domingo, 6 de mayo de 2018

Parpadear: Nietzsche, Heidegger, Lacan...

Bajo el imperio irrisorio del Das man (“uno” impersonal de Heidegger): «El parpadear ontológico es una inconfesada, hipócrita, intermitente obturación del ser. Al igual que el bostezo como indiferencia o retracción frente a la alteridad radical, constituye un recurso para evadir la potencia del deseo del Otro. El parpadear heideggeriano es un bloquear por consenso la inevitabilidad de la muerte del DaseinArmando Almánzar-Botello

«“Nosotros hemos inventado la felicidad”, dicen los últimos hombres, y parpadean». Friedrich Nietzsche

«¿Cuál es el tipo de representación en la que se demoran los últimos hombres? Los últimos hombres parpadean. ¿Qué significa esto? El “parpadeo” se relaciona con los “destellos intermitentes”, con el “brillo”, con la “apariencia”. Parpadear significa procurar y bloquear un aparecer y una apariencia, una apariencia que se consensúa como algo válido, lo cual se produce con un acuerdo recíproco, aunque no comentado explícitamente, de no seguir explorando lo bloqueado. Parpadear equivale al bloquear consensuado, que en definitiva ya no requiere ningún acuerdo, de los entes objetivos en su primer plano, cifrando allí lo único que ha de tener validez, y estableciendo eso como la manera básica que el hombre tiene de explotarlo y tasarlo todo». Martin Heidegger


Heidegger y Lacan. Brevísima notita en torno “a” un pequeño cotejo conceptual...

Por Armando Almánzar-Botello


  Reiteremos el llamado “doble rostro” del “objeto a” en el pensamiento de Lacan: por un lado, el “a” como tapón, como obturador imaginario de la carencia, como plus-de-goce inmediato, como “letosa-gadget” disponible o “mercancía fetiche”, y, por el otro, el “objeto a” como lo que se escapa a la especularización de la falta, como objeto real causa del deseo y vacío de la falta en el Otro barrado o tachado. Esta última vertiente del “objeto a” apunta al goce con un incremento de tensión que no comporta inmediatez de placer sino un ejercicio del “parlêtre” que aspira al goce en la “escala invertida de la ley de su deseo” (Lacan). 

Heideggerianamente con Lacan podemos entonces postular, de nuestra propia cosecha, que:

La primera vertiente que mencionamos del objeto a, la taponadora, la obturadora, la bloqueadora, se relacionaría esencialmente con lo que Heidegger entiende como aquella modalidad de la razón representativa, calculadora, utilitaria, instrumental, que aspira a estabilizar el objeto para ponerlo ante ella como apariencia bloqueadora del pensamiento del ser, como ente visible, “tasable y explotable” (Heidegger), y poder así establecer con dicho objeto una relación de mera “apropiación simple”, no de co-apropiación o trans-apropiación.

De forma inversa, el objeto a en su vertiente de “lo que se fuga”, de lo que se sustrae, de lo que se escapa bajo el carácter de hueco impensado y obturado mancha, mirada evanescente y elidida por la visión y el ojo, en lo esencial viene a relacionarse con la dimensión bloqueada del pensamiento del Ser en tanto que, según nos dice Heidegger, “todavía” no pensamos...

Esta vertiente del objeto a, en su condición de causa real del deseo y posibilidad de abrir el pensamiento a lo (im)posible, al más allá en la copertenencia poética, es lo que “se nos sustrae y nos arrastra consigo, con independencia de que lo notemos o no inmediatamente, con independencia de que ni siquiera lo notemos.” (Heidegger).

Por la vía de ese retirarse, por la senda o la ruta de lo que se nos escapa o se nos sustrae, por la línea de fuga del “objeto metonímico a” (Lacan), “nos hallamos en camino hacia lo que nos atrae, y nos atrae escapándosenos.” (Heidegger).

Evidentemente inspirado por cierto pensamiento heideggeriano, Jacques Lacan establece una diferencia significativa entre “la realidad” y “lo real”, entre ojo-visión (función representativa) y mirada (exceso con respecto a la representación). Ambas oposiciones resultan equivalentes a la diferencia y contraposición entre las dos modalidades del objeto a, el cual, en su vertiente de fuga y deriva metonímica viene a ser definido por el psicoanalista y pensador galo como “semblante del ser”.

