miércoles, 10 de julio de 2024

CYBORG ANDINO-CARIBEÑO

Al poeta y crítico peruano Pedro Granados Agüero, a propósito de su libro Soledad impura.

     Por Armando Almánzar-Botello

Cum grano salis 

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Paradójica y sabia poesía la del cyborg.

Desbordante de energía afirmativa

su dicción sobria                    lúcida  

coloquial y filosa:

cuchillo de un carnicero taoísta.


Próxima y remota:

Paradójica y sabia poesía la del cyborg.


Ella sirve de refugio a un furioso

temible y tierno animal

—ávido de eternidad en tránsito—

que olfatea y palpa el cuerpo erógeno donde confluyen:


la temible desnudez de la mujer

el neón seductor de la noche

la retracción desafiante de la página en blanco…


Paradójica y sabia poesía la del cyborg.


Voz del desierto en la ciudad y el hueso.

Palabras de una soledad y de un exilio que al decirse

crean el espacio de un posible encuentro:

la quena           la pena          el tambor 


y la mujer del sueño.


Poesía del acoso y de la pérdida,

del apetito de altura y del fluir del mar....

Alas: Olas presurosas… Hilos: Laberintos mestizos

de Ariadna indescifrada...


La escritura impertérrita del mito,

de lo mixto,

intenta crear un “nosotros” intensivo

en el peregrinar iniciático

y en el desasimiento.


Paradójica y sabia poesía la del cyborg.

Conjunctio: Teseo y Minotauro.


Desengañada su dureza en ciertos versos cortantes

inédita criatura nómada permite

respirar la flor maravillosa de lo (im)propio

presentir la geografía ilegible de otros textos.


Y extrañamente logra transmitirnos

el hechizo:


Amorosos abrazos disyuntivos

goces        mundos


deslumbramientos


¡doloroso arte de vivir cayendo!...


Con las manos del cyborg la poesía toca

ataca         explora

la textura hiriente de las cosas.

Fosforesce de nuevo la mágica evidencia:

                     lo (im)palpable...


Ulises que a Ítaca no llegase nunca,

piensa: ¡el único posible asentamiento

está en el viaje!


El poeta dionístico dice bailando:

la  posible y frágil salvación

tan solo nos aguarda

en los labios indescritos del enigma

y el instante:


la belleza terriblemente fugaz que ahora amo.

                        ¡Siempre!


¡Oh latido secreto del rizoma

letra femenina de la noche

paragrama subterráneo de los cuerpos!


Paradójica y sabia poesía la del cyborg.

En su página sangra lo que salva:


El goce fluyente del poema encarnado.


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19 de Febrero de 2011

Blog Cazador de Agua 

Sábado 19 de febrero de 2011

https://cazadordeagua.blogspot.com/2011/02/cyborg-andino-caribeno.html?m=0

© Armando Almánzar Botello. Santo Domingo, República Dominicana. Reservados todos los derechos de autor.

OTRO ENLACE PARA ESTE MISMO TEXTO:

Blog de Pedro Granados:

http://blog.pucp.edu.pe/blog/granadospj/2011/02/22/cyborg-andino-caribeno-armando-almanzar-botello/

Copyright © Armando Almánzar Botello. Reservados todos los derechos de autor. Santo Domingo, República Dominicana.

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DOS NOTITAS PREVIAS:

     «Amigo poeta Armando Almánzar Botello, dadas ciertas circunstancias locales e internacionales, tú estás obligado a escribir un rápido resumen de tu autobiografía espiritual y familiar, de tu trayectoria en el panorama de la vida cultural dominicana de los últimos treinta y cinco años. ¡Los malentendidos y recelos te acechan!» Enriquillo Sánchez Mulet, 2003

     «No soy realmente ochentista: publiqué mis primeros poemas (“La Hormiga-León o la travesía de un grafema” y “Prosa tántrica y dionisíaca”, por ejemplo) entre los años 1977 y 1979, con los buenos auspicios del poeta dominicano Luis Alfredo Torres. Desplegué una vida culturalmente activa durante todo el transcurso de los años setenta. Me autodefino siempre como un lobo estepario y marginal de dicha década.» Armando Almánzar-Botello

Copyright © Armando Almánzar Botello. Reservados todos los derechos de autor. Santo Domingo, República Dominicana.

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25 de diciembre de 2014

EL ESCRITOR DOMINICANO ARMANDO ALMÁNZAR-BOTELLO TAL COMO ES PERCIBIDO POR EL ESCRITOR PERUANO PEDRO GRANADOS AGÜERO:

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     «…Armando Almánzar Botello da un resuelto paso adelante desde una estética del pensar de la que él constituye —es un secreto a voces— un no bien reconocido agente o precursor literario. Buenos oficios los suyos…» Pedro Granados Agüero

     «…Armando Almánzar Botello, en la República Dominicana; de lejos el mejor poeta actual de su país y uno de los más destacados de entre todas las Antillas…» Pedro Granados Agüero

     «…En este poemario singular [“Cazador de agua y otros textos mutantes”], poco a poco vamos entendiendo que nos hallamos en plenas Antillas del futuro, pero donde el sujeto poético es ya también una máquina él mismo; observador privilegiado de un aleph, aunque esta vez caótico y no menos preñado de horror. Imagen elíptica, pues, de nuestro kafkiano presente. Leída así esta obra pone en evidencia su auténtico valor y relieve —la pertinencia de su crítica y testimonio— no menos que su gesto de libertad imaginativa y su, bienvenida sea, sangre ligera u oportuno sentido del humor…» Pedro Granados Agüero

     «…La poesía de León Félix Batista, probablemente junto con la de Armando Almánzar Botello, debiera ser el auténtico ícono de la generación dominicana de los 80; en el sentido de un rompimiento y superación, al interior mismo de su generación, de la “poesía del pensar”. Ambas son, a su modo, complementariamente neobarrocas: más culterana la de Almánzar-Botello (analógica y llena de referencias eruditas), más conceptista la de Félix Batista (analógica y centrada en la elipsis de la frase y el cultismo del vocabulario). Además, es particularmente relevante en las dos propuestas poéticas su auscultamiento del tema de lo andrógino…» Pedro Granados Agüero

     «…En todo caso creemos que, frente al burdo conservadurismo generalizado en los 80, los versos de Armando Almánzar Botello y León Félix Batista lucen, a contracorriente, una sutil aclimatación de la cultura y sensibilidad popular (incluso marginal o lumpen); lo cual, ya de por sí, no solo es una propuesta distinta sino también fundadora…» Pedro Granados Agüero

     «…La poesía de Armando Almánzar Botello (escribe sus versos entre 1977 y 2012, aunque publicó su primer libro en el año año 2003) presenta, junto con la de Pastor de Moya, afinidades muy significativas. Aunque Pastor de Moya es menos “intelectual”, de algún modo ambos poetas ensayan en sus respectivas obras una constante metamorfosis de escenarios e identidades: El cyborg o lo andrógino parecieran ilustrar esta sostenida vocación. Y con esto volvemos, por cierto, una y otra vez –y en uno y otro poeta– a la condición o naturaleza misma del carnaval. Espacio de lo múltiple, por excelencia, y no menos de lo inclusivo. Tiempo donde las identidades se hallan suspendidas, están en intercambio, y no funcionan ya los roles —tampoco las formas de pensar o dividir a la gente— institucionalizados. Es en este sentido que, frente a una postura unidimensional, canónica y clasista como la “poesía del pensar” (a la cual motejaremos como apolínea) tenemos aquella otra (dionisíaca) mucho más tolerante y aglutinante; en una palabra, más democrática, sin restarle con esto un ápice a su rigor y calidad literarios…» Pedro Granados Agüero

     «…Percibimos por primera vez en la República Dominicana un grupo poético, entre las expresiones recientes, en abierta negación del refrito estético anterior; que —con algunas honrosas excepciones (Leon Felix Batista, Ylonka Nacidit Perdomo o Armando Almánzar Botello, por ejemplo)— ha continuado hasta muy avanzados los 90…» Pedro Granados Agüero

     «…Nos alivia y llena de fe, eso sí, encontrar el modo tan natural como se antologa y cita, últimamente, la obra de Armando Almánzar Botello, auténtico émbolo cultural al interior del cuerpo poético de la media isla en los últimos treinta años… reconocido a regañadientes o no; saqueado, hasta hace poco, y pirateado en su propio país todavía impunemente…» Pedro Granados Agüero

BREVE TEATRO PARA LEER: POESÍA DOMINICANA RECIENTE” (mediaisla editores, 2014)

PEDRO GRANADOS AGÜERO, Lima, Perú, 1955. Ph.D (Hispanic Language and Literatures), Boston University; Master of Arts, Brown University; Profesor de Lengua y Literatura Española, ICI (Madrid); Bachiller en Humanidades, PUC del Perú. Especialista en la obra de César Vallejo. Tiene experiencia en el área de Letras (literatura y lingüistica) y los Estudios Culturales, con énfasis en el estudio de la Poesía Latinoamericana, Española y Norteamericana Contemporáneas. Asimismo, en la asesoría de Talleres de Creación Literaria (Poesía y Novela corta) desde una perspectiva de mediación cultural y multinaturalista (Eduardo Viveiros de Castro). Por último, tiene experiencia en el periodismo digital con temas de cultura y literatura; en específico, en lo tocante a las relaciones entre el Caribe Insular Hispano (en particular República Dominicana y Puerto Rico) y el área Andina; y entre esta última y el Brasil.

