lunes, 31 de agosto de 2026

CIERTO «SE», FRECUENTEMENTE...

«Lo maloliente despierta nuestra interrogación más intensa.» Armando Almánzar-Botello



Por Armando Almánzar-Botello

Cierto «se», frecuentemente, me debe ser exfoliado para que pueda eso (así) limpiar su lodo en mí con el yodo profiláctico del mar...

Contra los viejos nuevos ricos que pretenden liderar todavía el otro mundo con el técnico engreído roto rito —excrementicio y mercantil, científico-militar, ateo-fiduciario—: ¿el Id escribe sol fascista negro en mí, aviesa melancolía rugiente?

Así analicemos nuestras propias conductas y no digamos, cuando habla solo el otro, que se oculta elitismo y secreto fascismo en su decir impávido.

¿Quiénes son racistas? ¿Las torres de marfil con sus cansados elefantes blancos rondando en las manadas de nuestos viejos Egos petulantes?

El problema no surge con el «Tierra o Ser» mencionado por el filósofo, sino cuando el Don Nadie que soy camina ciego por las calles —Das Man heideggeriano del «se dice»—, oscuro, burdo y desheredado de la cultura, rudimentario «tíguere» o «chopo» que habita en mí, contemporáneo de las crisis de los fundamentos del Ego, simplista vestigio casi del remoto Anfioxus lanceolatus, y me respira hondo por la turbia herida psicosocial el triste, sórdido, ruidoso y fecal callejón del incorregible resentimiento antropológico de mis orígenes clandestinos, ese callejón en el que se levanta, oh vergüenza inaudita, el árbol de los pequeños insectívoros lemúridos arborícolas...

Aquí aludimos al Gran Nihilismo reactivo y pasivo del esclavo darwiniano que solo visualiza la cultura como mero afán de lucimiento, adleriana compensación tosca de mis duras minusvalías psicosociales, recurso para el ávido y desesperado ascenso societal, creo.

Este pseudosujeto que soy está llamado por ello a desaparecer cuando en mí se consume aquel nihilismo destructivo del gran loco furioso, cuando se opere la segunda metamorfosis de león o tigre o demonio —esa bestia de malolientes dientes cariados, ¡oh, la náusea de aquel otro!— a bello niño luminoso que inocencia juegue creadora de mundos, a la orilla turbulenta del mar...

Pues bien, dejemos esto aquí para volver, llenos de una nueva ilusión, al vigoroso neomarxismo lacaniano y a la hipótesis de una democracia fuerte y radical por venir...

Copyright Armando Almánzar-Botello.
Reservados todos los derechos de autor.
Santo Domingo, República Dominicana.
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YO ES OTRO (¿POR MALA SUERTE SERÉ TÚ?)

«La única diferencia entre un loco y yo, es que yo no estoy loco.» Salvador Dalí

Por Armando Almánzar-Botello

«¿Quién eres yo? ¿Quiénes soy, habré sido y seré yo? ¿Seré acaso tú, y ya no lo recuerdo?» Armando Almánzar-Botello, en «Cazador de agua», 1993

«Quien no es artista... sencillamente no es artista...» ¿Friedrich Nietzsche?

«La experiencia de la máxima intensidad la realiza un “Se”, no un “Yo” como necesaria coagulación ilusoria, provisoria, de fuerzas múltiples, mutantes.» Armando Almánzar-Botello
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Cuando Rimbaud dijo «Yo es Otro» no se refería al hecho trivial de que A (Yo) = B (Otro), o dicho de manera más concreta, a que Arthur = Paul, por ejemplo, sino a que A no es nunca igual a sí mismo, pues una disparidad o disyunción de fondo «lo» desidentifica y «lo» reenvía al juego de «la diferencia». Su identidad de superficie es efecto de una monstruosa disparidad de fondo, seminal, diseminante... ¿Duns Escotto, Spinoza, Deleuze?

De la misma forma, la «univocidad del ser» se dice de lo dispar o diferente, de lo Mismo en tanto que Distinto; no solo diferente de «lo otro-otro» sino disímil de sí. Lo Mismo solo se dice de la Diferencia, no de lo Idéntico.

Lo que diferencia a un Yo de sí mismo, es la diferencia entre los grados de potencia que actualiza frente a sí mientras se «otrifica», en función de los grados de potencia de un Otro determinado que le hace resistencia... con mayor o menor intensidad.

Algo similar digo yo que dijo Brecht (y lo pongo sin comillas porque es una variante brechtiana de mi propia cosecha):

Genio es el más parecido al que sigue pensando «lo suyo» en otras cabezas distintas de la suya, y que sin embargo no dejan de ser «sus» cabezas en una suma que no pretende totalizar la multiplicidad de las cabezas...

Nada que ver con el plagio ni con la usurpación de «identidades», pero sí con cierta «locura» del genio...

«La única diferencia entre un loco y yo, es que yo no estoy loco», decía Salvador Dalí, pero lo estaba. Al igual que Friedrich Nietzsche o Martin Heidegger... «El estilo es el hombre... a quien uno se dirige», decía Jacques Lacan, quizá un poco menos loco que Dali, pero loco también al fin, pues como el «mismo» psicoanalista dijo: «Todos somos locos»...

He aquí la medicina o el veneno que puede representar, para el verdadero pensador, cierto tipo de compañía o interlocución entendida en su indeterminación de phármakon.

Un diálogo específico realizado con alguien puede reforzar el enraizamiento endoxal del filósofo, es decir, confirmarlo en lo más convencional e intrascendente; mas podría también, en otros casos, actualizar en él la llamada «punta loca del cogito»: la conciencia prerreflexiva que permite la exploración de inéditos y extraños niveles de la realidad para cuyo descubrimiento algunas personas necesitan utilizar drogas alucinógenas.

Habitualmente hay diálogos que solo potencian la simple estupidez... Recurso este último, la estupidez, que, dicho sea de paso, también saben aprovechar para sus propios fines e intereses algunos filósofos «fenomenólogos»... No todos, por supuesto. Esa utilidad viene a depender de los niveles reales de potencia que habitan en el investigador...