El parpadear de la representación intermitente, bloqueadora, elusiva, y la tautológica persecución por el sujeto del objeto a como gadget, mercancía-tapón o “letosa” [letosa: Lacan: concepción y versión irónica de un “objeto de vitrina” que parece guardar una relación pervertida con la aletheia, con la verdad como develamiento], constituyen vertientes limitadas o degradadas de aproximación al ser, formas inesenciales que obturan la desgarradura y el desgarramiento, la falla, la fisura, el hiato, el hueco, el vacío, la carencia, la posibilidad misma de despotenciar (Trías) a la subjetividad trascendental o absoluta propia de la tra(d)ición metafísica... Ellas podrían relacionarse con el modo en que utiliza la razón calculadora cierta frívola y taimada farándula canalla para poder situarse frente a lo existente apropiándoselo sin resto en la aniquilación bulímica del ser. 

Dichas modalidades metafísicamente fallidas de acercamiento sin proximidad, se vinculan con el uso que hacen del pensamiento calculador y representativo esas criaturas humanas que conciben el mundo al modo geométrico-fractal, como pura reserva energética a ser utilizada y consumida (ergon a explotar sin párergon), o casi como un juego complejo, algorítmicamente programado cual jugoso y realista espot publicitario tetradimensional... 

Los sujetos parpadeantes del pensar calculador y a-contingente, vienen a fungir como sabios animales políticos, doctos especuladores y agiotistas devenidos en maniquíes filantrópicos; como falsos poetas de una mentida serenidad clásica o de una terrible y leonina gárgara neobarroca; como sesudos logoteóricos manicuristas; como trapecistas en sobrepeso “vengativamente felices”, amantes de la democracia y el “gregarismo individualista”; en fin, como paranoicos y espurios filósofos de un pensar mercurial, mezquino, (im)piadoso y redituable. ¡Ellos, los dueños de la tierra, nuestros padres, nuestros hermanos y amigos, nuestros hijos, los últimos hombres!..

Repetimos hacia adelante la diferencia en el retorno re-pidiendo a Jacques Lacan: Es preciso resaltar aquí —ante la fórmula de la fantasía perversa (a$), fórmula que parece otorgar al sujeto perverso actuando en el lugar de agente la misma posición estructural que asume el analista en la transferencia—, que si bien el psicoanalista “hace semblante” del objeto a, no se identifica completamente con dicho objeto en su vertiente obturadora como sí lo efectúa el perverso, cuya voluntad de goce (Lacan) lo induce a considerarse a sí mismo como un objeto plenipotenciario imprescindible para generar el supuesto goce absoluto del otro en tanto que figura sometida, escindida subjetivamente ($), situada en el lugar del masoquismo, y finalmente torturada y eviscerada por el perverso.

El analista, en el proceso analítico, hace semblante del objeto a en su modalidad de fuga metonímica, hueco y vacío de lo real. Con ello promueve en el analizado, finalmente, el atravesamiento del fantasma [entendido este como “apariencia” en el sentido heideggeriano del término]... y/o... el “saber hacer allí con” (savoir-y-faire avec: resolver o arreglárselas con) le symptôme.

Estamos ahora ante una suerte de “ir más allá del padre” y de cierta modalidad de relación con los semblantes [en tanto que formas de la significación] después de servirse de ellos: un “ir más allá” que comporta una “identificación con el sinthome”... con lo “incurable” (Lacan) del goce acotado y singular, específico de cada sujeto, cuando el Deseo ya no aspira sino a lo Real imposible, a lo todavía innominable que se sustrae como goce temperado de un pensamiento por venir y que ahora secretamente nos asedia... 


7 de noviembre del 2015 


© Armando Almánzar-Botello. Santo Domingo, República Dominicana.



MAL DE OJO Y OJO PROFILÁCTICO. Lo alopático y lo homeopático en el registro escópico lacaniano:

F. WAHL: —Usted ha dejado de lado un fenómeno que se sitúa, como el mal de ojo, en la civilización mediterránea, y que llamamos el ojo profiláctico. Tiene una función de protección durante un cierto trayecto y está ligada, no a una detención, sino a un movimiento.