BLOG DE PEDRO GRANADOS:

http://blog.pucp.edu.pe/blog/granadospj/2014/12/25/armando-alm-nzar-botello-pedro-granados/

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DOS ADENDAS:

Adenda 1


31 de Agosto de 1977

INVITACIÓN

BIBLIOTECA NACIONAL 

La Biblioteca  Nacional se complace en invitar a usted y a su distinguida familia a la mesa redonda que analizará:

¿CUÁL ES EL NOMBRE DE NUESTRO PAÍS?

Con la comparecencia del licenciado Ramón Rafael Casado Soler, ideólogo de la doctrina de:

EL NOMBRE UNIGÉNITO DE DOMINICANA

Junto a un panel compuesto por los prominentes académicos: doctor  Pedro Troncoso Sánchez, licenciado Emilio Rodríguez Demorizi, doctor Carlos Federico Pérez, monseñor Hugo Eduardo Polanco Brito, doctor Eduardo Latorre, doctor Frank Marino Hernández, doctor George A. Lockward, ingeniero José Joaquín Hungría Morel, doctor Alberto Noboa Mejía, doctor Juan Daniel Balcácer, el bachiller Armando Almánzar Botello, moderador doctor Salvador Pittaluga Nivar, bajo la organización del señor Tiberio Castellanos.

DÍA: Miércoles 31 de Agosto de 1977

SITIO: Salón de Música de la Biblioteca Nacional

HORA: 8:00 p.m.

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Adenda 2

JACQUES LACAN Y LA MUERTE DE ROLAND BARTHES

     «En 1980, en Casa de Francia, institución cultural perteneciente a la Embajada de Francia en la República Dominicana, el entonces joven intelectual Armando Almánzar-Botello, junto a otros importantes estudiosos de la literatura y las humanidades egresados de universidades francesas, realiza una interesante y novedosa exposición titulada “Roland Barthes, el pensamiento de Jacques Lacan y el placer del texto”.

     »En el evento cultural, organizado por la Embajada de Francia en Santo Domingo a raíz del fallecimiento del gran crítico francés Roland Barthes atropellado en París por una furgoneta, participaron con sus respectivas exposiciones, un doctor francés en literatura, los maestros dominicanos Pedro Ureña Rib y Fernando Vargas Jiménez, la crítica de arte domínico-francesa Marianne de Tolentino, y el escritor dominicano Armando Almánzar-Botello.» 14 de septiembre de 2019. Fredesvinda Báez Santana. Santo Domingo, República Dominicana.

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OTROS BLOGS DE ARMANDO ALMÁNZAR-BOTELLO:

Cazador de Agua                   

Tambor de Griot

ARMANDO ALMÁNZAR-BOTELLO ES MIEMBRO DE LA “RED MUNDIAL DE ESCRITORES EN ESPAÑOL”, REMES

© Armando Almánzar-Botello. Santo Domingo, República Dominicana. Reservados todos los derechos de autor.

jueves, 20 de junio de 2024

SILENCIO: USO INTENSIVO DEL LENGUAJE

«Sugerir es mostrar, en lo que llamamos “presencia”, la huella de lo “ausente”. Si no existiera un “silencio” generado por el uso intensivo de las palabras, estas fueran inmóviles, tópicas, inertes, “palabras plenas” que no podrían sugerir algo que esté implícito, no explícito en ellas, o diferente de ellas: no podrían, en su fallido “partir”, portar silencio. No obstante, la pura ausencia de silencio es tan metafísica como lo es la presunta presencia absoluta de la palabra. Como dice Henri Meschonnic: “el silencio no es una ausencia de lenguaje”; lo dice porque el silencio como sugerencia en el lenguaje indica una ausencia de la pura y simple presencia de la palabra plena. El silencio es huella y resonancia de la palabra intensiva que revela esa fuga como posibilidad de su ausencia. La palabra no es mera presencia. El silencio no es pura ausencia de la palabra. La palabra intensiva o sugerente genera silencio en una relación indecidible y compleja, de mutua contaminación, entre presencia y ausencia.» Armando Almánzar-Botello

Apropósito del paradigma “presencia/ausencia” en el pensamiento de Jacques Derrida: «No se trata de ausencia, sino de presencia de una ausencia que en ningún caso se reduce a la pura ausencia. Las presencias tanto como las ausencias son impuras en sí mismas. Si busco la presencia, la ausencia se me impone; si me rindo ante la ausencia, una presencia escurridiza y ubicua me persigue.» Juan Bautista Ritvo

«Aquello que Jacques Lacan denomina “palabra plena” no equivale a la “palabra intensiva” que Henri Meschonnic señala como portadora de silencio.» Armando Almánzar-Botello

«El silencio es una creación del lenguaje. Como dice Philippe Sollers comentando a Georges Bataille: “no se trata de ‘salir’ del lenguaje sino de entregarlo a su muerte.» Armando Almánzar-Botello

     Por Armando Almánzar-Botello 

El silencio al que me refiero es un efecto del significante-letra, es un resto, un vestigio de silencio que resulta de la inexistencia de una “palabra plena”, no contaminada por la posibilidad de su ausencia... 

Este pensamiento es antimetafísico. 

Gilles Deleuze, aunque Jacques Derrida deconstruye su visión del Cuerpo sin Órganos (CsO), tiene del silencio una concepción no idealista. 

Afirma Deleuze, a propósito de su conceptualización de lo que denomina “instancia paradójica” y “punto aleatorio”, que nunca estas clavijas o broches atópicos constituyen un “puro presente”. 

Dichos conceptos deleuzianos resultan así equivalentes a lo que Jacques Derrida conoce como “estructuras de la no-presencia”, grama, huella, traza, tímpano): «...pintar sin pintar, pensamiento como no-pensamiento, tiro que se convierte en no-tiro, hablar sin hablar: no lo inefable en lo alto o en lo profundo, sino esa frontera, esa superficie en la que el lenguaje deviene posible y, al hacerlo así, ya sólo inspira una comunicación silenciosa, “inmediata”, puesto que “algo” sólo podría ser dicho resucitando todas las significaciones y designaciones mediatas abolidas…» Gilles DeleuzeLógica del sentido, Barral Editores, Barcelona, 1971, páginas 175-177. 

Aquí hablo de un silencio “litoral” como vacío o “sinsentido real” de superficie que la “letra” viene a generar y a merodear. 

Así como implica una ontología o pensamiento prisionero de la metafísica del ente y la presencia el pensar que la palabra y lo simbólico constituyen una arché u origen incondicional, también absolutizar la “inexistencia del silencio” vendría a ejemplificar otra forma de metafísica complementaria de la primera. 

Para poder escapar de la trampa habría que decir: el “silencio constituido” es un concepto, el vivo proceso del “silencio constituyente”, como tal, es un efecto articulado, intersticial, contaminado y contaminante, de la “lalangue”, del juego semiótico intensivo del  “parlêtre” y del significante-letra en su carácter divisible, diseminal. 

Reitero, decir “No existe el silencio”, implica volver a la soberanía de un significante hipostasiado que brilla por la supuesta plenitud de su ausencia... 

Según Henri Meschonnic hay silencio en el uso intensivo y sugerente del lenguaje

Como nos mostraron en su momento Derrida, Nancy y Lacoue-Labarthe, absolutizar un significante (o una “ausencia pura”: decir, simplemente, “no hay silencio”) es algo reductor y tan metafísico como absolutizar una foné o un “significado trascendental”... 

Hay un rumor, ruido de fondo o radiación isotrópica a 2,7 grados Kelvin que resuena en “todo” nuestro Universo... La “cosmología cíclica conforme” de Roger Penrose también apunta en esta dirección: a un silencio intersticial entre el Big Crunch y el Big Bang de un nuevo insólito Universo generado en la “sériature”... 

[No grito, la que grita es la mandrágora, eunucos...]

Si la “palabra plena” es una forma de absolutizar el significado trascendental, hablar de la “inexistencia absoluta de silencio” es un modo simétrico inverso de metafísica logocéntrica

Sí, «hay silencio en el uso intensivo y sugerente del lenguaje». El medio-decir (mi-dire lacaniano), la “lichtung” o “claroscuro” heideggeriano, el decir poético, en fin, son modalidades de la palabra-pensamiento que permiten generar y “merodear” lo real-imposible del silencio que define a la pulsión... Pero esta pulsión no existe sin el significante-letra que la constituye. Existe una síntesis disyuntiva-inclusiva entre significante-letra y silencio articulado de la pulsión, entre Deutung y Trieb... 

