domingo, 22 de julio de 2018

ASTUCIAS DE LAS ISLAS...

«Al abandonar el libro, no lo abandonamos: habitamos su ausencia. Del mismo modo, fuera de su espacio común, únicamente legible para ellos, el guardián al pie del faro y el escritor lejos de su mesa.»  Edmond Jabès: Fragmento de “Carta a Jacques Derrida sobre la cuestión del libro”.

                              Geo Ripley, “Oddudua. La piedra que es vida”2005

Por Armando Almánzar-Botello


1

Tinta ofidia oficia en la oficina metafísica, 
falsía fonofálica de ósculos mefíticos. 

Viejas pieles de culebras, fragmentos de alfabeto, 
fetos de jutía en su eternidad taxidérmica...

Son astucias caribeñas, 
                                                rítmicos tambores,
borborigmos glosolálicos... 
                                                viscerales:                        
                       ¿poesía?


2

Amanece.
Traza un dedo silencioso el rumor del horizonte.

Al borde casi de mis letras,
báñanse desnudas mujeres en la playa. 

Oficia limpio el mar su verde soplo de infinito, 
y fluye su enigmática escritura el cefalópodo...

Aúlla en rojo la ciudad con la revuelta.
                                                                  Se abre al fin un libro:

En sus páginas la mano borra sombras de fonemas...



Septiembre de 2000



© Armando Almánzar-Botello. Santo Domingo, República Dominicana.

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sábado, 30 de junio de 2018

Misreading (1) de la escritura de Roland Barthes ¿Estructuralista / postestructuralista?

Barthes estructuralista, postestructuralista, vitalista...

Tiene razón Barthes cuando escribe: «Es cierto que existe un racismo antiintelectual, y que el intelectual sirve de chivo expiatorio como el judío, el pederasta, el negro. El proceso a los intelectuales se reactualiza periódicamente en Francia desde el romanticismo. Es un proceso entablado por “el buen sentido”, por la gran opinión conformista. Por lo que se llamaba en Grecia “la opinión recta”, es decir, lo que se supone que la mayoría debe pensar. La pequeña burguesía, clase mayoritaria, es peligrosa: zarandeada entre la burguesía y el proletariado, siempre terminó por adherir a los regímenes fuertes y fascistas (...) La menor dialéctica, la más mínima sutileza asusta tanto a esta gente de espíritu grosero que, para defender su propio espesor, traen a colación el buen sentido que suprime todos los matices.» Roland Barthes: El grano de la voz, Siglo XXI Editores, México, 1983, página 320

Por ARMANDO ALMÁNZAR-BOTELLO 


A Roland Barthes, in memoriam 
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     Si de entrada me perdonan el relativo descomedimiento, les diría que el artículo de  Christopher Domínguez Michael sobre Roland Barthes (1) “me” parece muy “datoso”, pastoso y finalmente, poco substancioso. 

     En su mayor parte lo que dice son “vérités de La Palice” o verdades de Perogrullo, con las que el distinguido y joven escritor, periodista e intelectual mexicano, Premio Xavier Villaurrutia 2004, “jala agua pa’ su propio molino”. 
 
     Eso último no estaría mal si lo hubiese hecho con la gracia y la inteligencia que precisamente lo caracterizan, pero, en este artículo ensayístico del talentoso y reconocido novelista, crítico e historiador mexicano, estos referidos atributos, a la luz de nuestro limitado entendimiento, “brillan de un modo resonante” por su “más cabal ausencia”. 

     A pesar de ello y bajo una forma muy curiosa, he disfrutado de su lectura...
 
     Para “mí”, algo muy importante en la superación de la doxa estructuralista del primer Barthes lo constituye el hecho de que el crítico francés habló, con posterioridad a la tesis tan cacareada de la “muerte del autor”, de un “retorno amistoso” de este —“Sade, Fourier, Loyola” RB—, pero no en su condición de personalidad civil, simplemente biográfico-especular, sino en su carácter de cuerpo: cuerpo erógeno, libidinal, escritural, textualizado: pluralidad de encantamientos, “escritura en alta voz” del cuerpo pulsional, decía Barthes, más próximo —anoto “yo” en los márgenes—, al cuerpo coreográfico de la “voz sin azogue”, al cuerpo complejo “auto-bio-tánato-heterográfico” que nos “teoriza” Jacques Derrida, o al “Cuerpo sin Órganos” (CsO) tal como lo piensan Artaud-Deleuze-Guattari… 
 
     Ver en esa mutación conceptual de Barthes, prefigurada en su maravillosa obra “S/Z” (1970), sobre el “Sarrasine” de Balzac, una “traición a la causa estructuralista”, un reflejo de deslealtad, hipocresía y “pedantería calculada”, revela, por parte del escritor y periodista mexicano, una mala fe hermenéutica o un simple y sorprendente desconocimiento del destino complejo y dinámico del pensamiento. Esta supuesta impotencia para comprender la necesidad histórica y epistemológica de un cambio teorético es algo que resulta injustificable y muy grave, dada la condición de historiador de las ideas que adorna con brillo al académico azteca.
 
     ¿O simplemente la postura fingidamente misoneísta de Domínguez Michael constituye un reflejo de la más reciente “geopolítica cultural reorientada” como Campo Unificado, en el marco de “nuevos acuerdos neoliberales de libre comercio cultural” y de nuevas cotizaciones de los “Clásicos” en la Bolsa de Valores culturales?... 
 
     En su etapa postestructuralista, Barthes, explícitamente, abandona, por ejemplo, al Gaston Bachelard de la analítica de lo “imaginario” para entrar en el terreno conceptual —sensiblemente modificado— del Jacques Lacan de la “jouissance”, del goce/placer del texto, de la letra y la escritura como “litera” o “litoral” del fenotexto/genotexto…  

     A pesar de lo que podríamos leer entre líneas en lo escrito por Domínguez Michael, en aquel Barthes post, pensador de la escritura y crítico de otro modo, se abre un campo teorético-reflexivo muy fértil para una relectura, no solo de los clásicos, sino de los modernos y los postmodernos...

     La “flexibilización” del autor de “Elementos de Semiología” con respecto al rigorismo positivista del estructuralismo duro, no implica un abandono mondo y lirondo de toda teoría. Entenderlo así sería reflejo de un déficit cognitivo de nuestra parte. Esto lo aceptaría, sin dudas, el brillante escritor mexicano cuyo artículo ocupa nuestras divagaciones.
 
     Por cierto, y como amplificación ilustrativa, especificamos que, a pesar de lo que creen los que nunca han sabido o podido leerla, la obra de Jacques Lacan, una de las improntas decisivas en la configuración de una buena parte del utillaje conceptual y metodológico del segundo Barthes, el postestructuralista, constituye, a la fecha, uno de los pensamientos críticos de mayor vitalidad y vigencia hermenéutica —no solo en el ámbito francoparlante e hispanoamericano, sino también en el resto de Europa, en Japón, y, sobre todo, en los Estados Unidos. 

     Esa obra lacaniana, traducida y comentada por críticos, psicoanalistas y pensadores como Terry Eagleton, Moustapha Safouan, Bruce Fink, Jacques-Alain Miller, Gianni Vattimo, Slavoj Žižek, Alain Badiou, entre otros, constituye un corpus decisivo para una más afinada comprensión de la literatura, el arte, la política y los problemas del mundo contemporáneo entendidos como síntomas a interpretar, explorar, merodear y recrear...
 
     La concepción barthesiana de la lectura como “relación autotransferencial del sujeto lector con el texto”, de inspiración poético-simbolista y freudo/derridiano/lacaniana, rompe con el estatuto del texto como simple “documento”, como “objeto científico” susceptible de “padecer”, en su análisis, el principio rigorista de exhaustividad propio del positivismo estructuralista. 

     Esto lo saben todos los que han leído a Barthes con cierta atención mínima. Ello no implica ninguna traición a la “revolución” estructuralista, sino la comprensión profunda de los límites de un método y la necesidad de cambiar de “espejuelos epistemológicos”. 
 
     En este párrafo de Christopher Domínguez Michael se revela toda la maligna “ingenuidad” erudita de los que piensan como él:
 
     «Yo apruebo la traición de Barthes pero no puedo sino dedicar un pensamiento a los engatusados. Si la teoría literaria solo era una ficción (así concluye Compagnon “Le démon de la théorie / Littérature et sens commun”, 1998), ¿no habría valido la pena, en vista de sus consecuencias nefastas, ahorrársela?». CDM. 
 
     Yo me pregunto, y le preguntaría también a Domínguez Michael en su condición de historiador de las ideas: ¿Cómo se puede “ahorrar” un intelectual los problemas conceptuales que impone la episteme o el paradigma gnoseológico de su época? ¿Cómo ahorrarse el momento “positivista” del estructuralismo francés, después del “agotamiento” crítico del modelo fenomenológico de finales de los años 50; período en que, el portaestandarte de este método —Jean-Paul Sartre—, se orienta hacia el análisis marxista de la sociedad?
 