¡Pues claro que nunca fuimos ni somos ni seremos iguales, súcubos-espectros que habitan todavía las pobres tristes gastadas polvorientas territorialidades artificiales de arcaicas y remotas cofradías del ser inasible que fluye sin puntos ni comas manchado por afanes ascensionales y mentidamente metropolitano en una olvidada serie de otras mis viejas identidades poliprovinciales!

Mis vertiginosos nuevos «personajes conceptuales», en silencio, nos diferencian ya para siempre: ¡Sí, ustedes!

El «Se impersonal» —ese que a «mis yoes» sostiene y sustenta en pleno ejercicio intensivo de «su» voluntad de potencia—, elige por siempre no ser «los ustedes» que pude ser en el Eterno Retorno de la Diferencia transmutante.

¡Oh metamorfosis continua de la potencia que falsifica pero no miente!

Armando Almánzar-Botello

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23 de mayo del 2015

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DIA-GRAMA, TÍMPANO, HUELLA, HIMEN...

Por Armando Almánzar-Botello

El «Se» impersonal («on» en francés) de Maurice Blanchot, de Gilles Deleuze, pero también de Samuel Beckett, no es el «Se» caracterizado por la desdiferenciación y el anonimato como empobrecimiento, tal como lo concibe Heidegger: el «uno» (Das Man: el uno impersonal del «se dice») cuya impotencia «parpadea» (hablando heideggerianamente), incapaz de propiciar la «apertura» de un mundo.

El «Se» en Blanchot, en Beckett y en Deleuze es «preindividual, impersonal y nómada», está relacionado con el torrente de las singularidades, y es el que realiza la experiencia del devenir: «no Se cesa y no Se acaba de morir» (Blanchot, Deleuze).

La experiencia de la máxima intensidad la realiza un «Se», no un «Yo» como necesaria coagulación ilusoria de fuerzas.

Ernst Jünger nos recuerda que la instancia en nosotros que «vive» los momentos de máxima intensidad, alegría o entusiasmo también opera mediante la desaparición de la individualidad.

Entonces, la experiencia no «pertenece a», no la «tiene» una conciencia egoica, sino una suerte de «conciencia-manantial» impersonal (E. Jünger), «conciencia virtual de derecho» (Deleuze), «conciencia a-subjetiva, prerreflexiva, impersonal; duración cualitativa de la conciencia sin yo»: eso que Deleuze, Blanchot y Beckett denominan un «Se», y que Deleuze llama «una vida», una suerte de «vivo sin vivir en mí» (dice yo), en la pura «inmanencia de un campo trascendental de beatitud» laica... ¡Ja!

Siempre que toco el borde ígneo de la roca inconcebible que llamamos realidad, si me acosan de improviso los enigmas de una vida que me hace despertar a solo un punto del colapso, edifico una semántica muralla protectora, un bastión helicoidal de preguntas laberínticas, un pretil de sintaxis convulsiva; erijo muros de conceptos que me ayudan a poner a raya lo real —carente de sentido su imposible, negro agujero blanco del desastre—, al mismo tiempo que habilitan (permeables), personajes conceptuales palpitando, eso loco y singular que no hay de «yo» vibrando en «mí», para que pueda vislumbrar con brío el sinsentido, lo (im)presente, y trace Eso así en el plano de inmanencia —dicho «se» pre-individual, impersonal, neutro—, las líneas de fuga, mutación y sobrevuelo que prosiguen, más allá de mi persona, muy después del crujido deleuziano de los cuerpos con sus causas, la finita y breve ontología del viaje infinito del Amor, con su virtual “seriatura” de catástrofes... ¡Jo!

Copyright Armando Almánzar-Botello.
Santo Domingo, República Dominicana.
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EL ACRÓBATA Y EL PAYASO

«Utilizando la metáfora de la literatura como “circo”, Hugh Kenner distingue, si mal no recuerdo, dos tipos básicos de escritores: el sujeto “acróbata” de la escritura, al estilo de James Joyce, y el sujeto “payaso” de la escritura, al modo de Samuel Beckett. El “escritor acróbata”, nos diría Kenner, viene a ofrecer el testimonio heroico y grave de su pericia, el impresionante despliegue de su potencia y rigor creadores. El “acróbata” tipo Joyce explotaría hábilmente su precisión, su maestría. El “payaso” tipo Beckett, por el contrario, realiza su propia versión de la cuerda floja; tematiza y simula, paradójica y eficazmente, su “inhabilidad e impericia” de segundo grado, aproximándonos vertiginosamente al punto de resta y “deflación semántica” en que se derrumban todo Saber y toda “consistencia yoica”. La dialéctica del acróbata y el payaso se despliega en el espacio del humor, en ocasiones negro...». (Fragmento). Armando Almánzar-Botello: «Beckett y el grado cero de la retórica».
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DAS DING. In statu nascendi *

«El arte nunca es casto, y habría que mantenerlo alejado de todos los ignorantes inocentes. Si la gente no está preparada para él, no hay que permitir que se acerque. Sí, el arte es peligroso. Si es casto, entonces no es arte». Pablo Picasso

«Recordando al gallo Mopsus, al abismo del huevo caósmico, aquí, ahora, desnuda: la “vulvo-escritura-catástrofe” se mira en espejo (im)propio». Armando Almánzar-Botello

«Observando de soslayo al cielo, quizá un tanto presumida, la gallina pone un huevo: consuma el don refulgente, orgullosa de metafísica... ¡Clocló! ¡Clocló! ¡Cocoteeeco!» Armando Almánzar-Botello

«Risus purus, la risa que se ríe de la risa...» Samuel Beckett, Watt, Editorial Lumen, Barcelona, 1970, p. 53

«Para el artista que ausculta sigiloso el campo virtual de la inmanencia, es necesario vivir en efecto la profundidad originaria y sus peligros hermenéuticos, lo inaccesible cuasiapofático, las prosodias desgarradas del abismo en apariencia fraudulento. Algo muy distinto y hasta frívolo se manifiesta cuando el saber común del hombre calculador se limita meramente a inferir la retracción de lo inabordable... El dicho aséptico y programado que de modo habitual utiliza el hombre aferrado a sus pretiles de seguridad logoteórica, no alcanza originalidad alguna en su frígida, apofántica, engreída, retórica y ciega vindicación de un terrible decir abstractamente inabordable. Insulsa escritura del idiota en el huevo caósmico y primigenio.». Armando Almánzar-Botello

Por Armando Almánzar-Botello

A Raymond Roussel; a Clarice Lispector; a Alfred N. Whitehead, in memoriam
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Propagó, alardeando casi, en el transcurso afiebrado y turbulento de sus días, la excelsa noticia milagrosa, la buena nueva que auguraba el inminente y pastoril advenimiento.