© Armando Almánzar-Botello. Santo Domingo, República Dominicana. Reservados todos los derechos de autor.

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PALABRAS Y SILENCIO

     Por Henri Meschonnic 

«El silencio no está a un costado de las palabras, no está fuera del lenguaje. El silencio está en el lenguaje. Se pueden distinguir entonces dos clases de silencio. Un silencio que sería deliberado, pero al mismo tiempo casi ingenuo, y que consistiría en el hecho de poner por ejemplo un gran espacio blanco entre las palabras, lo que sucede en una página de André du Bouchet (o de Claude Royer-Journoud). Pero ahí veo una intención de silencio. Lo que muestra, de alguna manera, un respeto muy grande por el silencio, pero al mismo tiempo una confusión completa acerca de la relación entre el lenguaje y el silencio. Porque si el silencio consiste en dejar un espacio en blanco, es decir, en no decir nada, en no poner nada que corresponda al lenguaje, al lado de algo que corresponda al lenguaje  —una palabra, palabras, una frase, más frases—, sí, es una variedad de silencio, pero entonces se trata de un silencio fácil, en el sentido en que los filólogos hablan de lectio facilior y de lectio dificilior. Se trata entonces de una concepción verdaderamente ingenua del silencio. Lo que me parece más fuerte, por consiguiente la lectio dificilior, es poner el silencio en las palabras. El problema del poema es poner el silencio de su lado, producir un discurso que haga que el silencio ya esté adentro, no a un costado. Lo que implica que el silencio es una forma intensiva del lenguaje. No una ausencia de lenguaje. Se dice de manera banal, atribuyéndoselo a los románticos —porque se tiene la tendencia a tomar a los románticos por imbéciles— que el silencio consiste en no decir nada, y que esa nada interviene en algunos momentos, y que antes y después, está el decir, el decir algo. Es un doble error, porque, por un lado, el silencio no dice nada, y por otra parte, como se supone que el lenguaje que precede o que sigue dice algo, se presupone que el poema habla de. Ahí estamos en la mitología de lo indecible. Entonces, hay espacios blancos… trágicos, entre dos palabras, que no tiene ningún lazo sintáctico, porque los imitadores de Mallarmé son todo salvo sintaxeros. Me inclinaría a pensar que el silencio está incluido en el lenguaje, en el sentido en que Mallarmé opone nombrar y sugerir en su respuesta a la encuesta literaria de Jules Huret, en 1891. Cuando se está en el nombrar, se enuncia algo, a eso le sucede una enorme playa de silencio. En los dos casos no se dijo nada. Las palabras no hicieron más que hablar de. El silencio está en el sugerir, por consiguiente está en el lenguaje. Lo que quiere decir que solo hay silencio en el lenguaje.» Henri Meschonnic

© Armando Almánzar-Botello. Santo Domingo República Dominicana. Reservados todos los derechos de autor.

Imagen de shunga, arriba: El sueño de la mujer del pescador, obra de Katsushika Hokusai, 1760-1849

SILENCIO: USO INTENSIVO DEL LENGUAJE

«Sugerir es mostrar, en lo que llamamos “presencia”, la huella de lo “ausente”. Si no existiera un “silencio” generado por el uso intensivo de las palabras, estas fueran inmóviles, tópicas, inertes, “palabras plenas” que no podrían sugerir algo que esté implícito, no explícito en ellas, o diferente de ellas: no podrían, en su fallido “partir”, portar silencio. No obstante, la pura ausencia de silencio es tan metafísica como lo es la presunta presencia absoluta de la palabra. Como dice Henri Meschonnic: “el silencio no es una ausencia de lenguaje”; lo dice porque el silencio como sugerencia en el lenguaje indica una ausencia de la pura y simple presencia de la palabra plena. El silencio es huella y resonancia de la palabra intensiva que revela esa fuga como posibilidad de su ausencia. La palabra no es mera presencia. El silencio no es pura ausencia de la palabra. La palabra intensiva o sugerente genera silencio en una indecidible y compleja relación, de mutua contaminación, entre presencia y ausencia.» Armando Almánzar-Botello 


Apropósito del paradigma “presencia/ausencia” en el pensamiento de Jacques Derrida: «No se trata de ausencia, sino de presencia de una ausencia que en ningún caso se reduce a la pura ausencia. Las presencias tanto como las ausencias son impuras en sí mismas. Si busco la presencia, la ausencia se me impone; si me rindo ante la ausencia, una presencia escurridiza y ubicua me persigue.» Juan Bautista Ritvo


«Aquello que Jacques Lacan denomina “palabra plena” no equivale a la “palabra intensiva” que Henri Meschonnic señala como portadora de silencio.» Armando Almánzar-Botello 

«El silencio es una creación del lenguaje. Como dice Philippe Sollers comentando a Georges Bataille: “no se trata de ‘salir’ del lenguaje sino de entregarlo a su muerte.» Armando Almánzar-Botello

     Por Armando Almánzar-Botello 

El silencio al que me refiero es un efecto del significante-letra, es un resto, un vestigio de silencio que resulta de la inexistencia de una “palabra plena”, no contaminada por la posibilidad de su ausencia... 

Este pensamiento es antimetafísico. 

Gilles Deleuze, aunque Jacques Derrida deconstruye su visión del Cuerpo sin Órganos (CsO), tiene del silencio una concepción no idealista. 

Afirma Deleuze, a propósito de su conceptualización de lo que denomina “instancia paradójica” y “punto aleatorio”, que nunca estas clavijas o broches atópicos constituyen un “puro presente”. 

Dichos conceptos deleuzianos resultan así equivalentes a lo que Jacques Derrida conoce como “estructuras de la no-presencia”, grama, huella, traza, tímpano): «...pintar sin pintar, pensamiento como no-pensamiento, tiro que se convierte en no-tiro, hablar sin hablar: no lo inefable en lo alto o en lo profundo, sino esa frontera, esa superficie en la que el lenguaje deviene posible y, al hacerlo así, ya sólo inspira una comunicación silenciosa, “inmediata”, puesto que “algo” sólo podría ser dicho resucitando todas las significaciones y designaciones mediatas abolidas…» Gilles Deleuze: Lógica del sentido, Barral Editores, Barcelona, 1971, páginas 175-177. 

Aquí hablo de un silencio “litoral” como vacío o “sinsentido real” de superficie que la “letra” viene a generar y a merodear. 

Así como implica una ontología o pensamiento prisionero de la metafísica del ente y la presencia el pensar que la palabra y lo simbólico constituyen una arché u origen incondicional, también absolutizar la “inexistencia del silencio” vendría a ejemplificar otra forma de metafísica complementaria de la primera. 

Para poder escapar de la trampa habría que decir: el “silencio constituido” es un concepto, el vivo proceso del “silencio constituyente”, como tal, es un efecto articulado, intersticial, contaminado y contaminante, de la “lalangue”, del juego semiótico intensivo del  “parlêtre” y del significante-letra en su carácter divisible, diseminal. 

Reitero, decir “No existe el silencio”, implica volver a la soberanía de un significante hipostasiado que brilla por la supuesta plenitud de su ausencia... 

Según Henri Meschonnic hay silencio en el uso intensivo y sugerente del lenguaje

Como nos mostraron en su momento Derrida, Nancy y Lacoue-Labarthe, absolutizar un significante (o una “ausencia pura”: decir, simplemente, “no hay silencio”) es algo reductor y tan metafísico como absolutizar una foné o un “significado trascendental”... 

Hay un rumor, ruido de fondo o radiación isotrópica a 2,7 grados Kelvin que resuena en “todo” nuestro Universo... La “cosmología cíclica conforme” de Roger Penrose también apunta en esta dirección: a un silencio intersticial entre el Big Crunch y el Big Bang de un nuevo insólito Universo generado en la “sériature”... 

[No grito, la que grita es la mandrágora, eunucos...]

Si la “palabra plena” es una forma de absolutizar el significado trascendental, hablar de la “inexistencia absoluta de silencio” es un modo simétrico inverso de metafísica logocéntrica

Sí, «hay silencio en el uso intensivo y sugerente del lenguaje». El medio-decir (mi-dire lacaniano), la “lichtung” o “claroscuro” heideggeriano, el decir poético, en fin, son modalidades de la palabra-pensamiento que permiten generar y “merodear” lo real-imposible del silencio que define a la pulsión... Pero esta pulsión no existe sin el significante-letra que la constituye. Existe una síntesis disyuntiva-inclusiva entre significante-letra y silencio articulado de la pulsión, entre Deutung y Trieb... 

