viernes, 27 de marzo de 2015

Jurídicamente culpable y humorísticamente inocente.

«Yo también afino la memoria y su polvo, medito los ecos, perfecciono la sombra: espejo vacío del atardecer…» 
© Armando Almánzar Botello
                                              
                      
Don Alfredo Bryce Echenique

Por Armando Almánzar-Botello


El tema de los "plagios" atribuidos a Don Alfredo Bryce Echenique no puede ser analizado tan sólo desde el punto de vista convencional, entendiéndolos como meras violaciones a los derechos de propiedad intelectual o de autoría.

Se impone una pregunta de rigor: ¿Qué necesidad puede tener un escritor que ha producido obras de la dimensión de Un mundo para Julius, Tantas veces Pedro, Las obras infames de Pancho Marambio, El huerto de mi amada por sólo citar cuatro obras de gran peso específico en la literatura hispanoamericana contemporánea, de "plagiar" una serie de artículos periodísticos cuya heterogeneidad temática mueve a la risa al recordarnos un catálogo de lectura propio del utillaje hermenéutico de Bouvard y Pécuchet?

Descartada la hipótesis trivial de que el problema está zanjado con decir que Bryce padece “simplemente” una suerte de cleptomanía intelectual (entidad nosográfica registrada desde hace largos años por la clínica psiquiátrica y psicoanalítica), pienso que se hace urgente, por razones heurísticas y humorísticas (¡el chiste y su relación con lo inconsciente!), apuntar en otro sentido para intentar la explicación de tan inmutable y onerosa "desfachatez" literaria.

No negaremos la importancia que revisten categorías psicoanalíticas lacanianas tales como síntoma y sínthoma, para hacernos inteligible el caso de Bryce. Es decir, para permitirnos la intelección de lo que sería desprender, aislar, construir el acontecimiento-sentido en la escritura, como obra humorística lograda, ficción supletoria del Nombre-Del-Padre o chiste sostenido para “la parroquia”, a partir de la economía libidinal prisionera del síntoma cleptomaníaco en su condición de accidente padecido por el sujeto imposibilitado para ligar, con la Metáfora-Paterna, los tres redondeles del Nudo Borromeo (Real, Simbólico, Imaginario).

La obra de ficción de Bryce sería el juego paródico y humorístico que funcionaría en calidad de suplencia lograda (sínthoma que hace lazo social), para una Forclusión del Nombre-Del-Padre cuyo intento fallido de restitución estaría representado por el “plagio”, como simple síntoma o intento de apropiación fantasmática de insignias y rasgos del Ideal-del-Yo. Aquí operaría una cierta lectura contaminante entre Lacan y Deleuze. Por ahora caminamos en otra dirección, menos ardua.

Sin dejar de tener como telón de fondo la problemática analítica que hemos esbozado, entendemos que en su vertiente lograda del sínthoma, Bryce nos está diciendo que vivimos en el universo de las copias, donde el valor de lo singular es patrimonio de unos pocos, (que no son todos los que están, ni están todos los que son: ¡Ay, Enriquillo Sánchez!, desaparecido lucero de estos Lares), donde la celeridad mediática para transmitir información, conocimientos o banalidad light, hace que aquello creído como "propio" sea machos veces, mechas veces, michas veces, mochas veces, muchas veces, un simple ensamblaje de fragmentos "desoriginados" (Barthes), procedentes de otros territorios textuales.

En el Zeitgeist postmoderno la escritura citativa, humorística, intertextual, paragramática, polifónica, palimpséstica, ha modificado radicalmente el estatuto del plagio. Barthes decía el “estatuto de la cita”.

Pedro Henríquez Ureña, nuestro "santo laico", incapaz de cometer este tipo de "fechorías intelectuales" colindantes con el robo y la usurpación de identidades, decía, sin embargo, que el creador tiene derecho a tomar prestado, a utilizar materiales extraños al suspenso vital de su obra en curso; tiene derecho, según Henríquez Ureña, hasta a saquear las obras de los demás, pero sólo si cumple con una condición imprescindible que autorizaría el hurto: transformar radicalmente el material recibido hasta el punto de imprimirle otro decurso en su ritmo-sentido que implique una redescripción de la propia tradición en la que se inserta. (Ver los escritos filológicos y filosóficos de nuestro Gran Maestro).

En el caso de Bryce Echenique, no hay transformación de los materiales recibidos sino mera transcripción literal de los mismos. En este sentido podríamos argumentar que existe plagio, bajo el carácter vergonzante que ha adoptado esta palabra a partir de cierto momento histórico en el desenvolvimiento de la literatura occidental. (En la Antigüedad y en la Edad Media, por ejemplo, no existía el concepto de plagio en su acepción semántica actual).

Pero es preciso resaltar que Bryce no "hurta" regularmente obras de ficción, sino simples artículos periodísticos o académicos que casi siempre son mera reproducción inerte de ideas que forman parte del clima espiritual de nuestra época, de una especie de atmósfera de conciencia colectiva contemporánea.

Con ello, Bryce está sacando de su gris anonimato a ciertos cagatintas (no todos), que en lugar de vanidosamente denunciarlo como plagiario, deberían agradecerle al gran escritor peruano sus esfuerzos por inmortalizarlos.

Por otro lado, y lamentablemente para muchos “odiadores” del autor que nos ocupa, la obra creativo-transformativa de Bryce permanece libre de toda sospecha de plagio, por lo menos en el sentido que permitió someterlo a la acción judicial.

A "mi" entender, Bryce es un humorista en la tradición de Swift, Chesterton y el non-sense británico. Un ostentador paródico-satírico, además, de ciertas aristas propias de la histeria genial de Flaubert.

Después de Bryce escudarse ante las primeras acusaciones de plagio, en su declaración de que "toda la culpa era de su secretaria, por esta haber confundido ciertos papeles en la oficina", llega el momento en que se siente "acorralado" por el peso de las evidencias aportadas por los demandantes, y declara al fin: "¡MI SECRETARIA SOY YO!".

Confesión de su responsabilidad en la comisión de los hechos que se le imputaban (desde el punto de vista jurídico-moral), pero en realidad, chiste genial, boutade de altos quilates para "ojos que saben traspasar adornos y atavíos".

Estamos frente a la variante postmoderna del flaubertiano Madame Bovary, c'est moi! (¡Madame Bovary soy yo!)... declaración provocadora por medio de la cual Flaubert, en pleno falocratismo del siglo XIX, reivindica a la mujer como espacio transgresivo de la des-apropiación.

¡Cuánta gracia y acierto los de Bryce para descalificar los escritos "propios" de los gacetilleros y pseudo-ensayistas actuales que nunca cesan en el pegoteo semántico de sus inepcias, en la roma reproducción de ideologemas y culturemas que, en medios huérfanos de tradición cultural consistente como el nuestro, pasan por ideas originales, "personalísimas" y brillantes... ¡Si por lo menos tuvieran el decoro del "estilo"!

Aunque en el caso de Bryce, el hurto de baratijas también puede interpretarse como un homenaje a la bisutería de tocador que tanto amamos, y a los viejos "prenderos italianos que tanto padecimos...y padecemos". ¡Oh, Madame Bovary, ora pro nobis peccatoribus!

