«Dijo la Inteligencia Artificial al Parlêtre: “Estás atrapado en tu mundo de fantasías”... ¡Así progresa la simulación en la democracia! ¿John Searle?» Armando Almánzar-Botello
Por Armando Almánzar-Botello
La angustia, para Jacques Lacan (Seminario 10: La angustia, 1962-1963), se vive como testimonio del contacto del sujeto con el «objeto a» en tanto que tapón enigmático y monstruoso que no se fuga, que se impone sin escapatoria al sujeto, con el pasaje al acto (passage à l'acte) como salida radicalmente fallida y trágica de la escena, o con la vectorización del deseo que implica para el sujeto en proceso la asunción del vacío y de la falta constituyentes: la aceptación sin remilgos de la castración estructural o simbólica.
No obstante, para Sigmund Freud (Inhibición, síntoma y angustia, 1926) esta es una suerte de «coagulación» defensiva frente al vértigo o desamparo absoluto del sujeto (Hilflosigkeit).
Para Lacan, esa «angustia no miente» frente al «vértigo» que produce la inminente sofocación del sujeto cuando lo no simbolizable (lo real) satura o anega su mundo, empujándolo a la huida fuera de la escena. Aquí, para Lacan, lo que angustia no es la falta, sino «la falta de la falta». El vacío no angustia sino que posibilita la función deseante. ¿No?
Para Heidegger y Sartre la angustia ofrece el testimonio de un contacto del «Dasein» o el «Para-sí» con la Nada o con lo Infundamentado del ser.
Eugenio Trías, por su parte, es más freudiano que lacaniano cuando concede una precedencia ontológica al vértigo ante el vacío, y sitúa la angustia como un cierto modo de retracción del fronterizo ante ese vértigo como experiencia radical de caída en el vacío.
Armando Almánzar-Botello
Septiembre de 2018Copyright Armando Almánzar-Botello.
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Santo Domingo, República Dominicana.

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