J. LACAN: Lo que hay de profiláctico es, por así decirlo, alopático, tanto si es el cuerno, el coral, o cualquiera de esas mil cosas cuyo aspecto es más claro, como la turpicula res, descrita por Varrón, según creo: se trata simplemente de un falo. Pues, en tanto que todo deseo humano está basado en la castración, el ojo adquiere su función virulenta, agresiva, y no simplemente engañosa como en la naturaleza. Podemos recoger entre esos amuletos formas en las que se dibuja un contra-ojo. Eso es homeopático. Por ese sesgo llegamos a introducir la llamada función profiláctica.

»Creía, por ejemplo, que en la Biblia tenía que haber pasajes en los que el ojo confiriese la suerte favorable. En algunos recodos he vacilado, pero decididamente no. El ojo puede ser profiláctico, pero en cualquier caso no es benéfico, es maléfico. En la Biblia, e incluso en el Nuevo Testamento, no hay buen ojo, pero malos los hay en todos los rincones.» Jacques Lacan: Seminario 11, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis (1964), Barral Editores, S. A., España, 1974, pp. 127, 128
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Adenda:

«HUMILLE LA MALA MIRADA OTRA MIRADA PEOR» Tristan Corbière

     PREGUNTA: ¿Por qué el ojo profiláctico en Lacan es homeopático y no alopático?

     RESPUESTA de Fredesvinda Báez Santana:

«Hay que partir del presupuesto de que para Jacques Lacan no hay ojo benéfico. Para su concepción todo ojo petrifica, es castigador, asesino, mutilante, maléfico, virulento, destructivo... El valor apotropaico, protector o profiláctico del ojo resulta entonces homeopático: una especie de ojo malo contra ojo malo, de “filo contra filo no corta”; “una mala mirada para la mirada asesina”, como dice un gran poeta francés... Para que haya función alopática del ojo tendría que haber un buen ojo enfrentando a un mal ojo. Pero como dice Lacan, no hay buen ojo. Todo ojo remite a la castración del sujeto que se sabe mirado. En el caso de que se requiera necesariamente una profilaxis alopática de la mirada, el resguardo contra el mal de ojo no podría ser otro ojo sino un símbolo fálico que reniegue la castración, un simbolo de vida o de sanación: un cuerno, una manecita con el dedo índice extendido, un estrellita, un corazón, un animalito totémico...» Fredesvinda Báez Santana. Santo Domingo, República Dominicana. Reservados todos los derechos de autor.

«Bostezar es tedio, aburrimiento, vapores de lo inerte, ausencia del deseo; estornudar es viaje turbulento, gaseoso erotismo de membranas, nasal orgasmo que culmina en un olvido, prosodia catastrófica del vértigo, instante sin linderos del vacío... Estornudo: Noche obscura del alma, subida al Monte Carmelo seguida de un brusco descenso... ¡Deus absconditus al alcance de cualquiera!» A. Almánzar-Botello
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MARTA TRABA Y LAS «VANGUARDIAS EN EL VACÍO». Divagaciones orientadas en torno a la identidad, el compromiso, lo político, el humor negro, el intelectual, el arte y el dolor del otro…

     Por Armando Almánzar-Botello

Marta Traba, la gran crítica de arte argentino-colombiana que falleciera de forma lamentable en un accidente aéreo en 1983, hablaba en los años setenta de “vanguardias en el vacío” para referirse a cierta práctica latinoamericana y caribeña del arte y el pensamiento que, sencillamente, repetía de un modo acrítico, subalterno, colonialista, al margen de las especificidades y la naturaleza de las circunstancias locales, todo lo que fuere discurso estético impuesto por las grandes metrópolis y las aduanas.

Muchas veces, o casi siempre, esta aceptación de lo foráneo se producía sin reparar en la verdadera calidad de esos productos importados.

Desarrollando este concepto, Marta Traba planteaba en los años setenta un severo cuestionamiento a cierto cosmopolitismo, paradójicamente provinciano, de vocación esnobista y subordinada, que profería un ciego y acrítico “sí” a casi todo lo que como propuesta creativa o intelectual procediera de los Estados Unidos, de Europa y de otros lugares hegemónicos promovidos como tales por la dinámica internacional de la época.