Existen dos tipos de actitudes ante el acto de escritura, decía "yo" hace largos años y me perdonan, amigos, la inmodestia de citar-"me" a mí mismo (dudo siempre de este mí-mismo): la que consiste en borrar el resplandor del gesto y hurtar a la luz pública una real escritura transformativa, negándose el autor, sintomáticamente, a publicar lo ya escrito con el riesgo de que interlocutores "apresurados" le tomen la delantera, y la de aquellos cleptómanos que publican permanentemente sin haber escrito casi nunca de modo efectivamente textual-transformativo.

Mi(star) sí-mismo, parti(o)cularmente, me incluye en esta última categoría: No considera a mi Yo su maestro, ¡Je!... ¿Moi?... Corresponde a la crítica, dentro de "cincuenta" años, señalar cuáles obras entran en una u otra estrategia discursiva. ¡Por ahí se escucha el rumor de sonorosos ríos de tinta!

En fin, queridos hermanos, podéis iros en paz. Que la gracia del Señor, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre "vuestra escritura".

El que desee ¡menos Bryce! puede apropiarse de estas simples notas o apuntes. Lo excluyo a él en particular, para "yo" no correr el albur monstruoso de la inmortalidad.

Vean ustedes: ¡Cierro con la variante "alman-sa(h)ariana" de un lugar común, ya patrimonio del desierto humano!: Borges.

Si el estilo es (soy) el hombre, la mujer sería (se haría) Madame Bovary, el goce innombrable y sinuoso de la escritura. ¡Mi secretaria soy yo!



Enredo Brisa Hacenoche


El Nuevo Madrid, Agosto 8 del 2059



Febrero de 2009.

© Armando Almánzar-Botello. Santo Domingo, República Dominicana.


Otros blogs y enlaces relacionados con este mismo texto:

Blog Cazador de Aguahttp://cazadordeagua.blogspot.com/2009/07/juridicamente-culpable-y.html
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jueves, 26 de marzo de 2015

Divagaciones en torno a la caída en el cuerpo

«Dicho es mal dicho. Cuando quiera que dicho dicho dicho mal dicho. Desde ahora dicho sin más. Fuera desde ahora ora dicho y ora mal dicho. Desde ahora dicho sin más. Dicho por mal dicho. Por sea mal dicho.» Samuel Beckett. "Worstward Ho": "Rumbo a peor".

«El maldicho [médit] instalado en su reputado ocre: "No existe grado de lo mediocre a lo peor."...» Jacques Lacan. "Televisión".

«Al caer he conquistado el cielo puro de la inmanencia.» Armando Almánzar-Botello. "Legión en noche oscura".

"Humpty Dumpty" (homenaje a Lewis Carroll) 
por Kimber Fiebiger

Por Armando Almánzar-Botello  

A Samuel Beckett, In memoriam.

1

Cuando alguien dice: El hombre se expresa o se cae "con o de" su cuerpo, está diciendo en efecto: El hombre se expresa o se cae "con o de" la carne, entendida ésta en su carácter meramente óntico, de simple accidente físico, biológico, anatomo-fisiológico y convencional.

Cuando de un modo lingüístico un tanto diferente al anterior alguien dice: El hombre se expresa o se cae "desde" su cuerpo, la construcción gramatical "anómala" (el usar la preposición “desde” que expresa el punto de partida espacial o temporal de un objeto, proceso y/o acontecimiento, en lugar de la preposición “de”) pone en juego un registro abisal, vectorial e intensivo del cuerpo, de la caída y de la expresión corpóreas, que apunta, en lo real, "con intensidades puras y fuerzas en devenir", al espesor "espectral" de una corporalidad, digamos metamórfica, que no es equivalente a la "carne homeostática", convencionalmente "objetiva", bio-física, orgánico-fisicalista.

En ese sentido, alguien puede empezar a caer y/o danzar, carrolliana, lacaniana, artaudiana o deleuzianamente, no sólo “desde los propios pies” sino desde las rodillas, desde la cintura, desde la vulva, desde el tronco, desde el ano, desde la boca, desde la cabeza, desde el pene, desde el corazón...

Caer, entonces, no es ya un mero accidente: deviene, ahora, en "acontecimiento-sentido", contra-efectuado en el campo trascendental de la pura inmanencia.

Seguimos aquí al Gilles Deleuze de "Lógica del sentido" (Lewis Carroll y la caída del huevo Humpty Dumpty) y, además, al de "Lógica de la sensación", libro éste de reflexión filosófica y estética sobre la pintura de Francis Bacon y su estrategia plástica deformante, figural y anti-representativa.

2

Por otra parte, el "viejo" Pablo Neruda (viejo para la ceguera del insubstancial ojo prisionero en la vieja campana gaussiana cosmo-esnobista) nos recuerda en su poema "Sólo la muerte", refiriéndose a la caída radical que es el morir: ...Como un naufragio hacia adentro nos morimos, / como ahogarnos en el corazón, / como irnos cayendo desde la piel al alma...

"Caerse de sus (propios) pies", es un sintagma oral frecuentemente utilizado en el habla coloquial hispanoamericana que no es por completo lógico (el lenguaje tampoco lo es en su totalidad) pero que comunica perfectamente la idea de caída accidental de un cuerpo sobre su propio plano de sustentación. 

Lógicamente caemos “desde” lo alto, no "desde" el piso como plano de soporte. Por eso hay animales los llamados rastreros que habitualmente, en sentido estricto, no pueden caer… O por lo menos eso saben ellos hasta que encuentran las condiciones propicias para su caída, generalmente creadas por otro animal…

Evidentemente nadie se cae, en la realidad convencional, de los pies del otro. Pero cuando utilizamos como matriz o modelo este sintagma oral cristalizado y hablamos de: la "caída desde sus propios pies", pretendemos aludir al hecho de un precipitarse desde el cuerpo-organismo, anatómico, físico, material, hasta o hacia una región intensiva, abisal, inmanente, en la que ya está en juego otro tipo de cuerpo: el Cuerpo fenomenológico vivido y/o el Cuerpo sin Órganos de Artaud-Deleuze. Este último cuerpo debe ser entendido como juego de fuerzas y tensiones a lo interno del cuerpo convencional y que, paradójica y simultáneamente, lo desborda y constituye como organismo.

3

El Cuerpo sin Órganos (CsO) es la potencia del Cuerpo Intensivo que encuentra en el huevo, concebido desde el punto de vista de la embriología post-fenomenológica deleuziana, el campo de gradientes, vectores, tensiones, umbrales, en el que se operan devenires-cuerpos. 

La relación problemática entre organismo, lenguaje, objeto metonímico y cuerpo intensivo y/o libidinal, encuentra también, en el psicoanálisis de Jacques Lacan, una ejemplificación topológica en las figuras de la Banda de Moebius, el Cross-cap y la Botella de Klein, con su continuidad, complicación o torsión entre el adentro y el afuera.

El Cuerpo Intensivo no es más que el Cuerpo sin Órganos entendido como campo descentrado de manifestación de una única onda o sensación que recorre la multiplicidad de registros o dominios sensoriales y se expresa en ellos de una forma plural. La fenomenología habla, diferenciadamente, de un "desorden de los sentidos" (Rimbaud) basado en una mezcla de dominios sensoriales distintos, pero totalizados al final del proceso en una unidad sinestésica de las sensaciones.