© Armando Almánzar-Botello. Santo Domingo, República Dominicana. Reservados todos los derechos de autor.

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PALABRAS Y SILENCIO

     Por Henri Meschonnic 

«El silencio no está a un costado de las palabras, no está fuera del lenguaje. El silencio está en el lenguaje. Se pueden distinguir entonces dos clases de silencio. Un silencio que sería deliberado, pero al mismo tiempo casi ingenuo, y que consistiría en el hecho de poner por ejemplo un gran espacio blanco entre las palabras, lo que sucede en una página de André du Bouchet (o de Claude Royer-Journoud). Pero ahí veo una intención de silencio. Lo que muestra, de alguna manera, un respeto muy grande por el silencio, pero al mismo tiempo una confusión completa acerca de la relación entre el lenguaje y el silencio. Porque si el silencio consiste en dejar un espacio en blanco, es decir, en no decir nada, en no poner nada que corresponda al lenguaje, al lado de algo que corresponda al lenguaje  —una palabra, palabras, una frase, más frases—, sí, es una variedad de silencio, pero entonces se trata de un silencio fácil, en el sentido en que los filólogos hablan de lectio facilior y de lectio dificilior. Se trata entonces de una concepción verdaderamente ingenua del silencio. Lo que me parece más fuerte, por consiguiente la lectio dificilior, es poner el silencio en las palabras. El problema del poema es poner el silencio de su lado, producir un discurso que haga que el silencio ya esté adentro, no a un costado. Lo que implica que el silencio es una forma intensiva del lenguaje. No una ausencia de lenguaje. Se dice de manera banal, atribuyéndoselo a los románticos —porque se tiene la tendencia a tomar a los románticos por imbéciles— que el silencio consiste en no decir nada, y que esa nada interviene en algunos momentos, y que antes y después, está el decir, el decir algo. Es un doble error, porque, por un lado, el silencio no dice nada, y por otra parte, como se supone que el lenguaje que precede o que sigue dice algo, se presupone que el poema habla de. Ahí estamos en la mitología de lo indecible. Entonces, hay espacios blancos… trágicos, entre dos palabras, que no tiene ningún lazo sintáctico, porque los imitadores de Mallarmé son todo salvo sintaxeros. Me inclinaría a pensar que el silencio está incluido en el lenguaje, en el sentido en que Mallarmé opone nombrar y sugerir en su respuesta a la encuesta literaria de Jules Huret, en 1891. Cuando se está en el nombrar, se enuncia algo, a eso le sucede una enorme playa de silencio. En los dos casos no se dijo nada. Las palabras no hicieron más que hablar de. El silencio está en el sugerir, por consiguiente está en el lenguaje. Lo que quiere decir que solo hay silencio en el lenguaje.» Henri Meschonnic

© Armando Almánzar-Botello. Santo Domingo República Dominicana. Reservados todos los derechos de autor.

Imagen de shunga, arriba: El sueño de la mujer del pescador, obra de Katsushika Hokusai, 1760-1849

lunes, 17 de junio de 2024

LA PULSIÓN DE MUERTE NO ES TAN SOLO MUERTE. (Ella es “la vida la muerte”, tal como nos recuerda Jacques Derrida)

A PROPÓSITO DE LA PAZ POR VENIR...

«Fascismo y retorno de lo reprimido, sí. Hay que aclararlo de una vez por todas: la pulsión de muerte siempre aflora y retorna, inevitablemente. Dicha pulsión, hablándola o no hablándola, resulta absolutamente inerradicable. Sin pulsión de muerte no habría jamás transformación de las estructuras simbólicas. La clave más importante es “hacerla hablar”, más acá y más allá del simple “pasaje al acto” consumista, suicida y/o asesino.» Armando Almánzar-Botello

Pulsión de muerte, fascismo y retorno de lo reprimido: «El fascismo es el retorno de lo reprimido en el monologismo religioso. No se puede impedir ese retorno, como lo quiere ingenuamente el liberalismo burgués, o como —dejándose contaminar— intenta hacerlo el dogmatismo “comunista”. El problema consiste en hacer hablar a lo reprimido del monologismo: ese semiótico pulsional, heterogéneo al sentido y al Uno, y que los hace andar. La transferencia sin duda, pero de manera menos familiar y menos privada, una práctica llamada artística, esclarecida por el descubrimiento freudiano, es precisamente lo que habla lo reprimido del monologismo (del contrato social) y lo consume invirtiéndolo en una nueva forma de lengua, por consiguiente en una nueva socialidad. De este modo esas dos prácticas son la más sólida barrera contra el fascismo. Si es que hay una función ética de la literatura, es esa: hacer pasar a la lengua lo que el monologismo reprime (desde el ritmo hasta el sentido).» Julia Kristeva


   
«Contra una empobrecedora y unidimensional lectura-interpretación de la pulsión de muerte, banal y reduccionista, ofrecida desde hace largos años por los psicoanalistas estadounidenses —Erich Fromm a la cabeza del denominado revisionismo neofreudiano edulcorante—, se levantaron, en sus respectivos momentos, Theodor Adorno y Herbert Marcuse, potentes filósofos de la Escuela de Frankfurt.» Armando Almánzar-Botello                                               

     Por ARMANDO ALMÁNZAR-BOTELLO

     A Jacques Lacan, a Jacques Derrida, in memoriam 

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     Además de lo que hemos escrito recientemente con el propósito de “conversar” —con muy contados y especiales amigos de la “parroquia” intelectual vernácula— en torno al problema de las relaciones entre principio de nirvana y pulsión de muerte, insistimos con estas breves notas para legitimar quizá un poco más nuestra idea de que no se prosiga concibiendo tal pulsión en su modalidad conceptual meramente termodinámica clásica, es decir, como simple pulsión de (auto)destrucción, entropía y retorno a lo inanimado. Lo reiteramos: no solo así debemos y podemos teorizarla.

     La pulsión de muerte, como decíamos que la concibe el psicoanalista y pensador francés Jacques Lacan —principalmente en su Seminario VII, que lleva por título La ética del psicoanálisis—, es también gasto, tensión, esfuerzo, goce de la diferencia e hiperestesia, no simple abocamiento a estados letárgicos, nirvánicos, entrópicos o comatosos. 

     La pulsión de muerte es un intento de empezar de nuevo después de transgredir ciertos límites. En este sentido es que Lacan reinterpreta el “más allá del principio de placer” de Freud. Concebida de este modo, la pulsión de muerte se constituye en la instancia “creacionista” y creativista que posibilita todo proceso de subjetivación-desubjetivación y abre la posibilidad de transformar, críticamente, la pretensión autárquica de las hegemonías vigentes.

     Pasa con ella algo parecido a lo que sucede con el concepto de “lo intensivo” en Kant (ver su Crítica de la razón pura). El grado mayor o menor de concentración de una sensación en un instante es su intensidad. Aquí se llega a la conclusión de que la intensidad se mide en su relación con el cero (0), ya sea que disminuya o aumente el potencial.

     La caída (pulsión de muerte) sería el devenir activo de las fuerzas. Gilles Deleuze nos aclara: no hay que concebir la caída en términos puramente termodinámicos clásicos, entrópicos, reductivos. Deleuze diferencia la caída física, espacial, termodinámica, de la caída intensiva kantiana. Esta caída no se produce necesariamente hacia abajo. No es de modo obligatorio “miserabilista”. Puede ser una caída “hacia arriba”, en el ascenso hacia niveles superiores de fuerza. 

     ¡Caer hacia arriba! “Sólo en la caída se cumplen las presencias”, nos dice un poeta.

     Esto así, porque todo incremento de fuerza, de tensión, se experimenta fenomenológicamente como una caída (Kant, Lacan, Deleuze). La caída y la pulsión de muerte son el devenir activo de las fuerzas y las pulsiones. 

     Consideramos que la pulsión de muerte no se encuentra en limpia oposición a una pulsión de vida (que no existe como tal), sino que ella misma, como pulsión de muerte y “abyección sublimada, pero sin consagración” (J. Kristeva), propone y crea su “propia” neoterritorialidad

     Sin que haya una simple coincidentia oppositorum, aquí Eros copula con Tánatos pues, en ausencia de este último —con su potencial de desintegración reorganizadora— no hay posibilidad de renacimiento simbólico para las estructuras psíquicas y sociales. La relación de vendaje (Derrida) entre lo erótico y lo tanático estaría definida por una cópula disyuntiva inclusiva.

     Como bien señala Deleuze, lo que importa es el “diagrama de fuerzas” en el que se traza la línea de fuga. Determinar si esta se constituye, por un lado, en “pura línea fría de abolición y muerte” (por ejemplo, la trayectoria de un avión que se estrella contra las Torres Gemelas; el recorrido de una bomba que cae sobre la ciudad de Bagdad; los alimentos envenenados que van a los labios de niños inocentes), o, por el contrario, si se perfila como línea mutante, metamórfica, de polivocidad y vendaje entre energía libre de los procesos primarios del inconsciente y energía ligada de los procesos secundarios del sistema preconsciente-consciente.