Aunque no coincido totalmente con los casi siempre lúcidos planteamientos de la desaparecida escritora y crítica de arte argentino-colombiana, creo que las ideas de Traba en el momento en que fueron planteadas, encontraron su justificación como pertinente crítica cultural e ideológica a cierta forma de neocolonialismo.

Reconocemos que hoy, en pleno año 2004 del siglo XXI, los procesos multidimensionales de la llamada Globalización, el carácter vitalizante, ineludible y necesario que reviste la coapropiación entre lo vernáculo y lo transvernáculo, el gran “interaccionismo físico y virtual” propio de un mundo mediáticamente planetarizado, etc., etc., son factores que obligan a reconceptualizar las llamadas “identidades culturales latinoamericanas” (tema de gran debate en los años sesenta y setenta), en términos de flujos, devenires rebeldes, diagramas de fuerzas, “esencialismos estratégicos”, apropiación-distorsión de tradiciones mayores, mestizajes, hibridaciones y aires “transgénicos” de familia, más que si de meras esencias a-históricas se tratara.

Octavio Paz, en plenos años 70-80, afirmaba no creer en la esencia inconmovible de los pueblos, y rechazaba la “identidad cultural” entendida como una simple inmovilidad ahistórica, ontológica, petrificada, para pasar a idearla en términos dialógicos, modales, carnavalescos, diferenciales y polifónicos, como un baile de máscaras o disfraces en perpetuo movimiento…

No obstante, jamás debemos perder de vista la “admonición” epistemológica de Marta Traba, o por lo menos, una cierta versión de lo defendido por ella casi como una dialéctica entre lo “propio” y lo “impropio”, frente a la vocación imperialista y neocolonial de ciertas metrópolis y políticas culturales.

Lo rescatable de su postura crítica podría ser redescrito y redefinido en términos de una teoría de la complejidad neocolonial y postcolonial, que toma en cuenta la interrelación antropolítica, multivalente, abierta al acontecimiento imprevisible y no programado, tal como la concibe y formula Edgar Morin cuando nos transmite la necesidad de la fórmula: “pensar global/actuar local; pensar local/actuar global”, para poder “inteligir” mínimamente lo que acontece en el mundo contemporáneo…

Por otro lado, el pensador alemán Theodor W. Adorno (miembro de la Escuela de Frankfurt y posteriormente, junto con Max Horkheimer, creador de la llamada “Teoría Crítica”) consideró que toda “filosofía trascendental”, todo análisis de vocación purista, filosófico-académica, se encuentra inscrito en una red concreta de mediaciones histórico-sociales que tornan inconsistente la pretensión de aislar el pensamiento filosófico de los restantes saberes, disciplinas y prácticas sociales.

Para Adorno, como para otros pensadores que responden a los nombres de Heidegger, Derrida o Deleuze, la “ambición trascendental del concepto” se ve reducida, redefinida y reorientada por el reconocimiento de cierto carácter histórico, diferencial o inmanente del proceso de creación conceptual, proceso que se descubre ligado, de una forma u otra, a la historia, a una “exterioridad” o a una “complicatio” entendida como campo de mediación entre lo trascendental y lo empírico, tal como ya el mismo Kant lo establece en su concepción de “la imaginación trascendental” como generadora de esquemas de comunicación o pasaje entre la intuición (inerradicable) y el concepto.

De ahí que un pensador como Derrida hable de “cuasitrascendentalidad”, para referirse a una estrategia de pensamiento que acepta como necesarios la vocación y el pasaje por “lo trascendental”, pero vaciando subsiguientemente a esta última categoría de todo intento metafísico de absolutización e hipóstasis.

Gilles Deleuze, por su parte, habla de una “heterogénesis del pensamiento” que implica la resonancia, en el seno de una socialidad generalizada, entre “conceptos”, “personajes conceptuales”, funciones lógicas y matemas, perceptos y afectos… No existe una zona de asepsia que pueda presentarse, como “valor” trascendental, independientemente de un inevitable proceso de “contaminación” que implica esa mencionada resonancia entre lo filosófico, lo artístico, lo político, lo creativo, lo ecológico, etc., etc.