La concepción del cuerpo sin órganos, niega esta presunta unidad de base fenomenológica del cuerpo vivido, tal como lo conciben Rimbaud y... Merleau-Ponty; afirma una única sensación problemática, atópica, que se resiste a la metafísica de la presencia y se manifiesta, como hemos dicho, en los diferentes registros sensoriales.

4

"Caer desde sus propios pies", expresa o significa entonces precipitarse desde el fundamento propio del cuerpo físico los pies hacia o hasta el cuerpo intensivo o cuerpo-pensamiento, cuerpo pasional o cuerpo de la sensación como aisthesis o sensación estética.

"Caer desde sus propios pies", es un viaje intensivo hacia los abismos de la carne, "desde" los "propios" pies. Viaje ontológico deleuziano, kantiano, en pura intensidad.

Me caí desde mis "propios" pies hacia el abismo de lo (im)propio: el Cuerpo sin Órganos (CsO) en el que se descubre una superficie incorporal que testimonia dos cosas, por lo menos: la subida de la profundidad, y/o la caída de la altura sobre la superficie de... ¡la piel!

En verdad, tal como decía el poeta Paul Veléry: No hay nada más profundo que la piel...

Por otra parte, la dimensión mística de La Caída de Satán o de Adán, puede encontrar en este enfoque post-fenomenológico deleuziano sin que se niegue por ello lo teológico y lo cabalístico, una vía interesante de aproximación exegética y hermenéutica.

¡Caer hacia arriba! Conquistar el cielo de la inmanencia en el acto mismo de caer. "Sólo en la caída se cumplen las presencias", nos dice con agudeza un poeta.

Esto acontece así, porque fenomenológicamente todo incremento de fuerza, de tensión, se experimenta como una caída (Kant, Deleuze, Lacan).

"La caída es lo más vivo que hay en la sensación, aquello en lo que la sensación [como la pulsión de muerte] se experimenta como viviente. De manera que la caída intensiva puede coincidir con un descenso espacial, pero también con un ascenso." (Gilles Deleuze. "Lógica de la sensación". Editorial Arena. España, 2002. Página 85).

La caída y la pulsión de muerte son el devenir activo de las fuerzas y las pulsiones. En este sentido inmanente, intensivo, toda caída es satánica y transformativa, porque hace subir el acontecimiento del Otro, porque hace devenir Otro al Mismo...

De lo "precipitadamente" dicho podemos inferir, que la Voluntad de Poder (Nietzsche) descubre belleza y arte allí donde otros más débiles o empobrecidos sensorial, cognitiva, ética y estéticamente, sólo ven simple dolor o fealdad: la trivial o peligrosa evidencia de la magulladura...


Mayo de 2010


© Armando Almánzar-Botello. Santo Domingo, República Dominicana.


Otro blog en el que figura este mismo texto:

Blog Cazador de Agua:

http://cazadordeagua.blogspot.com/2010/05/divagaciones-en-torno-la-caida-en-el.html, y también
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Fotograma de una relativamente reciente versión cinematográfica de Play 
(traducida como "Comedia" al español, 
obra teatral en un acto de la autoría de Samuel Beckett, 1963.

Beckett on Film: PLAY (Dir. Anthony Minghella, 2001)

sábado, 21 de marzo de 2015

Das Ding. In statu nascendi.

«El arte nunca es casto, y habría que mantenerlo alejado de todos los ignorantes inocentes. Si la gente no está preparada para él, no hay que permitir que se acerque. Sí, el arte es peligroso. Si es casto, entonces no es arte». Pablo Picasso

«Recordando al gallo Mopsus, al abismo del huevo caósmico, aquí, ahora, desnuda: la “vulvo-escritura-catástrofe” se mira en espejo (im)propio». Armando Almánzar-Botello

«Observando de soslayo al cielo, quizá un tanto presumida, la gallina pone un huevo: consuma el don refulgente, orgullosa de metafísica... ¡Clocló! ¡Clocló! ¡Cocoteeeco!» Armando Almánzar-Botello

«...[R]isus purus, la risa que se ríe de la risa...» Samuel Beckett, Watt, Editorial Lumen, Barcelona, 1970, p. 53

«Para el artista que ausculta sigiloso el campo virtual de la inmanencia, es necesario vivir en efecto la profundidad originaria y sus peligros hermenéuticos, lo inaccesible cuasiapofático, las prosodias desgarradas del abismo en apariencia fraudulento. Algo muy distinto y hasta frívolo se manifiesta cuando el saber común del hombre calculador se limita meramente a inferir la retracción de lo inabordable... El dicho aséptico y programado que de modo habitual utiliza el hombre aferrado a sus pretiles de seguridad logoteórica, no alcanza originalidad alguna en su frígida, apofántica, engreída, retórica y ciega vindicación de un terrible decir abstractamente inabordable. Insulsa escritura del idiota en el huevo caósmico y primigenio.». Armando Almánzar-Botello

                          
Por Armando Almánzar-Botello

A Raymond Roussel; a Clarice Lispector; 

Alfred N. Whitehead. In memoriam.  
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Propagó, alardeando casi, en el transcurso afiebrado y turbulento de sus días, la excelsa noticia milagrosa, la buena nueva que auguraba el inminente y pastoril advenimiento. 

Pronosticó sin rubor alguno la puesta en acto salvífica —el concreto aparecer brillante o la mistérica emergencia—, de una novísima estructura o Cosa, ontopológico-geométrica, prodigiosamente inédita, irrebatible y vital. 

Petulante anunció al orbe, con viva voz perentoria, lo tremendo: el numinoso aborigen futuro, el renacer de lo extraordinario. 

Llegado al fin el justo momento de imprimir la gran Cosa en el mundo —de confiarla o descubrirla en la muda existencia expectante para cura de la humana flaqueza y garantía de una Gloria Mayor—, de un modo lacónico, absorto, quizá un tanto presumido, observando de soslayo al cosmos con el vacío mirar de lo neutro, consumó el don refulgente, orgulloso de metafísica… 

Humedecida la superficie de la Cosa por la extraña singularidad de lo íntimo; un poco teñida de sangre y de búdica inofensiva impureza por el titánico brío alcanzado en su extático alumbramiento: surgió al mundo, casi alquímica, recóndita y ecotécnica, la misma rutinaria estructura —sencilla (im)prevista exacta; frágil y fértil y mágica—, la que desde hace millones de años, con astucia y eficacia genéticas, viene utilizando, ungido, como su medio estándar de calco, reproducción y trascendencia, repetición mutación diferencia, el críptico saurio alado que hoy la ciencia taxonómica /cuando esta se torna en sintagma de áureo vulgo democrático/, sencillamente designa como inalcanzable Gallina de Granja. 

—Recordando al gallo Mopsus, al abismo del huevo caósmico, aquí, ahora, desnuda: la vulvo-escritura-catástrofe se mira en espejo (im)propio.

¡Tanto cacarear para poner al fin el mismo huevo!

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Septiembre de 2013

© Armando Almánzar-Botello. Santo Domingo, República Dominicana

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jueves, 19 de marzo de 2015

¿HAY LOGOS EN EL PATHOS Y PATHOS EN EL LOGOS? (Tanto la belleza como la fealdad son categorías estéticas...)