Pronosticó sin rubor alguno la puesta en acto salvífica —el concreto aparecer brillante o la mistérica emergencia—, de una novísima estructura o Cosa, ontopológico-geométrica, prodigiosamente inédita, irrebatible y vital.

Petulante anunció al orbe, con viva voz perentoria, lo tremendo: el numinoso aborigen futuro, el renacer de lo extraordinario.

Llegado al fin el justo momento de imprimir la Cosa en el mundo —de confiarla o descubrirla en la muda existencia expectante para cura de la humana flaqueza y garantía de una Gloria Mayor—, de un modo lacónico, absorto, quizá un tanto presumido, observando de soslayo al cosmos con el vacío mirar de lo neutro, consumó el don refulgente, orgulloso de metafísica…

Humedecida la superficie de la Cosa por la extraña singularidad de lo íntimo; un poco teñida de sangre y de búdica inofensiva impureza por el titánico brío alcanzado en su extático alumbramiento: surgió al mundo, casi alquímica, recóndita y ecotécnica, la misma rutinaria estructura —sencilla (im)prevista exacta; frágil y fértil y mágica—, la que desde hace millones de años, con astucia y eficacia genéticas, viene utilizando, ungido, como su medio estándar de calco, reproducción y trascendencia, repetición mutación diferencia, el críptico saurio alado que hoy la ciencia taxonómica —cuando esta se torna en sintagma de áureo vulgo democrático—, sencillamente designa como inalcanzable Gallina de Granja.

—Recordando al gallo Mopsus, al abismo del huevo caósmico, aquí, ahora, desnuda: la vulvo-escritura-catástrofe se mira en espejo (im)propio.

¡Tanto cacarear para poner al fin el mismo huevo!

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Septiembre de 2013

Texto publicado en el Blog Otros Textos Mutantes el sábado, 21 de marzo de 2015

Copyright Armando Almánzar-Botello. Santo Domingo, República Dominicana
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EL LIBRO, LA ESCRITURA Y EL HUEVO FRITO *

Por Fredesvinda Báez Santana

«El grado de máxima originalidad por algunos alcanzado: el huevo frito en forma de pistola jurídicamente autorizada.» Fredesvinda Báez Santana
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En aquel breve, limpio y maravilloso escrito* —humorístico-metafísico y alegórico-simbólico—, el huevo cósmico y primordial que genera la perseverante gallina es concebido por el escritor Armando Almánzar-Botello como un recurso “técnico” del ave para ella intentar perpetuarse en la vida y memoria de las especies, aunque resulte filosóficamente demasiado reiterativo...

Como dirían Jorge Luis Borges y Salvador Dalí: la trascendencia del huevo es la consabida gallina: cloqueante, “tartamuda” y demasiado derivativa... o el huevo frito en formato de pistola.

Pese a toda la evidencia prodigiosa de su mérito, ¿no sería el huevo acaso un milagro banal de la simple persistencia petulante?...

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14 de marzo de 2017

Copyright Fredesvinda Báez Santana y Armando Almánzar Botello. Reservados todos los derechos de autor. Santo Domingo, República Dominicana.
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SINTHOME ≠ SYMPTÔME

«El análisis, más que ninguna otra praxis, está orientado hacia lo que, en la experiencia, es el hueso de lo real.» Jacques Lacan

«Me he permitido afirmar que el sinthome es precisamente el sexo al que no pertenezco, es decir, una mujer. [...] Puede decirse que el hombre es para la mujer todo lo que les guste, a saber, una aflicción peor que un sinthome.» Jacques Lacan

«Escritura no es tan sólo grafía... Entendemos por “letra”, en la vía abierta por Lacan, la pura materialidad del significante como semblante roto, cuando deja de aparecer en el registro de lo simbólico y se manifiesta en lo imposible-real, en la caída del decir analítico donde la palabra se revela por lo que oculta: goce-acontecimiento en los cuerpos y escritura litoral, dislocada, entre la deflación del sentido y la pulsión vislumbrada en su dimensión real de sinsentido fáctico. Escritura y letra: testimonios paradójicos del encuentro del sujeto con lo Real imposible, en la errancia problemática del Ser...» Armando Almánzar-Botello

Por Armando Almánzar-Botello

A Jacques Lacan; a Jacques Derrida. In memoriam
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Al publicar un síntoma tórnase incurable: se transmuta

la fonética, la música del hueso en la escritura.


Insólita suplencia de una falta...

(Im)posible des-decir

el poema paradójico del Ser así con letras...


Fragor de lo agrietado

en la cadena de fonemas.

¡Rota!

Diseminante al fin...

Genético desgarro de fotones.

Dice:

¡acéntrica semántica del polvo!


Brilla un Se impersonal cuando silencia.

Y áspero el síntoma

(lo)cura...

¿punto?...


Comunidad insospechada que a partir

del sin-sentido se sustenta,

lo herida,

lo sujeta,

al sujeto lo revierte.


Lazo extraño por venir...

¡Fármaco-escritura!:

lumínico vendaje y muerte cierta

lo Real de otro cuchillo.


Habita el Ser su doble vínculo.

¡Sésamo, ábrete, cesa un dios de no decirme!

Tanto tiene de ti-niebla tu luz, como de ríspida

mujer se torna el mundo…

La tomo aquí despierto:

en pura guerra de un azar ya sin fractales...

Lóbrego yo labro y líquida la piedra se vierte impredecible:

Oro ardiendo inagotable:

la Palabra.

Lo digo en el diván polivalente: Lo-cura nada el tiempo:

el Universo...

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Febrero de 2007. (Texto retocado).

Copyright Armando Almánzar Botello. 
Reservados todos los derechos de autor. 
Santo Domingo, República Dominicana.

jueves, 27 de agosto de 2026

JORGE LUIS BORGES, ¿EL TÍPICO ARGENTINO?