     Hay que recordar que una de las legítimas acusaciones lanzadas contra la crítica literaria, existencialista o no, anterior al compromiso de Sartre con el marxismo, era que esta constituía —en el mejor de los casos—, una mera ejemplificación de la cartilla temática de Hegel y la fenomenología, o una cansada serie de modalizaciones del pensamiento de filósofos como Husserl, Heidegger, Sartre, Merleau-Ponty, Bachelard, Blanchot, Simone de Beauvoir… 

     A este repetitivo y jadeante “eruditismo” crítico solo servía de contrapunto, hasta el advenimiento del estructuralismo, el simple comentario impresionista, espontaneísta y caprichosamente banal, carente de rigor cognoscitivo, de consistencia conceptual y de auténtica criticidad. 
 
     Ese cuestionamiento a una empobrecida práctica crítico-literaria que asumía como bandera metodológica una desgastada lectura de la fenomenología y del existencialismo, estaba “implícito y latente” en los mismos sectores pensantes del Zeitgeist europeo, en las estructuras atmosféricas de conciencia intelectual de la época. En este sentido, hay pruebas palmarias que no es preciso mencionar en este contexto.
 
     El estructuralismo francés de los sesenta vino, como un “corte epistemológico” —Louis Althusser dixit—, a llenar la necesidad “dialéctica” —no le temo al uso de la palabrita ni del concepto en el ámbito de las llamadas ciencias humanas—, de establecer un diálogo entre el marxismo, el psicoanálisis, la antropología y la lingüística estructural—: piénsese, no más, en Lévi-Strauss, Foucault, Lacan y el mismo Althusser… 
 
     Todo ello tuvo, evidentemente, sus efectos inevitables sobre la teoría y la crítica literarias. Positivos y negativos. 

     Barthes fue en este aspecto un hombre de su época. Pero como Foucault, como Lacan, como Althusser, como Derrida... no permaneció anclado en los presupuestos conceptuales y metodológicos estructuralistas, por efecto del inteligente y poderoso dinamismo interno de su “propio” pensamiento.
 
     Barthes diría después que, con respecto a pensamientos como el de Lacan, Derrida y Deleuze, él se encontraba en la “retaguardia de la vanguardia”.                        
 
     Dicho sea de paso, Foucault, Derrida y Lacan nunca fueron estructuralistas ortodoxos. Recuérdese que Derrida, por ejemplo, afirma que su visión “gramatológica” desarrolla las exigencias más legítimas del estructuralismo pero que desborda este cancel epistémico. Lacan, por su parte, elabora un concepto de significante que por su torsión del concepto saussuriano de signo no es propiamente estructuralista, aunque parta de esa metodología. 
 
     Las acusaciones de impostura vendrán muchos años después, provenientes de “eminencias canallas” que nunca realizaron el esfuerzo de leer, en su justa dimensión, a un Lacan, a un Derrida, a una Kristeva o a un Deleuze… Resentimiento “imperial” del sentido común y el buen sentido contra la difícil coherencia crítica de las lógicas paraconsistentes y paradójicas.
 
     Cito este otro párrafo de Domínguez Michael que despierta también mis sospechas ideológicas:
 
      «En el centro del sistema de Barthes (adelanto así mucho de lo que no me gusta) había una hipocresía de origen, una deslealtad, un desprecio sofístico por la credibilidad del vulgo universitario, una pedantería calculada. Barthes fue el primero de los buenos lectores de Barthes que se dio cuenta de la impostura y actuó en consecuencia, se deshizo del teórico y dedicó su literatura al misterio supremo, el de su propia vida, amores y muertes». CDM.
 
    Este “odio” a la teoría y al pensamiento filosófico, que se transparenta en el anteriormente citado “montoncito de palabras”, resulta que no es más ni menos que un “mero mero” antiintelectualismo, una simple pose y un desconocimiento o “renegación perversa” del positivo impacto que el estructuralismo teórico-conceptual y metodológico —no solo en los ámbitos de la literatura y la critica— tuvo en su momento en la atmósfera cultural europea y mundial. 

     En las citadas palabras de Domínguez Michael se torna explícita, además, una creencia “ingenua” en la categoría problemática de “vida”, concepto que tantas reflexiones ha motivado desde Platón a Nietzsche, desde Bergson a Deleuze y Derrida, en sus relaciones con el arte y la literatura en particular… 

     La concepción de “la vida” que se perfila por detrás de las palabras del periodista y ensayista mexicano, trasluce un uso en verdad muy “fuzzy” (borroso), pueril y hasta cínico de esta categoría. El concepto de “vida” en Domínguez Michael es evidentemente prefilosófico, acrítico, forma parte de la vulgata del “sentido común” y del “buen sentido”. 

     Con dicho uso convencional del sintagma “propia vida, amores y muertes”, nuestro ensayista simula confundir el retorno amistoso del “autor”, aludido por el Barthes postestructuralista, con el retorno banal de la crítica impresionista, de la biografía “bruta” (novela que no se confiesa como tal, como decía el mismo Barthes), de las “mitologías de la propia vida” más convencionales y críticamente menos alertas y esforzadas, cónsonas con el batón, el botín, el bote y el boato, cuando no con el betún de la estigmatización segregativa oculta bajo las apariencias mentidamente “inclusivistas” de un burdo intuicionismo pragmático que propone como tesis epistémica un “agarra la gallina y retuércele el gollete”.
 
     Sin negar la caducidad de las preceptivas estrechas y las mutaciones históricas de las teorías literarias, debemos plantear, no obstante, que si bien podemos criticar y rechazar el cientificismo, un cierto “cientismo tautológico” carente de imaginación y de vida, consideramos también que la afasia, la agnosia, el déficit intelectual, el culto a los ídolos del mercado y la anestesia de la sensibilidad, no son síntomas y atributos exclusivos “del amplio proletariado intelectual y de la república de los profesores” (CDM), sino, además, de muchas prácticas escriturales cínicas e ideológicas orientadas a forcluir lo Real del sujeto contradictorio y plural, a rechazar la multiplicidad problemática de las culturas. Existen reductores intereses “político-literarios y culturales” patrocinados por consorcios, universidades, grupos de poder y decisión, gremios nacionales e internacionales. Esas instituciones conservadoras, efectivamente etnocéntricas y plutocráticas, financian y regulan, con selectiva y pragmática vocación hegemónica, los valores y puntos de vista de apreciación, los protocolos y contenidos de la investigación literaria y artística.

     Dos últimas observaciones sobre este escrito de Domínguez Michael. Esperé en su texto de marras, desde el principio, algo similar a esto que ahora repito:            
 
     «Me encanta en Barthes su lado, quién lo dijera, Cyril Connolly, autor al que probablemente ignoraba o despreciaba: “Roland Barthes por Roland Barthes”, “Fragmentos de un discurso amoroso”, “Diario de duelo”, tantas páginas de los seminarios póstumos, se parecen más, mucho más, con todo y sus ínfulas teoréticas, a los libros del crítico inglés (“Enemigos de la promesa”, “La tumba sin sosiego”) que a las obras de Gérard Genette o de Deleuze o a las novelas de Sollers». CDM. 

     La otra cita de este escrito que me resulta muy reveladora de la posición “ideológico-literaria” de Domínguez Michael con respecto a la dinámica histórica del pensamiento de Roland Barthes, es la siguiente:

     «Años después, en una nota de “Lo neutro”, explica Barthes, despectivo como un Des Esseintes, que lo que él vio durante la Revolución Cultural [en la China de Mao], la campaña anticonfuciana, se explicaba gracias a la vieja oposición binaria que separa la fijeza del movimiento, a Platón de Aristóteles, a Confucio de Lao Tse. Lo demás, miles y miles de muertos y la destrucción de la intelectualidad china, ¿por qué habría de importarle al gran mandarín venido de París?...». CDM. 

     En otro revelador contexto de sus escritos literarios (“La sabiduría sin promesa”, 2001), Domínguez Michael nos dice: “El lector del futuro tendrá tantas dificultades para distinguir a un comunista de un fascista como nosotros a los güelfos y gibelinos...” CDM.
 
     Acepto de antemano que puedo estar equivocado en mis juicios, pero, en sopesada lecto-escritura sintomática, así percibo la "finalidad" ideológica del texto sobre Roland Barthes escrito por el distinguido literato mexicano Christopher Domínguez Michael: Retorcido intento, ya comprobado como tal en otros casos análogos, de erosionar la vigencia de ciertos pensadores europeos franceses contemporáneos, arrojando sobre la singularidad de sus ideas y estilos de vida un lodo semántico de sospecha y descrédito ético-metodológico, generado por la mala fe de una parcializada y ambigua labor crítica que se revela, palmariamente, a favor de una rotunda supremacía del Zeigeist anglosajón. 

     Esa estrategia puede indicar, en el mejor de los casos, una simple “afinidad electiva” goethiana, un combate de intereses en el “mercado de valores culturales”, pero también, una cínica ideología conservadora enmascarada de jovial, “pastosa y datosa” erudición periodística y publicitaria...