«La “imaginación trascendental” de Kant, como campo de mediación entre “lo empírico” y “lo trascendental”, “lo intuitivo-imaginario” y “lo conceptual”, nos ofrece la posibilidad de pensar lo que Derrida ha denominado una “cuasi-metaforicidad originaria como archiescritura”, esa instancia paradójica que produce efectos de exactitud “literal”, “conceptual”, y efectos metafóricos de “desvío” y “errancia”.» Armando Almánzar-Botello 

 «No hay concepto puro ni, desde luego, intuición pura, intuición inmediata de lo háptico.» Jacques Derrida
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«Las estéticas de lo siniestro, de cierto sublime y de lo abyecto, comportan una concepción de la experiencia artística situada más allá de las viejas categorías escolásticas de “integritas”,  “proportio”  y “claritas”... (Umberto Eco: Arte y belleza en la estética medieval, 1997).
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»La categoría de “claritas”, por ejemplo, se ve sustituida en dichas estéticas por lo que Gilles Deleuze denominaría el “brillo construido del acontecimiento-sentido”: brillo no dado ya por el objeto natural ofrecido en su presunta “quididad” (Santo Tomás de Aquino), sino más bien producido, generado por una contraefectuación de la causalidad física, por un desarraigo, una recontextualización y una transmutación de la “cosa” como  accidente de partida...» Armando Almánzar-Botello: Fragmento de “Tanto la belleza como la fealdad son categorías estéticas”
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«El pensamiento postmetafísico constituye la constante profundización de la subjetividad en el alumbramiento del cuerpo abierto al mundo; un devenir lingüístico y mundo-constituyente del cuerpo, que, en el curso de su atenta autocreación, se enriquece al aumentar su cohesión. ¿Significa esto, en aparente contradicción con todos los principios metafísicos, la inversión de la relación entre el cuerpo y el espíritu? Ciertamente parecería ahora que, en lugar del logos hecho carne, la physis se habría hecho verbo. Pero también esta formulación de la cuestión es incorrecta, ya que este proceso no acontece como una sustitución de algo, sino, antes bien, se revela como el acontecer fundamental que, desde tiempo inmemorial, también comprende la conversión en carne de la palabra. Tanto el proceso de alumbramiento del cuerpo como el devenir lingüístico de la physis son mucho más antiguos que el descenso del logos a los cuerpos —mucho más antiguos, pero también históricamente más poderosos. Lo que llamamos encarnación (y al hacerlo así nosotros pensamos irremisiblemente en el platonismo cristiano y en sus modernas manifestaciones sustitutas) no es sino un mero episodio dentro del inmemorial resplandecer lingüístico y espiritual de la physis… El hecho de hablar es siempre más antiguo que el logos de la cultura superior; desde tiempo inmemorial, antes de que una palabra poderosa pudiera prescribirles lo que tenían que decir o en qué tenían que encarnarse, los cuerpos han hablado de sus temperamentos, de su gusto, y de sus excitaciones.» Peter Sloterdijk: El pensador en escena, Editorial Pre-Textos, Valencia, 2000, pp 137, 138 y 139. (Fragmento).
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«Los contra-movimientos tónico-sensuales del arte, que Nietzsche enfatiza, valen, ciertamente, contra la univocidad de la apertura al mundo propia de los sistemas lógico-discursivos, pero para alcanzar un estado de embriaguez que se configura como búsqueda trágico-teórica de la forma en cuanto forma-pensamiento... La actividad falsificante que es el arte no es, por eso, tan solo crítica con respecto al logos; ella exige nuevos criterios de conocimiento, un nuevo saber, que se basa justamente sobre aquello que para el logos es mentira: la forma, el signo, el juego de las apariencias...» Massimo Cacciari. (Fragmento).
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   Martin Heidegger aplatana’o 

     Por Armando Almánzar-Botello

     «Lo que en mí siente está pensando.» Fernando Pessoa

   «¿Lo que en mí piensa está sintiendo?» Armando Almánzar-Botello

Dicho de un modo muy esquemático y un tanto “apresurado”: la oposición paradigmática básica sobre la que descansa la tradición metafísica del pensamiento occidental está constituida por el binomio conceptual “sensible/inteligible”. “Sensible”: lo que se muestra a los sentidos, lo aparente o falso; “Inteligible”: lo que pertenece al mundo de las ideas, “lo real platónico”, lo verdadero.

En Platón, estas dos instancias se encuentran ontológicamente diferenciadas. No obstante, en el texto platónico encontramos toda una topografía y unos protocolos de intermediación entre los opuestos que regulan el proceso de “subida” hacia el Modelo Trascendental de lo Inteligible, en una suerte de liturgia purificadora. 

Como dice Umberto Eco en su Historia de la fealdad: «Si para Platón la única realidad era la del mundo de las ideas, del que nuestro mundo material es sombra e imitación, entonces lo feo debería haberse identificado con el no ser, puesto que en el Parménides se niega que puedan existir ideas de cosas inmundas y despreciables como las manchas, el fango o los pelos. Así que lo feo solo existiría en el orden de lo sensible, como aspecto de la imperfección del universo físico respecto al mundo ideal.» Umberto Eco, ob. cit. p. 24 (13).

El Logos es la potencia de la idea, del concepto, del pensamiento racional y arquetípico. Su naturaleza ascensional, “uraniana”, solar, lo vincula o conduce a la dimensión de las ideas puras localizadas en el “topos uranos” (1). Allí no hay sensación. Estamos en el reino aséptico del espíritu desencarnado.

La posibilidad de un logos en el pathos (un pensar en el sentir) y de un pathos en el logos (un sentir en el pensar), implica una visión del pensamiento que deja de circunscribirlo al papel de instancia reguladora de lo sensible por mediación de la idea hipostasiada. Lo sensible se libera de la idea como esencia atemporal.

El pensamiento que no opera del modo que más tarde Kant denominará “modus logicum”, sería, más bien, un “pensamiento-cuerpo” ligado al “ánima”, entendida esta como “campo de mediación entre lo sensible y lo inteligible”, entre “la sensación” y “lo espiritual puro”, abstracto, desencarnado. El ánima se actualiza por el impacto de la sensación, por la “aisthésis” (2). (Kant, Lyotard, Rancière...)

En la Estética, tanto para la visión de Kant como para la concepción de Hegel (aunque haya una crítica hegeliana a Kant, en este aspecto Hegel lo valida), se produce una alteración de la mera oposición “sentir/pensar” y se muestra un nuevo sensible-heterogéneo (aisthéton espiritual), que disloca la oposición binaria convencional, ya que se ofrece como potencia sensorial de un pensamiento que no sabe que sabe. Problematización del platonismo. (Jacques Rancière).

Coincidimos con Jacques Rancière (3), a propósito de sus reflexiones sobre la estética deleuziana, cuando este considera que el “pensamiento-cuerpo” es potencia en lo sensible, en la sensación, de un pensar que, como hemos señalado, no piensa al “modus logicum”. 

Dicho “pensamiento-cuerpo” se ofrece entonces de dos formas: 

“inmanencia del logos en el pathos” (modalidad romántica), que muestra cómo el pensamiento se encarna en lo que no piensa, en lo sensible, en la materia, en el “Libro de la Naturaleza”; y “la inmanencia del pathos en el logos” —al modo de la “cosa en sí” de Arthur Schopenhauer y de las estéticas modernas y postmodernas—, por medio de la cual se muestra cómo lo que no piensa (el pathos), se manifiesta en lo que piensa (Jacques Rancière).