     Ejemplos de esta línea de fuga en su modalidad creativa los tendríamos en el acto de escritura en sentido fuerte, en la creación artística en general, en el encuentro entre los que se aman, en el compromiso político con la justicia y las reivindicaciones sociales con miras a construir espacios para lo que Derrida concibe y denomina como “democracia que vendrá”.

     Podemos decirlo de otro modo más directamente ligado con la filosofía. En lo que Jean-Paul Sartre denomina (ver su obra Crítica de la razón dialéctica) totalización/destotalización/retotalización, la destotalización no es una destrucción en bruto, ni un simple afloramiento de la “negatividad pura hegeliana”, sino una negación parcial que permite una subsiguiente retotalización.

     Eso lo comprendieron muy bien “sujetos-rizomáticos” (Guattari) de la estrategia creativa “aéreo-subterránea” como Kafka, Joyce, Proust, Mann, Beckett, Cioran, Bacon (el pintor), para citar “antojadizamente” a siete figuras emblemáticas de la modernidad que se tomaron el trabajo de “decir”, activamente y a través de su precisa, parsimoniosa y filigraneada escritura, el “vaciamiento catastrófico de la significación”.

     Por este motivo, esos siete artistas-pensadores no deben ser considerados representantes del nihilismo occidental. Ni reactivo ni pasivo. La “forma estallada” y el fragmento como vías o medios de dación semiótica de estructura utilizados por estos creadores en la generación de sus obras, no son, como bien señaló Umberto Eco, meros reflejos de una simple ausencia de forma ni de una torpe caída inercial en la “empiria accidental” de una pulsión de muerte, entendida esta como agujero negro que se traga a la escritura. 

     Esa “forma estallada” no es un “ruido blanco” padecido como “no significativo” o insignificante, sino el “accidente elevado a la dignidad de acontecimiento”, la obra perfilando el vacío de la Cosa (das Ding: Freud), el proceso del síntoma físico, que opera en la “profundidad de los cuerpos” (Deleuze), “contraefectuándose” en sinthome estético-incorporal (Lacan). 

     Exploración, experimentación e interpenetración compleja de sentido y sinsentido, de forma y no-forma. He aquí lo informal, o, más bien, aquello que Lyotard, luchando contra la absolutización de la clausura representativa, ilustrativa, figurativa, ilusionista y mimética denomina “lo figural”. Transfiguración de la pulsión de muerte en acto de creación.

     El nihilista-víctima padece la pulsión de muerte; muere sin obra (aunque publique), en un anonimato de primer grado. Ese “nihilismo realizado”, plenitud de una mala negatividad, es esencialmente incomunicable. 

     No es lo mismo dicho nihilismo padecido-realizado que el “nihilismo consumado” de Nietzsche, como denomina Gilles Deleuze al punto de transmutación de la subjetividad en “potencia de afirmación selectiva”.

     El discurso nihilista-pasivo absoluto es desconocido, imposible, inefable. Del mismo modo en que —como nos testimonian Primo Levi, Jorge Semprún y Giorgio Agamben— el testigo integral del horror no puede hablar para dar testimonio, porque sencillamente ha sucumbido, de un modo radical, en el fragor absorto de la catástrofe.

     Pero toda auténtica escritura se mide con esta ausencia, con esta imposibilidad y este vacío. Ella se plantea la exploración asintótica de la muerte, el vacío y el horror. He aquí el problema activo de decir la imposibilidad de decir. Caída intensiva en la escritura.

     Pretendemos entonces —utilizando un recurso distinto al convencional— cribar, cernir la dimensión problemática, ambigua y mixta de la pulsión de muerte. 

     En su crítica al monologismo del poder y a los nuevos discursos del amo, Julia Kristeva nos recuerda lúcidamente: “Hacer pasar la pulsión de muerte al discurso, es la más sólida barrera simbólica contra el retorno de los fascismos”.

     La pulsión de muerte sería equivalente, en cierto modo, a la inestabilidad y el caos frente a la estabilidad homeostática del poder avasallante y su guerra preventiva. 

     Jacques Derrida, quien teoriza una figura bifronte a la que denomina “la vida la muerte”, observa que los dos primeros conceptos —inestabilidad y caos— representan lo mejor y lo peor, simultáneamente. Lo peor, porque sin estabilidad —macro y micro— no hay vida social. Lo mejor, porque inestabilidad y caos permiten la permanente renovación política del contrato social. Esa es también, a nuestro entender, la dimensión aporética de la pulsión de muerte...

     La pulsión de muerte freudo-lacaniana no es entonces un simple valor nihilista. Pulsión de muerte no es mera pulsión nihilista de (auto)destrucción, no es un simple “pasaje al acto” asesino, suicida o consumista-bulímico, aunque eventualmente pueda encarnar estos aspectos en la ciega efectuación de una perversa voluntad de goce y dominio sin reconocimiento de la castración, como pura desmentida, Verleugnung o renegación de la falta en el Otro.

     La “solución” al problema de la pulsión de muerte (vertiente de toda pulsión en la constitución del cuerpo libidinal por la caída o intervención de lalangue sobre el cuerpo anatómico del “sujeto bruto del goce”: Jacques Lacan), “solución” siempre frágil, siempre incierta pero necesaria para preservar la vida misma en su tensión, la revelan, como decíamos, Jacques Lacan y Julia Kristeva: «Si es que hay una función ética de la literatura, es esa: hacer pasar a la lengua lo que el monologismo reprime». Eso reprimido que debe hablar destructivo-creativamente en la lengua, en el discurso, es precisamente la pulsión de muerte. Así podríamos evitar su ciego y mortífero desencadenamiento como acción catastrófica en la realidad, su “passage à l'acte”. 

     Hacer pasar la pulsión de muerte a la red simbólica, al precio, doloroso y gozoso, de la terrorífica destrucción de una estructura simbólica anterior, es la forma de dejar hablar o dramatizar a la pulsión de muerte apuntando, más allá del principio del placer, a la producción de lo “inédito”, de una neoformación simbólica. Ahí descubre Lacan la dimensión que él denomina creacionista en la pulsión de muerte: acción “verdadera” en el material lingüístico, semiótico en general, pero sin consecuencias “prácticas” como “pasaje al acto”. Un verdadero teatro artaudiano de la crueldad como espacio simbólico, creativo y transgresivo simultáneamente, que da voz “terapéutica” y “salvífica” a la muerte para integrarla a la vida y no limitarnos a padecerla de un modo reactivo-pasivo.

     Contra una empobrecedora y unidimensional lectura-interpretación de la pulsión de muerte, banal y reduccionista, ofrecida desde hace largos años por los psicoanalistas estadounidenses —Erich Fromm a la cabeza del denominado revisionismo neofreudiano edulcorante—, se levantaron, en sus respectivos momentos, Theodor Adorno y Herbert Marcuse, potentes filósofos de la Escuela de Frankfurt.

     Para bien y para mal, la pulsión de muerte sigue viva, actuando en los seres humanos...

     En el resto descubrimos el reto: abocarnos solidariamente al ejercicio de una práctica creativa, ética, política, transformativa; potenciar la capacidad de transmutar y renovar, desestructurar y reestructurar —de un modo permanente, crítico, múltiple— nuestro estatuto de sujetos vinculados, problemáticamente, por el discurso y por lo social.

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11 de noviembre de 2010

© Armando Almánzar Botello. Santo Domingo, República Dominicana.

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DIVAGACIONES EN TORNO A LA VIOLENCIA (La muerte, la castración y el deseo) 

     Carta abierta a un amigo poeta

     Por Armando Almánzar Botello

     Sin que debamos concebir la pulsión como un ente orgánico (más bien es un constructo o “artefacto” susceptible de desmontaje, y toda pulsión siempre es de muerte), ella es lo imposible de un real que no se deja asimilar de modo pleno por lo simbólico.

     Sí, querido poeta, el deseo convoca y confirma a la muerte; ese deseo no es posible sin una aceptación de la muerte, pero sólo si opera más allá del principio de placer como mera evitación de la falta, de la carencia, del displacer ligado a la experiencia de la pérdida y a la confrontación con lo real de la Cosa obliterada.

     Por ello se ha dicho: la ética del psicoanálisis no es una ética superyoica del goce. El ¡goza! es un falso imperativo categórico propio de un “carpe diem” neoliberal y hedonista: banalidad del mal en el Discurso capitalista del Amo y su Mercado. El psicoanálisis comporta una ética que apunta al goce a través de “la escala invertida de la ley del deseo”, tal como nos recuerda Jacques Lacan.