     La vejez no es tan solo biológica. Muchos intelectuales académicos, en prematuridad impotentes y agotados *, escriben sus trucos mercadológicos y autopromocionales, sus  postverdades y engañosas letanías pseudoteoréticas y pseudolíricas en el contexto de lo que Jacques Derrida concibe como “artefactualité” y “actuvirtualité”: construcciones político-fantasmáticas de guiones existenciales “pasados por agua de rosas”, configuraciones de un mentido “real” domesticado y falaz que viene a presentarse como constelación de hechos, como supuesta actualidad y vigencia “tecnotelemediatizadas”, como “narrativa” perversa que forcluye la problematicidad de lo real al someterlo a una virtualidad programada tecnoelectrónicamente, como nos resaltó con extrema lucidez el escritor norteamericano William S. Burroughs, creador del sintagma “sociedades de control”, acuñado luego por Michel Foucault y Gilles Deleuze... 

     No se trata entonces de la oposición deleuziano-bergsoniana “virtual/actual”, sino de la trivial conversión del denominado campo trascendental de inmanencia —que constituye lo virtual postmetafísico— en una convencional, simple, imitativo-ilusionista y empobrecida “Virtual Reality” (VR) que, como bien señala un gran especialista español en medios de comunicación de masas, Román Gubern, viene a encarnar la consumación de la metafísica occidental de la presencia en su modo semiótico-representativo más insulsamente albertiano. 

     En su pueril afán de lograr una banal inmortalidad inmanente a través de sus muy relativamente valiosas producciones, esos “ancianos” inmaduros “sueñan contemplar, discretamente, ocultos tras las tumbas, el escenario luctuoso de su [inevitable y] propio enterramiento”... por la espectralidad de la escritura pasada y por venir...
 
Armando Almánzar-Botello

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Marzo de 2010

© Armando Almánzar-Botello. Santo Domingo, República Dominicana. Reservados todos los derechos de autor.
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     * Los referidos intelectuales, a pesar de su cultura y de su no tan avanzada edad, parecen actuar por simple sentido “nostálgico-juvenil” de la competencia en el mercado, entendida esta competencia como demostración “falófora” de vigor y de una supuesta sabiduría hija de la experiencia, de un poder fálico-simbólico que se “prolonga” de manera farmacéutica... Lo que no deja de resultar bastante ridículo y neoliberal...

Copyright © Armando Almánzar Botello. Reservados todos los derechos de autor. Santo Domingo, República Dominicana.
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3 de octubre de 2016 

MARIO VARGAS LLOSA CONFIESA NO ENTENDER EL DISCURSO DEL PENSADOR Y PSICOANALISTA FRANCÉS JACQUES LACAN. ¡¡Y QUÉ CON ESO!!

     Por Armando Almánzar-Botello

     ¡Qué insulsa, qué irresponsable, superficial y deshonesta “crítica” la de Mario Vargas Llosa a lo más valioso de la intelectualidad progresista francesa del pasado siglo XX! 

     Y lo más ridículo y penoso es que lo hace por “interpósita persona”, valiéndose del ensayo “¿Para qué los filósofos?” de la autoría de un personaje “tan lúcidamente conservador” como lo fue Jean-François Revel, cuya obra gris en la distancia resulta casi por completo irrelevante y prescindible si la comparamos con lo escrito por figuras de la magnitud de Martin Heidegger, Claude Lévi-Strauss, Jacques Lacan, Michel Foucault, Roland Barthes, Gilles Deleuze o Jacques Derrida. 

    Mathieu Ricard, monje budista con gran formación científica, hijo de Jean-François Revel, quizá resulte más autorizado que su difunto padre y que Mario Vargas Llosa para emitir juicios filosóficos sobre la obra sutil, polifónica y compleja de Jacques Lacan.

     Si el escritor peruano-español no “entiende” al psicoanalista y pensador francés Jacques Lacan, dicho desencuentro intelectual constituye o presupone el testimonio de una memorable y significativa limitación cognitiva de don Mario Vargas Llosa, un desfallecimiento de su potencia crítico-hermenéutica, mas no una limitación teorética o estilística de Jacques Lacan. 

     Otras relevantes personalidades intelectuales, sin ser Premios Nobel de nada pero sí verdaderos filósofos o pensadores críticos, tales como Philippe Lacoue-Labarthe (+), Alain Badiou, Moustapha Safouan (+), Slavoj Žižek, Jean-Joseph Goux, Jacques-Alain Miller, Jean-Luc Nancy (+), Christian Chambet, Jean-Claude Milner, Jorge Alemán Lavigne, François Regnault, Bruce Fink —por solo citar una docena de importantes figuras del pensamiento filosófico, lingüístico y psicoanalítico más vigoroso y actual—, no solamente entendieron y entienden el discurso complejo de Jacques Lacan en su particular historicidad, sino que han seguido, en muchos aspectos, las directrices trazadas por este fértil pensamiento. 

    No todo es “vagina dentata”... ¡Ah la presumida vanidad de ciertos “glandes” dentados!

Armando Almánzar-Botello 

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3 de octubre de 2016 (Textos online)

© Armando Almánzar-Botello. Santo Domingo, República Dominicana. Reservados todos los derechos de autor.
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10 de junio de 2011

     Manifesté mi estratégica resistencia teórico-política al modelo neoliberal desde el momento mismo de su implantación en la Rep. Dominicana, cuando se comenzó a hablar de la “desregulación” de códigos y normativas locales entendiéndolos “indiscriminadamente” como instancias retardatarias que impedían nuestro acceso a una verdadera modernización. Trabajaba yo entonces en el Centro Dominicano de Promoción de Exportaciones (CEDOPEX) y fui testigo de... ¡Bueh!

     Los resultados de esa desregulación (in)discriminada y sobrecodificada por intereses “ocultos”, están hoy a la vista: la franja entre entre ricos y pobres es mayor, las desigualdades sociales se han incrementado por efecto de la doble velocidad de la economía, como resultante vectorial a su vez —entre otros muchos factores—, del descuido a que están sometidos nuestros “aparatos productivos” en sentido general... Aquí interviene mi metáfora de “atractores extraños en la sombra” para aludir a los agentes o instancias que condicionan ese fenómeno terrible de la desigualdad creciente en el planeta, y especialmente en nuestras sociedades del Tercer Mundo. 

     Menciono de paso la apuesta que significó para mí textualizar esa confusión de rasgos, tiempos y ritmos históricos que vivía y vive lo vernáculo (no sólo dominicano), en un texto simultáneamente poético, ensayístico y narrativo de 1993, “Cazador de Agua”, que figura, retocado, en mi libro homónimo publicado por la Editora Nacional en 2003. 

     Temas posibles para los Estudios Culturales Postcoloniales…

Armando Almánzar-Botello 

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10 de junio de 2011

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ADENDA 2020

     Por Armando Almánzar-Botello

     No son tan disímiles “los pensamientos filosóficos” y los “pensamientos literarios”. 

     Existe, explícita o implícitamente, una relación esencial entre ellos de la que ofrecen o dan testimonio figuras como Platón (gran artista de la escritura literaria), Cervantes, Shakespeare, Sófocles, Dostoievski, Heidegger, Derrida, Sartre... 

     Como dicen Gilles Deleuze y Felix Guattari: No son la misma cosa pensar con el “concepto” filosófico; pensar con funciones lógicas y matemas (como en la ciencia) y pensar con “perceptos y afectos” (tal como es el caso del arte, y en particular de la literatura y la poesía). Son diferentes formas de pensamiento que inevitablemente resuenan una en la otra, conformando lo que Deleuze-Guattari denominan “cerebro-sujeto”. 

     Toda literatura profunda filosofa; toda filosofía relevante se abre al arte, a la literatura, a la poesía. Hay gran filosofía implícita en las obras narrativas y poéticas de Hermann Hesse, de Thomas Mann, de San Juan de la Cruz, de Paul Valéry, de Marcel Proust, de Rainer Maria Rilke, de César Vallejo, de Paul Celan, de Franklin Mieses Burgos, de Oliverio Girondo, de Manuel del Cabral, de Antonio Fernández Spencer... 

     Simétrico-inversamente, hay gran literatura en las obras de Platón, Spinoza, Diderot, Schopenhauer, Bergson, Ortega y Gasset, Nietzsche, Sartre, Pedro Henríquez Ureña, José Carlos Mariátegui... 

     En el caso del gran escritor Mario Vargas Llosa sigue existiendo una relación entre su escritura y la filosofía (aunque no sea filosofía sistemática). 

     La causa de que intelectuales como Jean-François Revel y Vargas Llosa condenen a ciertos escritores contemporáneos es de naturaleza política, es asunto de supremacía cultural. Se trata de neutralizar, en la “geopolítica cultural del campo unificado”, todo pensamiento que pueda oler a comunismo o simplemente a izquierdas, marxistas o no. 

     La descalificación de cierto Sartre, de cierto Lacan, de cierto Derrida, corre de la mano de un perverso y paradójico “culturalismo neoliberal” que pretende anular, “hacer olvidar”, hacer desaparecer, borrar del archivo... 

     Muchos intelectuales, escritores y artistas pseudocríticos, (semi)letrados y oportunistas, personajes realmente privados de vigor conceptual y de capacidad de abstracción, le siguen irreflexivamente los pasos a don Mario Vargas Llosa, quien es, sin lugar a dudas, un valioso y laureado autor de ficción en la más importante literatura contemporánea de Hispanoamérica, pero simultáneamente un machacón, árido, sociologizante y despotenciado teórico neoliberal.