Algunos lectores se preguntarán el porqué de este mi actual juego de lenguaje, las razones, si las hay, de mi hasta repetitivo y cuasi “didascálico” decir en este particular contexto.

A esa interrogante intento responder ahora diciendo que no pretendo aquí operar un simple ejercicio de estilo que reitere, con cierto donaire, ideas manidas o insulsas para con ello reeditar el hastío de los mínimamente pensantes o propiciar, una vez más, el mayor regocijo redundante de los eunucos hedonistas del pseudo-concepto. ¡No!

Escribo estas líneas al observar en nuestro país a intelectuales y artistas que presumen de ser “logopuristas” y “apolíticos”, que conciben como un “valor” real su mañosa “apertenencia” ideológico-política, su mentido “desinterés” por los asuntos “mundanos”.

Ellos consideran innecesaria la apertura de sus mentes a cierta “exterioridad del acontecimiento” que pueda ir un poco más allá de la simple novedad editorial de autopromoción, un poco más allá de la intelección de “lo político” como estricto “apandillamiento” partidista con fines de lucro agiotista-egotista y amarrado a las insignias del Amo.

Ellos, “esfingeizados” a la sombra de ciertos poderes, no despliegan reales intensidades de solidaridad y conciencia que atraviesen las banalidades y dogmas de capilla estético-cognitivos (con pretensiones de textos sagrados), en los que indolentemente chapotean como relacionistas públicos del Diablo; no desbordan las “intrigas, disfrutes y oportunismos clánicos” en los que se ausentan de todo EL DOLOR que aúlla en el “afuera” de su mundo; no subliman el comprobable deseo que padecen de torturar al prójimo o de simplemente anularlo.

Ellos son alabarderos de las perversidades del Sistema Capitalista y de los divertimentos insubstanciales constituidos por ciertas modas y retóricas “mutilantes”, ahora llamadas postmodernas, en un presumido “todo vale cuando lo dice mi cuadrilla o mi turba”. ¡Ellos son los presumidos nacionalistas del Ego hipertrofiado que se disfraza de humildad, mientras le retuerce con académica sabiduría mundana el pescuezo a la Gran Gallina Criolla!

Parafraseando a Marta Traba, podríamos llamar a esos “artistas”, “pensadores” y sujetos sociales del oportunismo: la “intelectualidad política en el vacío”, aunque algunos de ellos puedan ser exitosos mercachifles y expertos en aviesas y rentables componendas comerciales, “pedagógicas”, burocráticas y político-partidistas.

Creo en la libertad de cada sujeto para elegir su estrategia cognitiva junto con sus códigos y protocolos de desempeño mundano, pero también creo en la transformativa función crítica del intelectual y del artista.

Por más que hayan cambiado sus roles en el siglo XXI, sus FUNCIONES TRANSGRESIVO-CONSTRUCTIVAS no son (ni lo serán jamás) contribuir a dar eficiencia al proceso de producción de más detritus y banalidades en la semiosfera, manteniéndose de espaldas, por cobardía o por simple conveniencia mezquina, a procesos históricos que, de una u otra forma, impactan sobre la noción problemática de esos ámbitos que denominamos “la vida”, “una vida”, “la vida la muerte”; campos complejos e interrelacionados de la ciencia, la producción económico-social y los saberes, el amor, el cuerpo y las pasiones, las diversas disciplinas, la organización del trabajo, el sentido de la fiesta y de las artes.

Durante una cierta etapa crucial de la Segunda Guerra Mundial, escritores como Thomas Mann y Hermann Hesse (por citar ahora exclusivamente a dos grandes de la narrativa alemana moderna), se mantuvieron en confinamiento, relativamente al margen de los relevantes y decisivos acontecimientos que se operaban en Europa desencadenados por los múltiples y complejos intereses en juego, pero este repliegue o retiro estratégico hacia cierta territorialidad “privada” propia del escritor burgués, no implicó por parte de los autores mencionados una huida cobarde hacia lo imaginario ni una renuncia a reflexionar sobre la guerra y la situación espiritual de Europa y del mundo en ese convulso período histórico.