«Un antropólogo francés, Alfred Métraux, al comentar la actitud de algunos intelectuales argentinos, me decía: “No crea usted, Octavio, en esa patraña de que la Argentina es un país sólo poblado por colonos europeos. El mestizaje ahí fue muy grande. Lo que pasa es que los argentinos no lo saben o, lo que es más grave, no quieren saberlo. Pero todo el norte de Argentina es país mestizo.”» Octavio Paz



Por Fredesvinda Báez Santana 
y Armando Almánzar-Botello

«Las deudas se pagan.» Umberto Eco
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Borges como persona fue una oblicua máscara proteiforme; singular y viva en grado sumo, ¿quién podría negarlo?, pero terrible no solo cuando creaba, sino también en la envidia y el odio.

Quiso él expresar su desprecio por el escritor y sacerdote español Baltasar Gracián y habló con desenfado, burla y saña del «frenesí taurino-gallináceo del reverendo Padre»...

Envidió siempre la vitalidad de Roberto Arlt y se protegió de él —y de todo lo que representaba el autor de El juguete rabioso y Los siete locos— apostándose detrás de una pared metálica de lanzas elitistas que separaban la gran biblioteca del padre de Borges y los abuelos aristocráticos de la iletrada embestida de los bárbaros como Arlt.

Dijo admirar a los gauchos, pero consideraba el éxito de estos como el «triunfo de los bárbaros».

Despreció por mera lucha de clases a Juan Domingo Perón, y le llamó, con insoslayable racismo patricio y paradójico etiquetado estigmatizante, «aindiado» y fascista.

Envidiaba al poeta Oliverio Girondo (por el vuelo poético-vanguardista de este y por sus éxitos en el amor...), pero decía que el autor de En la masmédula destruía el poema y el Universo mismo con «acertados» y brutales manotazos... Todo por la novia «raptada» aquella...

Envidió el éxito literario y aborreció el comunismo de Pablo Neruda, y dijo, por interpósito personaje, que el chileno versificaba por hectáreas y que en su obra no existía un solo verso memorable...

Después de largos años de silencio reconoció la calidad literaria de Cien años de soledad, pero solo para joder a Mario Vargas Llosa, a quien decía no conocer desde el día en que el peruano le señaló al gran ciego, en el transcurso de una entrevista que le hacía al autor genial de Ficciones, que justo encima de la mesa de Borges, al fondo, caía una discreta gotera...

Explicaba Borges que Julio Cortázar era un excelente cuentista, pero nunca mencionó a Rayuela o a 62/Modelo para armar...

Se quejó sin rubor, públicamente, del Nobel concedido al gran poeta griego Odysséas Elýtis, demostrando, con el desatinado juicio «los mismos que lo premiaron no lo han leído», que la envidia del argentino aquí pesaba más que su omnisciencia literaria supuesta.

Dijo admirar y querer al gran Pedro Henríquez Ureña, pero envidiaba la inmensa y rigurosa erudición del dominicano, su muy extensa obra científica de filólogo y pensador de la realidad de Hispanoamérica. Por ello —al igual que pasó con Ernesto Sábato— quiso reducirlo al simple rango de erudito docente desperdiciado y buen conversador en las tertulias bonaerenses...

Envidiaba en el fondo el éxito de Gardel con las mujeres, por eso lo consideraba llorón; deseó ser siempre un vital hombre de mundo, pero la vida lo convirtió en un aporético ciego envidioso que se alegró cuando perversas instancias secuestraron al padre del famoso y admirable cantante español, don Julio Iglesias, tan codiciado por las mujeres bellas y el éxito mundano...

Pero «las deudas se pagan»... El gran teórico y narrador italiano Umberto Eco, en su famosa novela El nombre de la rosa, llamó Jorge de Burgos a uno de los más perversos personajes bibliotecarios que ha conocido la historia de la literatura universal.

Un año antes de la muerte del escritor argentino, el filósofo argelino-francés de ascendencia judía Jacques Derrida lo visitó en su hogar de Buenos Aires para escuchar, con «atención libremente flotante», sus intuiciones geniales...

La verdadera y única virtud indestructible de la referida máscara monstruosa —como aconteció de otro modo y en la lengua inglesa con el inconmensurable William Shakespeare— fue haber ocultado el rostro inabordable de un enigma. En el caso que nos ocupa, el misterio de un argentino genial de ascendencia europea que respondió al nombre de Jorge Francisco Isidoro Luis Borges Acevedo.

Sí, el mismo Borges cuya pulcra obra «resonará cóncavamente» en la memoria humana; Borges, el escritor hispánico más importante del siglo XX; Borges, una de las figuras más lúdicas, lúcidas y memorables de la gran literatura de todos los tiempos.


Fredesvinda Báez Santana y Armando Almánzar-Botello

Jueves, 27 de agosto de 2026

Copyright Fredesvinda Báez Santana y Armando Almánzar-Botello. Reservados todos los derechos de autor. Santo Domingo, República Dominicana.

IMÁGENES: JORGE LUIS BORGES (IZQUIERDA) Y PEDRO HENRÍQUEZ UREÑA (DERECHAR)

jueves, 20 de agosto de 2026

INFIERNOS Y ESPERA MESIÁNICA

EL QUERUBÍN APOFÁNTICO

«Padre, da che tu mi lavi / di quel peccato ov’ io mo cader deggio, / lunga promessa con l’ attender corto / ti farà trïunfar ne l’ alto seggio.» Guido de Montefeltro. Comedia, Canto XXVII, Infierno, 108-111, Dante Alighieri [«Padre, visto que me lavas / del pecado que pides que cometa, / el mucho prometer y cumplir poco / te hará triunfar en tu elevado solio.» Guido de Montefeltro. Comedia, Canto XXVII, Infierno, 108-111, Dante Alighieri]



Por Armando Almánzar-Botello 

«Dante Alighieri: la hiena que versifica en las sepulturas». Friedrich Nietzsche

A los aviesos políticos de siempre, que mucho prometen y poco cumplen

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Uno de los pocos chistes que podríamos pescar, sospecho, en los turbulentos ríos de La Divina Comedia del gran Dante Alighieri —si mal ahora no intento hacer humor—, nadaría en el canto vigesimoséptimo de la famosa obra del gran maestro florentino, en el pasaje donde el poeta, erudito y teólogo, autor de La Vita nuova y De vulgari eloquentia, narra, entre otros extraordinarios acontecimientos que se despliegan en el octavo foso del octavo círculo del Infierno, la condena y los sufrimientos eternos del condotiero, político y fraile franciscano Guido de Montefeltro, provocados, entre otras culpas, por el «insidioso y pérfido» consejo que ofreció al papa Bonifacio VIII.