     Lo realizado por él y por el abominable difunto Jean-François Revel, constituye una especie de purga ideológica, una suerte de “macarthismo ilustrado”, de nueva y pseudoepistemológica caza de brujas, con el objetivo de imponer, por un lado, una hegemonía intelectual conservadora y anglófila, mentidamente “antiesotérica”, que actúa de hecho en nombre de una falsa democracia intelectual del sentido común y del buen sentido, y por el otro, una hipócrita y supuesta crítica de la “civilización del espectáculo”, concebida esta última por ellos como un “salvoconducto letrado” para olvidar los reclamos de las oralidades combativas e irreductibles, las culturas mutantes, híbridas o mestizas latinoamericanas y europeas, la indomeñable polimorfia de los estamentos populares de un mundo pluricultural que se resiste a la globalización etnocéntrica, homogeneizante y financiera. 

     ¡Viva el Fondo Monetario Internacional! ¡Viva la OEA! ¡Viva el imperialismo de los Estados Unidos de Norteamérica! ¡Viva el capitalismo neoliberal enmascarado! ¡Vivan las oligarquías glocales pseudodemocráticas!

© Armando Almánzar-Botello. Santo Domingo, República Dominicana. Reservados todos los derechos de autor.

NOTAS: 

1. El término misreading (“mala lectura creativa”) puede prestarse a malentendidos —siempre inevitables, según Baudelaire, Freud, Proust, Lacan, Bloom—. Mi uso de dicho concepto en el título del presente artículo no tiene una intención normativa, “correctiva” o canónica. Según el mismo Harold Bloom, quien acuña la noción de marras, no hay posibilidad de leer un texto sin “misreading”, sin mala lectura, sin desvío con respecto a lo que podría entenderse como una intención explícita del autor. Para la interpretación de un texto —por más orientado, planificado, contraefectuado y dirigido que este se ofrezca al sujeto receptor— no hay más referencia firme que el juego abierto de las diferencias. La “buena lectura” sería la lectura pasiva, yerta, que no aporta nada, que no explora la posibilidad de producir nuevos sentidos generados por la interacción del sujeto lector y la materialidad significante del texto. No hay recepción “genuina” de una herencia, de un legado, de los valores registrados en un archivo, sin un “pensar rememorante-distorsionante” (mala lectura creativa) que actúa, quiéralo el sujeto o no, sépalo o no, en todo acto de recepción de los textos y los dones simbólicos.

2. Ver: Christopher Domínguez Michael: «Otra pena en observación. “Diario de duelo” de Roland Barthes», en revista “Letras Libres”, México, febrero 2010

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        Roland Barthes (1915-1980)

domingo, 24 de junio de 2018

LA OBSCENA BANALIDAD

«...Los regímenes de la pornografía dura, el llamado “casting del horror”, los “banales realismos tremendistas” (reality-show), todo “espectacularizado”, neutralizado por un insulso exceso de presencia, forman parte de lo que Jean Baudrillard denomina “lo obsceno”.

Lo que diferencia este tipo de aproximación a lo Real de aquella que realiza el arte auténtico y el pensamiento crítico a través de sus recursos semióticos polivalentes, estriba en que, bajo el reino espectacular de lo obsceno, la Cosa (Das Ding), el otro y lo Real están sometidos a una voluntad perversa de goce y, finalmente —de un modo indirecto, enmascarado—, a una sobre-exposición de lo “dado” bajo el control tecnológico del cálculo y la eficacia...» Armando Almánzar-Botello
                              Iván Tovar: La plume aveugle, 1969

Por Armando Almánzar-Botello


En cierta etapa del llamado movimiento antipsiquiátrico de los años 60 y 70, Cooper, Laing, Esterson, Schatzman, entre otros como el gran pensador francés Michel Foucault, señalaron el carácter deletéreo de cierta ideología represiva y familiarista de origen judeo-cristiano, en tanto que negadora del cuerpo (“la carne abyecta y pecaminosa”) y promotora de la rivalidad, los celos, la envidia y la competencia descarnada en el núcleo mismo de la familia.

Todo ello vino a traducirse, de acuerdo con esos críticos del sistema y su ideología, en un apuntalamiento neurótico de los valores del capitalismo clásico calvinista tal como lo concibe Max Weber: capitalismo racionalista del ahorro, la disciplina y el trabajo duro, unido esto a la abstinencia, la doble moral y el enmascaramiento hipócrita de la sexualidad, la competencia en el mercado, el rechazo y/o la satanización burguesa y puritana del placer y del cuerpo erógeno...

Como nos recuerda el sociólogo norteamericano Daniel Bell, las cosas han cambiado de modo significativo en la llamada post-modernidad hedonista post-industrial (sociedad capitalista de control), con relación al puritanismo tradicional de base religiosa que caracterizó a la sociedad capitalista disciplinaria precedente.

Hoy, como efecto de un retorno en bruto de lo reprimido, el mandato superyoico viene a constituir una imposición simétrico-inversa a la represión anterior de primer grado que operaba sobre el placer y el goce. En nuestros días se vive bajo el imperio del ¡goza, consume, disfruta lo más que puedas!

Como señala de forma reiterada el psicoanálisis lacaniano, en la actualidad el sujeto se siente culpable solo de no gozar lo suficiente, y la “morbosidad” que se hace patente en ciertas figuraciones o representaciones de las “Evas”, “Adanes” y androginias “metastásicas” postmodernas pretende ofrecernos el testimonio mediático de una plena liberación de la sexualidad...

De hecho, estamos en presencia de otra modalidad de manipulación de los sujetos, quizá más brutal y retorcida que la puritana: la sobre-exposición de la desnudez de los cuerpos desdiferenciados viene a constituir un empuje a su homogeneización molar en la absoluta transparencia mercantil de los signos. Resultados: depresión, bulimia, anorexia, frigidez, impotencia...

Jean Baudrillard concibe dicho exceso como “la banalidad de lo obsceno”, como promoción de una presencia carnal “pornográfica”, a entender en su carácter de trivialización espectacular del erotismo que pretende obligar a este a que abandone su calidad compleja de juego imaginativo y creador abierto a ciertos devenires libidinales rebeldes, moleculares y no programables...

Paradójicamente, dicha exposición postmoderna de la carnalidad, mediática y desmesurada, liberadora solo en apariencia, opera como negación real del cuerpo erógeno al robarle a este los gradientes de reserva y misterio que se expresan, de un modo relativo y oblicuo, en el velo de la vellosidad púbica del sexo femenino como erion o vellocino (Derrida), por ejemplo, y en los rituales del galanteo y la seducción...

Finalmente, intentaría yo escribir ahora lo indecidible y lo indecible, aquello que Jacques Lacan denomina el “enigmático goce femenino, erótico, más allá del falo”... el misterio gozante que se oculta en el sexo selvático y laberíntico de la mujer... Pero no. Ello sería el tiempo del poema...

Aunque “La Mujer” no exista: ¡viva la belleza plural de las mujeres no totalizables! Punto y aparte. 



© Armando Almánzar-Botello. © 2015. Santo Domingo, República Dominicana.


Dos enlaces relacionados con este:

Blog Otros Textos Mutantes
https://almanzarbatalla.blogspot.com/2015/04/inclementes-guaridas-el-acoso-de-la.html


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domingo, 27 de mayo de 2018

La mujer tejedora

«La mujer es secreta: / apariencia pintada, / como libro de estampas para indoctos / que esconde un texto místico, tan sólo / revelado a los ojos que traspasan / adornos y atavíos. / Quiero saber quién eres tú: desvístete...» John Donne. (Fragmento de su poema To His Mistress Going To Bed, en traducción de Octavio Paz).

«...Estar loco, en efecto, es creer que se está completo, armoniosamente íntegro, plenamente realizado. Solo los muertos están completos, pero exclusivamente para ellos mismos, no para los gusanos ni para la memoria de los sobrevivientes... Por eso dice Georges Bataille, refiriéndose en este caso a una mujer totalmente embriagada por el goce, presa del delirio erótico: “Eres bella como el miedo, estás loca como una muerta...” Únicamente los muertos, los locos, las mujeres y los místicos, cuando verdaderamente gozan, están plenos, bañados por una beatífica luz negra de completitud...» Armando Almánzar-BotelloIntroducción a la lectura de Jacques Lacan.
                          
                   Pierre-Auguste Renoir. 
    "Marie-Thérèse Durand-Ruel".
      1882 (óleo sobre lienzo).

Por Armando Almánzar-Botello


Sustentados por el pensamiento mitopoético, por la historia, por la antropología, por lo mágico, muchos artistas y pensadores de diversas culturas han establecido un vínculo profundo entre la mujer, la textualidad y la sutil ceremonia de tejer, entendida esta como don vitalizante y acto generalizado y milagroso de escritura. 

Para Jacques Lacan, por ejemplo, la mujer es tejedora por excelencia: teje los litorales y meandros del goce...