He aquí, en esta última potencia de un cierto pensar, la desterritorialización del pensamiento hacia los límites mismos de la representación, hacia lo “a-significante”, hacia el pathos y la dimensión molecular deleuziana, hacia el caosmos, el trazo unario, lo figural y la desubjetivación... Exploración “escritural del vacío”...

En los márgenes del pensamiento metafísico logocéntrico y del proyecto de la ciencia, pensamiento y proyecto que aspiran —en el campo de coherencia que les define, respectivamente— a eliminar la sensación (aisthésis) del ámbito de lo “simbólico” para pretender alcanzar una pura axiomatización de la cogitación, consideramos, problemáticamente, que el elemento intuitivo, empírico, contingente, imaginario, es ineludible, inerradicable.

La “imaginación trascendental” de Kant, como campo de mediación entre “lo empírico” y “lo trascendental”, “lo intuitivo-imaginario” y “lo conceptual”, nos ofrece la posibilidad de pensar lo que Derrida ha denominado una “cuasi-metaforicidad originaria como archiescritura”, esa instancia paradójica que produce efectos de exactitud “literal”, “conceptual”, y efectos metafóricos de “desvío” y “errancia”.

Siguiendo estos “cuasiconceptos” podemos afirmar que el pensamiento/cuerpo, en su complejidad, “piensa lo que siente y siente lo que piensa”. 

Insiste, persiste en ese proceso, un lacaniano “insabido que sabe y no soporta que sepamos que sabe”: “sensible heterogéneo a-significante”: “lo espiritual otro”, a diferenciar de lo “espiritual uraniano”, hipostático, simplemente ascensional y catártico. 

Estaríamos entonces experimentando con ese “espiritual otro” un “triunfo estético del simulacro” y un derrocamiento o decapitación del modelo platónico. (Deleuze, Klossowski, Lacan, Eco).

El error de un cierto discurso, no solo artístico sino filosófico y hasta científico, se manifiesta en la esencialización de un pensar desencarnado, pretendidamente axiomatizado y apodíctico, que se ofrece privado de “sentir” y no comunica de modo intensivo con la dimensión de “lo sensible” (con el “aisthéton”).

Señalamos el riesgo de algunas poéticas del pensar: olvidar su arraigo en lo sensible y pretender el ascenso hacia el “topos uranos” de una belleza “clásica”, armónica, eutímica, desencarnada, que no se corresponde con la radical problematicidad de la relación entre “ánima” y “aisthéton” en los ámbitos de la filosofía, la estética y el mundo contemporáneos.

Para Umberto Eco, “los pensadores prerrománticos y románticos sitúan el inicio (como hace Hegel) del arte moderno en el cristianismo, en oposición al ideal clásico de la cultura griega...” Umberto Eco: ob. cit. p.278 (13).

El gran semiólogo, filósofo y narrador italiano entiende que es con el advenimiento del romanticismo cuando se medita seriamente sobre la posibilidad de constituir “lo feo” en experiencia estética, apoyándose dicha meditación o conceptualización en las formas de lo terrorífico y de lo diabólico tal como figuran en el contexto del Apocalipsis cristiano de Juan de Patmos (13).

El arte, tal como lo imagina cierta vía filosófico-estética postnietzscheana, implica pensamiento más allá del “logos apofántico” de Aristóteles. Esto quiere decir que la verdad “otra” del arte no se define en los términos lógico-predicativos que corresponderían a la oposición binaria “verdadero/falso”.

Sin embargo: ‎“La manía o embriaguez artística [lo turbio, en la acepción de: revuelto, dudoso, azaroso, turbulento, mezclado, mixto...] es el colmo de la lucidez intelectual”, según nos recuerda Massimo Cacciari.

Por ello, suscribimos la tesis de que todo arte auténtico, como organización semiótica, sígnica, de perceptos y afectos que implican pensamiento, trasciende la simple claridad lógico-apofántica, pero creando nuevas gradaciones, sutilezas, precisiones, agudezas y complejidades de la forma-sentido en su voluntad de orientación estética.

La concepción de Nietzsche, a la que hago referencia en este contexto —facultad de falsificación—, alude a la capacidad del arte para derribar la presunción de autarquía del logos predicativo-discursivo que define a la tradición metafísica occidental.

Como señala M. Cacciari: “El arte demuestra que la dimensión del pensar no es reductible a las categorías de la lógica, anuncia la posibilidad de pensar en formas diferentes de aquellas lógico-filosóficas”. Cacciari, Massimo: “Desde Nietzsche. Tiempo, arte, política”, Editorial Biblos, Buenos Aires, 1994, página 87.

A continuación del enunciado anterior, el filósofo italiano nos recuerda que por ese motivo, en la obra “La gaya ciencia”, el arte es llamado por Nietzsche, “El alegre mensajero”.

Siguiendo al Jacques Lacan de “La ética del psicoanálisis” y quizá también a Lyotard y a Philippe Lacoue-Labarthe, Helí Morales Ascencio nos recuerda que, en los tiempos de la postmodernidad, la ética psicoanalítica debe conducir a una “est/ética”, o lo que es lo mismo, a una “estética rota”, una estética barrada o tachada que implique no solo el “velo de la belleza”, la caricia, la síntesis erótica, la potencia del deseo y el acto creador, sino también lo que oculta este velo: la carencia, la finitud desgarrada, lo monstruoso, lo terrible, lo trágico, lo sublime-abyecto, lo no presentable, la intratable opacidad de lo real imposible, el reverso ígneo de la representación. (Ver “Constancia del psicoanálisis”, volumen colectivo a cargo de Néstor A. Braunstein, Siglo XXI, 1996).

De modo simétrico inverso, existe una pérdida de posibilidades para pensar el arte, cuando se entiende sencillamente que este se manifiesta en la forma “bruta” de la sensación, de la simple emoción o de lo sensible primario “desencadenado”. 

La pura dimensión “páthica”, en su calidad de mera descarga emotiva opuesta a las regulaciones del logos, no garantiza la experiencia ni la intensidad estéticas. 

Es preciso hacerla devenir “Stimmung”, a entender como síntesis del pensamiento más potente y el afecto más intenso (Nietzsche, Klossowski, Eco, Deleuze, Agamben). El arte piensa con perceptos y afectos de segundo grado. T. S. Eliot hablaba del arte como producción de “correlatos simbólicos impersonales” de las percepciones y sentimientos primarios.

Lo experiencia del arte como sensibilidad que piensa y pensamiento que siente, solo se hace válida en el contexto de una deconstrucción de la oposición metafísica sensible/inteligible. 

Esta deconstrucción se efectúa mediante la generalización del elemento débil reprimido en el paradigma metafísico, “lo sensible”, pero con una subsiguiente transmutación, “contraefectuación” y redescripción de esta categoría en un nuevo campo de funcionamiento. Algo quizá parecido a la generalización del concepto de “escritura” en Derrida, o de “sinthome” en Lacan...