Ante la pregunta que le planteara el sumo pontífice Bonifacio —quien deseaba vencer militar y políticamente a la poderosa familia Colonna—, de cómo podría destruir el castillo de dicha sangre y hacerse con el poder absoluto, Montefeltro le respondió al santo padre, después de que este le hubiera garantizado el perdón de sus pecados: «Padre, puesto que me absuelves del pecado en que voy a caer, el hacer muchas promesas y cumplir pocas bastará para que triunfes en tu alto asiento».

Le dice Montefeltro a Dante y al guía de este, el poeta latino Virgilio, que a la hora de su muerte se presentó San Francisco de Asís a reclamar su alma, pero que «uno de los querubines negros» o demonios le gritó a Francisco: «No le lleves tú; no me prives de él; debe ir al abismo con mis esclavos, porque dio un consejo pérfido, y desde entonces le tengo asido por los cabellos; porque no es posible absolver al que no se arrepiente, ni puede uno arrepentirse y querer a un tiempo [el mismo pecado], dado que la contradicción se opone a ello».

«¡Triste de mí!», narra Dante que dijo Montefeltro. Y añadió el pobre condenado: «Qué pavor me dio cuando al cogerme [el demonio] me dijo: “¡No pensabas que fuese yo tan lógico!”». Es decir, que razonara de un modo tan apofántico...

Al leer este pasaje, lo que siempre ha estallado en mi pecho y en mi garganta, desde mi remota adolescencia, es una gozosa carcajada nietzscheana.

El demonio imaginado por el gran Dante Alighieri tiene que ser, por simple y formal coherencia, por una pura razón o necesidad teológica y metafísica, respetuoso de la «lógica identitaria» y del Aristóteles cuyo sistema es el fundamento de la Escolástica junto con los respectivos pensamientos de Agustín (exponente del platonismo) y Tomás de Aquino.

Aquel querubín oscuro que reclamó para el fuego eterno el alma culpable del Montefeltro dantesco, debía observar en sus proposiciones incriminatorias el principio lógico aristotélico de no contradicción: Dos proposiciones contradictorias, sobre la misma cosa y en las mismas circunstancias, no pueden ser verdaderas a la vez.

Ergo: ¡Montefeltro al fuego eterno!

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26 de marzo de 1986

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Reservados todos los derechos de autor.


IMAGEN SUPERIOR IZQUIERDA:

La muerte de Guido de Montefeltro: Joseph Anton Koch (27 de julio de 1768 - 12 de enero de 1839)
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EL INFIERNO Y LA ESPERA...

«Lo mesiánico, creemos que sigue siendo una marca imborrable —que ni se puede ni se debe borrar— de la herencia de Marx y, sin duda, del heredar, de la experiencia de la herencia en general». Jacques Derrida


Por Armando Almánzar-Botello


A la Espera, in memoriam
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He pensado siempre que la zona física, metafísica o espiritual que corresponde a la categoría de Infierno en las numerosas tradiciones religiosas reviste múltiples formas o modalidades cuyo poder intimidante o fatídico para la conciencia humana viene a depender de las diversas ideologías o mentalidades —con sus declinaciones culturales e históricas del pecado, la culpa, la expiación terrena o ultraterrena— y de los rasgos o atributos idiosincrásicos de cada sujeto creyente, comprendido este en su entorno axiológico específico y diferencial.

Me conturban de una forma singular, en el contexto de la teología abrahámica —tanto en la judaica como en la islámica, en la cristiano-católica como en la protestante—, la Gehena de la tradición judía, el Yahannam islámico tal como aparece trazado en el Corán, el Infierno de Dante Alighieri, minuciosamente cartografiado y descrito en la Divina Comedia, y el de Johann Wolfgang von Goethe, delineado por Mefistófeles en el Acto V de la Segunda Parte de Fausto.

Puedo recordar que Swedenborg, Milton, Blake y Borges dicen que el Infierno y el llamado Paraíso vienen a constituir estados de conciencia o estaciones del espíritu más que lugares físicos concretos de castigo, pena o gozo inefables.

Como quizá hubiese apuntado Goethe al respecto: cada sujeto selecciona sus tinieblas o sus luces inmanentes en función de la singularidad de sus gustos o «afinidades electivas».

El sintagma cristalizado «infierno de la espera» —con sus diversas declinaciones semánticas prácticamente indecidibles— es un lugar común en casi todas las lenguas-culturas y tradiciones conocidas.

Para mí en particular, una ominosa versión del Averno, llena de «inquietante familiar extrañeza», sería esperar —de un modo incesante, interminable, indefinido, mientras me alojo en una confortable habitación llena de libros, composiciones de buena música, atractivas obras plásticas y excelentes películas— a una persona con la cual me interesara comunicarme, ardido por la más intensa y profunda urgencia, pero que dicha persona, enigmáticamente, no materializase nunca su llegada...

Otro tipo de Infierno insoportable, delicuescente —y anodino en apariencia— consistiría para quien ahora les agobia con este dédalo escritural y fantasmático, en cantar-alabar devotamente, para toda la eternidad, ya sea en postura erguida, flotante o desgonzada por el éxtasis, por el dulce arrebato místico —trabajados los cuerpos-almas por una suerte de interfusión subjetiva y celestial, sacro-posthumana, angélico-divina o pentecostalista—, la gloria, bondad y grandeza de algún dios creador al fin ocioso para toda la eternidad... ¡Dios me libre!

También reviste un carácter fatídicamente infernal para la impaciencia de mi casi patológica sensibilidad, el esperar, imposibilitado de cualquier otro acto volitivo, la llegada o efectuación de cierto evento, accidente o acontecimiento, fasto o nefasto, favorable o adverso, pero eternamente postergado por oscuros motivos inexplicables.

