” no funcionan dentro del modelo platónico MODELO/COPIA, no son equiparables a la última categoría o polo de ese paradigma metafísico-trascendental, ni tampoco se reducen a la pura idealidad .

     3.- Cuando para superar, por motivos internos a su propio campo psicoanalítico-filosófico, la oposición metafísica tradicional “lengua/habla”, Jacques Lacan acuña el neologismo “lalangue”, y sitúa dicha manifestación del “lenguaje” en relación con el registro del “inconsciente real” del “parlêtre”, como algo diferente al “inconsciente simbólico” freudiano, no está reduciendo el mundo a simple semblante o imagen. ¡Todo lo contrario! Frente a cualquier “nominalismo” reductor, defiende el carácter irreductible de un REAL INDOMEÑABLE.

     Es necesario conocer con cierta mínima precisión aquello que pretendemos criticar.

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2014

© Armando Almánzar-Botello. Santo Domingo, República Dominicana. Reservados todos los derechos de autor.

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OTRAS ADENDAS (4)

Martes, 25 de marzo de 2014

¿LA MÚSICA O EL LENGUAJE? (Breve nota)

     «Como señalaba Roland Barthes en sus Elementos de Semiología, todo sistema semiótico translingüístico se encuentra en una relación de redundancia o recambio con el sistema de la lengua, con el lenguaje doblemente articulado.» Armando Almánzar-Botello: “Trías, Derrida y foné musical. (A propósito de La imaginación sonora de Eugenio Trías y el problema del giro lingüístico)”

     Por Armando Almánzar-Botello 

     En la conocida oposición paradigmática lenguaje/música, se podría generalizar de un modo derridiano y deconstructivo la categoría o el término “música”, de una forma tal que sería posible considerar la dimensión originaria y semiótico-“musical” del lenguaje (in)humano en su ontogénesis bifronte —lo rítmico, lo entonacional, lo intensivo, lo tímbrico, lo melódico, lo puramente glosolálico—, como una operatividad que precede a todo funcionamiento del lenguaje en su carácter propiamente representativo, verbal, conceptual, generador de significaciones abstractas, intencionales o cerradas.

     El lenguaje se “inicia” en el proceso de constitución del sujeto como un juego de vocalizaciones intensivas puras, lúdicas, (a)significantes y “musicales”: meras oposiciones fonemáticas no semantizadas (J. Kristeva, L. Wittgenstein, J. Lacan) que operan en el plano constituyente de lo semiótico “preverbal” y cuya materialidad procede de un Otro “simbólico” a ser entendido como reserva del trazo unario, de la letra y del significante, es decir de la instancia polivalente y “prelingüística” que Lacan denomina “lalangue” (la “lalengua”), como algo relacionado con la “lalación” y anterior al deslinde neto entre lengua y habla 

     Lo anteriormente señalado no significa que la música propiamente dicha —la música vocal, instrumental y electrónica, considerada como “actividad semioestética”, como “específico ejercicio combinatorio de los sonidos, el tiempo y los silencios, como particular tratamiento de la foné o modalidad artística de simbolización”—, exista en efecto desde la denominada etapa “musical” del desarrollo lingüístico (etapa glosopoiética: sonoridades vocales posteriores al grito y anteriores a lo verbal), o que se pueda producir independientemente de un particular contexto cultural e histórico en el cual, aquello que denominamos “lenguaje lingüístico“ o “lenguaje doblemente articulado” constituye siempre, de hecho, un factor decisivo e ineludible, una condición sine qua non de acuerdo, vínculo y productividad semiótica y simbólico-social. 

     A pesar de los probables orígenes predominantemente vocales (vox) y  glosopoiéticos de la música, esta actividad humana, como creativa manifestación ritual, mágica o artística, guarda una relación disyuntivo/conjuntiva con la palabra y con lo verbal, sin nunca reducirse a una mera función lingüística o comunicativa.

     Ninguna subjetividad creadora aislada, individual, pretendidamente situada al margen de un contexto interpersonal, dialógico, y de unos valores históricos y culturales definidos, sustentados por una(s) lengua(s)-cultura(s) específica(s), puede producir una sonata, una sinfonía, un motete, un merengue, un vals, un coral, un tango, un oratorio, una composición electrónica, etcétera, basándose en una supuesta capacidad de generación estético-musical humana previa a la instalación del lenguaje articulado en un concreto espacio de intercambios simbólicos.

    Para que un sujeto pueda producir música como “obra de arte” autónoma, expresiva, debe participar, como creativa subjetividad socio-semiótica, de un vínculo estructural con una cultura y con una memoria histórica, lo cual no sería posible sin la existencia del lenguaje articulado.

     La notación musical misma tal como se conoce en Occidente, con su autonomía relativa y problemática, con su compleja evolución desde la notación pneumática y lorena del canto gregoriano hasta llegar a los gráficos de la música concreta, serial, aleatoria y electroacústica más contemporánea, no podría haber surgido, en su especificidad, fuera de un concreto ámbito humano, lingüístico, histórico y cultural.