Ahí están, como testimonio del esfuerzo y la apertura a la problematicidad del mundo de estos dos escritores paradigmáticos, las eminentes deflagraciones textuales que constituyen obras como “Doktor Faustus” y “Juego de Abalorios”, entre otros escritos explícitamente alusivos a los importantes acontecimientos por los que atravesaba el mundo en esos años.

El arte tiene sus modos particulares de semiotización y simbolización, los artistas e intelectuales utilizan diferentes herramientas para transmitir los resultados del impacto del mundo sobre su sensibilidad, sobre su orbe interior, sobre su campo ideoafectivo.

Samuel Beckett, por ejemplo, parecía apolítico, ¡pero no! Tal como nos revela Theodor W. Adorno, lo histórico y lo “antropológico-político” alcanzan en la obra del irlandés el estatuto filosófico de lo trascendental, mediado por la forma estética estallada. Lo mismo acontece con Franz Kafka, según nos han mostrado Deleuze y Guattari en su obra “Kafka. Por una literatura menor”, texto en el que figura un Kafka trabajado por lo socio-político y, en particular, próximo al movimiento anarco-sindicalista de su época, según nos confirma también Klaus Wagenbach, uno de los biógrafos del genio judío-checo de lengua alemana.

El mismo carácter ideológico-político se oculta y se manifiesta, simultáneamente, en la obra del gran poeta judío-alemán Paul Celan.

A su vez, si juzgáramos a Louis-Ferdinand Céline solo por sus panfletos y su accionar político instrumental, no sería más que un fascista abominable; pero ahí está su obra fictiva con real valor trascendente, donde se pone de manifiesto, por el vigor incandescente de su escritura, el “atravesamiento” de toda ideología pangermanista, autoritaria, colonialista, nacionalista, imperialista o belicista.

También, el Jorge Luis Borges que apoyó a las fuerzas colonialistas e imperialistas británicas en la Guerra de Las Malvinas; el Borges simpatizante del ominoso régimen de Augusto Pinochet en Chile; el Borges que se reía sin compasión alguna del rapto del padre de un famoso cantante considerado por él de muy baja calidad musical, ese Borges es redimido por una obra que, paradójicamente, sirve a un pensador crítico anticolonialista y antiautoritario, como lo es Jacques Derrida, para ilustrar, en una cierta zona y etapa de su pensamiento, las categorías teorizadas por el filósofo francés como “deconstrucción” y “diseminación”... Desde luego, como bien lo dijo Marta Traba hace largos años, la gran obra de Borges materializa su real valor literario y su peso específico en la literatura moderna con independencia de las apreciaciones y juicios hermenéuticos emitidos por un Michel Foucault o por un Jacques Derrida...

No obstante, algunos intelectuales dominicanos, a pesar de sus componendas explícitas o soterradas con los poderes más duros y conservadores, no son redimidos de sus errores políticos o de su hipócrita presunción de asepsia ideológica por la real calidad de su escritura. Permanecen en su rol de meros publicistas y traficantes internacionales de méritos. ¿No es motivo esta triste realidad para que lancemos a los cielos de la patria una desgarrada y transgresiva carcajada artaudiana?

Como siempre nos recuerdan Gilles Deleuze y Felix Guattari, todo pensador o artista es necesaria e inevitablemente “político”, construye un Cuerpo sin Órganos que participa de lo político, ya sea porque aborde con su obra, de una forma directa, temas de consabida naturaleza política, o porque inaugure y distinga, en la semiótica exploración “(in)visible, (infra)sónica o (infra)semántica” que constituye su actividad escritural teórica, poética o de ficción, territorios o espacios nuevos de socialidad potencial desde los cuales se pueda manifestar, percibir o generar una más compleja y abisal urdimbre de “lo político”, lo histórico-social y lo (in)humano.

Todo verdadero gran artista pone de manifiesto, tematiza, insinúa o revela sutilmente las transformaciones explícitas o implícitas de las subjetividades micropolíticas de su mundo, los fenómenos que se presentan en su época definidos como “desubjetivación” y “resubjetivación” procesuales de los sujetos. Más allá de todo nacionalismo cerrado y de toda identidad petrificada, él explora los litorales y el rumor de los “acontecimientos” que se producen en su tiempo histórico, las variaciones del Zeigeist, los cambios colectivos, muchas veces imperceptibles —moleculares, microfísicos—, que se operan en las modalidades históricas de goce, productividad y semiotización.