Lo confieso: tampoco sé yo esperar a las musas, ya sean ellas mujeres reales o tangibles, sutiles manifestaciones pulsionales del inconsciente, meras entidades (in)corpóreas o pneumáticas.

En verdad, no me gusta esperar, ni siquiera a mí mismo. Si tardo mucho en llegar, parto indignado sin mí hacia una tierra de nadie...

Sin embargo, a pesar de la angustia y el vértigo, de la tribulación desértica y la conciencia imperiosa del desamparo, de la vulnerabilidad que dicho constante acto avizor puede inaugurar, revelar o desatar en nosotros, la capacidad hermética de espera incondicional, de expectativa infinita, sin horizonte, libre, abierta, se podría tal vez concebir o entender, ontológicamente, como lo más aporético, indestructible y abisal de la condición [in]humana...

Armando Almánzar-Botello

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Mayo de 2004
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«Música inspirada en la Divina Comedia» de Dante Alighieri: https://caminodemusica.com/historia-de-la-musica/musica-inspirada-en-la-divina-comedia.

Copyright Armando Almánzar-Botello. 
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lunes, 17 de agosto de 2026

ILEGIBLE ACQUA IGNOTA

«Para nosotros, los nuevos místicos urbanos, el agua dulce potable es un recóndito animal maravilloso y andrógino. Hoy es poco lo que sabe nuestra docta ignorancia en torno a las costumbres milenarias y rutinas del agua zoomórfica como sujeto de culto.» Armando Almánzar-Botello: «Cazador de agua (Texto poético híbrido y mutante)», 1993-200... Editora Nacional, 2003.

«Plus bas que moi, toujours plus bas que moi se trouve l’eau.» Francis Ponge [«Más abajo que yo, siempre más abajo que yo se encuentra el agua.» Francis Ponge]

«El agua no evoluciona, puede evaporarse, / condensarse, congelarse pero sigue siendo / la misma de siempre, a pesar de Heráclito.» José Luis Greco

    
Por Armando Almánzar-Botello   


A Francis Ponge; a José Luis Greco
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Muy potente su texto, polímata y lírico amigo, 

como lo alcanza casi en su decir poético vuestra constelación insólita de signos.     

                          ¿Siempre?

Mi único desacuerdo es cuando usted afirma /

                 que el agua es for ever el agua misma : : agua idéntica «sinónima» del agua. 

No. Aunque sí afirmo la univocidad del ser... 

¡La identidad del agua sería solo quiasmática!

               ¡En fin!

Aunque la fórmula práctica del agua convencional                se simbolice  

                                                 H₂O

y «El río entr[e] al mar y sus aguas [sean] siempre suyas» 

                               —Pessoa-Caeiro traducido por Paz, quien por cierto revisó su traducción originaria y sustituyó «siempre las mismas» por «siempre suyas»—, 

                  desde el punto de vista de la filosofía de la diferencia

(Spinoza, Leibniz, Bergson, Nietzsche, Deleuze, Derrida, Foucault), 

         no existen, a pesar de las apariencias, dos aguas iguales o 

                             idénticas... 


Ni siquiera la que fluía, especular y 
                                                            suspendida,
en aquella modesta representación
del Divino Nacimiento,
ese que miré, cuando era niño todavía,
en una pequeña capilla lateral
de la iglesia de San Dionisio,
en mi amada y perdida para siempre
ciudad natal de Salvaleón de Higüey.

Era magia para mí la duplicación jovial del agua: 
resplandores veloces corrían por mis ojos, 
vibraban por mi alma: dibujos del sueño milagroso repetido en cada elemento de la representación sagrada, en los pequeños, bien dispuestos espejos 
del precario simulacro que ya para el niño pretendía 
ocultar la terrible soledad y el temprano fragor de la intemperie...

Descubrí luego, mucho antes de leer a Borges, 
que el cielo vacío y todo el universo podían replicarse
con el hueco especular del agua en los estanques, 
con filosos poliédricos cristales...

                Radicalizo aquí el panta rhei de Heráclito y digo: el átomo de cierto elemento no es igual jamás a otro átomo 

                del «mismo» elemento. 

      Con razón mayor una molécula de agua no es nunca igual a otra molécula de agua.

      Quizá tan solo sean idénticas en el ámbito secreto, sinuoso, inabordable, del pensamiento de algún dios increíble que se hace más que muerto, el inconsciente, como dijo un día inédito aquel glosolálico sacerdote laico...

El agua geológica y arcaica bebida por los grandes dinosaurios, por ejemplo, no es igual, no puede serlo, al agua contemporánea que tomamos del acueducto urbano,

                    de un cancerígeno botellón de plástico,

                        de un desaforado grifo de tinieblas...

¡Hay «pliegues» y memoria microfísica en la materia hídrica y sufriente! 

Las aguas no son jamás aguas iguales. 

Hasta la física contemporánea dice algo parecido (no igual o idéntico) en esta dirección sonámbula (¿repito aquí a Octavio Paz, el Viejo?).

El agua «misma» nunca es un agua «idéntica»... 

Cada agua guarda y aguarda su espectro y su memoria.

Así como bañarnos no podemos ni ahogarnos dos veces en el mismo río vivo—recordemos al perro ambicioso de la fábula que ríe remota en la memoria rota— ¡nunca beberemos la mítica, seudoproteica, mutante agua de lo idéntico! 

Solo podemos ingerir agua protésica. ¡Y gracias!

Aunque diga: no beberé jamás de un agua otra, 

          Paz, 

                    Eliot, 

                               un zahorí cazador de agua neutra,

                       Heráclito «mismo» en su atópico fluir de permanencia...

¿vuelven aquí en plenitud de contacto, pulsionalmente «ópticos, haptotrópicos, eidéticos», o solo retornan rotos —bandas de Moebius tercas o membranas del con-tacto—; disímiles, transfigurados, por coeficientes revisionistas de Harold Bloom / convertido el simulacro del pensar en lamento músical de raigal tablao español y rentable-asegurado Siglo de Oro? 

     Barquero ni vaquero ni banquero son desdoro.

