«Lo mesiánico, creemos que sigue siendo una marca imborrable —que ni se puede ni se debe borrar— de la herencia de Marx y, sin duda, del heredar, de la experiencia de la herencia en general». Jacques Derrida
Por Armando Almánzar-Botello
A la Espera, in memoriam
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He pensado siempre que la zona física, metafísica o espiritual que corresponde a la categoría de Infierno en las numerosas tradiciones religiosas reviste múltiples formas o modalidades cuyo poder intimidante o fatídico para la conciencia humana viene a depender de las diversas ideologías o mentalidades —con sus declinaciones culturales e históricas del pecado, la culpa, la expiación terrena o ultraterrena— y de los rasgos o atributos idiosincrásicos de cada sujeto creyente, comprendido este en su entorno axiológico específico y diferencial.
Me conturban de una forma singular, en el contexto de la teología abrahámica —tanto en la judaica como en la islámica, en la cristiano-católica como en la protestante—, la Gehena de la tradición judía, el Yahannam islámico tal como aparece trazado en el Corán, el Infierno de Dante Alighieri, minuciosamente cartografiado y descrito en la Divina Comedia, y el de Johann Wolfgang von Goethe, delineado por Mefistófeles en el Acto V de la Segunda Parte de Fausto.
Puedo recordar que Swedenborg, Milton, Blake y Borges dicen que el Infierno y el llamado Paraíso vienen a constituir estados de conciencia o estaciones del espíritu más que lugares físicos concretos de castigo, pena o gozo inefables.
Como quizá hubiese apuntado Goethe al respecto: cada sujeto selecciona sus tinieblas o sus luces inmanentes en función de la singularidad de sus gustos o «afinidades electivas».
El sintagma cristalizado «infierno de la espera» —con sus diversas declinaciones semánticas prácticamente indecidibles— es un lugar común en casi todas las lenguas-culturas y tradiciones conocidas.
Para mí en particular, una ominosa versión del Averno, llena de «inquietante familiar extrañeza», sería esperar —de un modo incesante, interminable, indefinido, mientras me alojo en una confortable habitación llena de libros, composiciones de buena música, atractivas obras plásticas y excelentes películas— a una persona con la cual me interesara comunicarme, ardido por la más intensa y profunda urgencia, pero que dicha persona, enigmáticamente, no materializase nunca su llegada...
Otro tipo de Infierno insoportable, delicuescente —y anodino en apariencia— consistiría para quien ahora les agobia con este dédalo escritural y fantasmático, en cantar-alabar devotamente, para toda la eternidad, ya sea en postura erguida, flotante o desgonzada por el éxtasis, por el dulce arrebato místico —trabajados los cuerpos-almas por una suerte de interfusión subjetiva y celestial, sacro-posthumana, angélico-divina o pentecostalista—, la gloria, bondad y grandeza de algún dios creador al fin ocioso para toda la eternidad... ¡Dios me libre!
También reviste un carácter fatídicamente infernal para la impaciencia de mi casi patológica sensibilidad, el esperar, imposibilitado de cualquier otro acto volitivo, la llegada o efectuación de cierto evento, accidente o acontecimiento, fasto o nefasto, favorable o adverso, pero eternamente postergado por oscuros motivos inexplicables.
Lo confieso: tampoco sé yo esperar a las musas, ya sean ellas mujeres reales o tangibles, sutiles manifestaciones pulsionales del inconsciente, meras entidades (in)corpóreas o pneumáticas.
En verdad, no me gusta esperar, ni siquiera a mí mismo. Si tardo mucho en llegar, parto indignado sin mí hacia una tierra de nadie...
Sin embargo, a pesar de la angustia y el vértigo, de la tribulación desértica y la conciencia imperiosa del desamparo, de la vulnerabilidad que dicho constante acto avizor puede inaugurar, revelar o desatar en nosotros, la capacidad hermética de espera incondicional, de expectativa infinita, sin horizonte, libre, abierta, se podría tal vez concebir o entender, ontológicamente, como lo más aporético, indestructible y abisal de la condición [in]humana...
Armando Almánzar-Botello
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Mayo de 2004
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© Armando Almánzar-Botello. Santo Domingo, República Dominicana. Reservados todos los derechos de autor.

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