     El psicoanálisis nos concede también la libertad de no gozar (S. Žižek), nos permite sustraernos al goce padecido que se reduce a una mera imposición o mandato superyoico; la experiencia analítica nos habilita para gozar de otro modo distinto al que implica ese goce “mercadológico” y “periodístico” del síntoma convencional: el “¡goza!” en su calidad de tapón y apetito compulsivo de compensación psicosocial e histórica, de simulacro letrado y gran mascarada.

     Nada de “Happy hour perpetuo” con la supuesta escritura programada. Más bien goce del “sinthome” (contraefectuación del síntoma incordiante) con todo lo que ello implica de diferencia y reposicionamiento estructural de un sujeto temperado con respecto al goce del “symptôme” usual en su condición de goce padecido, cínico, encanallado, espectacular, resultado penoso de una catastrófica bulimia existencial que pretende vampirizar al otro y a lo otro negándoles toda realidad como otredades de pleno derecho.

     El desamparo (Hilflosigkeit), es la forma en que el sujeto vive la posibilidad de su muerte; es resultado de la exposición del sujeto, situado más allá de la angustia (Angst), a la dimensión imprevisible del acontecimiento que proviene de la “extimidad”, de la alteridad constituyente.

      La Represión Originaria (Urverdrängung) rechaza el goce bruto del cuerpo, operando sobre él, con la letra, el significante y la “metáfora paterna”, un vaciamiento de su gloria extática, para que se constituya el goce del Otro propiamente dicho, en tanto que goce reprimido, temperado, cernido, “lenguajeado”, marcado por la carencia como significante de la falta de Ser.

     La violencia divina, esa que menciona Walter Benjamin (hay que mencionarlo por su nombre completo para evitar la ilusión de que todas estas ideas son nuestras: debemos aceptar aquí la pérdida, my baby), no alude a la violencia segura del poder constituido, avalada por el Gran Otro del Estado o del Mercado neoliberal, sino a la decisión ética tomada en responsable soledad (S. Žižek), sin garantías trascendentales, en ausencia de “catecismos” de grupo y de sustentación en la “moral pragmática” de los poderes fácticos. ¡Tú lo sabes! 

     Temor y temblor” de la decisión ética en el horizonte de la justicia, en la radical exposición a la vulnerabilidad o letalidad del otro —a su lado Cosa freudo-lacaniana, monstruosa por atípica y no específica, mas necesaria—, pero exposición sin la garantía de un Dios, sin el Partido, sin el Estado, sin la Pandilla o sin el “regateo del Mercado” (Jacques Derrida), como instancias garantes o incitadoras de nuestros actos (riesgo del terror fundamentalista en sus diferentes modalidades asesinas).

     Violencia divina no es la de Creonte, sino la de Antígona. Violencia es la de cada cual cuando en lúcida soledad y angustia se decide a “tomar” la justicia ardiente en sus manos de cara al rostro vulnerable y/o amenazante del otro...

     Hay que renunciar primero al goce, aceptando la pérdida y la muerte, para que podamos alcanzarlo, sin trascendencia onto-escato-teo-teleológica, en la “la escala invertida de la ley del deseo”.

     Dice Lacan, por intermedio de Néstor A. Braunstein, que existen tres Goces: “goce del ser más acá del corte” (riesgos: la psicosis y el paso al acto asesino); “goce fálico” (riesgos: la neurosis y/o la perversión), y el “goce más allá del corte” (riesgos: la poesía, el erotismo, el amor, la santidad y la nueva revuelta).

     Por eso Kant, Freud, Marx, Lacan, Derrida, no eran meros perversos en el sentido “técnico” del vocablo. Perverso: el que hace semblante de gozar, en lugar de gozar de hacer semblante (con lo que implica esto último de aceptación de la castración: Corte y vaciamiento de goce operados por la letra y el significante; compromiso y/o tensión entre banda de movilidad/dispersión y contrabanda de estabilidad/concentración. Alianza necesaria para “la vida, la muerte” (Derrida), entre dispersión del proceso primario del inconsciente y concentración de los procesos secundarios del psiquismo. (Freud).

     Poner en juego la pulsión de muerte en el texto y en la vida, implica entonces una metamorfosis o transmutación “creativista” de la mera destrucción en bruto. Lo que no niega el hecho de la violencia real en una “economía ética de la violencia” (Levinas, Blanchot, Derrida).

     Lo eternamente cuestionable es “la seguridad del juego fundado” en la que se afirman, sin riesgo, el “poder asesino” y su violencia estructural, sistémica, cínica, administrada por los diversos agentes de buena y aséptica conciencia puestos incondicionalmente a su servicio.

     Ejemplos de violencia estructural en el capitalismo contemporáneo neoliberal, mi querido poeta, podemos observarlos en estos hechos: 

     1) Falta de atención médica de calidad para la mayoría de la población.

     2) Falta de educación idónea para los ciudadanos y ausencia de las precondiciones mínimas para efectuar el proceso de enseñanza.

     3) Ausencia de auténticas oportunidades de trabajo productivo.

     4) Suspensiones en el suministro de energía eléctrica y de múltiples servicios a los ciudadanos aunque se paguen los impuestos correspondientes y las bárbaras tarifas.

     5) Desatención por los diversos gobiernos a los aparatos productivos nacionales, para responder tan sólo a la voracidad de las grandes corporaciones transnacionales y a las ambiciones personalistas de políticos y comerciantes importadores canallas, en perjuicio de los reales intereses básicos de los pueblos.

     6) “Democratización” abusiva de las penalizaciones fiscales con protección directa o indirecta a los márgenes de beneficios del gran capital. 

     7) Acoso a la libertad de libre expresión del pensamiento bajo amenaza de que te pueden suspender como castigo las posibilidades laborales de sobrevivencia, zombificarte socialmente, y, en el peor de los casos, arrancarte la vida misma... etc., etc., etc.

     Pero el sujeto ético, querido amigo poeta, “avanza solo y traicionado”; y en el horizonte del goce como tropiezo, como felicidad sin esperanza de nuestro (des)encuentro tíquico con lo real, se perfila lo fallido, la diferencia, la fisura, la desubjetivación y la muerte como grado cero y matriz de toda (de)subjetivación...

     No obstante, parafraseando a Lacan: ¡yo persevero, tú perseveras, él persevera: nosotros perseveramos en lo inapropiable!

     Y como decía el gran poeta español Luis Cernuda:

     ¿Qué herencia sino ésa recibimos?

     ¿Qué herencia sino ésa dejaremos?

Armando Almánzar Botello

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28 de Agosto de 2010

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28 de Agosto de 2010

© Armando Almánzar-Botello. Santo Domingo, República Dominicana. Reservados todos los derechos de autor.

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miércoles, 12 de junio de 2024

CARTA DEL CYBORG

Septiembre de 2006

«El pensador crítico, el poeta, el esquizo y el trabajador marginal son reales desechos, residuos inasimilables. La excepción a esta regla la constituye el intelectual “práctico” que “funciona” del modo “políticamente correcto”: al servicio del orden constituido y constituyente, como figura hipostática de la cogitación ideológica que Antonio Gramsci denominaría “orgánico-intelectual” por desclasamiento ascendente.» Armando Almánzar-Botello 

Por ARMANDO ALMÁNZAR-BOTELLO

     «Algo indecible se pierde y algo innombrable se gana, simultáneamente, en todo proceso simple o complejo de traducción. Sí, de traducción, porque de traducción se trata en la serie de transcripciones de la foné logocéntrica propia de la oralidad al campo del trazo manuscrito; de éste a la escritura tipográfica, y luego a la dimensión virtual, electrónica u holográfica de la letra.» Armando Almánzar-Botello 

1.- LIBRO Y HERENCIA CULTURAL

     Dijo memorablemente un inmenso poeta en la jubilosa soledad de sus estudios:

     «Retirado en la paz de estos desiertos, / Con pocos, pero doctos libros juntos, / Vivo en conversación con los difuntos / Y escucho con mis ojos a los muertos».

     En este primer cuarteto de aquel soneto entrañable escrito por el gran poeta español Francisco de Quevedo y Villegas, se tocan lúcidamente diversas aristas cortantes, a nuestro entender esenciales, de la relación entre el sujeto del deseo lector y el objeto libro, entendido este como dispositivo de goce o máquina sutil y numinosa de revelación espiritual. En primer lugar se mencionan la soledad y el retiro, casi similares a la mística ausencia de los monjes de La Tebaida; la paz desértica del alma, la tensa concentración y el necesario recogimiento para establecer con el libro, como espejo de un agua mental privilegiada, un vínculo convincente de real y fértil ahondamiento estético y cognitivo. 