Aquel transmutado filósofo del hueso, por clinamen posmoderno revertido en avieso jugador de baloncesto, / deja de dormir su funeraria siesta / y limpio encesta, con fálico-simbólico esfuerzo logocéntrico, un sonado «éxito-concepto» en su bellísimo, brioso y rancio texto. Oh presumido Don Cualquiera, ay Das Man jovial, parpadeante, has logrado escalar a la cima envidiable del durísimo diamante...


    ¡Don Cualquiera devino Don Alguien!     

                  ¡Ejeú! ¡Ejeú! ¡Acuyá!


    ¿Mas podrá incorporar el Don Alguien

        a su lúcida osamenta venerable

          un 70% de metafísica hídrica 

            en la ontológica presencia?


                          ¿Sí?   ¿No?


                   ¡Ejeú! ¡Ejeú! ¡Acuyá!

                 Panta rhei / Panta rhei 

                        (¡Todo fluye!)


            ¡La febril turbulencia del flujo 

         siempre ha sido lo único inmóvil!


               Y aquí va el saludo cordial 

                                →→→

            carcajeando intensos vectores...

                                →→→                

                    ¡Ejeú! ¡Ejeú! ¡Acuyá!

                  Panta rhei / Panta rhei                 

                           ¡Todo fluye!


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Lunes, 17 de agosto de 2026

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jueves, 6 de agosto de 2026

PALABRA VACÍA Y SILENCIO PADECIDO

«El problema no es el silencio sino el paradójico parloteo desvinculante, el no saber ni poder callar para escuchar la voz del ser o del otro.» Armando Almánzar-Botello 

 

Por Armando Almánzar-Botello

Al intelectual Omar Messón, por una inquietud compartida 


El silencio padecido como aislamiento no es un problema individual; es el individualismo inesencial y parloteante lo que conduce al silencio como déficit de comunicación.

El silencio mismo no existe sin el lenguaje*; la incomunicación entre los miembros de la familia como resultado de la hipertrofia de la comunicación tecnotelemediática corresponde a lo que el pensador italiano Franco «Bifo» Berardi ha denominado «celularización del ser».

Esta «celularización» berardiana es el síntoma de una sociedad tecnocrática que ha utilizado la tecnología como un mecanismo de control y homogeneización mutilante.

El problema no es el silencio sino el paradójico parloteo desvinculante, el no saber ni poder callar para escuchar la voz del ser o del otro.

Se habla demasiado de lo «inesencial» como si fuera muy relevante o se abunda sobre las técnicas de «autoayuda», pero esta proliferación de la banalidad parloteante y automatizada, este «olvido de la dimensión dialógica del ser», como diría Martin Heidegger, es resultado de una subjetividad moldeada por el sistema capitalista posindustrial y tecnológico-financiero, ese que utiliza la tecnología más sofisticada para lograr que el sujeto pierda de vista su lazo social, su compromiso real con el otro problemático, y olvide también la vulnerabilidad que lo define, su finitud y el desamparo central de su ser (Hilflosigkeit).

Todo el mundo «sabe y conoce de todo», pero no desea asumir su «incompletitud». La interacción con el otro real es la prueba de fuego para el «narcisismo de tercer grado» (Marc Guillaume, Jean Baudrillard) en el mundo de la espectralidad virtual.

El interaccionismo virtual desmedido conduce al sujeto al borde mismo de la disgregación. Este sujeto tiende a compensar dicho empuje patológico a la fragmentación reforzando una especie de «narcisismo terciario», definido por el afán de protagonismo en el contexto de un guion imaginario-narcisista que constituye la base o el núcleo de un paradójico autismo de inserción en la realidad de un capitalismo posmoderno y tecnotelemediatizado.

Si Hegel habló en su Fenomenología del espíritu de una «astucia de la conciencia», en la que se plantea una lucha declarada del Amo y el Esclavo, hoy podríamos definir lo que categorizamos como una ingenua «marrullería virtual del intelecto esclavo», entendida esta como simple impostura digital que oculta la división del sujeto y la persistencia encubierta del Amo y su control bajo las apariencias gratificantes de libertad de acción, crecimiento y emprendedurismo.

El verdadero núcleo del nexo social, del vínculo social, no se reduce ni se puede reducir a la mera interacción virtual de los sujetos.

Vivimos hoy una crisis de la familia, de la autoridad, del vínculo religioso, de las iglesias, del ejército, del sentido de lo común (cum), de todo el campo institucional, por efecto de una dinámica ciega del capitalismo extractivista, posindustrial y financiero, aceleracionista y trunco, engolosinado con su promoción del individualismo hedonista sistémico, acompañado este de una bulímica ideología technosnob y consumista.

Ese fenómeno de «celularización del ser» y fetichismo de la mercancía alcanza sus niveles más altos y patológicos en el actual capitalismo cognitivo y espectacular.

Heidegger denomina «Gestell» a ese sistema de imposición y control en el cual un cierto uso de la tecnología nos convierte en mero recurso disponible, en simple reserva a explotar.

Así, los vínculos sociales se rompen o se pervierten. El amor y las manifestaciones del afecto «pasan de moda» y la energía refluye hacia un yo fragmentado que pretende su integración mediante el consumo de los «objetos a» en su vertiente obturadora: gadgets, letosas, mercancías o cositas del mercado. Esa «Lathouse» (neologismo en francés que vale por ocultamiento u olvido de la verdad: lethe —olvido—; aletheia —verdad— es un término derivado, por inversión, del griego «aletheia» o «aleteia» —la verdad como desocultamiento del ser— y es utilizado por Jacques Lacan en su Seminario XVII: El reverso del psicoanálisis.

De ahí el auge del consumismo voraz, de la razón cínica (P. Sloterdijk) en los perversos mercados desregulados, de las privatizaciones y del abandono de las políticas públicas o estatales con visión de bienestar colectivo. Todo esto es resultado de la dinámica ciega del capital operando en un sistema tecnocrático y neoliberal cuyo fin es maximizar beneficios y aumentar el dominio sobre la naturaleza, la sociedad y las nuevas subjetividades disyuntivas.