La mujer no solo inventa la agricultura, sino también el arte sutil de los tejidos... 

Además de ser al mismo tiempo agua, lluvia y luego cántaro maravilloso, de simbolizar el trazado de las líneas de fuga y de fuerza pre-originarias en el espacio potencial de lo mixto constituyente —pre-cósmico, caósmico y cósmico—, ella trenza y mueve los hilos que luego conforman el tejido tecno-humano de la artificialización y el cyborg (D. Haraway), del hipertexto sin linderos, potencial y descentrado, del granulado y la fina textura de la vida muerte (J. Derrida) problemática y secreta...

Jacques Derrida, Julia Kristeva y Hélène Cixous piensan que la mujer, a pesar de las apariencias históricas y del falogo-fono-centrismo binarista y jeraquizante, hace y deshace textos, bordes, pretiles de seguridad, cuerpos y realidades, a través de la construcción y deconstrucción salvífica de nudos y tejidos, enfrentando la intemperie amenazante del no ser, la pobreza del Uno y su autarquía impertinente, los reclamos oscuros de la mala infinitud y del vértigo intratable... 

Matriz de la metáfora textil y transmutante, potente y enigmática en la urdimbre del rizoma femenino (khôraPlatón, Derrida), la mujer participa del simbolismo de la tierra nutricia, de la oblatividad redentora en segundo grado: fundación, erosión, fundición y refundación políticas y constantes de lo simbólico por mediación de la materialidad contradictoria de lo semiótico...

Para Julio Cortázar, las mujeres tejen cuando han encontrado en esa labor el gran pretexto para no hacer nada... Un no hacer nada que, paradójicamente, funda la posibilidad misma de la Cultura y el Arte, concebidos estos de un modo indeterminado, incierto, a-teleológico...

Más todavía: El suspenso provisorio de masculinidad inasignable (Deleuze, Badiou) que llamamos hombre o padre, constituye una invención o actualización de un devenir-mujer virtual en lo inmanente, un artificio tético de la metáfora en la línea metonímica de fuga creada por lo femenino neutro (Almánzar-Botello: 1995) y su fluir ilimitado... 

Yo diría, matizando y extrapolando los vislumbres de Lacan, Deleuze y Badiou, que la mujer, como signo privilegiado, teje, incansablemente, campos de fuerzas libidinales indiscernibles o gradientes erógenos inasignables, habilita vías de tránsito para los encuentros y desencuentros del sinsentido y el sentido, de lo masculino y lo femenino, de la pulsión y la Deutung, del Cuerpo sin Órganos y sus n sexos.

Ella, eterna ironía de la sociedad, no obstante borda, teje para construir en el trapecismo histórico-cultural, simbólico-erótico y pre-ontológico del Homo sapiens, redes o mallas protectoras contra la deriva fría de la muerte, contra la simple locura padecida y su caída ciega en la fatalidad sin fondo...

La mujer inventa, transforma, reinventa, sueña, figura, teje micropolíticamente para definir límites mutantes y laberintos flexibles de fronteras; para cartografiar y acotar el abismo del goce más allá del significante unívoco...para dibujar las aventuras multiformes del deseo en el intenso territorio potencial de la inmanencia...

Aunque algunas mujeres mutiladas en sus cuerpos-almas (y otros cansados y estériles hombres, todavía de un modo peor que las mujeres) solo saben tejer, triste y torpemente, los chismes domésticos del macho y de la hembra, la turbulencia entrópica del polvo dinerario, la banalidad catastrófica de yertas imágenes y grafemas carcomidos, la guerra nihilista del Mercado: vanas, insubstanciales o perversas intrigas de la muerte.



Junio de 2014


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domingo, 6 de mayo de 2018

PARPADEAR: Nietzsche, Heidegger, Lacan y el mal de ojo en la fase del espejo...

Bajo el imperio irrisorio del Das man (“uno” impersonal de Heidegger): «El parpadear ontológico es una inconfesada, hipócrita, intermitente obturación del ser. Al igual que el bostezo como indiferencia o retracción frente a la alteridad radical, constituye un recurso para evadir la potencia del deseo del Otro. El parpadear heideggeriano es un bloquear por consenso la finitud del Dasein, un ocultar y olvidar su proyectualidad, su apertura, su aventura, su inerradicable y real imprevisibilidad-libertad...» Armando Almánzar-Botello

«“Nosotros hemos inventado la felicidad”, dicen los últimos hombres, y parpadean». Friedrich Nietzsche

«¿Cuál es el tipo de representación en la que se demoran los últimos hombres? Los últimos hombres parpadean. ¿Qué significa esto? El “parpadeo” se relaciona con los “destellos intermitentes”, con el “brillo”, con la “apariencia”. Parpadear significa procurar y bloquear un aparecer y una apariencia, una apariencia que se consensúa como algo válido, lo cual se produce con un acuerdo recíproco, aunque no comentado explícitamente, de no seguir explorando lo bloqueado. Parpadear equivale al bloquear consensuado, que en definitiva ya no requiere ningún acuerdo, de los entes objetivos en su primer plano, cifrando allí lo único que ha de tener validez, y estableciendo eso como la manera básica que el hombre tiene de explotarlo y tasarlo todo». Martin Heidegger


Heidegger y Lacan. Brevísima notita en torno “a” un pequeño cotejo conceptual...

Por Armando Almánzar-Botello


  Reiteremos el llamado “doble rostro” del “objeto a” en el pensamiento de Lacan: por un lado, el “a” como tapón, como obturador imaginario de la carencia, como plus-de-goce inmediato, como “letosa-gadget” disponible o “mercancía fetiche”, y, por el otro, el “objeto a” como lo que se escapa a la especularización de la falta, como objeto real causa del deseo y vacío de la falta en el Otro barrado o tachado. Esta última vertiente del “objeto a” apunta al goce con un incremento de tensión que no comporta inmediatez de placer sino un ejercicio del “parlêtre” que aspira al goce en la “escala invertida de la ley de su deseo” (Lacan). 

Heideggerianamente con Lacan podemos entonces postular, de nuestra propia cosecha, que:

La primera vertiente que mencionamos del objeto a, la taponadora, la obturadora, la bloqueadora, se relacionaría esencialmente con lo que Heidegger entiende como aquella modalidad de la razón representativa, calculadora, utilitaria, instrumental, que aspira a estabilizar el objeto para ponerlo ante ella como apariencia bloqueadora del pensamiento del ser, como ente visible, “tasable y explotable” (Heidegger), y poder así establecer con dicho objeto una relación de mera “apropiación simple”, no de co-apropiación o trans-apropiación.

De forma inversa, el objeto a en su vertiente de “lo que se fuga”, de lo que se sustrae, de lo que se escapa bajo el carácter de hueco impensado y obturado mancha, mirada evanescente y elidida por la visión y el ojo, en lo esencial viene a relacionarse con la dimensión bloqueada del pensamiento del Ser en tanto que, según nos dice Heidegger, “todavía” no pensamos...

Esta vertiente del objeto a, en su condición de causa real del deseo y posibilidad de abrir el pensamiento a lo (im)posible, al más allá en la copertenencia poética, es lo que “se nos sustrae y nos arrastra consigo, con independencia de que lo notemos o no inmediatamente, con independencia de que ni siquiera lo notemos.” (Heidegger).

Por la vía de ese retirarse, por la senda o la ruta de lo que se nos escapa o se nos sustrae, por la línea de fuga del “objeto metonímico a” (Lacan), “nos hallamos en camino hacia lo que nos atrae, y nos atrae escapándosenos.” (Heidegger).

Evidentemente inspirado por cierto pensamiento heideggeriano, Jacques Lacan establece una diferencia significativa entre “la realidad” y “lo real”, entre ojo-visión (función representativa) y mirada (exceso con respecto a la representación). Ambas oposiciones resultan equivalentes a la diferencia y contraposición entre las dos modalidades del objeto a, el cual, en su vertiente de fuga y deriva metonímica viene a ser definido por el psicoanalista y pensador galo como “semblante del ser”.

El parpadear de la representación intermitente, bloqueadora, elusiva, y la tautológica persecución por el sujeto del objeto a como gadget, mercancía-tapón o “letosa” [letosa: Lacan: concepción y versión irónica de un “objeto de vitrina” que parece guardar una relación pervertida con la aletheia, con la verdad como develamiento], constituyen vertientes limitadas o degradadas de aproximación al ser, formas inesenciales que obturan la desgarradura y el desgarramiento, la falla, la fisura, el hiato, el hueco, el vacío, la carencia, la posibilidad misma de despotenciar (Trías) a la subjetividad trascendental o absoluta propia de la tra(d)ición metafísica... Ellas podrían relacionarse con el modo en que utiliza la razón calculadora cierta frívola y taimada farándula canalla para poder situarse frente a lo existente apropiándoselo sin resto en la aniquilación bulímica del ser. 

Dichas modalidades metafísicamente fallidas de acercamiento sin proximidad, se vinculan con el uso que hacen del pensamiento calculador y representativo esas criaturas humanas que conciben el mundo al modo geométrico-fractal, como pura reserva energética a ser utilizada y consumida (ergon a explotar sin párergon), o casi como un juego complejo, algorítmicamente programado cual jugoso y realista espot publicitario tetradimensional... 

