«La relación simbólica que los seres humanos establecen en las llamadas sociedades primitivas o salvajes con la figura del animal como fuente de “beatitud”, proviene de tradiciones mágico-religiosas y protochamánicas muy elaboradas desde el período de los pueblos cazadores...» Armando Almánzar-Botello
Por Armando Almánzar-Botello
A James Welch; N. Scott Momaday; Louise Erdrich; Gerald Vizenor; Joseph Bruchac
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Los miembros de mi tribu te perseguían, te daban caza y te devoraban.
A pesar de tu fiereza tan temida, los tramperos de tu furia numinosa y errante, saltando en tropeles de arrebato y algazara, movidos casi siempre por la imperiosa necesidad de alimento —y en algunas ocasiones por el puro afán lascivo de sangre salutífera—, se tornaban fervorosos, temerarios y rapaces.
Te asediaban, trataban de aturdirte, y sus picas y flechas aguzadas —a pesar de tus gruñidos de dios enardecido en el furor sagrado de tu remota estirpe vigorosa—, certeras caían sobre ti como una pertinaz lluvia de muerte.
Se abalanzaban luego sobre la carne de tu cadáver, todavía palpitante, y se daba inicio a la cruenta y salvífica ceremonia…
Yo, sacerdote mayor de la Tribu de Cazadores, despierto ahora de un sueño abismal y convulsivo en el alba desgarrante que preludia una insólita y nueva jornada.
Copiosamente sudando todavía el sombrío fragor de mis visiones nocturnas, intento recuperarme de las terribles presencias de un mundo secreto entrevisto, de un más allá indestructible vislumbrado —en el sueño y en la vigilia y en el origen— por detrás de todos los límites profanos.
He soñado contigo anoche, y en la niebla rumorosa de trazos y de signos germinantes —epifanía en el follaje fosforescente de mi sueño—, aparecieron tus garras, tu cabeza hierática, tu boca ensangrentada, y con lentitud ritual me dijiste, sin mover los labios de tus fauces prodigiosas, que tú eras nuestro dios tutelar, salvador, apotropaico. Que viniste al mundo, pletórico de amor, solo a redimirnos de la muerte.
Por el sueño milagroso de la niebla, por la santa verdad de tu existencia que persiste, yo, este mismo día —en cumplimiento de mi sagrado mandato de chamán, de griot convocante que toca el tambor que evoca en el trance la memoria circular de todo lo acontecido, el indescifrado resplandor del origen—, te voy a consagrar de nuevo, ante el Consejo de Ancianos Venerables —con sus figuras ya casi fantasmales— como divinidad zoomorfa y tótem protector de nuestra tribu en la zona más pobre del condado del Bronx, en la delirante y alucinada turbulencia de los nadie: callejones del estigma en la terrible y posmoderna urbe de Nueva York.
Noviembre de 2013.
Copyright Armando Almánzar Botello.
Reservados todos los derechos de autor.
Santo Domingo, República Dominicana.

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