    «Retirado en la paz de estos desiertos»…

     En el segundo verso: «Con pocos pero doctos libros juntos», el poeta define la dimensión cualitativa de la cultura excelsa, genuina y trascendente. Aquí se valora el carácter selecto y singular de los libros necesarios. En el mundo contingente de los muchos, y a veces demasiados libros, como dice el escritor Gabriel Zaid, no son todas las escrituras las que podemos o debamos leer y degustar. Somos lectores mortales limitados en el tiempo, aunque nuestra voraz pasión bibliofilita quisiera leer y descifrarlo todo en su ingenua vocación de orgullosa infinitud.

     Paso ahora al tercer verso del soneto: «Vivo en conversación con los difuntos». En el mismo, el genial bardo de España nos sugiere lo que el filósofo francés recientemente fallecido, Jacques Derrida, denomina: la dimensión fantasmática de la herencia cultural, el espesor espectral y dialógico del pasado. Es decir que, a través del libro como prótesis y tamiz de la memoria, dialogamos selectivamente con los valores de la tradición y abrimos, en los surcos mismos de lo heredado, la posibilidad de un devenir creador de nuevas formas, la inédita historicidad de los sujetos, nuevos modos de percibir y comprender el mundo.

     En el verso final del primer cuarteto del poema, «Y escucho con mis ojos a los muertos», Quevedo nos habla de una escucha singular del acontecimiento. Aquí, el gran poeta parece aludir a la experiencia audible del ser que permanece en el acto mismo de su disolución y borradura. Fluida permanencia en el espacio de la página, donde el ojo, subordinado a la recepción de la palabra esencial, abandona su papel de ocultamiento de la mirada originaria: aquella que permite la co-apropiación y el diálogo misterioso y creador entre el hombre y lo innombrable, la memoria histórica de una huella anterior a la palabra y la escritura en la fuga abismal y promisoria de lo Abierto.

2.- LIBRO TANGIBLE/LIBRO INTANGIBLE

     El valor táctil, tangible, textural del libro no comporta ninguna seguridad para el sujeto lector, no garantiza ninguna estabilidad ontológica de este, sino que, por el contrario, se constituye en un recordatorio de su posible desfallecimiento subjetivo y su inevitable mortalidad. 

     La “textura” remite a la opacidad intratable de lo real. Esta opacidad, más que un “soporte óntico”, es un abismo de pérdida; y es a partir de dicho “sinfondo” que se produce la temporalización como flecha o vectorialidad que abre al devenir mortal, creador y destructor del cuerpo libidinal y su juego intercorpóreo (Merleau-Ponty, Lacan, Prigogine). 

     Lo táctil, la textura, la materialidad “carnal” del libro no constituyen ninguna garantía de apropiación o apropiabilidad de este, a no ser desde el punto de vista de la posesión erógena del cuerpo fetiche. 

     Por lo tanto, expresiones tales como: “ese [libro] lo tengo en mi archivo personal; ese [volumen] lo tengo en mi biblioteca”, pertenecen más bien al registro perverso y contable de catectización de los objetos. Dicho registro particular asegura imaginariamente al sujeto lector contra la experiencia de la pérdida, la castración y la muerte.

     Es común, en la casuística psicoanalítica, la historia del intelectual o bibliófilo que siempre dice padecer, de hecho, sintomáticamente, la supuesta desaparición, pérdida o robo de uno o varios libros de su biblioteca. En ocasiones, acontece todo lo contrario.

     Esa experiencia de supuesta “desapropiación” puede llegar a extremos que colindan con las modalidades más sorprendentes de lo grotesco, lo ridículo y lo patológico. 

     Así se expresa en estos casos verdaderamente clínicos una singular vivencia de la amenaza y la angustia de castración. 

     La vivencia de marras nos muestra, para quienes sepamos leerla intersticialmente, la relación narcisista y fálica que dichos sujetos establecen con el libro en su carácter de objeto fantaseado —más allá de su valor cultural objetivo— y elevado por ellos al estatuto de tapón compensador de supuestas o reales minusvalías psíquicas y/o sociales. 

     Un análisis fenomenológico del placer ligado a la lectura y “propiación” del libro tradicional, exploración que permanezca de forma reductora circunscrita a este plano del “ese lo tengo” o “ese lo perdí”, es a todas luces (¡Oh, Lacan!, ¡Oh, Las Luces!), peligrosamente insuficiente desde el punto de vista psicoanalítico.

     La erotización lacaniana del libro, su vertiente de goce supletorio con respecto al simple placer de la tactilidad fetichista se autorizaría más bien en el horizonte del objeto metonímico a en su vertiente de fuga —S(A) tachado, barrado— y no en su aspecto de tapón, de fantasma obturador —$<>a—. (Resulta oportuno señalar aquí las diferencias existentes entre el concepto derridiano-marxista de “espectro” o fantasma y las categorías psicoanalíticas de fantasma o fantasía. En Derrida, el espectro no pretende la consistencia especular y narcisista del fantasma lacaniano, ni participa de la dimensión de desconocimiento que caracteriza a este; más bien equivaldría a lo que Lacan concibe como “semblante”, categoría vinculada a la significación fálica, a la memoria y a la herencia cultural, pero en la que sí se perfila un imborrable reconocimiento de la deflación del yo y la castración del sujeto).

     El “libro tangible” se diferencia del “libro electrónico” en que siempre es “uno-de-menos”, como definía Don Juan a la mujer en su dimensión suplementaria, más allá del goce fálico. 

     El E-book, por el contrario, es el “uno de-más” que tapona imaginariamente toda falta de información y toda carencia de sentido. Esta modalidad electrónica permite la ilusoria apropiación de la imagen como look de vocación totalizante. 

     Paradójicamente, el libro concreto, tangible, si no es reducido a la relación fetichista y pseudoteológica de objeto erógeno de apropiación (táctil, olfativo: háptico), nos aproxima con más vigor que el libro electrónico a la dimensión disolvente, desapropiante y trans-apropiante (Ereignis) que caracteriza a lo Real en las concepciones lacanianas y postmetafísicas.

     La fuerza matérica y textural de la pintura de un artista como Francis Bacon, por ejemplo, no está en el hecho de que su plástica ofrezca una materialidad consistente y estabilizante de la carne, un cierto agarre “sustancial” en la viva carnalidad que nos proyecte fuera del ámbito idealista de la representación del cuerpo armónico y apolíneo. Estriba en algo mucho más radical y complejo: Su texturalidad carnal, figural o neofigurativa, abre a la dimensión desfondada, informe y “abismática” del cuerpo no regulado por la pregnancia gestáltica de la imagen; conduce a la caída en lo real continuo y dionisíaco, entendido este como resto no asimilable por los sistemas, espectros y semblantes de la simbolización. Cuerpo sin Órganos. (Artaud, Deleuze, Lacan).

     Correlativamente, el libro real cobra valencia fronteriza en tanto que nos recuerda, quizás con más fuerza que la permitida por lo háptico que ofrece la Realidad Virtual inmersiva (en este caso, el “dataglove” o guante electrónico de datos), el carácter inevitable de nuestra mortalidad y nuestra “incompletitud”.

     La vertiente sensorial y táctil del Barroco, por un lado —en su condición de arte de la Contrarreforma, tal como es estudiado por Lacan en el Seminario XX— y la categoría deleuziana de Pliegue, por el otro —entendida como interiorización de una exterioridad radical— dan testimonio de una regulación del alma por la “escopia corporal” (Lacan), que remite a una experiencia háptica de lo abisal, lo desapropiante, la espiral turbulenta, el vértigo, lo inacabado y lo infinito. 

     En el barroco se resalta el aspecto laberíntico y críptico del cuerpo entendido como libro desfondado y a-teológico. 

     Por ello, resulta doblemente irrisoria la relación “teológica fundamentalista” con el libro clásico entendido como obturador estable, sustancial y pacificado, apto para la renegación de la castración. 

     Esa metafísica sustancializante concibe al libro como vía segura y narcisista de apropiación y recentramiento del sujeto escindido. 

     Ella atribuye al yo imaginario del placer contable una “inmortalidad” ilusoria, adulterada, obtenida a través de la posesión del libro físico fantaseado como fetiche “talismánico y apotropaico”. 

     Así, por detrás del rechazo al libro virtual y a la cibercultura; en la supuesta valoración erógena de lo táctil, también puede ocultarse una soberbia de teólogos, un olvido de la necesaria despotenciación del sujeto, y el más taimado rechazo a la corporeidad mortal con su dimensión criptográfica de subjetividad fronteriza, escindida y descentrada (Trías).

     No debemos olvidar que el objeto libro, como parcial encarnación del “objeto metonímico a” (objeto real no especularizable), es en efecto, en el discurso lacaniano, un auténtico desecho: publication/poubellication  (publicación/basurización); categorías conjugadas por el mismo Lacan en su obra. 

     Para él, como para Beckett, Barthes y Tomás de Aquino, no solo el libro es basura (poubelle), sino que también lo es el intelectual que lo produce y lo posee. 