Los sujetos parpadeantes del pensar calculador y a-contingente, vienen a fungir como sabios animales políticos, doctos especuladores y agiotistas devenidos en maniquíes filantrópicos; como falsos poetas de una mentida serenidad clásica o de una terrible y leonina gárgara neobarroca; como sesudos logoteóricos manicuristas; como trapecistas en sobrepeso “vengativamente felices”, amantes de la democracia y el “gregarismo individualista”; en fin, como paranoicos y espurios filósofos de un pensar mercurial, mezquino, (im)piadoso y redituable. ¡Ellos, los dueños de la tierra, nuestros padres, nuestros hermanos y amigos, nuestros hijos, los últimos hombres!..

Repetimos hacia adelante la diferencia en el retorno re-pidiendo a Jacques Lacan: Es preciso resaltar aquí —ante la fórmula de la fantasía perversa (a$), fórmula que parece otorgar al sujeto perverso actuando en el lugar de agente la misma posición estructural que asume el analista en la transferencia—, que si bien el psicoanalista “hace semblante” del objeto a, no se identifica completamente con dicho objeto en su vertiente obturadora como sí lo efectúa el perverso, cuya voluntad de goce (Lacan) lo induce a considerarse a sí mismo como un objeto plenipotenciario imprescindible para generar el supuesto goce absoluto del otro en tanto que figura sometida, escindida subjetivamente ($), situada en el lugar del masoquismo, y finalmente torturada y eviscerada por el perverso.

El analista, en el proceso analítico, hace semblante del objeto a en su modalidad de fuga metonímica, hueco y vacío de lo real. Con ello promueve en el analizado, finalmente, el atravesamiento del fantasma [entendido este como “apariencia” en el sentido heideggeriano del término]... y/o... el “saber hacer allí con” (savoir-y-faire avec: resolver o arreglárselas con) le symptôme.

Estamos ahora ante una suerte de “ir más allá del padre” y de cierta modalidad de relación con los semblantes [en tanto que formas de la significación] después de servirse de ellos: un “ir más allá” que comporta una “identificación con el sinthome”... con lo “incurable” (Lacan) del goce acotado y singular, específico de cada sujeto, cuando el Deseo ya no aspira sino a lo Real imposible, a lo todavía innominable que se sustrae como goce temperado de un pensamiento por venir y que ahora secretamente nos asedia... 


7 de noviembre del 2015 


© Armando Almánzar-Botello. Santo Domingo, República Dominicana.



MAL DE OJO Y OJO PROFILÁCTICO. Lo alopático y lo homeopático en el registro escópico lacaniano:

F. WAHL: —Usted ha dejado de lado un fenómeno que se sitúa, como el mal de ojo, en la civilización mediterránea, y que llamamos el ojo profiláctico. Tiene una función de protección durante un cierto trayecto y está ligada, no a una detención, sino a un movimiento.

J. LACAN: Lo que hay de profiláctico es, por así decirlo, alopático, tanto si es el cuerno, el coral, o cualquiera de esas mil cosas cuyo aspecto es más claro, como la turpicula res, descrita por Varrón, según creo: se trata simplemente de un falo. Pues, en tanto que todo deseo humano está basado en la castración, el ojo adquiere su función virulenta, agresiva, y no simplemente engañosa como en la naturaleza. Podemos recoger entre esos amuletos formas en las que se dibuja un contra-ojo. Eso es homeopático. Por ese sesgo llegamos a introducir la llamada función profiláctica.

»Creía, por ejemplo, que en la Biblia tenía que haber pasajes en los que el ojo confiriese la suerte favorable. En algunos recodos he vacilado, pero decididamente no. El ojo puede ser profiláctico, pero en cualquier caso no es benéfico, es maléfico. En la Biblia, e incluso en el Nuevo Testamento, no hay buen ojo, pero malos los hay en todos los rincones.» Jacques Lacan: Seminario 11, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis (1964), Barral Editores, S. A., España, 1974, pp. 127, 128
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Adenda:

«HUMILLE LA MALA MIRADA OTRA MIRADA PEOR» Tristan Corbière

     PREGUNTA: ¿Por qué el ojo profiláctico en Lacan es homeopático y no alopático?

     RESPUESTA de Fredesvinda Báez Santana:

«Hay que partir del presupuesto de que para Jacques Lacan no hay ojo benéfico. Para su concepción todo ojo petrifica, es castigador, asesino, mutilante, maléfico, virulento, destructivo... El valor apotropaico, protector o profiláctico del ojo resulta entonces homeopático: una especie de ojo malo contra ojo malo, de “filo contra filo no corta”; “una mala mirada para la mirada asesina”, como dice un gran poeta francés... Para que haya función alopática del ojo tendría que haber un buen ojo enfrentando a un mal ojo. Pero como dice Lacan, no hay buen ojo. Todo ojo remite a la castración del sujeto que se sabe mirado. En el caso de que se requiera necesariamente una profilaxis alopática de la mirada, el resguardo contra el mal de ojo no podría ser otro ojo sino un símbolo fálico que reniegue la castración, un simbolo de vida o de sanación: un cuerno, una manecita con el dedo índice extendido, un estrellita, un corazón, un animalito totémico...» Fredesvinda Báez Santana. Santo Domingo, República Dominicana. Reservados todos los derechos de autor.

«Bostezar es tedio, aburrimiento, vapores de lo inerte, ausencia del deseo; estornudar es viaje turbulento, gaseoso erotismo de membranas, nasal orgasmo que culmina en un olvido, prosodia catastrófica del vértigo, instante sin linderos del vacío... Estornudo: Noche obscura del alma, subida al Monte Carmelo seguida de un brusco descenso... ¡Deus absconditus al alcance de cualquiera!» A. Almánzar-Botello
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MARTA TRABA Y LAS «VANGUARDIAS EN EL VACÍO». Divagaciones orientadas en torno a la identidad, el compromiso, lo político, el humor negro, el intelectual, el arte y el dolor del otro…

     Por Armando Almánzar-Botello

Marta Traba, la gran crítica de arte argentino-colombiana que falleciera de forma lamentable en un accidente aéreo en 1983, hablaba en los años setenta de “vanguardias en el vacío” para referirse a cierta práctica latinoamericana y caribeña del arte y el pensamiento que, sencillamente, repetía de un modo acrítico, subalterno, colonialista, al margen de las especificidades y la naturaleza de las circunstancias locales, todo lo que fuere discurso estético impuesto por las grandes metrópolis y las aduanas.

Muchas veces, o casi siempre, esta aceptación de lo foráneo se producía sin reparar en la verdadera calidad de esos productos importados.

Desarrollando este concepto, Marta Traba planteaba en los años setenta un severo cuestionamiento a cierto cosmopolitismo, paradójicamente provinciano, de vocación esnobista y subordinada, que profería un ciego y acrítico “sí” a casi todo lo que como propuesta creativa o intelectual procediera de los Estados Unidos, de Europa y de otros lugares hegemónicos promovidos como tales por la dinámica internacional de la época.

Aunque no coincido totalmente con los casi siempre lúcidos planteamientos de la desaparecida escritora y crítica de arte argentino-colombiana, creo que las ideas de Traba en el momento en que fueron planteadas, encontraron su justificación como pertinente crítica cultural e ideológica a cierta forma de neocolonialismo.

Reconocemos que hoy, en pleno año 2004 del siglo XXI, los procesos multidimensionales de la llamada Globalización, el carácter vitalizante, ineludible y necesario que reviste la coapropiación entre lo vernáculo y lo transvernáculo, el gran “interaccionismo físico y virtual” propio de un mundo mediáticamente planetarizado, etc., etc., son factores que obligan a reconceptualizar las llamadas “identidades culturales latinoamericanas” (tema de gran debate en los años sesenta y setenta), en términos de flujos, devenires rebeldes, diagramas de fuerzas, “esencialismos estratégicos”, apropiación-distorsión de tradiciones mayores, mestizajes, hibridaciones y aires “transgénicos” de familia, más que si de meras esencias a-históricas se tratara.

Octavio Paz, en plenos años 70-80, afirmaba no creer en la esencia inconmovible de los pueblos, y rechazaba la “identidad cultural” entendida como una simple inmovilidad ahistórica, ontológica, petrificada, para pasar a idearla en términos dialógicos, modales, carnavalescos, diferenciales y polifónicos, como un baile de máscaras o disfraces en perpetuo movimiento…

No obstante, jamás debemos perder de vista la “admonición” epistemológica de Marta Traba, o por lo menos, una cierta versión de lo defendido por ella casi como una dialéctica entre lo “propio” y lo “impropio”, frente a la vocación imperialista y neocolonial de ciertas metrópolis y políticas culturales.