     Debemos resaltar el hecho de que una cosa es la “musicalidad” del “lenguaje” constituyente y/o constituido (que podría estar en el origen de la música vocal), y otra, muy distinta, lo es la capacidad semiótica específica que tiene la música para producir “sentido”, sinsentido rítmico, infrasentido, simbolismos... —desde su particular apreciación y tratamiento de la foné o materialidad del sonido—, sin valerse, necesariamente y de forma directa, de los recursos lingüísticos.

     No obstante, resulta quizá oportuno señalar, tal como lo hace Thomas Mann por boca de uno de sus personajes, que: 

     «La música y el lenguaje se pertenecen mutuamente, son en el fondo uno y lo mismo, el lenguaje música, la música un lenguaje, y separadas se invocan una a otra, se imitan, se sustraen una a otra los medios de expresión [...] La música puede ser en principio palabra, puede ser pensada y planeada verbalmente [...] La idea artística constituye una sola y particular categoría intelectual, pero es difícil imaginar que las palabras puedan ser el primer esbozo de un cuadro o de una estatua —con lo cual queda demostrado el especial parentesco de la música y el lenguaje. Es natural que la música se inflame en la palabra y que la palabra surja de la música como ocurre al final de la novena sinfonía de Beethoven [...]» Thomas Mann: Doctor Faustus.

     Podríamos tal vez objetar o matizar lo dicho anteriormente por Mann, pero resulta pertinente reiterar lo siguiente: 

     Aun cuando el particular tipo de pulsión de “sentido” que caracteriza a la música, junto a su valoración de la pura materia sonora asignificante (G. Deleuze) y de cierto “simbolismo” indeterminado y aéreo generado por ella no son rasgos de naturaleza obligatoria y directamente comunicativa o ligados a la palabra —y esto debido a la condición singular de la manifestación artística específica de la música, con su tratamiento propio de la foné, del substrato articulado semiótico-sonoro, que no aspira a ser reducido a la simple comunicación lingüística o verbal—, debemos entender que, en su condición translingüística más que prelingüística, la creación musical, bajo su carácter de obra de arte, siempre se encuentra, quiérase o no, sépase o no, hasta en sus “cósmicas” e “inhumanas” manifestaciones electroacústicas más extremas y como establece con pertinencia cierta semiología general, en una relación inevitable, fantasmática e indirecta de “recambio” con el lenguaje articulado y el sistema de la lengua.

Armando Almánzar-Botello

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Marzo de 2014

     Texto relacionado con el ensayo breve «Trías, Derrida y foné musical. (A propósito de La imaginación sonora de Eugenio Trías y el problema del giro lingüístico)». Blog Cazador de Agua

Blog Tambor de Griot 

© Armando Almánzar-Botello. Santo Domingo, República Dominicana. Reservados todos los derechos de autor.

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ADENDAS DERRIDIANAS

DERRIDA, JACQUES: EL TOCAR, JEAN-LUC NANCY, Buenos Aires, Amorrortu, 2011, páginas 178, 179, 185 y 186, 188 y 190

     «El contacto no produce entonces fusión ni identificación, y tampoco contigüidad inmediata. Debemos disociar una vez más el tacto de lo que el sentido común y el sentido filosófico le acuerdan siempre como la evidencia misma, como el primer axioma de una fenomenología del tacto, a saber: la inmediatez. 

     »El uso que hace Nancy de la expresión “partes extra partes” parece a veces obsesivo, pero en verdad es necesario y determinante. Además de un invencible principio de divisibilidad diseminal, me parece significar un deseo incesante de marcar esa ruptura con la inmediatez o con la continuidad del contacto, ese intervalo del espaciamiento, esa exterioridad, y ello, en el mismo momento en que se insiste tanto sobre la contigüidad, el tocar, el contacto, etc. 

     »Como si Nancy quisiera marcar la interrupción de lo continuo y objetar la ley de la intuición en el corazón mismo del contacto.» Jacques Derrida: “El tocar, Jean-Luc Nancy”, Buenos Aires, Amorrortu, 2011, página 178