Para Gilles Deleuze y Felix Guattari (4), existe un pensamiento complejo como actividad de lo que ellos denominan “cerebro-sujeto”, categoría que es, quizá, una suerte de metáfora epistémica transgresiva del concepto de cerebro triúnico de McLean.

El cerebro-sujeto piensa de tres modos: a) como “ejeto”: la ciencia, que utiliza “funciones lógicas” para pensar; b) como “super-jeto”: la filosofía, que utiliza “conceptos” como trama de “personajes conceptuales”, y c) el “injeto”: el arte, que utiliza “perceptos” y “afectos”: no percepciones y afecciones en bruto, sino la “contraefectuación” formal de estos accidentes hasta convertirlos en “acontecimientos-sentidos” en el suspenso vital de una obra.

Deleuze y Guattari no dicen que todos estos procesos se puedan reducir a una sola modalidad de pensamiento originario —tal como acontece en la filosofía de Martin Heidegger—, pero presentan, en su versión de una heterogénesis del pensamiento, la posibilidad de resonancia de un tipo de pensar sobre otro. De esta forma la ciencia resuena en el arte y en la filosofía, pero también estas resuenan sobre la ciencia y entre sí. 

En esta modalidad de concebir el pensamiento, Deleuze y Guattari se aproximan asintóticamente a la concepción derridiana compleja de la “cuasimetaforicidad” originaria de la huella, que no podemos circunscribir simplemente a la pureza del concepto ni a lo simplemente dado por lo empírico-sensible y lo páthico.

Estamos aquí “enfrentados” a la dimensión atópica de los cuasi-conceptos, los perceptos y los afectos, con los cuales, “se piensa en el acto mismo de sentir” y “se siente en el ejercicio intensivo del pensar”.

Los avances operados en los campos de la física cuántica y la lógica, desde el “Principio de Incertidumbre” de Heisenberg hasta los Teoremas de Gödel, ciertas aristas de la lógica de Tarski, las lógicas paraconsistentes o inconsistentes, etcétera, apuntan en la dirección de una imposibilidad de articular, de un modo absoluto, las axiomáticas autoconvalidantes que pretenden obviar el campo de lo que se denomina sensible, empírico, “escoria imaginaria” (Platón, Lacan), intuición o “resistencia diseminante de lo real imposible”.

La denominada física de partículas, con la búsqueda actual del bosón de Higgs a través del colisionador de hadrones y con la posibilidad de dividir el quark, nos enfrenta hoy a problemas “equivalentes” a los que Lacan denominaba, en su espacio particular de meta-reflexión: “divisibilidad o indivisibilidad de la letra bilocada”, y Derrida concebía como “restancia diseminante” de la letra en su “radical divisibilidad a-metafísica” (5).

Intentando responder provisoriamente con estas fragmentarias conjeturas a las inquietudes, al desasosiego y a la perplejidad interrogante de un gran amigo devoto de la poética de Fernando Pessoa, podríamos confirmar “ahora”: sí, lo que en el sujeto siente está pensando, “lo que en su ánima piensa está sintiendo”...

Podemos afirmarlo así, aun cuando el proyecto de ese pensamiento pueda consistir eventualmente en la erradicación, por medio de un abstracto y descaminado pensar, de la potencia del “aisthéton” (lo sensible) que ofrece la posibilidad al pensamiento-cuerpo, al ánima, de existir como afección. Coincidimos en este enfoque con los planteamientos de Lyotard (6) y (11).

En nuestro contexto de reflexión, el campo de las artes en sentido general, cierto particular “sensible” es absolutamente inerradicable y necesario para que surja el acontecimiento estético. No se piensa sin cuerpo. No es posible el arte sin sensación.

La sensación, indudablemente, piensa: hay lógica de la sensación (7) y no solo del sentido (Deleuze). 

El pensamiento también siente —cuando la función lógica y el concepto se abren a la resonancia de los perceptos y afectos en la cuasi metaforicidad de la huella, del grama (8), del phármakon (9), del himen, del tímpano, de la archiescritura, en fin, de lo que Kant llamó “imaginación trascendental”.

Curiosa, compleja, paradójica forma de pensar y aprehender aquello que resulta “más alto que lo alto”: lo sensible transmutado que piensa. ¡Valor imprevisto de la caída intensiva, de la recaída, en la “superficie consistente”, en el “plano absoluto de inmanencia”! (10).

Concluimos estas notas apresuradas citando al Lyotard de “Anima minima”: 

«…importa que entre poema y matema, como dice Alain Badiou, o mejor en la trama de ambos, una escritura reflexiva se obstine en interrogar su propiedad y, por lo mismo, en expropiarse sin cesar» (11).

Armando Almánzar-Botello

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5 de noviembre de 2010

© Armando Almánzar-Botello. Santo Domingo, República Dominicana. Reservados todos los derechos de autor.

BIBLIOGRAFÍA

(1) Platón: Diálogos. “Fedro”, Tomo III, Madrid, Editorial Gredos, 1992.

(2) Lyotard, Jean-François: “La ceguera necesaria (Conferencia dictada en Bogotá, 1995)”, en “Los límites de la estética de la representación”, Bogotá, Editorial Universidad del Rosario, Adolfo Chaparro, editor académico. Noviembre de 2006, pp. 121-139

(3) Jacques Rancière: “¿Existe una estética deleuziana?”, en “Los límites de la estética de la representación”, Bogotá, Editorial Universidad del Rosario, Adolfo Chaparro, editor académico, noviembre de 2006, pp. 33-34

(4) Deleuze, Gilles y Guattari, Felix: “¿Qué es la filosofía?”, Barcelona, Editorial Anagrama, 1993, pp. 202-220

(5) Derrida, Jacques: “Resistencias del psicoanálisis”, Buenos Aires, Paidós, 1997, pp. 88-89

(6) Lyotard, Jean-François: “Lo inhumano. Charlas sobre el tiempo”, Buenos Aires, Ediciones Manantial SRL, 1998, pp. 17-31

(7) Deleuze, Gilles: “Francis Bacon. Lógica de la sensación”, Madrid, Arena Libros, 2002

(8) Derrida, Jacques: “De la gramatología”, México, Siglo XXI, 1971

(9) Derrida, Jacques: “La diseminación”, Madrid, Editorial Fundamentos, 1975

(10) Deleuze, Gilles y Guattari, Félix: “Mil mesetas. Capitalismo y esquizofrenia”, Valencia, Pre-Textos, 1994

(11) Lyotard, Jean-François: “Anima minima”, en “Moralidades postmodernas”, Madrid, Editorial Tecnos, 1998, Pág.169

(12) Hottois, Gilbert: “Historia de la filosofía del Renacimiento a la Postmodernidad”, Madrid, Cátedra, 1999

(13) Eco, Umberto: “Historia de la fealdad”, Editorial Lumen, Barcelona, 2007

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5 de Noviembre de 2010

Armando Almánzar-Botello. Santo Domingo, República Dominicana

Blogs en los que figura este mismo texto:

Blog Cazador de Agua

Blog Otros Textos Mutantes

Copyright © Armando Almánzar Botello. 

© Armando Almánzar-Botello. (Fragmento de “¿Hay Logos en el Pathos y Pathos en el Logos?”. Publicado el 5 de noviembre de 2010 en el Blog Cazador de Agua. Santo Domingo, República Dominicana. Reservados todos los derechos de autor. Santo Domingo, República Dominicana.