Lo rescatable de su postura crítica podría ser redescrito y redefinido en términos de una teoría de la complejidad neocolonial y postcolonial, que toma en cuenta la interrelación antropolítica, multivalente, abierta al acontecimiento imprevisible y no programado, tal como la concibe y formula Edgar Morin cuando nos transmite la necesidad de la fórmula: “pensar global/actuar local; pensar local/actuar global”, para poder “inteligir” mínimamente lo que acontece en el mundo contemporáneo…

Por otro lado, el pensador alemán Theodor W. Adorno (miembro de la Escuela de Frankfurt y posteriormente, junto con Max Horkheimer, creador de la llamada “Teoría Crítica”) consideró que toda “filosofía trascendental”, todo análisis de vocación purista, filosófico-académica, se encuentra inscrito en una red concreta de mediaciones histórico-sociales que tornan inconsistente la pretensión de aislar el pensamiento filosófico de los restantes saberes, disciplinas y prácticas sociales.

Para Adorno, como para otros pensadores que responden a los nombres de Heidegger, Derrida o Deleuze, la “ambición trascendental del concepto” se ve reducida, redefinida y reorientada por el reconocimiento de cierto carácter histórico, diferencial o inmanente del proceso de creación conceptual, proceso que se descubre ligado, de una forma u otra, a la historia, a una “exterioridad” o a una “complicatio” entendida como campo de mediación entre lo trascendental y lo empírico, tal como ya el mismo Kant lo establece en su concepción de “la imaginación trascendental” como generadora de esquemas de comunicación o pasaje entre la intuición (inerradicable) y el concepto.

De ahí que un pensador como Derrida hable de “cuasitrascendentalidad”, para referirse a una estrategia de pensamiento que acepta como necesarios la vocación y el pasaje por “lo trascendental”, pero vaciando subsiguientemente a esta última categoría de todo intento metafísico de absolutización e hipóstasis.

Gilles Deleuze, por su parte, habla de una “heterogénesis del pensamiento” que implica la resonancia, en el seno de una socialidad generalizada, entre “conceptos”, “personajes conceptuales”, funciones lógicas y matemas, perceptos y afectos… No existe una zona de asepsia que pueda presentarse, como “valor” trascendental, independientemente de un inevitable proceso de “contaminación” que implica esa mencionada resonancia entre lo filosófico, lo artístico, lo político, lo creativo, lo ecológico, etc., etc.

Algunos lectores se preguntarán el porqué de este mi actual juego de lenguaje, las razones, si las hay, de mi hasta repetitivo y cuasi “didascálico” decir en este particular contexto.

A esa interrogante intento responder ahora diciendo que no pretendo aquí operar un simple ejercicio de estilo que reitere, con cierto donaire, ideas manidas o insulsas para con ello reeditar el hastío de los mínimamente pensantes o propiciar, una vez más, el mayor regocijo redundante de los eunucos hedonistas del pseudo-concepto. ¡No!

Escribo estas líneas al observar en nuestro país a intelectuales y artistas que presumen de ser “logopuristas” y “apolíticos”, que conciben como un “valor” real su mañosa “apertenencia” ideológico-política, su mentido “desinterés” por los asuntos “mundanos”.

Ellos consideran innecesaria la apertura de sus mentes a cierta “exterioridad del acontecimiento” que pueda ir un poco más allá de la simple novedad editorial de autopromoción, un poco más allá de la intelección de “lo político” como estricto “apandillamiento” partidista con fines de lucro agiotista-egotista y amarrado a las insignias del Amo.

Ellos, “esfingeizados” a la sombra de ciertos poderes, no despliegan reales intensidades de solidaridad y conciencia que atraviesen las banalidades y dogmas de capilla estético-cognitivos (con pretensiones de textos sagrados), en los que indolentemente chapotean como relacionistas públicos del Diablo; no desbordan las “intrigas, disfrutes y oportunismos clánicos” en los que se ausentan de todo EL DOLOR que aúlla en el “afuera” de su mundo; no subliman el comprobable deseo que padecen de torturar al prójimo o de simplemente anularlo.

Ellos son alabarderos de las perversidades del Sistema Capitalista y de los divertimentos insubstanciales constituidos por ciertas modas y retóricas “mutilantes”, ahora llamadas postmodernas, en un presumido “todo vale cuando lo dice mi cuadrilla o mi turba”. ¡Ellos son los presumidos nacionalistas del Ego hipertrofiado que se disfraza de humildad, mientras le retuerce con académica sabiduría mundana el pescuezo a la Gran Gallina Criolla!

Parafraseando a Marta Traba, podríamos llamar a esos “artistas”, “pensadores” y sujetos sociales del oportunismo: la “intelectualidad política en el vacío”, aunque algunos de ellos puedan ser exitosos mercachifles y expertos en aviesas y rentables componendas comerciales, “pedagógicas”, burocráticas y político-partidistas.

Creo en la libertad de cada sujeto para elegir su estrategia cognitiva junto con sus códigos y protocolos de desempeño mundano, pero también creo en la transformativa función crítica del intelectual y del artista.

Por más que hayan cambiado sus roles en el siglo XXI, sus FUNCIONES TRANSGRESIVO-CONSTRUCTIVAS no son (ni lo serán jamás) contribuir a dar eficiencia al proceso de producción de más detritus y banalidades en la semiosfera, manteniéndose de espaldas, por cobardía o por simple conveniencia mezquina, a procesos históricos que, de una u otra forma, impactan sobre la noción problemática de esos ámbitos que denominamos “la vida”, “una vida”, “la vida la muerte”; campos complejos e interrelacionados de la ciencia, la producción económico-social y los saberes, el amor, el cuerpo y las pasiones, las diversas disciplinas, la organización del trabajo, el sentido de la fiesta y de las artes.

Durante una cierta etapa crucial de la Segunda Guerra Mundial, escritores como Thomas Mann y Hermann Hesse (por citar ahora exclusivamente a dos grandes de la narrativa alemana moderna), se mantuvieron en confinamiento, relativamente al margen de los relevantes y decisivos acontecimientos que se operaban en Europa desencadenados por los múltiples y complejos intereses en juego, pero este repliegue o retiro estratégico hacia cierta territorialidad “privada” propia del escritor burgués, no implicó por parte de los autores mencionados una huida cobarde hacia lo imaginario ni una renuncia a reflexionar sobre la guerra y la situación espiritual de Europa y del mundo en ese convulso período histórico.

Ahí están, como testimonio del esfuerzo y la apertura a la problematicidad del mundo de estos dos escritores paradigmáticos, las eminentes deflagraciones textuales que constituyen obras como “Doktor Faustus” y “Juego de Abalorios”, entre otros escritos explícitamente alusivos a los importantes acontecimientos por los que atravesaba el mundo en esos años.

El arte tiene sus modos particulares de semiotización y simbolización, los artistas e intelectuales utilizan diferentes herramientas para transmitir los resultados del impacto del mundo sobre su sensibilidad, sobre su orbe interior, sobre su campo ideoafectivo.

Samuel Beckett, por ejemplo, parecía apolítico, ¡pero no! Tal como nos revela Theodor W. Adorno, lo histórico y lo “antropológico-político” alcanzan en la obra del irlandés el estatuto filosófico de lo trascendental, mediado por la forma estética estallada. Lo mismo acontece con Franz Kafka, según nos han mostrado Deleuze y Guattari en su obra “Kafka. Por una literatura menor”, texto en el que figura un Kafka trabajado por lo socio-político y, en particular, próximo al movimiento anarco-sindicalista de su época, según nos confirma también Klaus Wagenbach, uno de los biógrafos del genio judío-checo de lengua alemana.

El mismo carácter ideológico-político se oculta y se manifiesta, simultáneamente, en la obra del gran poeta judío-alemán Paul Celan.

A su vez, si juzgáramos a Louis-Ferdinand Céline solo por sus panfletos y su accionar político instrumental, no sería más que un fascista abominable; pero ahí está su obra fictiva con real valor trascendente, donde se pone de manifiesto, por el vigor incandescente de su escritura, el “atravesamiento” de toda ideología pangermanista, autoritaria, colonialista, nacionalista, imperialista o belicista.

También, el Jorge Luis Borges que apoyó a las fuerzas colonialistas e imperialistas británicas en la Guerra de Las Malvinas; el Borges simpatizante del ominoso régimen de Augusto Pinochet en Chile; el Borges que se reía sin compasión alguna del rapto del padre de un famoso cantante considerado por él de muy baja calidad musical, ese Borges es redimido por una obra que, paradójicamente, sirve a un pensador crítico anticolonialista y antiautoritario, como lo es Jacques Derrida, para ilustrar, en una cierta zona y etapa de su pensamiento, las categorías teorizadas por el filósofo francés como “deconstrucción” y “diseminación”... Desde luego, como bien lo dijo Marta Traba hace largos años, la gran obra de Borges materializa su real valor literario y su peso específico en la literatura moderna con independencia de las apreciaciones y juicios hermenéuticos emitidos por un Michel Foucault o por un Jacques Derrida...

No obstante, algunos intelectuales dominicanos, a pesar de sus componendas explícitas o soterradas con los poderes más duros y conservadores, no son redimidos de sus errores políticos o de su hipócrita presunción de asepsia ideológica por la real calidad de su escritura. Permanecen en su rol de meros publicistas y traficantes internacionales de méritos. ¿No es motivo esta triste realidad para que lancemos a los cielos de la patria una desgarrada y transgresiva carcajada artaudiana?