Finalmente, recuerdo que un pensador dominicano de tanta penetrante seriedad crítico-literaria y artística, filológica y filosófica, como lo fue nuestro gran Pedro Henríquez Ureña, nunca le “sacó el cuerpo mulato y mestizo”, en sus diversos y esclarecedores ensayos y reflexiones, a los problemas concretos y acontecimientos de naturaleza histórico-política de su país y de su época, cuando fueron percibidos por nuestro ilustre humanista como hechos con valor “emancipatorio”, liberador, para la América Latina o para la Humanidad en su conjunto.

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Agosto del 2004

© Armando Almánzar-Botello. Santo Domingo, República Dominicana. Reservados todos los derechos de autor.
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EL «DESEO INCONSCIENTE» NO ES UNA CATEGORÍA PSICOLÓGICA

     Por Armando Almánzar-Botello

Cuando digo que el estatuto del deseo inconsciente no es psicológico, no intento poner normas o reglamentos al deseo, solo pretendo poner un mentís a la falsa concepción según la cual el psicoanálisis es una rama de la psicología.

Según Jacques Lacan el estatuto del deseo inconsciente no es psicológico ni ontológico, sino ético.

Lo que dice el pensamiento de Jacques Lacan al respecto se desprende del freudiano «Wo Es war, soll Ich werden»: «Donde Ello era, Yo debo [advenir] devenir».

Esto no implica un mero psicologismo voluntarista sino que se impone como resultado de la relación transferencial entre analizado y analista.

El inconsciente para Freud no es meramente descriptivo. El inconsciente descriptivo y operativo de un Piaget o de un Chomsky no es el singular inconsciente simbólico freudo-lacaniano ni el inconsciente real del lacanismo.

En Freud y en Lacan el centralismo de la conciencia queda subvertido; el sujeto del deseo inconsciente no es el sujeto psicológico de la intencionalidad; no es el cogito prerreflexivo ni mucho menos el cogito reflexivo.

El psicoanálisis no es mera psicología; él define su propio territorio de funcionamiento: para Jacques Lacan «inconsciente», «repetición», «pulsión» y «transferencia» son los cuatro conceptos fundamentales de esa disciplina.

El psicoanálisis no es un mandato psicológico al goce sino una ética del deseo... Etcétera.

Para interrogar con pertinencia sobre determinados aspectos de una disciplina hay que poseer una formación específica. No toda pregunta es válida, parsimoniosa o relevante.

Los conocimientos “generales” sobre un tema en el contexto de una determinada disciplina no autorizan la seriedad de nuestra argumentación sobre él; ni siquiera garantizan la pertinencia de las preguntas...

Sin pretender paralelismos forzados, recuerdo en una ocasión al antropólogo Claude Lévi-Strauss pidiéndole cortésmente suspender el diálogo a un entrevistador, después del antropólogo comprobar que el periodista no dominaba la cartografía mínima de la disciplina en cuestión y que hablaba por hablar. Etcétera.

© Armando Almánzar-Botello. Santo Domingo, República Dominicana. Reservados todos los derechos de autor.
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NOTA BREVÍSIMA SOBRE AMOR Y DESEO

«El hábito no hace al monje ni mucho menos al creador, oh amigos psicodélicos y “(psico)analistas”... Un simple mono alucinado solo vislumbra bananas...» Armando Almánzar-Botello

«Entre estos dos términos que contituyen, en esencia, el amante (erastés) y el amado (erómeno), observen ustedes que no hay ninguna coincidencia. Lo que le falta a uno no es lo que está, escondido, en el otro. Ahí está todo el problema del amor. Que se sepa o no se sepa no tiene ninguna importancia. En el fenómeno, se encuentra a cada paso el desgarro, la discordancia.» Jacques Lacan: El seminario, Libro VIII La transferencia, Editorial Paidos, 2003, página 51

     Por ARMANDO ALMÁNZAR BOTELLO

La incapacidad patológica de amar y desear, la denominada “afánisis”, en su carácter de una desaparición o ausencia del deseo, fue teorizada originalmente por el gran psicoanalista galés Ernest Jones, alumno y biógrafo de Freud, como el temor del sujeto a dicha desaparición o desvanecimiento de su potencia deseante y erótica.