Este texto figura en el Blog Otros Textos Mutantes, de Armando Almánzar-Botello.
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UNHEIMLICH, UNCANNY, SINIESTRO... (LO RARO, LO ESPELUZNANTE)

Dijo: «[...] Muchas cosas son pavorosas (unheimlich); nada sin embargo sobrepasa al hombre en pavor (unheimlichsten).» Sófocles: Inicio del “Elogio del hombre”, en “Antígona”. Versión de Emilio Estiú

«[...] Hölderlin, en pleno romanticismo y Sturm und Drang, traduce, reescribe e interpreta a la luz del idealismo alemán la “Antígona” de Sófocles conviertiendo el “deinóteron” en “ungeheuerer”. Y los versos iniciales del coro quedan así al trasponerlos al español: “Mucho es lo MONSTRUOSO. Nada sin embargo que sea más MONSTRUOSO que el hombre”. Evidente conocedor de este vuelco dado a la tradición por Hölderlin es Heidegger quien, en 1935, escribe una nueva versión del coro [...] Heidegger [...] traduce el superlativo “deinótaton” [lo más maravilloso] como unheimlichsten (pavoroso). Emilio Estiú traduce como “pavoroso” el “deinótaton” o “deinóteron” griego (lo más admirable; lo más maravilloso de lo admirable y maravilloso que hay en el mundo) [...] Pero para cada lector de Freud “unheimlich” es una voz familiar de modo que resulta imposible dejar de recordar el fino análisis filológico que Freud dedicó a este vocablo en el artículo de 1919, mucho antes de la versión de Heidegger...» Néstor A. Braunstein

     Por ARMANDO ALMÁNZAR-BOTELLO
 
El término “Uncanny” es el vocablo equivalente en inglés a la palabra alemana utilizada por Sigmund Freud en su libro de 1919, titulado “Das Unheimliche”. 

Con dichos términos se alude a la “inquietante familiar extrañeza” que genera en los sujetos el retorno de aquellas personas, seres o acontecimientos que fueron en un principio “familiares o conocidos”, pero que devinieron “extraños, amenazantes o siniestros”, es decir, pavorosos, al ser evacuados del sistema preconsciente-consciente y reprimidos en el sistema inconsciente, con el olvido radical que dicha represión comporta. 

Denomínase así “Unheimlich” a lo que fue familiar (heimlich) pero ha dejado de serlo (Un-heimlich), y, por tal motivo, su evocación o retorno se produce bajo el sabor, el olor o la especie de la extrañeza o la inexplicable amenaza.
 
Sigmund Freud, Jacques Lacan, Martin Heidegger, Emilio Estiú, Eugenio Trías (este último en su obra “Lo bello y lo siniestro”), el importante psicoanalista Néstor A. Braunstein, entre muchos otros, explican de un modo resumido y pertinente este fenómeno de transfiguración etimológica y proto-psicoanalítica. 

Jorge Luis Borges dice que la palabra “Uncanny” es prácticamente intraducible y que alude a un tipo de “horror sobrenatural” poco frecuente.
 
Afirma el autor de “La biblioteca de Babel” que el término inglés equivaldría a lo “Unheimlich” alemán. 

Borges, anglófilo declarado, supone además que el vocablo “Uncanny” resulta aplicable —quizá por primera vez en la literatura (¿inglesa?), según el argentino dice recordar—, a la novela “Vathek” de William Beckford, específicamente a la descripción que hace dicho autor de un original Infierno que se presenta como extraña biblioteca-laberinto, con extrañas salas, túneles o departamentos correspondientes a los círculos dantescos multiplicados hasta el delirio...

Esta arquitectura infernal resulta ser preludio de la misma obsesión de Borges por ambos elementos, biblioteca y laberinto, y una anticipación, dice el autor de “El Aleph”, de los “satánicos esplendores” presentes en las obras de Edgar Allan Poe, De Quincey, Baudelaire, Huysmans...

Debemos prolongar dicho Infierno “unheimlich”, en su carácter de “antesala eterna de consulta”, a las obras de Maupassant (“El Horla”), Poe (“El hundimiento de la Casa Usher”), Kafka (“El proceso” y “El castillo”), Ionesco (“Las sillas”), Beckett (“Final de partida”), Sartre (“A puerta cerrada”)... En esta última obra, el autor plantea que “el infierno son los otros”...

No obstante, al margen de las referencias inglesas y norteamericanas que resalta Borges, Sigmund Freud, en su famoso libro monográfico “Das Unheimliche” (traducido por L. López Ballesteros y de Torres con el título de “Lo siniestro”), utiliza como principal exponente de lo “unheimlich” un famoso relato del escritor, músico, pintor y jurista alemán (muy criticado en vida por Hegel y por Goethe), Ernst Theodore Amadeus Hoffmann. 

El nombre del relato, en alemán, es “Der Sandmann”, y se ha vertido al español como “El hombre de la arena”, y en otras ocasiones como “El arenero”. El cuento pertenece al libro de Hoffmann titulado “Nachtstücke”, “Nocturnos”, obra que ofrece un total de ocho relatos.
 
Como nos recuerda con suma pertinencia Néstor Braunstein siguiendo a Freud y, evidentemente, al Martin Heidegger de “Introducción a la metafísica” (Barcelona, Editorial Gedisa, 1999, pp 136-139), la palabra alemana “Unheimlich” y su equivalente en inglés “Uncanny”, remiten etimológicamente a lo que en el mundo griego homérico se denominaba: “deinón” o “deiná”, y que significan lo “tremendo” o “grande”, eso desmedido que produce “temor y temblor”...

Posteriormente se habló de “deinóteron” o “deinótaton” con el significado de “admirable”, “maravilloso”. 

Evidentemente existe aquí, en estas dos últimas palabras —en la acepción trágico-sofocleana de dichos términos—, una represión u ocultamiento de la connotación “tremebunda”, terrible, que reviste el término “deinótaton” en el texto de Homero.
 
Posteriormente, como señala Braunstein siguiendo a Heidegger, el gran poeta proto-romántico alemán Friedrich Hölderlin traduce el “deinótaton” griego como “Ungeheurer”, “monstruoso”... 

Luego Rilke habla, siguiendo la estela de Hölderlin, de “ángeles terribles”...

Aprovechando aquí sin dudas el pensamiento de Freud, Martin Heidegger, en su trascendente obra “Introducción a la Metafísica”, traduce al alemán el término griego “deinóteron” como “Unheimlichsten”. 

Como hemos ya señalado, desde López Ballesteros y de Torres, “primer” traductor de la obra completa de Freud al español, el término utilizado para traducir “Unheimlich” es “Siniestro”. 

Así lo hace también el filósofo español Eugenio Trías, por ejemplo, en su lúcida y hermosa meditación sobre la belleza, los límites y la razón fronteriza.

No obstante, la estética de Trías, a pesar de hablar de “exorcismos ilustrados” de lo siniestro, permanece finalmente prisionera de una concepción de la belleza como “velo del horror”, como luminosidad o “ekphanéstaton”, y no logra penetrar con auténtico vigor en el territorio de las estéticas rotas, del “atravesamiento del velo”, en el campo en torsión de las est/éticas del a-coso por la Cosa (das Ding), en fin, de las estéticas posjoyceanas de “lo real obsceno” y de “lo abyecto” —aquí no hablo de la banalidad pornográfica— que rompen con la idealización del Uno y con la “claritas” comprendida al modo tomista-escolástico.