Como siempre nos recuerdan Gilles Deleuze y Felix Guattari, todo pensador o artista es necesaria e inevitablemente “político”, construye un Cuerpo sin Órganos que participa de lo político, ya sea porque aborde con su obra, de una forma directa, temas de consabida naturaleza política, o porque inaugure y distinga, en la semiótica exploración “(in)visible, (infra)sónica o (infra)semántica” que constituye su actividad escritural teórica, poética o de ficción, territorios o espacios nuevos de socialidad potencial desde los cuales se pueda manifestar, percibir o generar una más compleja y abisal urdimbre de “lo político”, lo histórico-social y lo (in)humano.

Todo verdadero gran artista pone de manifiesto, tematiza, insinúa o revela sutilmente las transformaciones explícitas o implícitas de las subjetividades micropolíticas de su mundo, los fenómenos que se presentan en su época definidos como “desubjetivación” y “resubjetivación” procesuales de los sujetos. Más allá de todo nacionalismo cerrado y de toda identidad petrificada, él explora los litorales y el rumor de los “acontecimientos” que se producen en su tiempo histórico, las variaciones del Zeigeist, los cambios colectivos, muchas veces imperceptibles —moleculares, microfísicos—, que se operan en las modalidades históricas de goce, productividad y semiotización.

Finalmente, recuerdo que un pensador dominicano de tanta penetrante seriedad crítico-literaria y artística, filológica y filosófica, como lo fue nuestro gran Pedro Henríquez Ureña, nunca le “sacó el cuerpo mulato y mestizo”, en sus diversos y esclarecedores ensayos y reflexiones, a los problemas concretos y acontecimientos de naturaleza histórico-política de su país y de su época, cuando fueron percibidos por nuestro ilustre humanista como hechos con valor “emancipatorio”, liberador, para la América Latina o para la Humanidad en su conjunto.

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Agosto del 2004

© Armando Almánzar-Botello. Santo Domingo, República Dominicana. Reservados todos los derechos de autor.
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EL «DESEO INCONSCIENTE» NO ES UNA CATEGORÍA PSICOLÓGICA

     Por Armando Almánzar-Botello

Cuando digo que el estatuto del deseo inconsciente no es psicológico, no intento poner normas o reglamentos al deseo, solo pretendo poner un mentís a la falsa concepción según la cual el psicoanálisis es una rama de la psicología.

Según Jacques Lacan el estatuto del deseo inconsciente no es psicológico ni ontológico, sino ético.

Lo que dice el pensamiento de Jacques Lacan al respecto se desprende del freudiano «Wo Es war, soll Ich werden»: «Donde Ello era, Yo debo [advenir] devenir».

Esto no implica un mero psicologismo voluntarista sino que se impone como resultado de la relación transferencial entre analizado y analista.

El inconsciente para Freud no es meramente descriptivo. El inconsciente descriptivo y operativo de un Piaget o de un Chomsky no es el singular inconsciente simbólico freudo-lacaniano ni el inconsciente real del lacanismo.

En Freud y en Lacan el centralismo de la conciencia queda subvertido; el sujeto del deseo inconsciente no es el sujeto psicológico de la intencionalidad; no es el cogito prerreflexivo ni mucho menos el cogito reflexivo.

El psicoanálisis no es mera psicología; él define su propio territorio de funcionamiento: para Jacques Lacan «inconsciente», «repetición», «pulsión» y «transferencia» son los cuatro conceptos fundamentales de esa disciplina.

El psicoanálisis no es un mandato psicológico al goce sino una ética del deseo... Etcétera.

Para interrogar con pertinencia sobre determinados aspectos de una disciplina hay que poseer una formación específica. No toda pregunta es válida, parsimoniosa o relevante.

Los conocimientos “generales” sobre un tema en el contexto de una determinada disciplina no autorizan la seriedad de nuestra argumentación sobre él; ni siquiera garantizan la pertinencia de las preguntas...

Sin pretender paralelismos forzados, recuerdo en una ocasión al antropólogo Claude Lévi-Strauss pidiéndole cortésmente suspender el diálogo a un entrevistador, después del antropólogo comprobar que el periodista no dominaba la cartografía mínima de la disciplina en cuestión y que hablaba por hablar. Etcétera.

© Armando Almánzar-Botello. Santo Domingo, República Dominicana. Reservados todos los derechos de autor.
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NOTA BREVÍSIMA SOBRE AMOR Y DESEO

«El hábito no hace al monje ni mucho menos al creador, oh amigos psicodélicos y “(psico)analistas”... Un simple mono alucinado solo vislumbra bananas...» Armando Almánzar-Botello

«Entre estos dos términos que contituyen, en esencia, el amante (erastés) y el amado (erómeno), observen ustedes que no hay ninguna coincidencia. Lo que le falta a uno no es lo que está, escondido, en el otro. Ahí está todo el problema del amor. Que se sepa o no se sepa no tiene ninguna importancia. En el fenómeno, se encuentra a cada paso el desgarro, la discordancia.» Jacques Lacan: El seminario, Libro VIII La transferencia, Editorial Paidos, 2003, página 51

     Por ARMANDO ALMÁNZAR BOTELLO

La incapacidad patológica de amar y desear, la denominada “afánisis”, en su carácter de una desaparición o ausencia del deseo, fue teorizada originalmente por el gran psicoanalista galés Ernest Jones, alumno y biógrafo de Freud, como el temor del sujeto a dicha desaparición o desvanecimiento de su potencia deseante y erótica.

Años después, Jacques Lacan le imprime un giro de ciento ochenta grados a esta concepción de la afánisis elaborada por Jones.

Sustentado en su marco teórico y en su experiencia clínica, Lacan viene a concebir la afánisis —a la inversa de Jones—, no como temor a perder el deseo sino como renuncia “estratégica” a este, como supuesta defensa o refugio neurótico del sujeto para intentar salvaguardarse del Deseo del Otro, de la castración y de la muerte.

Para esta concepción lacaniana, la afánisis se disfraza en muchas ocasiones con los prestigios de la ciencia y de la mercadotecnia, entendidas estas por Lacan, siguiendo a cierto Heidegger, como dispositivos funcionales o mecanismos ideológicos que conducen a la supresión del sujeto pasional como ser problemático en el mundo, a la instrumentalización de dicho mundo entendido entonces como Ge-Stell (estructura técnica de emplazamiento y homegeneización).

El sujeto y la Cosa (das Ding) se ven así peligrosamente sometidos y reducidos a las ideologías del control y de la desecación productora, orientadas como tales a producir una subjetividad estandarizada, una serialización de los objetos del Deseo y el Goce bajo la apariencia de una pseudodiferenciación, de un supuesto valor agregado.

Observemos aquí el caso actual de las tecnociencias con su complemento pragmático ineludible: el “psicobiopoder”, con sus mecanismos al servicio del capitalismo mercantil y financiero.

Hacia “la plaza fuerte de su yo” se orienta el difuso individuo del consumo conspicuo, hedonista, suntuario, en vulgar ejercicio de su paradójico voluntarismo ciego, ingenuo pero engreído, pseudoindividualista y oscuramente gregario, para evitar confrontarse con lo que el exceso de un Deseo descarnado, causado por el “objeto a” como vacío real, implica de posibilidad de “fading”, de fuga, desapropiación, incertidumbre, vacilación, indecidibilidad, desvanecimiento y esforzada redefinición de la subjetividad en la llamada “experiencia radical de los límites”.

Resultados de esta impotencia psíquica, de esta defensa compulsiva contra un Deseo no programado por el Yo y que escapa al freudiano “principio del placer como simple homeostasis o evitación de lo displacentero”, son el tedio de envergadura antropológico-epocal y planetaria, el aburrimiento postmoderno, la estrategia de “ligue polivalente” pero sin compromiso profundo con el otro, el llamado “amor líquido” (Zygmunt Bauman), la simple promiscuidad y/o el intento de convertir al mercado en “partner” absoluto que suministra gadgets, mercancías, “cositas”, tapones para obturar la falla ontológica o la grieta ineludible del ser.

Sobrevalorando los bienes ofrecidos por el mercado como simples obturadores de la carencia ontológica, el sujeto, en su alienación postmoderna, renuncia al ejercicio liberador y a la tensión de un deseo fronterizo que apunta al goce y que atraviesa, con su potencia, ciertos umbrales del dominio establecido. Se limita, sencillamente, a chapotear en el placer hedonista, “publicitario”, en tanto que aviesa “mascarada del goce”.

El sujeto, entonces, vive y padece la simple adquisición compulsiva o conspicua de mercancías como un mecanismo inconsciente de “resistencia” que viene a compensar, neuróticamente, sus minusvalías psicosociales.

Como nos recuerda la gran psicoanalista e historiadora francesa Élisabeth Roudinesco: En esta frívola, cobarde, insolidaria y nihilista sociedad de consumo, ¡hay que reinventar el amor, el auténtico vínculo social y la familia como espacio potencial generador de saludable subjetividad!

Armando Almánzar-Botello

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Julio de 2012. Santo Domingo, R. D.

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