El capitalismo cibernético, cognitivo-financiero y neoliberal constituye una megamáquina de dominio y control que tiene por una de sus metas la producción de «subjetividades-cuerpos» sometidas y rotas, pero enmascaradas para sí como egos completos, infalibles y fuertes. El sistema de control aspira a que los individuos serializados así producidos renieguen de su «singularidad comprometida con otras subjetividades-cuerpos» en el juego de la «intercorporalidad-mundo» (M. Merleau-Ponty).

Armando Almánzar-Botello

Jueves, 6 de agosto de 2026

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* SILENCIO: USO INTENSIVO DEL LENGUAJE

«Sugerir es mostrar, en lo que llamamos “presencia”, la huella de lo “ausente”. Si no existiera un “silencio” generado por el uso intensivo de las palabras, estas serían inmóviles, tópicas, inertes, “palabras plenas” que no podrían sugerir algo que esté implícito, no explícito en ellas, o diferente de ellas: no podrían, en su fallido “partir”, portar silencio. No obstante, la pura ausencia de silencio es tan metafísica como lo es la presunta presencia absoluta de la palabra. Como dice Henri Meschonnic: “el silencio no es una ausencia de lenguaje”; lo dice porque el silencio como sugerencia en el lenguaje indica una ausencia de la pura y simple presencia de la palabra plena. El silencio es huella y resonancia de la palabra intensiva que revela esa fuga como posibilidad de su ausencia. La palabra no es mera presencia. El silencio no es pura ausencia de la palabra. La palabra intensiva o sugerente genera silencio en una relación indecidible y compleja de mutua contaminación entre presencia y ausencia.» 

Armando Almánzar-Botello, junio de 2016.

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domingo, 2 de agosto de 2026

¡EL IDIOTA NO ES EL IMBÉCIL! (Nosotros los idiotas del chamanismo sigiloso)

«Altanera insolencia cognitiva de “nuevo” cuño: los imbéciles arribistas de la “vulgata cibernetoide” (E. Morin) posmoderna. 


Por Armando Almánzar-Botello

A la memoria de Edgar Morin y Umberto Eco, grandes pensadores críticos de la modernidad contemporánea.
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Hoy, cualquiera opina sobre cualquier cosa. La vía performativa que intenta la producción y seria «aristocratización» del saber, la reproducción del llamado capital simbólico (Pierre Bourdieu), ya no es —en una gran parte de la población de escribanos y escribientes— la honesta y fecunda lectoescritura realizada a través de los años con el subsiguiente precipitado semántico multidimensional que dicha práctica rizomatica y compleja comportaba —y todavía comporta— en los contextos críticos de la Galaxia Gutenberg y sus habitantes o consumidores-productores de signos problemáticos.

El «Das Man» heideggeriano (el hombre-masa como individuo-cualquiera del «se dice» desdiferenciado) «publica sin haber escrito» (A. Almánzar-Botello: «Escribir/Publicar», 1991). Su vía fácil elegida y ahora vigente para «crear contenido transparente y útil» está constituida por el uso indiscriminado y plagiario del más banal y fragmentario tinglado de recursos tecnotelemediáticos, por una apropiación en bruto de los «outputs» de una inteligencia artificial operada del modo más pueril, escolar y descontextualizado por usuarios que son verificables analfabetos funcionales del espíritu y la cultura.

Ahora el pensamiento crítico ha sido sustituido por la marrullería, el truco, el plagio, el «zigzagueo» pseudoconceptual sin orientación crítica alguna, el engaño en el retorcido afán de notoriedad y control; no diría siquiera que por la «astucia de la razón» tal como la concebía Hegel.

Efecto triste de toda esta depauperación del «cerebro-sujeto»: la escritura auténtica, responsable y creativa se ve sustituida en las plataformas digitales por lo que podría designarse como «signos-tiznes del ruidoso mercado semiótico-fiduciario»; tontos simulacros apresurados de «conceptos y personajes conceptuales» desoriginados y desorientados. (Deleuze-Guattari, Barthes).

Dentro de lo que Franco «Bifo» Berardi denomina la rutinaria y empobrecedora «celularización del ser», la verdad procesual, constituyente, se degrada hoy al ser suplantada por la «parodia bufonesca de pensamiento», por la simple rutinización criminal y demagógica de las fuerzas cognitivas aplicadas sobre una masa crítica de conocimientos trabajados durante largos años por los investigadores y artistas reales y auténticos.

Así, las refinadas jerarquías de fuerzas —necesarias para el ejercicio real y efectivo del pensamiento poético-artístico, científico y filosófico— son parodiadas por la puesta en escena periodístico-locutoril de las verdades fáctica y formal pervertidas mediante la «programada» trivialización tecnotelemediática de los contenidos, de las escalas axiológicas y los puntos de vista de apreciación creativa y producción activa de valores no nihilistas.

El hombre cualquiera obedece a la soberbia del mercado y no al proceso complejo de lectura, diseminación y profundización crítica y hermenéutica en la «superficie abismal de los textos».

Algunos pobres diablos y diablillos presumidos y ambiciosos —paradójicas víctimas triunfantes de «l’actuvirtualité et l’artefactualité» (J. Derrida)— abandonan hoy ciertos cálidos vínculos humanos que les permitieron la orientación de sus ideas y hasta la configuración de sus mejores y más entrañables discursos de pretensión académica. La figura que para esos viles desclasados viene a sustituir al antiguo maestro-guía-orientador, como facilitador y corrector de estilo, es nada más y nada menos que la Inteligencia Artificial (IA), esa «nueva pitonisa» posmoderna, tal como fue concebida en su momento la máquina cibernética por la filósofa y psicoanalista francesa Monique Schneider.

Otro recurso idóneo para el éxito ciclópeo y mediático —por compensación adleriana de las grandes minusvalías biopsicosociales heredadas—, lo constituye sin dudas, para el notable fantoche semiótico del espectáculo fantasmático, el robo y la seducción de nuevas y pulcras amistades con su misma vocación de oportunismo arribista y su exacta y afanosa pulsión de lírica nombradía.

Todo lo anterior ha traído como fatal resultado que los «cualesquiera» se sientan autorizados a meter sus grotescos picos en todo tipo de alimento est/ético y epistemológico, incluidos los manjares reservados para nosotros los verdaderos idiotas del chamanismo sigiloso.

Armando Almánzar-Botello

Domingo, 2 de agosto de 2026

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