Es preciso señalar que con la traducción se pierde lo que en alemán se expresa con el prefijo “Un”: algo “heimlich”, familiar, hogareño (“heim”: hogar), se ha convertido en “Un-heimlich”, en “a-hogareño” o en “no hogareño”, es decir, en extraño, desconocido, pavoroso, siniestro. 

“Uncanny”, en inglés, tiene todas estas connotaciones de arrastre que hemos mencionado, y es el término especializado que se utiliza para traducir al inglés el “Unheimlich” freudiano...
 
Es muy pertinente, por lo tanto, el uso de dicho término, “Uncanny”, al igual que el de “Unheimlich”, para describir la extrañeza que suscitan en nosotros muchas situaciones u obras de arte que “activan” la dimensión siniestra “propia” del Deseo humano, de la alteridad constituyente que nos “trabaja desde adentro”, de la otredad promisoria o benéfica, por un lado, y amenazante o maléfica por el otro, que desborda siempre, en su carácter de exceso, de real imprevisible, los límites de lo familiar y conocido.

Dicho lo anterior, nos resulta posible constatar otras dimensiones de lo estético que desbordan la vigencia de lo siniestro: aquellas categorías que Mark Fisher concibió como lo raro y lo espeluznante. En ambos casos, para el finado escritor británico desaparecido prematuramente, lo extraño, a diferencia de lo siniestro, procede de una cierta exterioridad imprevisible. El monstruoso paradigma de dicha exterioridad está insinuado en las extrañas y terroríficas criaturas de Howard Phillips Lovecraft.

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27 de marzo de 2012

Armando Almánzar-Botello

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lunes, 16 de marzo de 2015

JUNG Y LA SINCRONICIDAD. Un indescifrable caos-biblio-laberinto (Relato breve)

«Tyche, decían los griegos: encuentro indeterminado, no calculable, con lo Real...» Armando Almánzar-Botello 

«En el acto de morir /aquel hombre del espejo/, sorprendido no sintió demasiada impaciencia...» Armando Almánzar-Botello 

«La liberación hubiera sido amarla; entonces, entonces habría vivido. Ella había vivido (¿quién podría decir ahora con qué pasión?) porque le había amado por sí mismo, mientras que él nunca había pensado en ella (¡oh, con qué espanto lo veía ahora!) sino con la frialdad de su egoísmo y con la vista puesta en su utilidad.» Henry James: La bestia en la jungla 

«He sido siempre un gran amante de los libros. No solo por sus voces oportunas que te salvan, que te avisan del agua sigilosa y reflexiva escondida entre las rocas y arenas del desierto, sino también, en otras circunstancias, por su mágica y sabia reserva de silencio, como si ellos fueran de un modo fantástico, aleatorio, indiscernible discretos y enigmáticos organismos vivos...» Armando Almánzar-Botello 


Por Armando Almánzar-Botello

A Fredesvinda Báez Santana, indescifrado latido de la perla...
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Hará unos pocos años, ya tocada la ciudad por el soplo misterioso de la noche, después de buscar con vehemencia en mi caótica biblioteca un hermoso librito de la autoría de Aniela Jaffé titulado Personalidad y obra de Carl Gustav Jung, pude observar con gran tristeza, al encontrarlo, que su portada se había desprendido por el agotamiento y el deslustre que ocasiona en los libros —y en todo lo que existe— la secreta violencia ineluctable del tiempo. Descubrí también que la portada se había extraviado.

Un imprevisto y curioso fetichismo —en duelo por un objeto mágico perdido— se apoderó de mí en aquel instante.

Quería yo comprobar o confirmar de nuevo en ese texto la interpretación que daba Jaffé, tamizada por mi claroscura memoria, a las reflexiones que Jung había vertido en su magnífico libro autobiográfico Recuerdos, sueños, pensamientos, en torno a los vínculos misteriosos que se instauran entre los objetos inanimados y la psique de quienes son sus propietarios. 

Al descubrir el libro, pero sin portada, de la escritora discípula de Jung, no atiné a consultar en él aquello que me llevó a buscarlo y solo pensé: 

«¡Maldición! Ahora tendré que remover la biblioteca completa para encontrar esta maldita portada.»

Exploré al azar durante un largo rato, pero sin resultados tangibles. Me sentía triste y angustiado, como quien se pierde en un laberinto de incorpóreas evidencias. No podía evitar la irrupción de un siniestro pensamiento que sin cesar me aseguraba que yo era un simple ciego metafísico, sin ser Jorge Luis Borges... 

Entonces me dije en voz alta, casi en acto de invocación: 

«¿Y no voy a encontrar esta bendita portada, mi Dios de Misericordia? Pues dejaré de buscarla, y punto...»

En aquellos días, los muchos y variados libros de mi biblioteca no estaban muy ordenados, que digamos —aunque debo declararlo en honor justo a la verdad: ahora tampoco lo están—, y no descubrí en ese momento la razón por la que me sorprendí al divisar, en pleno caos y en las tinieblas superiores de un viejo anaquel que mi curiosidad no visitaba desde hacía varios años, el lomo verde (verde esmeralda como la esperanza, me dije quedamente a mí mismo en tono irónico y resignado) de un viejo libro sobre el gran explorador de los arquetipos: La psicología de C. G. Jung, de la autoría de otra brillante seguidora del sabio suizo, Jolande Jacobi. 

Bueno —me dije—, en ausencia de una lámpara, otra bella incandescencia...

La luz del cuarto no era muy precisa. Yo temía que todo se desvaneciera en simple ilusión óptica, y que la obra color esmeralda vislumbrada resultara no ser la de Jacobi sino otra de igual color, volumen y textura. 

Cuando logré subirme a la banqueta para alcanzar la tabla o el tramo donde creía divisar el libro de la escritora —temblando poliédrico el mundo a través de mi simbólica miopía y de la humedad de mis ojos irritados por el polvo—, lamentablemente no encontré el libro de Jolande Jacobi, no. Pero sí hallé, adherida a un volumen de Estadística parecido en el color al mencionado texto, la bendita portada de la obra de Aniela Jaffé, que había buscado tan afanosamente. 

Justo a un lado del libro color esmeralda de ciencia estadística, esperando casi de un modo circunspecto y casual, reposaba también una obra de la autoría del mismo Carl Gustav Jung: Sincronicidad como principio de conexiones acausales. Me quedé como roto por el rayo.

De inmediato, algo se rasgó en lo más profundo de mi ser y casi me caigo del banquillo, con mi cuerpo incompleto sacudido por una violenta risa freudiana.

Bañado en sudor y claridad escuché, al fin, la desnuda voz de una extraña mujer llamándome insistente desde la habitación contigua:

—¡Odnamra, Odnamra, Odnamra, acabo de hallar para ti el libro de Jolande Jacobi!

Y sería eso todo...

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2012. (Texto ligeramente retocado)

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1) Yo, en un área de mi biblioteca personal

2) Desde abajo, a la izquierda, en el sentido de las manecillas del reloj: Sigmund Freud; un túnel-laberinto y Carl Gustav Jung 

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