     «Pues, ¿acaso no es el intuicionismo aquello en torno a lo cual, sin combatir, estamos debatiendo? No tal o cual intuicionismo como doctrina o tesis filosófica, no un intuicionismo que en un campo problemático determinado se opondría a alguna posición adversa, al formalismo, al conceptualismo, etcétera. No, nuestro intento persigue más bien identificar un intuicionismo constitutivo de la filosofía, del gesto que consiste en filosofar —e incluso del proceso de idealización que consiste en retener el tacto en la mirada para asegurar a esta lo pleno de presencia inmediata requerido por cualquier ontología o por cualquier metafísica. Lo pleno de presencia inmediata significa, sobre todo, la actualidad de lo que se da efectivamente, enérgicamente, en acto. Bien sabemos que, como el nombre podría indicarlo, la intuición privilegia la vista. Pero siempre para alcanzar con ella un punto donde la consumación, la plenitud o el llenado de la presencia visual toca en el contacto, es decir, un punto que podríamos apodar, en otro sentido, punto ciego, donde el ojo toca y se deja tocar —por un rayo de luz, a menos que sea, más rara vez, y más peligrosamente, por otro ojo, por el ojo del otro. Al menos desde Platón, sin duda, y pese a su endeudamiento con la mirada, el intuicionismo es también una metafísica y una trópica del tacto, una metafísica como hapto-trópica. Ella se consuma y por lo tanto llega a su plenitud, a su pleroma, es decir, a su límite, apostando por el giro elemental de la consumación táctil, por el sesgo de un lenguaje que, de manera cuasi natural, se orienta hacia el tacto cuando, precisamente como lenguaje, pierde la intuición y ya no da a ver.» Jacques Derrida: “El tocar, Jean-Luc Nancy”, Buenos Aires, Amorrortu, 2011, página 179

     «Porque ese valor de proximidad, porque ese vector de la presencia cercana determina en última instancia el concepto y el vocablo ‘háptico’, porque lo háptico abarca virtualmente todos los sentidos donde sea que se apropien de una proximidad, Deleuze y Guattari prefieren la palabra ‘háptico’ a la palabra ‘táctil’:

     »“La palabra ‘háptico’ es mejor que ‘táctil’, por cuanto no opone dos órganos de los sentidos, sino que deja suponer que el ojo mismo puede tener esa función que no es óptica […] Lo Liso nos parece a la vez el objeto de una visión próxima por excelencia y el elemento de un espacio háptico (que puede ser visual, auditivo tanto como táctil).” Deleuze-Guattari

     »Interpretado así lo háptico, eso que lo suelda a lo cercano, que lo identifica con la aproximación a lo cercano, no solo con la “visión próxima” sino con la aproximación en todos los sentidos y para todos los sentidos, más allá del tacto, eso que lo vincula a la apropiación de lo cercano, es una postulación continuista, un continuismo del deseo que pone todo este discurso en concordancia con el motivo general de lo que Deleuze y Guattari, siguiendo a Artaud, reivindican bajo el nombre de “cuerpo sin órganos”. Por consiguiente, es en el “espacio liso” y no “estriado” donde ese continuismo háptico encuentra, busca, mejor dicho, su elemento de apropiación.» Jacques Derrida, ibid., pp. 185, 186

     «Nancy, por su lado, parte [il part]. Él parte, marca su partida [départ] («Corpus, autre départ» [«Corpus, otra partida»], dice un título de Corpus). Él reparte [partage] y separa [départage], abandona [se départit] sin duda también esa problemática fundamental, así como ese intuicionismo de lo continuo o de lo inmediato, ese intuicionismo más radical, más invencible, más irreprimible que el que se opone simplemente a su contrario (conceptualismo, formalismo, etc.). Hace pensar así en otro reparto [partage] de los sentidos, en ese lugar del límite, de los límites plurales en los que dicha tradición se abastece. Al marcar y remarcar los límites, Nancy espaciaría más bien la continuidad de ese contacto entre el tacto y los otros sentidos, e incluso la continuidad inmediata en el corazón, por decirlo así, del tocar mismo, de ese tocar que, él va a recordarlo, es “local, modal, fractal”». Jacques Derrida, op. cit. p. 188

     «Con motivo de la ecotecnia de los cuerpos, de un mundo de los cuerpos que “no tiene sentido trascendente ni inmanente”, Corpus proseguirá esta dislocación del tocar. Sin abandonar nunca la insistencia en el tacto [tact] que tanto le importa, al que no renuncia nunca, Nancy lo asocia siempre, en contra de la tradición continuista de lo inmediato, al valor de apartamiento, de desplazamiento, espaciamiento, partición о reparto: “Por el contrario, hay el tacto [tact], la pose et la dépose, el ritmo del ir y venir de los cuerpos en el mundo. El tacto [tact] desligado, separado de sí mismo.”» Jacques Derrida, ob. cit. p. 190

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31 de diciembre de 2015

Copyright © Armando Almánzar Botello. Reservados todos los derechos de autor. Santo Domingo, República Dominicana.

martes, 9 de abril de 2024

Los paraguas se derriten...

Palabras dichas espontáneamente una mañana de lluvia por Juan José Almánzar Báez, mientras, rumbo al colegio, protegido con su pequeño capote azul y antes de cumplir cinco años, observaba con atención el cielo nuboso. 2006. IMÁGENES: 1) René MagritteLas vacaciones de Hegel, 1958. 2) Juan José Almánzar Báez a los ocho meses. 2002

 

Por Juan José Almánzar Báez 


Los paraguas se 

derriten 

y...

aún las nubes siguen 

esponjosas...


jjab

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Noviembre de 2006

© Fredesvinda Báez Santana. Armando Almánzar-Botello. © Juan José Almánzar Báez. Santo Domingo, República Dominicana.