     He aquí otro tipo de confirmación, en clave “técnica”, de aquello que el Poder considera permanentemente válido en clave cínicamente política: “El intelectual es pura mierda”. 

     El pensador crítico, el poeta, el esquizo y el trabajador marginal son reales desechos, residuos inasimilables. 

     La excepción a esta regla la constituye el intelectual “práctico” que “funciona” del modo “políticamente correcto”: al servicio del orden constituido y constituyente, como figura hipostática de la cogitación ideológica que Antonio Gramsci denominaría “orgánico-intelectual” por desclasamiento ascendente.

3.- TRADUCCIÓN, MATERIALIDAD Y VACÍO

     El libro impreso al modo tradicional, y más aún, los códices antiguos o manuscritos artesanales, son recordatorios palpables de lo que Heidegger denomina lo terrestre: emergencias de lo informe que suspenden la palabra en la consciencia puntual e ineludible de la cesación del ser.

     Como señaló atinadamente Roland Barthes en múltiples zonas de su obra, en el manuscrito se manifiesta de un modo más intensivo que en lo impreso la dimensión corporal y pulsional del texto, no sólo en el plano de la mera escripción como trazo caligráfico –lo que a veces no resulta tan banal y evidente como podría suponerse– sino en el registro semántico mismo, en la imbricación del goce y la letra, en la articulación del sentido y lo real de la carne. Un texto manuscrito y luego transcrito al registro tipográfico, participa de un régimen fantasmático, simbólico y real diferente al de uno escrito de modo directo a máquina u ordenador.

     La dificultad sería la de cómo hacer pasar, sin necesidad de manuscribir, la riqueza del cuerpo libidinal del sujeto de la escritura al cuerpo erógeno encarnado en el texto tipográfico, con la doble vertiente visual y semántica de éste.

     O considerando de otro modo la cuestión, el problema podría consistir en cómo hacer permeable lo virtual a lo real mediante la dimensión litoral de la letra lacaniana en sus múltiples variantes. ¿Se requieren para ello signos suplementarios, posibilidades escriturales y estilísticas adicionales? Insisto en la pregunta a riesgo de parecer reiterativo: ¿Participa un texto directamente escrito a máquina u ordenador de la misma frondosidad semántica y libidinal que la ofrecida al receptor por el texto oral o manuscrito?

     Algo indecible se pierde y algo innombrable se gana, simultáneamente, en todo proceso simple o complejo de traducción. Sí, de traducción, porque de traducción se trata en la serie de transcripciones de la foné logocéntrica propia de la oralidad al campo del trazo manuscrito; de éste a la escritura tipográfica, y luego a la dimensión virtual, electrónica u holográfica de la letra.

     Existen dos palabras japonesas que expresan el carácter poético desapropiante y casi místico del objeto artesanal y/o artístico en su rusticidad fronteriza: wabi (pobreza) y sabi (imperfección voluntaria). En este horizonte del espíritu podrían inscribirse los valores sensoriales y sensuales que nos permiten apreciar la vigencia permanente del manuscrito y el libro impreso al modo tradicional: formas erógenas de la cultura que testimonian como “soportes” el paso del tiempo, reflejando o condensando el vacío. Esas formas nos recuerdan el precario sentido y la vulnerable leyenda del ser, en cuanto éste acusa de modo permanente su radical fragilidad y su siempre posible anonadamiento.

4.- SEMIOSFERA HÍBRIDA

     Frente a esta forma, digamos clásica, de entender el ámbito propio del libro y su cierta clausura histórica, esa forma que Walter Benjamin y Marshall McLuhan designarían, conjugadamente, como dimensión aurática y prestigiosa de la Galaxia Gutenberg, se levanta hoy, con fuerza descomunal y en apariencia incontrolable, otro universo cultural constituido por la imagen de síntesis y lo audiovisual protésico. Ese universo, al que podríamos denominar avasallante, abrumador, ambiguo, inquietantemente familiar y extraño, resulta muchas veces irrisorio en su vacua desmesura. Él reclama también con urgencia nuestra atención y total entrega. Demanda, irónicamente, nuestra plena disponibilidad como sujetos, del mismo modo en que lo hacía la idea absoluta en el reino del ontos on o las esencias platónicas.

     Sin todavía ofrecer plenamente las posibilidades significantes que le serían propias, este nuevo régimen digital-semiótico, audiovisual protésico y sintético, parece haber logrado casi ahogarnos en la banalidad y en los valores reactivos de una visión instrumental y light de la existencia. La televisión por cable, la Internet, el vídeo, el cine comercial de efectos especiales, el CD rom, la realidad virtual inmersiva o no-inmersiva y el llamado libro electrónico, parecen competir con el libro impreso tradicional, y en ocasiones, hasta parece que pretenden desplazarlo, trastornando con ello el relativo equilibrio ecológico-cultural anteriormente operante en el seno de la Galaxia Gutenberg.

     ¿Qué futuro tiene el libro impreso al modo tradicional ante esta pujanza de los nuevos medios audiovisuales de comunicación? ¿Desaparecerá tal como hasta ahora lo conocemos? ¿Deberíamos continuar utilizando el papel de celulosa como el material más idóneo para fabricar libros al modo tradicional, si tomáramos en cuenta los problemas de deforestación, sostenibilidad ecológica y sustentabilidad económica de la industria del libro?

     ¿Es posible redefinir un cierto equilibrio en la semiosfera —al margen de la metafísica logocéntrica— que permita una fructífera cohabitación del homo loquens (hombre que lee libros impresos, decodifica los mensajes alfabéticos, piensa críticamente y dialoga de modo activo) y el homo videns (hombre centrado en el registro sensorial de la visión y en el consumo sistemático y sintomático de imágenes), según la doble categorización de G. Sartori?

     ¿Es negativa per se la experiencia de lo audiovisual sintético y protésico, o las nuevas potencialidades significantes que ella entraña abren, por el contrario, la posibilidad de una nueva y más afinada comprensión de la naturaleza holística y compleja de la cultura?

     ¿Podrá producirse la integración y el mutuo reforzamiento de aquellos dos grandes conceptos fenomenológicos que el pensador y crítico inglés Herbert Read denomina lo háptico (ligado en este caso a los valores táctiles del libro tangible en su forma tradicional), y lo óptico (definido aquí como territorio de la visión, de la pura transparencia y su intangibilidad virtual, obliterante de la mirada como mancha)?

     ¿Es posible preservar el libro en el seno de una cultura multidimensional y multisensorial que conjugue y potencie lo mejor de los diversos regímenes semióticos?

     Vislumbramos un futuro en el que la complejidad de una semiosfera híbrida, mixta, permita un espectro semiótico que conjugue el libro tradicional y la telepatía nanorrobótica, lo real y lo virtual, la viva voz platónica y la escritura artaudiana en alta voz. Soñamos con un juego indecidible e indiscernible entre la letra sin azogue y el goce lacaniano, lo humano y lo inhumano, el metal y la carne, el virgo y la verga, las todavía casi impensables biotecnologías telemáticas del cyborg y la carta de a(l)mor manuscrita. Todo ello, debemos resaltarlo, sin ceder a la fascinación producida por la fantasía tecnofílica, biociberimperial y financiera; esa que los niños tunantes del poder encanallado aún denominan: “inmortalidad inmanente posthumana”: ensoñación catártica, ascensional y uraniana; torpor autista del ánima sin aisthéton.

Armando Almánzar-Botello 

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Septiembre 2006

     Texto que figura como apéndice en el libro de la autoría de Armando Almánzar-Botello titulado Francis Bacon, vuelve. Slughterhouse’s crucifixion (Santo Domingo, Septiembre 2006).

     Este ensayo del escritor dominicano Armando Almánzar-Botello fue republicado luego en el Blog de Pedro Granados con el sobretítulo de «El libro para Armando Almánzar Botello, pasmoso erudito del presente», 27 de junio de 2008


5.- ADENDA:

     Trancripción del poema completo «Retirado en la paz de estos desiertos», soneto de Francisco de Quevedo y Villegas:

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     Retirado en la paz de estos desiertos,

     Con pocos, pero doctos libros juntos,

     Vivo en conversación con los difuntos

     Y escucho con mis ojos a los muertos.


     Si no siempre entendidos, siempre abiertos,

     O enmiendan, o secundan mis asuntos;

     Y en músicos callados contrapuntos

     Al sueño de la vida hablan despiertos.


     Las grandes almas que la muerte ausenta,

     De injurias de los años, vengadora,

     Libra, ¡oh gran don Josef!, docta la emprenta.


     En fuga irrevocable huye la hora;

     Pero aquella el mejor cálculo cuenta

     Que en la lección y estudios nos mejora.


Francis de Quevedo y Villegas


© Armando Almánzar-Botello. Santo Domingo, República Dominicana. Reservados todos los derechos de autor.