Años después, Jacques Lacan le imprime un giro de ciento ochenta grados a esta concepción de la afánisis elaborada por Jones.

Sustentado en su marco teórico y en su experiencia clínica, Lacan viene a concebir la afánisis —a la inversa de Jones—, no como temor a perder el deseo sino como renuncia “estratégica” a este, como supuesta defensa o refugio neurótico del sujeto para intentar salvaguardarse del Deseo del Otro, de la castración y de la muerte.

Para esta concepción lacaniana, la afánisis se disfraza en muchas ocasiones con los prestigios de la ciencia y de la mercadotecnia, entendidas estas por Lacan, siguiendo a cierto Heidegger, como dispositivos funcionales o mecanismos ideológicos que conducen a la supresión del sujeto pasional como ser problemático en el mundo, a la instrumentalización de dicho mundo entendido entonces como Ge-Stell (estructura técnica de emplazamiento y homegeneización).

El sujeto y la Cosa (das Ding) se ven así peligrosamente sometidos y reducidos a las ideologías del control y de la desecación productora, orientadas como tales a producir una subjetividad estandarizada, una serialización de los objetos del Deseo y el Goce bajo la apariencia de una pseudodiferenciación, de un supuesto valor agregado.

Observemos aquí el caso actual de las tecnociencias con su complemento pragmático ineludible: el “psicobiopoder”, con sus mecanismos al servicio del capitalismo mercantil y financiero.

Hacia “la plaza fuerte de su yo” se orienta el difuso individuo del consumo conspicuo, hedonista, suntuario, en vulgar ejercicio de su paradójico voluntarismo ciego, ingenuo pero engreído, pseudoindividualista y oscuramente gregario, para evitar confrontarse con lo que el exceso de un Deseo descarnado, causado por el “objeto a” como vacío real, implica de posibilidad de “fading”, de fuga, desapropiación, incertidumbre, vacilación, indecidibilidad, desvanecimiento y esforzada redefinición de la subjetividad en la llamada “experiencia radical de los límites”.

Resultados de esta impotencia psíquica, de esta defensa compulsiva contra un Deseo no programado por el Yo y que escapa al freudiano “principio del placer como simple homeostasis o evitación de lo displacentero”, son el tedio de envergadura antropológico-epocal y planetaria, el aburrimiento postmoderno, la estrategia de “ligue polivalente” pero sin compromiso profundo con el otro, el llamado “amor líquido” (Zygmunt Bauman), la simple promiscuidad y/o el intento de convertir al mercado en “partner” absoluto que suministra gadgets, mercancías, “cositas”, tapones para obturar la falla ontológica o la grieta ineludible del ser.

Sobrevalorando los bienes ofrecidos por el mercado como simples obturadores de la carencia ontológica, el sujeto, en su alienación postmoderna, renuncia al ejercicio liberador y a la tensión de un deseo fronterizo que apunta al goce y que atraviesa, con su potencia, ciertos umbrales del dominio establecido. Se limita, sencillamente, a chapotear en el placer hedonista, “publicitario”, en tanto que aviesa “mascarada del goce”.

El sujeto, entonces, vive y padece la simple adquisición compulsiva o conspicua de mercancías como un mecanismo inconsciente de “resistencia” que viene a compensar, neuróticamente, sus minusvalías psicosociales.

Como nos recuerda la gran psicoanalista e historiadora francesa Élisabeth Roudinesco: En esta frívola, cobarde, insolidaria y nihilista sociedad de consumo, ¡hay que reinventar el amor, el auténtico vínculo social y la familia como espacio potencial generador de saludable subjetividad!

Armando Almánzar-Botello

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Julio de 2012. Santo Domingo, R. D.

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  1. Gracias por el comentario, estamos trabajando el Seminario "Todo el mundo es loco" de Jacques Alain Miller donde aparece en varias ocasiones Nietzsche y su Así hablo Zaratustra, EL parpadear de los últimos hombres, me traía loca, y aún pero menos.

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